Categoría: Boaventura de Sousa Santos

  • Deacapitación y el fin de la política

    Deacapitación y el fin de la política

    Combinación única del horror de la eliminación y la orgía del triunfo, de la victoria o de la venganza

    Israel, sobre todo, pero también Estados Unidos, ha vuelto a poner de actualidad el concepto de la decapitación como arma de violencia política. Huelga decir que esta arma viola todas las convenciones internacionales contemporáneas sobre la guerra.

    La normatividad internacional que rigió el mundo con relativa eficacia tras la Segunda Guerra Mundial quedó enterrada tras el 11 de septiembre de 2001, cuando los altares jurídicos de Harvard proclamaron la fatwa según la cual era legítimo torturar a los supuestos enemigos más allá de los límites hasta entonces establecidos por la doctrina dominante de los derechos humanos. A partir de entonces, una vez que el enemigo es declarado terrorista, la destrucción de su vida deja de ser una cuestión de legitimidad y pasa a ser una cuestión de oportunidad y eficacia. El terrorismo es toda amenaza a la seguridad nacional que no puede combatirse diplomáticamente, es decir, por medios pacíficos. Tener el privilegio de nombrar quién es terrorista o quién amenaza la seguridad de quién pasó a ser el principio de la política. Trágicamente, este principio de la política es también el fin de la política.

    La decapitación, tanto literal (cortar la cabeza) como figurada (eliminación radical de un individuo que simboliza una lucha, una organización o una idea colectiva) tiene una larga tradición. Combina de manera única el horror de la eliminación y la orgía del triunfo, de la victoria o de la venganza.

    Freud escribió en 1922 que decapitar significa castrar; es la forma en que el inconsciente se presenta transformado en la conciencia del individuo. Su análisis se centra en la mitología de la cabeza de la gorgona Medusa, decapitada por el semidiós Perseo. Los líderes políticos u otros que recurren a la decapitación manipulan ese impulso inconsciente para transmitir la idea de un poder sin límites (reducción del enemigo a la máxima impotencia) y de una eficacia igualmente sin límites (exterminio individual, que es también colectivo).

    La tradición cultural de la decapitación tiene sus máximas expresiones en el arte y la literatura. La cabeza de Juan el Bautista es decapitada a petición de la madre de Salomé, Herodías, por haberse opuesto a la relación incestuosa entre Herodías y Herodes. Judit, la viuda judía, salva su ciudad de Betulia de la invasión asiria al seducir y decapitar a Holofernes, el general asirio de Nabucodonosor. Goliat, el gigante filisteo fuertemente armado, fue derrotado por la piedra lanzada con la honda de David. Este, al ver a Goliat en el suelo, le cortó la cabeza con la propia espada del gigante. En una variante de esta tradición, Sansón, el todopoderoso juez israelita, perdió todo su poder y fue capturado por los filisteos cuando Dalila, una infiltrada filistea, lo sedujo y le cortó el cabello, tras descubrir que el poder de Sansón residía en el cabello que él nunca se había cortado.

    La fascinación por la decapitación fue irresistible para los pintores del Renacimiento. Con su gusto por la violencia realista, Caravaggio inmortalizó muchas de estas decapitaciones en su pintura: Medusa en 1597, Holofernes en 1599, Juan el Bautista en 1608 y Goliat en 1609-10. Otros pintores del Renacimiento plasmaron en cuadros de gran belleza el simbolismo político-cultural de la decapitación. Por ejemplo, Donatello, en 1408-9, y Miguel Ángel, en 1508-12, inmortalizaron la victoria de David sobre Goliat; Artemisia Gentileschi, la decapitación de Holofernes en 1612-21; Francesco Cairo, en 1625-30, la decapitación de Juan el Bautista. No es objetivo de este texto analizar las dimensiones eróticas o las lecturas psicoanalíticas de las decapitaciones o de los pintores que las inmortalizaron (la acción de las mujeres en los casos de Salomé, Judit y Dalila; la homosexualidad de Caravaggio o de Donatello)1. Mi intención es más bien analizar el papel que desempeña la decapitación en las luchas y guerras contemporáneas.

    La decapitación como instrumento de la violencia contemporánea

    Como he señalado, la decapitación consiste en la eliminación/neutralización de un individuo como forma, a la vez espectacular y económica, de eliminar/neutralizar las luchas, las organizaciones o las ideas que ese individuo representa. Etimológicamente, decapitación deriva de la palabra latina caput, que significa cabeza. Figurativamente, se ha utilizado con el significado de jefe, líder o liderazgo, naciente, fuente. Es en este sentido en el que se utiliza hoy en día en las guerras irregulares e ilegales llevadas a cabo por Israel y EE.UU. Decapitar significa eliminar a un individuo considerado enemigo que representa de manera especial una amenaza enemiga colectiva.

    En la medida en que sea posible y eficaz, la decapitación es un atajo valioso porque permite alcanzar de un solo golpe un objetivo que, si se atacara colectivamente, requeriría muchos golpes y muchos medios. El fantasma que acecha a la decapitación es la Hidra de Lerna. En la mitología griega, la Hidra de Lerna era un monstruo con cuerpo de dragón y varias cabezas de serpiente. Según algunas versiones de este mito, cada vez que se le cortaba una cabeza, le crecían dos en su lugar.

    La decapitación siempre está relacionada con una lucha violenta. Es la guerra y la metonimia de la guerra. El ámbito de la decapitación se ha ido ampliando en la misma medida en que el concepto de guerra ha ido abarcando más tipos de luchas violentas: guerra entre países, guerra civil, guerra cultural, guerra religiosa, guerra familiar, guerra comercial. Hoy podemos distinguir tres tipos de decapitación: el asesinato (muerte física), el encarcelamiento (muerte política), la cancelación (muerte cívica). Los tres tipos implican muerte, pero muertes de tipos diferentes.

    La muerte física es la desaparición pública y privada irreversible, con la excepción, en el mundo católico, de quienes son beatificados o santificados post mortem. La muerte política es la desaparición pública ilegal, irreversible o no, y el mantenimiento de la vida privada en condiciones más o menos precarias e indignas. El caso de Lula da Silva, presidente de Brasil, es el ejemplo más reciente y significativo de desaparición pública reversible. La muerte cívica no implica ni asesinato ni prisión; al igual que en la muerte política, implica el mantenimiento de la vida privada en condiciones más o menos precarias e indignas, pero, a diferencia de la muerte política, la desaparición pública tiende a ser irreversible.

    En todos estos tipos, la muerte individual tiene como objetivo provocar la muerte colectiva de una lucha, una organización o una idea. En los últimos tiempos, hemos asistido a varios casos de estos tres tipos de decapitación. Los más recientes y conocidos son: el asesinato de Ali Jamenei y otros líderes religiosos en Irán; la captura y el encarcelamiento de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela; las cancelaciones de intelectuales de izquierda provocadas por la llamada “cancel culture” o, más propiamente, “cancel barbarism”.

    La ampliación de las formas de decapitación supone el aumento y la diversificación de la violencia en las sociedades contemporáneas, lo que, a su vez, está asociado al crecimiento de las fuerzas políticas de extrema derecha, ya sean laicas o religiosas.

    La decapitación como fenómeno político

    Como cualquier otro fenómeno político, la decapitación genera un discurso dominante que debe analizarse según el procedimiento que denomino “sociología de las ausencias”. Tanto como discurso como práctica, la decapitación crea un campo analítico que promueve ciertos debates y omite otros. El discurso dominante se afirma en la medida en que el concepto de debate omitido es, a su vez, omitido, y, en consecuencia, se lleva a la opinión pública a creer que no hay nada más que debatir más allá de lo que ya se ha debatido. Este discurso, además de dominante, es también hegemónico cuando la idea de que no hay nada más que debatir es suscrita por las clases que más se beneficiarían del debate de los temas que no se debaten. Veamos cómo funciona una sociología de las ausencias en este campo.

    Legitimidad o eficacia

    Lo que se ha publicado en el mundo académico sobre la decapitación como instrumento político se centra casi exclusivamente en la eficacia de la decapitación. Por ejemplo, se debate sobre cuál fue la eficacia del asesinato de Osama bin Laden en la actividad de Al-Qaeda, de los líderes de Hamás y Hezbolá en la actividad de sus organizaciones, o de la detención de Abimael Guzmán en la actuación de Sendero Luminoso, o de la detención de Abdullah Öcalan en la lucha de los kurdos organizada por el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK).

    La cuestión de la eficacia pasó a dominar los estudios sobre la decapitación a partir del momento en que los documentos oficiales fueron elaborados en EE.UU. tras el 11 de septiembre (en particular, la NationalStrategy for Combating Terrorism, de 2003) afirmaban que la decapitación era un instrumento eficaz porque el líder terrorista solía ser el catalizador de la acción terrorista. El asesinato del líder conduciría, tarde o temprano, al colapso de la organización. Inmediatamente después del asesinato de Abu Musab al-Zarqawi, George W. Bush anunció que Al Qaeda había sufrido un golpe fatal.

    Con el tiempo, la cuestión de la eficacia de la decapitación se extendió a regímenes y organizaciones considerados particularmente hostiles. Por ejemplo, el crimen organizado del narcotráfico. ¿Cuál fue la eficacia del asesinato de Pablo Escobar? Por otra parte, a lo largo de las últimas décadas, decenas de regímenes y organizaciones han sido considerados terroristas por EE.UU. El más reciente es, como sabemos, Irán, donde la decapitación de líderes políticos, militares y científicos ha sido una práctica habitual. La inteligencia artificial de ciertas empresas (por ejemplo, Palantir) y las nuevas tecnologías letales están hoy al servicio de la decapitación.

    La idea de la decapitación es antigua, sobre todo en lo que respecta a los líderes carismáticos. En el período más reciente, tras la Segunda Guerra Mundial, la decapitación ha sido un instrumento de violencia política ampliamente utilizado contra líderes políticos o religiosos. Desde Patrice Lumumba hasta Aldo Moro, desde Indira Gandhi hasta Olof Palme, desde Yitzhak Rabin hasta Benazir Bhutto, desde Óscar Romero hasta Martin Luther King, desde Mahatma Gandhi hasta John Kennedy. Se calcula que, entre 1959 y 2000, Fidel Castro fue objeto de más de 600 intentos de asesinato organizados por la CIA y por exiliados cubanos, algunos de ellos bastante extraños, como puros o bolígrafos envenenados.


    El uso masivo de la decapitación y la frustración de los decapitadores por no haber logrado, en la mayoría de los casos, sus objetivos han llevado a la necesidad de realizar análisis más rigurosos, de lo que se han ocupado sobre todo los especialistas en seguridad y antiterrorismo. Por ejemplo, Jenna Jordan analizó 298 casos de decapitación de líderes entre 1945 y 2004 y utilizó varias variables para llegar a una conclusión relativamente pesimista sobre la eficacia de la decapitación2. En resumen, el fantasma de la Hidra de Lerna acecha a la decapitación y a sus impulsores.

    La sociología de las ausencias

    ¿Cómo es posible que en las sociedades democráticas el debate sobre la decapitación se reduzca a su eficacia? Una sociología de las ausencias revela que casi nada se ha escrito sobre la legitimidad ética y política de la decapitación, sobre todo cuando la practican agentes de Estados que se dicen democráticos. Esta ausencia es inquietante porque, para quien se encuentra fuera del mundo cerrado de la seguridad y la lucha antiterrorista, la cuestión ético-política es la que debe merecer mayor atención. Sobre todo si tenemos en cuenta que la decapitación es un instrumento violento cada vez más normalizado y que la capacidad de decapitar con éxito es cada vez mayor debido a los avances de la inteligencia artificial y las tecnologías letales.

    A esto se suma que el ámbito de los objetivos de la decapitación se está ampliando cada vez más para alcanzar a todos aquellos que se distinguen por su oposición a la violencia política, religiosa o ideológica establecida, aunque se disfrace de democracia, ya sean líderes políticos, militares, científicos de áreas estratégicas o líderes de opinión. Por último, hay que tener en cuenta que la decapitación es multiforme y es capaz de matar física, política y cívicamente. La distribución social de estos tres tipos de muerte dentro de los países y en las relaciones entre países debe ser una preocupación creciente de la política democrática. Y lo más grave es que cualquiera de estas muertes contiene fragmentos de las demás.

    Lucha de clases, democracia y decapitación

    La decapitación es el tipo de lucha de clases que mejor disfraza la existencia de la lucha de clases. Al apuntar a individuos específicos, la decapitación desplaza el campo político de los conflictos sociales entre clases o grupos sociales hacia el emprendimiento político individual de líderes concebidos como metonimias de enemigos colectivos. Tiene, pues, el efecto de desarmar a quienes creen en las luchas colectivas contra la desigualdad, la discriminación y la injusticia, con la convicción de que los líderes solo lideran en la medida en que obedecen a quienes participan en las luchas. El mandato de los líderes indígenas latinoamericanos es, en este contexto, de crucial importancia: mandar obedeciendo.

    Pero el desarme alcanza aún un nivel más profundo: es el desarme de la lucha pacífica y democrática, basada en la lucha regulada entre adversarios y no en la lucha salvaje entre enemigos o en la lucha extremista entre el Bien y el Mal.

    La normalización del uso de la decapitación presupone que quien la utiliza tiene el privilegio de designar como terrorista o enemigo a cualquier país, régimen u organización que se oponga a sus intereses. En una perversión de la famosa frase de Carl von Clausewitz (“la guerra es la continuación de la política por otros medios”), la decapitación es hoy, según el pensamiento dominante (¿y hegemónico?), la guerra continuada por otros medios. Es el fin de la política y de la diplomacia, en definitiva, de las relaciones, normas e instituciones internacionales. Al contrario de lo que proponía Clausewitz, la guerra ha dejado de ser el último recurso tras el fracaso de la diplomacia. Ahora, el fracaso de la diplomacia es provocado intencionadamente por la decapitación para que la guerra sea el único medio de imponerse. Las relaciones de Israel y EE.UU. con el mundo árabe en Oriente Medio es una demostración flagrante de ello. El fin de la democracia se deriva del fin de la política, al igual que el fin de la política se deriva del fin de la democracia.

    1. Entre muchos otros, Laurie Schneider “Donatello and Caravaggio: The Iconography of Decapitation”. American Imago, 1976, vol. 33, 76-91; Bronwen Wilson “The Appeal of Horror: Francesco Cairo’s ‘Herodias and the Head of John the Baptist’”. Oxford Art Journal, 2011, vol. 34, n.º 3, 355-372; Allie Terry, “Donatello’s decapitations and the rhetoric of beheading in Medicean Florence”. Renaissance Studies, 2009, vol. 23, n.º 5, 609-638. ↩︎
    2. Jenna Jordan, “When Heads Roll: Assessing the Effectiveness of Leadership Decapitation”, Security
      Studies, 18:4, 2009, 719-755. Otros estudios reflejan la misma cautela en lo que respecta a la decapitación de líderes del narcotráfico, por ejemplo, en México. Brian J. Phillips, “How Does Leadership Decapitation Affect Violence? The Case of Drug Trafficking Organizations in Mexico”. The Journal of Politics, vol. 77, n.º 2, 2015, 324-336. ↩︎

  • El fascismo del siglo XXI y el Anticristo

    El fascismo del siglo XXI y el Anticristo

    La creencia fascista trasciende el apego natural a la vida en la tierra

    Una de las interpretaciones más influyentes del fascismo del siglo XX es la de que fue una rebelión contra el secularismo de la época moderna, que proponía una sociedad trascendente tanto en el plano práctico (el progreso) como en el teórico (la posibilidad de superar todos los límites). Esta rebelión hizo que la religión política (la religión como forma de poder temporal) regresara, bajo diferentes formas como factor político. Esta interpretación ha sido objeto de un intenso debate y no es mi propósito analizarlo.

    Solo me interesa abordar la cuestión de las relaciones entre fascismo y religión. Hablar del fascismo del pasado y del fascismo del futuro puede entrañar el riesgo de pensar que no hay fascismo en el presente.

    También puede llevar a pensar que el fascismo es una entidad monolítica y que, por lo tanto, solo hay un tipo de fascismo. Por lo general, todas las definiciones de fascismo se refieren al fascismo como régimen político. Yo, por el contrario, distingo entre fascismo político y fascismo social: el primero se da en las relaciones propiamente políticas y el segundo, en las relaciones sociales.

    El fascismo y la religión en el siglo XX

    La relación del fascismo político de la primera mitad del siglo XX con la religión es compleja. El secularismo de la sociedad moderna (la separación entre la Iglesia y el Estado) nunca fue completo y solo funcionó en las metrópolis, no en las colonias. Como tanto la religión como el Estado laico continuaron disputándose su lugar en la sociedad, las contradicciones y disputas entre ambos coexistieron con convergencias, complicidades y utilizaciones recíprocas. En el caso del fascismo italiano podemos decir que la sacralización de la política (la veneración del Estado fascista, los rituales y los símbolos fascistas) supuso el surgimiento de una religión política, secular y laica, que pasó a existir en paralelo a la religión tradicional (el reconocimiento privilegiado del catolicismo). En 1932, Mussolini afirmaba que, a diferencia de Robespierre, el Estado fascista no tenía una teología propia, sino una moralidad propia.

    La religión tradicional se utilizó de manera pragmática para reforzar la sumisión de las masas a los designios políticos del fascismo. Los conflictos entre la religión laica y el catolicismo, en el ámbito de la educación, fueron fuertes, ya que el fascismo no quería renunciar al monopolio en la formación de las nuevas generaciones. Pero el objetivo fue, siempre, abolir las fronteras entre la esfera política y la esfera religiosa. Nada de esto era completamente nuevo.

    Desde el siglo XV habían surgido movimientos para la creación de religiones cívicas; desde las sociedades secretas (masonería, Illuminati, Opus Dei) hasta el jacobinismo y el positivismo. La fe en la nación y en el nacionalismo era una forma de combatir el socialismo y contener el catolicismo. El socialismo revolucionario del primer Mussolini pretendía ser más una creencia que una ciencia. Como él repetía: «La humanidad necesita una creencia». Se trataba de apelar a una experiencia de fe en la religión de la Nación. La religión patriótica. Giovanni Gentile defendía que el fascismo tenía un carácter religioso, «en la medida en que se toma la vida en serio», y «como movimiento surgió de toda el alma de la nación». Su objetivo era crear un Estado ético.

    La sacralización de la política siempre ha implicado la sacralización de la guerra, la violencia purificadora: el sacrificio máximo del cuerpo y del alma por una causa sublime. La muerte y la resurrección aparecen transfiguradas en el culto a los mártires y a los héroes. La relación entre la guerra y el despertar del sentimiento religioso es tan evidente en D’Annunzio como en Marinetti.

    Somos los depositarios de una generación que, hace mucho tiempo, superó los límites de su propia realidad histórica y avanza imparable hacia el futuro… Somos lo más alto de lo alto… La Santa Comunión de la guerra nos ha moldeado a todos con el mismo espíritu de generoso sacrificio.

    (Il Fascio de 1921)

    La creencia fascista trascendía el apego natural a la vida en la tierra.

    En 1932, el periódico de la juventud fascista afirmaba que «un buen fascista es religioso». Y los jóvenes universitarios de Milán crearon, en 1930, una escuela de misticismo fascista en torno al Duce como mito viviente. Era evidente un cierto sincretismo con el catolicismo y los posibles conflictos de interpretación se resolvían mediante la devoción al partido. La leva fascista era un ritual de iniciación de los jóvenes similar a la «confirmación» en la Iglesia católica, mediante el cual los jóvenes eran «consagrados fascistas». Las ceremonias se celebraban en público en todas las ciudades e incluían, además de las ceremonias de consagración, ceremonias de juramento y de veneración de las banderas y el culto a los mártires caídos. La celebración del nacimiento de Roma, el día de Roma, la romanità, el «espíritu latino» devinieron en modelos arquetípicos de la grandeza de la patria y de la «civilización de Italia».

    Los diferentes componentes religiosos convergían en la lucha contra «la bestia triunfante del bolchevismo». La bendición del gagliardetto, la bandera de las «Escuadras» fascistas, se utilizó inicialmente como ceremonia de redención de una comunidad que antes había sido gobernada por los socialistas. Si el fascismo era una religión, los disidentes eran «traidores a la fe». Las voluntades de Dios y del Estado se fundían. Los traidores eran excomulgados, desterrados de la vida pública. Augusto Turati, secretario del partido de 1926 a 1930, predicaba a la juventud «la necesidad de creer ciegamente; de creer en el fascismo, en el Duce, en la Revolución, tal como se cree en Dios… aceptamos la Revolución con orgullo, tal y como aceptamos estos principios —aunque nos demos cuenta de que están equivocados, y los aceptamos sin discusión». En resumen, el mandamiento supremo: «cree, obedece y lucha».

    La fe se había convertido en la virtud suprema y las sedes del Partido Nacional Fascista se consideraban los «altares de la religión de la Patria». El rechazo del racionalismo y la adopción del pensamiento mítico quedan bien patentes en este pasaje de un libro fascista: «Las masas no logran distinguir matices; necesitan espiritualidad, piedad, principios religiosos y rituales». El programa político era mucho menos importante que el sistema de creencias, los rituales y los símbolos. Solo así se garantizaba un apoyo masivo, intenso y duradero. La sacralización de la violencia estaba relacionada con la estetización de la política, como bien señaló Walter Benjamin: la política como ruptura de las restricciones civilizatorias. Fue esa ruptura la que llevó a Ezra Pound a sentirse atraído por el fascismo. La irracionalidad fascista se reconfigura estéticamente como espontaneidad, intensidad y autenticidad. El anticonformismo extremo respecto al mundo es la otra cara de la obediencia ciega al líder fascista. De ahí, también, en última instancia, la miseria de la estetización de la violencia, sobre todo cuando los cuerpos comenzaron a ser arrojados a los crematorios.

    El fascismo se filtra gota a gota en las entrañas de la democracia

    En el período posterior a 1945 proliferaron los análisis e interpretaciones del fenómeno fascista. Una corriente importante consideraba que el fascismo había sido una ruptura en la continuidad histórica de la cultura europea y algunos lo concebían como una patología social o como una imposición por parte de minorías manipuladoras sin una doctrina o un pensamiento coherente. Es decir, el fascismo, al ser fruto de la manipulación política, no habría tenido una base social genuina. Los intereses egoístas o las prácticas de intimidación habían creado el cuerpo de seguidores del fascismo. La corriente opuesta veía en el fascismo una continuidad con la belle époque francesa y consideraba que tenía un sistema de pensamiento muy coherente.

    Estas interpretaciones tenían dos características en común. Por un lado, concebían el fascismo como un fenómeno del pasado y, de un pasado, irreversiblemente superado. Por otro lado, constituían una visión externa del fascismo. No analizaban la experiencia interna del fascismo, la forma en que fue vivido por las poblaciones donde vigoró como sistema político, cómo fue pasivamente aceptado o entusiásticamente celebrado por las poblaciones. Mucho menos se interesaron por las facetas de la personalidad o los impulsos psíquicos que hicieron de la vida fascista una forma «natural» o «normal» de vivir para las grandes mayorías que vivieron activa o pasivamente bajo el fascismo. ¿Cómo fue posible que Nietzsche o Heidegger fueran protonazis, y que la combinación entre la teoría de la evolución, los ciclos civilizacionales y la biología racista condujera a fusiones entre Charles Darwin y Oswald Spengler?

    Más recientemente, el campo analítico se ha diversificado. Han surgido interpretaciones internas sobre el modo de vida fascista basadas en la idea de que, si el fascismo pretendía ser religioso y apelaba a lo irracional o mítico, las razones pragmáticas del interés propio o de la intimidación no bastaban para explicar la adhesión al fascismo. Por otro lado, se ha dado un nuevo relieve a las lecturas psicoanalíticas anteriormente difundidas por la Escuela de Frankfurt que conciben el fascismo como una potencialidad permanente de la vida en común, por lo que no tiene sentido hablar del fascismo como algo históricamente superado. No se trata de teorizar sobre el retorno del fascismo, sino más bien de teorizar sobre la presencia continuada del fascismo bajo diferentes formas y potencialidades. En un libro reciente, Vladimir Safatle defiende con elocuencia esta teoría, en una obra titulada: La amenaza interna: psicoanálisis de los nuevos fascismos globales.

    Este giro analítico tiene una razón sociopolítica muy evidente: el crecimiento global de las fuerzas políticas de extrema derecha que abogan por el fascismo político y que, cuando están en el poder, tratan efectivamente de implantarlo.

    Quizás lo que mejor caracteriza el tiempo presente es el hecho de que la democracia liberal se está utilizando cada vez con mayor frecuencia para que los fascistas antidemocráticos lleguen al poder. Se trata de políticos que han sido elegidos democráticamente, pero que, una vez elegidos, no ejercen el poder democráticamente. Es el fascismo gota a gota en las entrañas de la democracia. El hecho no es nuevo. Ocurrió con Hitler tras las elecciones de 1932. Pero la intensidad, con la que ocurre, hace que la cantidad se transforme en una nueva cualidad. La mayor intensidad del fascismo político gota a gota se alimenta del crecimiento intersticial de otro tipo de fascismo, el fascismo social.

    El fascismo social es todo aquel sistema de relaciones sociales de extrema desigualdad de poder en el que la parte más fuerte tiene derecho de veto sobre las oportunidades de vida y de supervivencia de la parte más débil. Consiste en situaciones en las que personas o grupos están a merced de poderes unilaterales sin derechos ni defensa legal, aunque vivan formalmente en democracia. Es la exclusión social extrema, la exclusión abismal, en la que la vida humana se devalúa por la lógica del mercado y del poder. A diferencia del fascismo político, el fascismo social es pluralista. Distingo cinco formas de fascismo social:

    1. “fascismo contractual”, en el que la parte más débil no puede sino aceptar las condiciones impuestas por la parte más fuerte, por injustas que sean, so pena de no sobrevivir;
    2. “fascismo del apartheid social”, en el que las poblaciones excluidas viven en guetos, zonas urbanas pero no urbanizadas y a merced de todo tipo de violencia;
    3. “fascismo paraestatal”, en el que la violencia del Estado se subcontrata a grupos paramilitares, al crimen organizado y a milicias que ejercen con impunidad la mayor violencia sobre las poblaciones;
    4. “fascismo financiero”, en el que sectores poderosos del capital financiero manipulan al Estado para, mediante intereses usurarios, extraer una parte significativa de los salarios de los trabajadores, y para engendrar crisis permanentes que justifiquen el robo de los ahorros de las clases medias o la expropiación de bienes dados en garantía de deudas;
    5. #fascismo de la inseguridad”, que consiste en la ocurrencia de situaciones de extrema inseguridad —accidentes, fenómenos meteorológicos extremos, etc.— para las que no existen o no son accesibles pólizas de seguro y en las que la intervención protectora del Estado brilla por su ausencia.

    La intensificación de las diferentes formas de fascismo social se debe, en gran medida, al neoliberalismo como forma dominante del capitalismo global. La intensificación del fascismo gota a gota tiene como objetivo crear las condiciones para una nueva fase de fascismo político. No hay ningún determinismo en esto. Solo hay un objetivo, y corresponde a los demócratas no permitir que se materialice.

    El fascismo del siglo XXI y el Anticristo

    El fascismo emergente es más extremista en su identidad religiosa que el fascismo del pasado. Al igual que este, se basa en la sacralización de la violencia y en la santificación de las élites, pero se alimenta de una visión distópica del futuro que se condensa en el concepto del Anticristo. Está presente, sobre todo en EE.UU., pero su capacidad de propagación es enorme. A través de la idea del Anticristo, el neofascismo (o neonazismo) exacerba su identidad cristiana y concibe la sociedad actual como una lucha a muerte entre el Bien y el Mal, en la que no caben ni negociaciones ni treguas, sino solo la rendición y el exterminio de quien pierda. La sociedad se encuentra en una guerra civil permanente y su futuro es el apocalipsis si no es salvada por Estados racial y religiosamente supremacistas, dotados de tecnologías de vanguardia para el control de las poblaciones.

    En el plano religioso existen diferencias significativas entre el fascismo del siglo XX y el del siglo XXI. El fascismo del siglo XX creó una religión laica, pero mantuvo con la religión tradicional una relación de cooperación-tensión que suponía la relativa autonomía de esta última. El fascismo del siglo XXI lleva su identitarismo cristiano al extremo de intentar absorber la religión tradicional que más se le acerca, las corrientes evangélicas pentecostales. La fusión entre las esferas, política y religiosa, es ahora mucho más intensa, si no total.

    El fascismo del siglo XX se basaba en la idea de una sociedad futura mejor, hasta tal punto que en un principio, el socialismo estaba presente tanto en las convicciones de Mussolini como en las de Hitler. Por el contrario, el fascismo del siglo XXI es distópico, apocalíptico y, por eso, el Anticristo no es solo el comunismo y el socialismo; es también la propia democracia y el tipo de convivencia que esta promueve, al conducir al estancamiento del progreso tecnológico, que es la única vía de redención. La política del odio que sustenta la guerra civil no conoce adversarios políticos, solo conoce enemigos a los que abatir.

    Debido a su carácter apocalíptico, no es de extrañar que el fascismo del siglo XXI, a diferencia del fascismo del siglo XX, sea promovido por sectores de las élites, en general, los más ricos, los multimillonarios, de los que Peter Thiel es un ejemplo paradigmático. Mientras que para el fascismo del siglo XX la democracia no era más que un régimen decadente, para el fascismo del siglo XXI la democracia, al igual que los derechos humanos, es la encarnación del “Mal”. Al igual que lo es la lucha ecológica o cualquier reivindicación que ponga trabas a la acumulación infinita de riqueza y la tecnología de la que depende.

    La relación entre el fascismo del siglo XXI y el sionismo merece una reflexión especial. El fascismo del siglo XX fue antisemita, entendiéndose por tal una política racista radical contra el pueblo judío, cuyo exterminio proclamaba y buscaba activamente. El sionismo, entendido como la pretensión de crear un Estado judío, era en aquella época una corriente muy minoritaria entre los judíos. Su aceptación era mayor entre los judíos rusos y de Europa del Este (países bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Polonia). Las organizaciones sionistas de la época buscaron y alcanzaron acuerdos con el nazismo, en particular, respecto al traslado de judíos a Palestina y a la constitución del Estado de Israel (acuerdos que, por cierto, tuvieron poco éxito entre el pueblo judío).

    Poco después de la Segunda Guerra Mundial, muchos intelectuales judíos llamaron la atención sobre el peligro del sionismo y sobre las afinidades de los métodos sionistas con los del fascismo y el nazismo. En 1948, Albert Einstein y Hannah Arendt firmaron la famosa carta al New York Times, señalando tales afinidades en el caso del partido de Menachem Begin, hoy Likud.

    Los sionistas extremistas, actualmente dominantes en el Gobierno de Israel, comparten con los cristianos evangélicos fundamentalistas la idea del apocalipsis basada en las mismas lecturas bíblicas, sobre todo del Libro de Daniel (Dan 7-12) y del Apocalipsis de Juan en el Nuevo Testamento. De ahí surge el sionismo cristiano, que ha fortalecido enormemente el movimiento fascista global de este siglo.

    El Anticristo es, como afirma Robert Fuller, una obsesión estadounidense. La lucha contra el Anticristo se personifica hoy en la figura del multimillonario Peter Thiel, fundador de PayPal y de Palantir, cuya inteligencia artificial fue aparentemente responsable de la muerte de los ayatolás iraníes y de las 208 niñas, alumnas de primaria de la Escuela Shadjareh Tayyebeh, en la ciudad de Minab, en Irán.

    Peter Thiel, sin ninguna preparación teológica, recorre el mundo exorcizando como manifestaciones del Anticristo que conducen al apocalipsis final todos aquellos logros políticos por los que hemos luchado en los últimos doscientos años para devolver un poco de dignidad a las clases y grupos sociales excluidos por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado: un Estado mínimamente redistributivo, a través de políticas sociales (sanidad, vivienda y educación públicas); la democracia como sistema de convivencia pacífica y forma de contener los «excesos» del capitalismo; los derechos humanos como lucha por la dignidad humana en sociedades donde la prosperidad de unos se obtiene a costa de la deshumanización de muchos; las luchas ecológicas para construir un nuevo metabolismo con la naturaleza que permita reconstruir los ciclos naturales de regeneración vital. Todo esto es un anatema que impide la salvación que solo la tecnología inteligente de la IA puede producir. Las amenazas existenciales no son el cambio climático, la amenaza atómica, la amenaza nuclear o la amenaza de la IA. Las amenazas existenciales provienen de las resistencias al pleno desarrollo de esos «progresos». Todo ello es manifestación de un antimesías, la bestia triunfal del fin de los tiempos.

    La nueva tierra prometida es Silicon Valley, teorizada recurriendo a Carl Schmitt y, de forma distorsionada y perversa, a René Girard (la teoría del chivo expiatorio y la imitación como la otra cara de la rivalidad). El nuevo Anticristo es toda la acumulación histórica de conocimiento, organización y lucha que ha venido a alertar sobre los riesgos existenciales que corren la humanidad y el planeta Tierra si no se hace nada para frenar la injusticia social, histórica, ambiental, racial y sexual, si la democracia no sabe defenderse de los antidemócratas, si la voluntad imperial sustituye al derecho internacional, si la guerra, el genocidio y el saqueo de recursos son los únicos medios para «resolver» los conflictos. Para los fascistas del Anticristo, toda esta acumulación histórica de los últimos doscientos años es un campo de maniobras de estancamiento que impide la única redención posible, la redención tecnológica.

  • Perú urgente: resistencia y solidaridad internacional

    Perú urgente: resistencia y solidaridad internacional

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Kachkaniraqmi es una expresión quechua que significa, sigo siendo. Se suele usar para expresar que, a pesar de todas las desgracias que han pasado, la persona sigue existiendo, sigue siendo. Pedro Castillo (foto), presidente del Perú, usó el Kachkaniraqmi en su discurso de toma de mando el 28 de julio de 2021. Pocas veces, el término ha sido mejor usado.

    Durante la campaña presidencial, especialmente en la segunda vuelta, la candidata de derecha aglomeró en torno a ella al gran empresariado, medios de comunicación, iglesias y militares que intentaron demoler a toda costa al candidato de izquierda: un hombre del campo, maestro de escuela, rondero, dirigente sindical, que concentra en sí las mismas características que ponen a miles de personas en el Perú en el lado excluido de la línea abisal, racista, clasista y patriarcal. Ni la brutal campaña de desprestigio, ni el intento extemporáneo de torcer los resultados electorales, evitaron que Pedro Castillo siga siendo. Y Pedro Castillo sigue siendo ahora en prisión después de meses de atropellos y nosotros, demócratas del mundo, seguiremos siendo en la medida en que nos solidarizarnos con la lucha por la democracia y por la legalidad democrática en Perú.

    La elección de Pedro Castillo

    Pedro Castillo representó en las elecciones, la persistencia por existir de miles de personas que se encuentran en el lado de las personas excluidas de la historia. En el Perú, una de cada cuatro personas se auto-identifica como perteneciente a alguno del medio centenar de pueblos indígenas andinos o amazónicos (Instituto Nacional de Estadística e Informática). El colonialismo y el liberalismo en el Perú golpea duro a los pueblos indígenas y a las comunidades que se oponen a los proyectos extractivistas. Entre el 2001 y el 2021 se han criminalizado a casi mil personas y asesinado a 220 defensores de derechos humanos (Observatorio para la Protección de los Defensores de Derechos Humanos y otros). En ese orden de ideas, no es extraño que Castillo haya conseguido más del 70% de los votos en provincias donde las poblaciones sufren las consecuencias de la gran minería (Espinar, Chumbivilcas, Cotabambas, Celedín, Islay, Pasco, Ayabaca, Cañaris).

    La historia colonial de apropiación y violencia continuó después del virreinato y se agravó en los últimos años con la voracidad del capitalismo racista, que arrasa con todo a su paso. Pero ni así, lograron exterminar a los distintos colectivos y pueblos peruanos que llevan siglos en resistencia.

    Una lección de resistencia nos la dieron los y las jóvenes que, en octubre del 2020, tomaron las calles para protestar en defensa de la democracia. Salieron a manifestarse en contra de un gobierno ilegítimo, que les reprimió violentamente. Las víctimas, ahora los héroes de la generación del bicentenario, devolvieron la esperanza a la ciudadanía peruana y consiguieron tumbarse a un régimen golpista.

    Una resistencia similar ocurrió después de las elecciones del 2021. Ante la estrategia ilegal de la derecha por fraguar un fraude en mesa y robarse las elecciones, centenas de ronderos y ronderas llegaron de diferentes partes del país a Lima. Ellos y ellas están acostumbrados a rondar para cuidar los bienes de sus comunidades, la seguridad de sus familias, vecinos y vecinas. En julio de 2021 rondaron por algo más etéreo, pero muy valioso: rondaron para cuidar la democracia, para evitar que los guardianes del status quo junto con sus abogados y abogadas llevaran ilegalmente a su candidata a Palacio de gobierno.

    La campaña electoral estuvo cargada de símbolos llenos de vitalidad y belleza. Frente al absurdo cuestionamiento de que Castillo era terrorista, respondieron con música: la canción “flor de retama” se cantó en mítines llenos de alegría y color. Frente al encasillamiento de Lima y la burocracia que organiza debates electorales, Castillo llevó a la plaza de Chota en Cajamarca a su contrincante y en un escenario presentaron sus propuestas ante las multitudes reunidas.

    Una nueva época

    La victoria de Pedro Castillo abrió la posibilidad de una nueva época para el Perú, gestada en las esperanzas que nos transmitieron los jóvenes del bicentenario y los ronderos y ronderas de la democracia.

    Sin embargo, la historia del gobierno de Pedro Castillo fue diferente. Su gestión se movió sobre dos ejes: el boicot y la autodestrucción. Por una parte, se sabía desde el inicio, que la derecha no le dejaría gobernar, que torpedearía la democracia, puesto que no lograron hacerse del poder. Tras perder las elecciones, la derecha estaba amenazada, pero no acorralada ni acabada. Ella estaba decidida a seguir complotando contra el gobierno electo, haciendo lo posible porque la nueva oportunidad de la izquierda fracasase en todos los planos posibles. El contexto jugaba a favor del complot: la crisis sanitaria había profundizado las evidentes desigualdades. La derecha, apropiada de la mesa directiva del congreso, buscaría cualquier excusa para culpar al nuevo gobierno y terminar con el proyecto. No aceptarían que alguien se saliera del libreto. Años antes, no le aceptaron salir del libreto a un liberal, como el expresidente Francisco Sagasti, menos lo harían con un presidente de izquierda, que representaba a los excluidos de la historia.

    La derecha quería conseguir a través del congreso, lo que no consiguió con el voto popular. El golpe de Estado fue una amenaza constante. La derecha congresal, con poder mediático, económico y militar hizo uso de sus armas para boicotear al gobierno y acorralarlo despiadadamente. No podían ocultar que se trataba de una venganza racista, clasista y colonial, pero se presentaba ante la opinión pública como una lucha contra la corrupción y la defensa de la eficiencia en el manejo del Estado.

    Por otra parte, debe reconocerse que las altas expectativas creadas por Pedro Castillo no se concretaron y no se puede afirmar que todo fue culpa de la derecha. Ese es el otro eje del gobierno de Castillo: la autodestrucción. En los puestos de ministros nombró a personas misóginas, vinculadas a casos de corrupción o gente inidónea para el cargo. Está claro que Castillo no estuvo a la altura de su responsabilidad histórica. Cuando a fines de enero de 2022, Castillo rompió con algunos grupos de izquierda, quedó claro que sus alianzas eran más pragmáticas que programáticas. A esas alturas de su gobierno, también fue evidente que el interés real por una reforma constitucional había desaparecido. Este desempeño político creó frustración entre muchos de sus seguidores de izquierda, la misma que fue aprovechada por las derechas para crear una situación de ingobernabilidad.

    Colapso democrático y represión

    Aprovechando un inocuo golpe de Estado por parte de Pedro Castillo, realizado el 7 de diciembre 2022, (inocuo porque de nulo efecto en las condiciones que fue hecho), el parlamento lo destituye inmediata e irregularmente de su cargo, usando una figura política cuestionable: la vacancia presidencial por incapacidad moral. Castillo va preso ese mismo día y su vicepresidenta Dina Boluarte asume el poder, con el apoyo de la derecha radical, que quería ver a Castillo fuera de Palacio de gobierno. Pedro Castillo sigue preso hasta hoy.

    El Congreso no solo violó su propio reglamento como no respetó cuestiones procedimentales mínimas, como por ejemplo el derecho de defensa en juicio. Además, el Congreso le retiró la inmunidad presidencial en un procedimiento expedito y sin garantía de audiencia, de modo que se le pudiera imponer la prisión preventiva por 36 meses. En prisión, el presidente Castillo recibe maltratos y no se permite el acceso libre a sus abogados, medidas abiertamente contrarias al sistema interamericano de derechos humanos.

    El conflicto político-social que resultó de este proceso llevó a la brutal represión policial y militar en contra protestas sociales pacíficas. El resultado es tenebroso: según el último conteo de la Defensoría del Pueblo de Perú, hay 67 personas muertas: 49 civiles, en enfrentamientos; 11 civiles, por accidentes de tránsito y hechos vinculados al bloqueo; 7 miembros de las fuerzas del orden (1 policía y 6 militares) en el contexto del conflicto.

    Durante los meses más duros de las protestas y la represión se sucedieron tres masacres en regiones con alta población indígena, es decir ahí donde la gente se sentía simbólicamente representado por Pedro Castillo. En la masacre de Apurímac, región quechua, murieron 6 personas y más de 120 fueron heridas. En Ayacucho, también quechua, en un un lapso de siete horas, murieron 10 personas, el 15 de diciembre 2022. Soldados del Ejército son los más claros sospechosos de esos homicidios. Más macabro fueron los hechos del 09 de enero de 2023 en Juliaca, localidad aimara. Ese día fueron asesinadas 18 personas en enfrentamientos con la policía. ONG como Amnistía Internacional hablan claramente de que la violencia con que las fuerzas policiales y militares reprimieron a los y las manifestantes, sería violencia racista.

    En otras partes del país, la represión policial y militar también excedió el uso de la fuerza. A través de violencia institucional, la coalición de derecha que está en el gobierno, busca desincentivar la protesta legítima, encarcelar a manifestantes y reforzar un discurso de represión, que sostiene que los manifestantes son terroristas. En un país, que vivió a fines del siglo pasado un conflicto armado interno con actos de terrorismo, llamar terroristas a los manifestantes es especialmente cruel y deshumanizante.

    La toma de Lima

    Acostumbrados a largas luchas, contingentes de manifestantes, especialmente campesinos quechuas y aymaras del sur andino, llegaron poco después de la destitución de Castillo a Lima para hacerse oír en la capital. La llamada “Toma de Lima” amenazó la estabilidad de la sede de gobierno, que desde el 01 de enero de 2023 tiene por alcalde una figura del conservadurismo radical, de extrema derecha. En Lima, la represión policial fue desmedida. Se sucedieron hechos terribles. El sábado 21 de enero, la policía rompió con una tanqueta la puerta de ingreso a la Universidad Nacional de San Marcos, uno de los centros intelectuales más importantes del Sur Global, y realizó un operativo para detener a manifestantes. Casi 200 personas fueron apresadas y trasladadas a las oficinas de terrorismo y crimen organizado de la policía. La represión no paró y tampoco las protestasa. En los días siguientes, hubo marchas multitudinarias todos los días en Lima. El 28 de enero, fue asesinado un manifestante en Lima. Un policía le disparó una bomba lacrimógena a la cabeza, a menos de 10 metros de distancia.

    Es importante resaltar que las principales victimas de la violencia policial son las localidades y regiones que más largamente votaron por Castillo. En Ayacucho, donde Castillo hizo juramento para presidente, las protestas fueron grandes y la represión también. Lo mismo sucedió en Apurímac y Puno. Esas regiones concentran población indígena de la sierra y son las regiones que han protestado con más fuerza en contra de Dina Boluarte.

    El pedido de los manifestantes es claro: la renuncia de la presidenta Dina Boluarte y el cierre del congreso. Ambos pedidos son respaldados por la mayoría de peruanos. Las encuestas conservadoras reportaban en febrero que el 76% quiere la renuncia de Boluarte y la convocatoria a nuevas elecciones (Ipsos, febrero). Un abrumador 70% quería que las elecciones sean ya, pronto, en el 2023. En marzo de 2023, la desaprobación de Dina Boluarte es del 78% y su aprobación del 15%. (IEP, marzo 2022). ¿Cómo puede gobernar alguien con esa falta de legitimidad? Lo cierto es que no puede. No tiene el mínimo respaldo para dirigir el país.

    La suerte del congreso no es mejor. Su afán golpista y de boicot le ha pasado la factura. Históricamente, la aprobación del congreso no ha sido buena. Pero ahora es la peor: 6% de la población aprueba al congreso y el 91% lo desaprueba (IEP, 2023).

    Uno de los errores más gruesos del congreso ha sido archivar el adelanto de elecciones. A pesar de que las protestas exigían el cierre del congreso, el adelanto de elecciones y la renuncia de Boluarte, el congreso cerró esa opción y optó por quedarse hasta el 2026, agudizando su crisis de legitimidad y la crisis política peruana.

    ¿Qué hacer?

    1.Asamblea Constituyente y la refundación del Estado

    El pueblo quiere asamblea constituyente. Las encuestas de opinión muestran que la mayoría está de acuerdo con una asamblea, que reforme la constitución. Esa fue una de las banderas que enarboló el presidente de Castillo y que rápidamente dejó de lado, para que fuese archivada en el Congreso. Pero es un deseo de la gente. A la par del crecimiento de las protestas, el pedido de nueva constitución ha crecido. El Perú necesita una nueva Constitución, que refunde el Estado.

    La constitución peruana de 1993 es una constitución creada durante la dictadura fujimorista. De corte neoliberal, la carta peruana redujo derechos sociales, económicos y culturales y amplió libertades económicas sin contribuir sustancialmente a la reducción de la desigualdad. Además, como suele suceder la constitución no fue producto de un poder constituyente de amplia convocatoria, que acogiera las diferentes epistemologías que habitan en el Perú. Como se dijo anteriormente, un cuarto de la población se auto-identifica como indígena. La constitución peruana de 1993, lejos de radicalizar la democracia, reprodujo una lógica capitalista, colonial y patriarcal.

    Un eventual proceso constituyente abre la puerta para lidiar con los problemas estructurales de la sociedad peruana, que la constitución de 1993 intensificó. Los procesos de refundación del Estado de la década pasada en los países andinos fueron de la mano con proyectos políticos que impulsaban la causa desde el ejecutivo. En el caso peruano, como en el reciente caso chileno o incluso en el colombiano, el común denominador es el estallido social. La población se levanta masivamente por una causa política, que arrastra consigo demandas sociales de larga data, resiste durante un tiempo prologando la represión del Ejecutivo y genera un momento de cambio político, en el que pueden encausarse una reforma constitucional de amplia base.

    Ahora bien, las tendencias reaccionarias, reflejadas en los nuevos conservadurismos tanto de izquierda como de derecha, buscan frenar la refundación del Estado. En el Perú, de hecho anularon esfuerzos de renovación, que el breve gobierno de Castillo no pudo ni quiso promover. En esa tensión de avanzar y retroceder, se enmarcan las presiones por terminar con el gobierno de Dina Boluarte, frenar la represión, ante la mirada de la comunidad internacional.

    En el Perú hay una sociedad civil dispuesta a seguir siendo en libertad. A pesar de que estén expuestos al uso indebido del poder de policía, las organizaciones de base, el movimiento de derechos humanos y la prensa independiente están jugando un papel clave. Las organizaciones de base y ciudadanos independientes expresaban su solidaridad cotidianamente con los manifestantes de la Toma de Lima. Todos los días llegaban donaciones de comida, ropa, medicinas, que sostienen la lucha de los manifestantes. También ha habido noticias de locales y hoteles prestados para que los protestantes que llegan de otras partes del Perú se alberguen.

    Igualmente, el movimiento de derechos humanos, abogados independientes, personal de salud, acompañan a los manifestantes en los momentos difíciles. De esa manera, las personas heridas tienen atención médica de urgencia. De igual modo, los detenidos son patrocinados gratuitamente por abogados independientes o del movimiento de derechos humanos, que se hacen presentes en las comisarías y tratan de garantizar los derechos de la persona detenidas y plantean denuncias penales contra los perpetradores, es decir contra el Ejecutivo, la policía y los militares.

    2.Solidaridad internacional y apoyo a la prensa independiente

    El Perú se escuda frente a la comunidad internacional, en que se ha seguido las reglas constitucionales de sucesión presidencial. Es decir, al caer el expresidente Pedro Castillo, debe asumir la vicepresidenta. En ese sentido, la cancillería peruana ha repetido en Washington, ante la CELAC y ordenado a todas sus embajadas, que difundan que el Perú vive en democracia. Los grandes medios de comunicación en el Perú defienden la continuidad de la presidenta Dina Boluarte, a la par que promueven la criminalización de la protesta social. Tal como sucedió en otros países, los manifestantes son llamados vándalos y terroristas. La prensa resalta las acciones violentas de los protestantes, los estigmatiza y deshumaniza. En ese contexto, los medios comunicación independientes y las redes sociales difunden información vedada en la televisión abierta. A través de ella, el público a nivel mundial puede enterarse de las violaciones de derechos humanos y escuchar voces críticas al gobierno.

    La presión internacional ha aportado, pero ha sido insuficiente. Países como México, Colombia, Chile y Honduras han levantado la voz contra la situación política o contra las masacres y la represión. Han llegado al Perú visitas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, una comisión independiente de parlamentarios argentinos; parlamentarios europeos y de Estados Unidos de América se han pronunciado. Sin embargo, la solidaridad es insuficiente. La mayoría de gobiernos del Norte y Sur Global han preferido guardar silencio ante los crímenes del gobierno peruano, convalidando lo que es una violación sistemática a los derechos humanos.

    ¿Qué hacer a corto plazo?

    -Pedro Castillo debe ser libertado inmediatamente pues está ilegalmente preso y se hay indicios que haya cometido crímenes el debido proceso debe ser respetado. Su actuación fue política y la intervención judicial indebida configura un caso más de lawfare, una guerra supuestamente jurídica para neutralizar un adversario político. Es en esta condición de adversario político que la actuación de Pedro Castillo debe ser evaluada y siempre dentro del marco constitucional y con respeto de los procedimientos democráticos.

    -Este Congreso no tiene legitimidad política después de todos los atropellos constitucionales y reglamentarios y de toda la violencia contra ciudadanos pacíficos. Hay dos caminos posibles, o una asamblea constituyente originaria, o nuevas elecciones, pero con cupos indígenas para que se interrumpa la exclusión social y política a que los pueblos indígenas han sido sometidos desde hace siglos.

    Los países de CELAC deben hacer mayor presión junto de las instancias internacionales para que Perú vuelva a la normalidad democrática y termine la represión de las manifestaciones pacíficas.

    El Consejo de Derechos Humanos de la ONU debe intervenir para restablecer el estado de derecho y el orden constitucional en Perú.

    Los Estados Unidos deben ser presionados para sustituir a su embajadora en Perú que con su comportamiento en la crisis del país se convirtió en una persona non grata para todos los demócratas de Perú.

  • El silencio de los intelectuales

    El silencio de los intelectuales

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Cada pueblo caminaba por las calles de Europa con una pequeña antorcha en la mano; y ahora, he aquí el fuego. (Jean Jaurès, 25 de julio de 1914, seis días antes de ser asesinado por un fanático militarista)

    Los intelectuales no tienen el monopolio de la cultura, de los valores o de la verdad, y mucho menos el monopolio de aquello que debería ser entendido por cualquiera de estos «dominios del espíritu», como se decía antiguamente. Tampoco pueden renunciar a denunciar lo que, en su opinión, consideran ser destructivo de la cultura, de los valores y de la verdad, especialmente cuando esta destrucción supuestamente ocurre en nombre de la cultura, los valores y la verdad. Los intelectuales no pueden dejar de saludar al sol antes de que nazca el día, pero tampoco pueden evitar advertir que muchas nubes pueden nublar el cielo antes de que caiga la noche e impedir que se disfrute la claridad del día.

    En Europa estamos asistiendo al alarmante (re)surgimiento de dos realidades destructivas de los «dominios del espíritu»: la destrucción de la democracia, con el crecimiento de las fuerzas políticas de extrema derecha; y la destrucción de la paz con la naturalización de la guerra. Cualquiera de estas destrucciones está legitimada por los valores que pretende destruir: la apología del fascismo se hace en nombre de la democracia y la apología de la guerra en nombre de la paz. Todo esto es posible porque la iniciativa política y la presencia mediática están siendo entregadas a las fuerzas belicistas y a las fuerzas conservadoras de derecha o extrema derecha. Las medidas de protección social para que la población sienta en el presupuesto y en la convivencia que la democracia es mejor que la dictadura son cada vez más escasas debido a los costos de la guerra en Ucrania y al hecho de que las sanciones económicas en contra del “enemigo”, que supuestamente debían causar daño al enemigo, están, de hecho, causando daño a los pueblos europeos cuyos gobiernos se aliaron con Estados Unidos.

    La destrucción de la paz y la democracia se debe generalmente a la constitución desigual y paralela de dos círculos de libertades autorizadas, es decir, las libertades de expresión y acción aceptadas por los medios de comunicación y el poder político. El círculo de libertades autorizadas para posiciones progresistas que defienden la paz y la democracia disminuye cada vez más, mientras que el círculo de libertades autorizadas para posiciones conservadoras que hacen apología de la guerra y la polarización fascista sigue creciendo. Los comentaristas progresistas están cada vez más ausentes de los grandes medios de comunicación, mientras que los conservadores dejan pasar semanalmente páginas enteras cargadas de una mediocridad espantosa. Veamos los principales síntomas de este vasto proceso en curso.

    1. La guerra de información sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania se ha desarrollado hasta ahora de tal manera que incluso los comentaristas con cierto sentido común conservador se someten a ella con repugnante sumisión. Un ejemplo entre muchos de los medios corporativos europeos: en el comentario semanal de un canal de televisión portugués (SIC, 29 de enero de 2023), un conocido comentarista, generalmente una persona de buen criterio dentro del campo conservador, dijo más o menos esto: «Ucrania tiene que ganar la guerra porque si no gana, Rusia invadirá otros países de Europa». Más o menos lo mismo que los televidentes estadounidenses escuchan todos los días de la mano de Rachel Maddow en el canal de televisión MSNBC. ¿De dónde viene este absurdo sino del consumo excesivo de desinformación? ¿Se les habrá olvidado que la Rusia postsoviética quería unirse a la OTAN y a la UE y fue rechazada, y que la expansión de la OTAN en las fronteras de Rusia, en contra de lo que le fue prometido a Gorbachov, podría ser una preocupación defensiva legítima por parte de Rusia, incluso si es ilegal invadir Ucrania, como condené desde primera hora? ¿No sabrán que fueron Estados Unidos y Reino Unido quienes boicotearon las primeras negociaciones de paz poco después de la guerra haber comenzado? Y si, por hipótesis, Zelensky quisiera abrir negociaciones con Putin, ¿creen que solo lo detendría la extrema derecha ucraniana? ¿Estados Unidos o Reino Unido lo permitirían? ¿No han pensado los comentaristas ni por un momento que una potencia nuclear enfrentada a la eventualidad de la derrota en la guerra convencional puede recurrir a las armas nucleares, y que esto puede causar una catástrofe nuclear? ¿Y no se dan cuenta de que en la guerra de Ucrania se explotan dos nacionalismos (ucraniano y ruso) para someter a Europa a una dependencia total de Estados Unidos y detener la expansión de China, el país con el que Estados Unidos está realmente en guerra? ¿Que Ucrania es hoy la prefiguración de lo que Taiwán será mañana? Curiosamente, en este vértigo ventrílocuo de la propaganda, nunca se dan detalles sobre lo que significa la derrota de Rusia. ¿Conducirá al derrocamiento de Putin? ¿La balcanización de Rusia?

    2. La ideología anticomunista que ha dominado el mundo occidental durante los últimos ochenta años está siendo reciclada para fomentar hasta la histeria el odio antirruso, a pesar de que se sabe que Putin es un líder autocrático, amigo de la derecha y de la extrema derecha europea. Se prohíben los artistas, músicos y deportistas rusos, y se eliminan los cursos sobre cultura y literatura rusas, tan europeas como la francesa. En la primera reunión internacional del club P.E.N. después de la Primera Guerra Mundial, celebrada en mayo de 1923, los escritores alemanes fueron prohibidos como parte de la estrategia de humillar la potencia vencida en el Tratado de Versalles de 1919. La única voz disidente fue la de Romain Rolland, Premio Nobel de Literatura en 1915. Él, que había escrito tanto contra la guerra, y específicamente contra los crímenes de guerra de los alemanes, tuvo el coraje de declarar, «en nombre del universalismo intelectual»: «No someto mis pensamientos a las fluctuaciones políticas y dementes de la política».

    3. La democracia está siendo tan vaciada de contenido que puede ser defendida instrumentalmente por aquellos que la usan para destruirla, mientras que aquellos que sirven a la democracia para fortalecerla contra el fascismo son considerados izquierdistas radicales. Fue unánime el coro occidental para celebrar los eventos de la plaza Maidan de Kiev en 2014, donde comenzó la guerra de hoy. Aunque las banderas de las organizaciones nazis fueron claramente visibles en las protestas, a pesar de la furia popular dirigida contra un presidente elegido democráticamente, Víctor Yanukovych, a pesar de que las escuchas telefónicas revelaron que la neoconservadora estadounidense, Victoria Nuland, había indicado los nombres de aquellos que asumirían el poder en caso de una votación, incluida la de una ciudadana estadounidense, Natalie Jaresko, que más tarde sería nombrada nueva Ministra de Finanzas…de Ucrania, a pesar de todo esto, estos eventos, que fueron un golpe bien orquestado para ahuyentar a un presidente pro-russo y convertir a Ucrania en un protectorado estadounidense, se celebraron en todo Occidente con la vibrante victoria de la democracia. Nada de esto fue incluso tan absurdo como el hecho de que el diputado de la oposición venezolana, Juan Guaidó, se proclamara presidente interino de Venezuela en una plaza de Caracas en 2019, y eso fue suficiente para que Estados Unidos y muchos países de la UE lo reconocieran como tal. En diciembre de 2022, fue la propia oposición venezolana la que puso fin a dicha farsa.

    4. La dualidad de criterios para juzgar lo que está sucediendo en el mundo asume proporciones aberrantes y se ejerce casi automáticamente para fortalecer a los apologistas de la guerra, estigmatizar a los partidos de izquierda y normalizar a los fascistas. Los ejemplos son tantos que cuesta seleccionarlos. Doy algunos de ellos. En Portugal, por ejemplo, el comportamiento ruidoso e insultante de los miembros del partido de extrema derecha Chega en el parlamento es muy similar al comportamiento de los parlamentarios del partido nazi en el Reichstag desde que ingresó en el Parlamento alemán a principios de la década de 1920. Hubo intentos de detenerlos, pero la iniciativa política les pertenecía y las condiciones económicas los favorecían. En mayo de 1933, estaban promoviendo la primera quema de libros en Berlín. ¿Cuánto tiempo esperarán los portugueses? El segundo ejemplo. Siguiendo una orientación derechista global muy patrocinada por las instituciones de contrainsurgencia de Estados Unidos, los gobiernos izquierdistas que no pueden ser derrocados por golpes suaves deben ser desgastados por acusaciones de corrupción. Forzarlos a lidiar con problemas de gobernabilidad y de crisis permanente para que no puedan gobernar estratégicamente. En Portugal, al parecer, solo hay corrupción en el Partido Socialista. Para los medios de comunicación conservadores hegemónicos, todos los ministros del gobierno socialista, hasta que se demuestre lo contrario, son considerados corruptos. No es difícil encontrar ejemplos similares en otros países.

    En el plano internacional me refiero a dos ejemplos evidentes. Ahora está prácticamente establecido que la explosión de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022 fue obra de Estados Unidos (como, por cierto, había prometido Joe Biden), con la eventual colaboración de aliados. Si fue o no fue su responsabilidad, deberá ser investigado sin demora por una comisión internacional independiente. Lo que parece claro es que la parte perjudicada, Rusia, no tenía ningún interés en destruir la infraestructura cuando le bastaría cerrar el grifo. El 8 de febrero de 2023, el respetado periodista estadounidense Seymour Hersh reveló con información concluyente que fue Estados Unidos quien planeó desde diciembre de 2021 la explosión de los gasoductos Nordstream 1 y Nordstream 2[1]. Si es así, estamos ante un delito grave que configura un acto de terrorismo de Estado. Debería ser de gran interés para Estados Unidos, el Estado que se afirma como un defensor de la democracia global, averiguar qué sucedió. ¿Era esta la única forma de obligar a Alemania a unirse a la guerra contra Rusia? ¿El sabotaje de los gasoductos pretendía acabar con la política de mayor autonomía energética para Europa en relación con EE. UU. iniciada por Willy Brandt? Con la energía cara y las empresas cerradas, ¿no fue esta una forma eficaz de detener el motor económico de la UE? ¿Quién se beneficia de ello? ¿Se incluyó en el cálculo el injusto sacrificio impuesto a las familias alemanas de pasar por un invierno sin un calor razonable? El más profundo silencio pesa sobre este acto terrorista.

    El segundo ejemplo. La violencia de la ocupación colonial israelí sobre Palestina se intensifica. Desde principios de año, Israel ha matado a 35 palestinos; el 26 de enero asaltó el campamento de refugiados de Jenin en el West Bank y mató a otras 10 personas, incluidos 2 niños. Un día después, un joven palestino mató a siete personas fuera de la sinagoga de un asentamiento israelí en la sección oriental de Jerusalén, que fue ocupada ilegalmente por Israel. La violencia existe en ambos lados, pero la desproporción es brutal, y muchos actos de terrorismo por parte de Israel (a veces cometidos con impunidad por colonos o por militares en los denominados “checkpoints”) ni siquiera se denuncian. No hay enviados de los medios de comunicación occidentales para informar de lo que está sucediendo en los territorios ocupados, donde se produce la mayor violencia. No tenemos imágenes insoportables del sufrimiento y muerte en el lado palestino (a excepción de imágenes furtivas de teléfonos móviles). La comunidad internacional y el mundo árabe no dicen nada. A pesar de la inmensa desproporción de la violencia entre los dos lados de la guerra, no hay ningún movimiento para enviar armas para Palestina, contrario a lo que sí se está haciendo con Ucrania. ¿Por qué la resistencia de los ucranianos es justa y la de los palestinos no lo es? Europa, el continente donde tuvo lugar el holocausto judío, está en el origen remoto de los crímenes cometidos contra Palestina, pero hoy muestra una odiosa complicidad con Israel. La UE está trabajando arduamente para establecer un tribunal para juzgar los crímenes de guerra. Pero hipócritamente, solo los crímenes cometidos por Rusia. Como en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, los llamamientos al europeísmo (la paneuropea, como se llamaba entonces) son cada vez más llamamientos a la guerra cargados con una retórica para encubrir el sufrimiento injusto y la pérdida de bienestar que se está imponiendo a los pueblos europeos sin haber sido consultados sobre la necesidad o conveniencia de la guerra.

    ¿Por qué hay tanto silencio sobre todo esto?

    Frente a todo esto, quizás el silencio más incomprensible sea el de los intelectuales. Incomprensible, porque los intelectuales afirman a cada paso tener una mayor clarividencia que la de los mortales comunes. Sabemos por experiencia histórica que, en los períodos inmediatamente anteriores al estallido de las guerras, todos los políticos dicen que están en contra de la guerra mientras contribuyen a ella. En estas condiciones el silencio es pura complicidad con los señores de la guerra. Contrariamente a lo sucedido a principios del siglo XX, no hay fuertes declaraciones de intelectuales reconocidos por la paz o por la «independencia de espíritu» y en defensa de la democracia. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, tres imperialismos estaban presentes: el ruso, el británico y el prusiano. No había duda para nadie de que el más agresivo era el imperialismo prusiano.

    Curiosamente, en ese momento no se escuchó a grandes intelectuales alemanes manifestarse contra la guerra. El caso de Thomas Mann merece una reflexión. En noviembre de 1914, escribió un artículo en la Neue Rundschau[2] titulado Gedanken im Kriege (Pensamientos en tiempos de guerra) en el que defendía la guerra como un acto de Kultur (es decir, Alemania, como él mismo añadiría) contra la civilización. Para él, la Kultur era la sublimación de lo demoniaco (die Sublimierung des Damonischen) y estaba encima de la moral, de la razón y de la ciencia. Y concluía, “la ley es amiga de los débiles, quisiera nivelar el mundo, pero la guerra hace aparecer la fuerza” (Das Gesetz ist der Freund des Schwachen, mochte gern die Welt verflachen, aber der Krieg lasst die Kraft erscheinen)[3]. Según él, Kultur y militarismo eran hermanos. En 1919, publicó el libro Consideraciones de un apolítico[4] en donde defendería la política del Kaiser y afirmaba que la democracia era una idea antialemana. Felizmente para la humanidad, Thomas Mann cambió sus ideales y se transformó en uno de los grandes críticos del nazismo. Por el contrario, en el lado ruso, las voces críticas contra el imperialismo ruso, desde Kropotkine hasta Tolstoi, desde Dostoievski hasta Gorki, siempre han sido bien notorias.

    Hay muchas preguntas que los intelectuales tienen la obligación de responder. ¿Por qué se habrán callado? ¿Seguirá habiendo intelectuales, o lo que queda es una pobre clericultura?

    [1]https://seymourhersh.substack.com/p/how-america-took-out-the-nord-stream?r=5mz1&utm_campaign=post&utm_medium=web

    [2] Revista literaria alemana trimestral con sus más de 100 años de historia ininterrumpida, es una de las publicaciones culturales más antiguas de Europa.

    [3] Citado por Romain Rolland Au-dessus de la mêlée. Paris, Paul Ollendorf, 1915, 59.

    [4] Betrachtungen eines Unpolitischen, Berlim, S. Fischer Verlag

  • Los imperialismos

    Los imperialismos

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Desde el principio condené enérgicamente la invasión de Ucrania por parte de Rusia, pero desde ese momento subrayé que ha habido una fuerte provocación estadounidense para que esto sucediera con el objetivo de debilitar a Rusia y detener a China. En la Guerra de Ucrania, el imperialismo estadounidense, el imperialismo ruso y el imperialismo chino se enfrentan. Estoy en contra de todo imperialismo y admito que en el futuro el imperialismo ruso o el imperialismo chino pueden ser los más peligrosos, pero no tengo ninguna duda de que en este momento el imperialismo más peligroso es el de Estados Unidos. Saca ventaja en dos áreas, la militar y la financiera. Nada de esto garantiza la longevidad de este imperialismo. De hecho, he argumentado que está en declive, pero la decadencia en sí misma puede ser uno de los factores que explica la mayor peligrosidad de hoy.

    La dinámica del imperialismo estadounidense parece imparable, siempre alimentada por la creencia de que la destrucción que provoca o incita tendrá lugar lejos de sus fronteras protegidas por dos vastos océanos. Por lo tanto, tienen un desprecio casi genético por otros pueblos. Estados Unidos siempre dice que interviene por el bien de la democracia y solo deja destrucción y dictadura o caos tras su paso.

    La última y quizás más extrema manifestación de esta ideología se puede leer en el último libro del neoconservador Robert Kagan (casado con la neoconservadora, Victoria Nuland, subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos del gobierno del presidente Joe Biden), The Ghost at the Feast: America and the Collapse of World Order, 1900-1941 (Nueva York, Alfred Knopf, 2022). La idea central de este libro es que Estados Unidos es un país único en el mundo en su deseo de hacer a las personas más felices, más libres y ricas, luchando contra la corrupción y la tiranía dondequiera que existan. Son tan maravillosamente poderosos que habrían evitado la Segunda Guerra Mundial si hubieran intervenido militar y financieramente a tiempo para obligar a Alemania, Italia, Japón, Francia y Gran Bretaña a seguir el nuevo orden mundial dictado por Estados Unidos.

    Todas las intervenciones estadounidenses en el extranjero han sido altruistas, por el bien de los pueblos intervenidos. Según Kagan, desde las primeras intervenciones militares en el extranjero —la guerra hispanoamericana de 1898 (con el propósito de dominar Cuba desde entonces hasta hoy), y la guerra filipino-estadounidense de 1899-1902 (contra la autodeterminación de Filipinas y que resultó en más de 200.000 muertos)— Estados Unidos siempre ha intervenido con fines altruistas y por el bien de los pueblos.

    Este monumento a la hipocresía y el ocultamiento de verdades incómodas ni siquiera considera la trágica realidad de los pueblos indígenas y la población negra de Estados Unidos sometidos al exterminio y la discriminación más violentos en el momento de estas intervenciones supuestamente liberadoras en el extranjero. El registro histórico revela la crueldad de esta mistificación. Invariablemente, las intervenciones han sido dictadas por los intereses geopolíticos y económicos de Estados Unidos, en los que, además, Estados Unidos no son una excepción. Por el contrario, este siempre ha sido el caso para todos los imperios (ver la invasión de Rusia por Napoleón y Hitler).

    Los registros históricos muestran que la prevalencia de los intereses imperiales de Estados Unidos a menudo ha llevado a borrar las aspiraciones de autodeterminación, libertad y democracia y a apoyar a los dictadores sedientos de sangre que resultó en devastación y muerte, la Guerra del Plátano en Nicaragua (1912), el apoyo al dictador cubano Fulgencio Batista y la operación militar en Bahía Cochinos de 1961, el apoyo al golpe militar en Brasil en 1964 y la caída de Salvador Allende en Chile (1973); del golpe contra el presidente Mohammad Mossaddegh, democráticamente elegido de Irán, (1953) al golpe de Estado contra Jacobo Árbenz, también democráticamente elegido, de Guatemala (1954); de la invasión a Vietnam para poner fin a la amenaza comunista (1965) a la invasión de Afganistán (2001), supuestamente para defenderse de los terroristas (que no eran afganos) que atacaron las Torres Gemelas de Nueva York, después de haber apoyado en los veinte años anteriores a los muyahidines contra el gobierno comunista respaldado por la Unión Soviética; de la invasión de Irak en 2003 para eliminar a Saddam Hussein y sus armas de destrucción masiva (que no existían), a la intervención en Siria para defender a los rebeldes que eran en su mayoría (y son) islamistas radicales; de la intervención, a través de la OTAN, en los Balcanes sin autorización de la ONU (1995), a la destrucción de Libia (2011).

    Siempre hubo «razones benevolentes» para estas intervenciones, que siempre tuvieron cómplices y aliados locales. ¿Qué quedará de la mártir Ucrania cuando termine la guerra (todas las guerras acaban algún día)? ¿En qué situación quedarán los otros países de Europa, especialmente Alemania y Francia, todavía dominados por la falsa idea de que el Plan Marshall fue la expresión de la filantropía desinteresada de Estados Unidos, a la que deben infinita gratitud y solidaridad incondicional? ¿Cómo quedará Rusia? ¿Qué equilibrio se puede hacer más allá de la muerte y la destrucción que la guerra siempre causa? ¿Por qué no hay un fuerte movimiento en Europa por una paz justa y duradera? Aunque la guerra se está librando en Europa, ¿están los europeos esperando que surja un movimiento contra la guerra en Estados Unidos para enlistarse en él con buena conciencia y sin riesgo de ser considerados amigos de Putin o comunistas?

  • Adiós a Europa

    Adiós a Europa

    Boaventura de Sousa Santos*

    Un nuevo-viejo fantasma se cierne sobre Europa: la guerra. El continente más violento del mundo en términos de muertes en conflictos armados en los últimos cien años (para no retroceder en el tiempo e incluir las muertes sufridas por Europa durante las guerras religiosas y las muertes infligidas por los europeos a los pueblos sometidos al colonialismo) se encamina hacia un nuevo conflicto bélico, ochenta años después del conflicto más violento hasta el momento, con unos ochenta millones de muertos.

    Todos los conflictos anteriores aparentemente comenzaron sin una razón fuerte, era opinión común que durarían poco tiempo y, en un principio, la mayoría de la población subsanada seguía haciendo su vida normal, yendo de compras y al cine, leyendo periódicos y disfrutando charlas amenas sobre política y cotilleo en las explanadas. Cada vez que surgía un conflicto violento localizado, había una convicción dominante de que se resolvería localmente. Por ejemplo, muy pocas personas (incluidos los políticos) pensaron que la Guerra Civil Española (1936-1939) y 500.000 muertos eran el presagio de una guerra más amplia, la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que las condiciones estaban allí.

    Aun sabiendo que la historia no se repite, es legítimo preguntarse si la actual guerra entre Rusia y Ucrania no es el presagio de una nueva guerra mucho más amplia. Se están acumulando señales de que un peligro mayor puede estar en el horizonte. A nivel de la opinión pública y del discurso político dominante, la presencia de este peligro se manifiesta en dos síntomas opuestos. Por un lado, las fuerzas políticas conservadoras ostentan no sólo la iniciativa ideológica sino una recepción privilegiada en los medios. Son polarizantes, enemigos de la complejidad y de la argumentación serena, usan palabras extremadamente agresivas y hacen encendidos llamamientos al odio. No les inquieta el doble criterio con el que comentan los conflictos y la muerte (por ejemplo, entre muertos en Ucrania y en Palestina),

    En esta corriente de opinión conservadora se mezclan cada vez más posiciones de derecha y extrema derecha, y el mayor dinamismo (agresividad tolerada) proviene de esta última. Este dispositivo pretende inculcar la idea del enemigo a destruir. La destrucción por las palabras predispone a la opinión pública a la destrucción por los hechos. A pesar de que en democracia no hay enemigos internos y sólo adversarios, la lógica de la guerra se transpone insidiosamente a supuestos enemigos internos, cuya voz debe ante todo ser silenciada. En los parlamentos, las fuerzas conservadoras dominan la iniciativa política; mientras que las fuerzas de izquierda, desorientadas o perdidas en laberintos ideológicos o cálculos electorales insondables, se refieren a un defensismo tan paralizante como incomprensible.

    La pulsión de muerte europea se extiende en dos frentes: la extrema derecha defiende el fascismo en nombre de la democracia; el secretario general de la OTAN defiende la guerra en nombre de la paz.

    Pero el espectro de un peligro mayor está señalado por un síntoma opuesto. Los observadores más atentos toman conciencia del fantasma que acecha a la sociedad y confluyen de manera sorprendente en sus inquietudes. En los últimos tiempos me he identificado mucho con los análisis de comentaristas a quienes siempre he reconocido como pertenecientes a una familia política diferente a la mía.

    Me refiero a textos de José Pacheco Pereira, Teresa de Sousa (publicado en este diario) o Miguel Sousa Tavares (Expresso). Lo que tenemos en común es la subordinación de las cuestiones de la guerra y la paz a las cuestiones de la democracia. Podemos diferir en lo primero y coincidir en lo segundo. Por la sencilla razón de que sólo el fortalecimiento de la democracia en Europa puede conducir a la contención del conflicto entre Rusia y Ucrania y su solución pacífica. Sin una democracia vigorosa, Europa caminará, sonámbula, hacia su destrucción.

    ¿Llegaremos a tiempo para evitar la catástrofe? Me gustaría decir que sí, pero no puedo. Los signos son muy preocupantes. Primero, la extrema derecha crece globalmente impulsada y financiada por los mismos intereses que se reúnen en Davos para salvaguardar su negocio. En la década de 1930, la gente le tenía mucho más miedo al comunismo que al fascismo; hoy, sin la amenaza comunista, temen la revuelta de las masas empobrecidas y proponen como única respuesta la represión policial y militar violenta. Su voz parlamentaria es la de la extrema derecha. La guerra interna y la guerra externa son dos caras de un mismo monstruo y la industria armamentística se beneficia por igual de ambas.

    En segundo lugar, la guerra de Ucrania parece más confinada de lo que realmente es. El flagelo actual, que azota las llanuras donde hace ochenta años murieron tantos miles de personas inocentes (principalmente judíos), tiene las dimensiones de una autoflagelación. Rusia hasta los Urales es tan europea como Ucrania, y con esta guerra ilegal, además de vidas inocentes, muchas de ellas de habla rusa, está destruyendo la infraestructura que construyó cuando era la Unión Soviética. La historia y las identidades etnoculturales entre dos países están mejor entrelazadas que con otros países que anteriormente ocuparon Ucrania y ahora la apoyan.

    Tanto Ucrania como Rusia necesitan mucha más democracia para poder poner fin a la guerra y construir una paz que no los deshonre. Europa es más vasta de lo que parece desde Bruselas. En la sede de la Comisión (u OTAN, que es lo mismo) domina la lógica de la paz según el Tratado de Versalles de 1919, y no la del Congreso de Viena de 1815. La primera humilló a la potencia vencida (Alemania) .y la humillación condujo a la guerra veinte años después; la segunda honró a la potencia vencida (la Francia napoleónica) y garantizó un siglo de paz en Europa. La paz de Versalles presupone la derrota total de Rusia, tal como la imaginaba Hitler. ¿Sus ideólogos pensaron que si la potencia perdedora tuviera armas nucleares no dejaría de usarlas? ¿Y que esto será el holocausto nuclear?

    Sin Rusia, Europa es la mitad de sí misma, económica y culturalmente. La mayor ilusión que la guerra de la información ha inculcado a los europeos en el último año es que Europa, una vez amputada de Rusia, podrá restaurar su integridad con el trasplante de Estados Unidos. Que se haga justicia a los EU: cuidan muy bien sus intereses. La historia muestra que un imperio en declive siempre busca arrastrar consigo sus esferas de influencia para retrasar su declive. Así Europa sabría cuidar de sus intereses.

    (*)  Director Emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra y Coordinador del Observatorio Permanente de Justicia

  • Brasil: El futuro llegó rápido

    Brasil: El futuro llegó rápido

    Boaventura de Sousa Santos

    *Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Es difícil encontrar en la política internacional un inicio de mandato democrático tan turbulento como el que tuvo el presidente Lula. La democracia pendía de un hilo y se salvó (por ahora) gracias a una combinación contingente de factores excepcionales: el talento del presidente como estadista, la acción correcta en el momento correcto de un ministro en el lugar correcto, Flavio Dino, pronto respaldado por el apoyo activo del Supremo Tribunal Federal. Las instituciones específicamente encargadas de defender la paz y el orden público estuvieron ausentes, y algunas de ellas incluso se confabularon con la asonada depredadora de bienes públicos. Cuando una democracia prevalece en estas condiciones, es tanto una afirmación de fuerza como de debilidad.

    Muestra que tiene más ánimo para sobrevivir que para florecer. Lo cierto es que, a la larga, solo sobrevivirá si florece. Y para ello se necesitan políticas con lógicas diferentes, susceptibles de generar conflictos entre sí. Y todo tiene que hacerse bajo presión. Es decir, el futuro llegó rápido y con prisas. Brasil no volverá a ser lo que era antes de Bolsonaro, al menos durante algunos años.

    Brasil tiene dos heridas históricas mal curadas: elcolonialismo portugués y la dictadura. La herida del colonialismo estaba mal curada porque ni la cuestión de la tierra ni la del racismo antinegro, antiindígena y antigitano(las dos herencias malditas) fueron solucionadas.

    La última solo empezó a ser enfrentada con el primer gobierno de Lula (acciones afirmativas, etc.). La herida de la dictadura estaba mal curada debido al pacto con los militares antidemocráticos en la transición democrática, de la que resultó la impunidad de los crímenes cometidos por los militares. Estas dos heridas estallaron con toda la purulencia en la figura de Bolsonaro. El pus se mezcló en la sangre de las relaciones sociales a través de las redes sociales y allí permanecerá por mucho tiempo por la acción de un lumpen capitalismo legal e ilegal, racial y machista, que persiste en la base de la economía, una base resentida en relación con la cúspide de la pirámide, el capital financiero, debido a su usura. Esta herida mal curada y ahora más expuesta envenenará toda la política democrática en los próximos años. La convivencia democrática tendrá que convivir paralelamente con una pulsión antidemocrática bajo la forma de un golpe de Estado continuado, ora latente, ora activo. Así será por lo menos hasta el 2024, fecha de las elecciones estadounidenses, debido al pacto de sangreentre la extrema derecha brasileña y la estadounidense.

    El intento de golpe del 8 de enero alteró profundamente las prioridades del presidente Lula. Ante el agravamiento de la crisis social, la agenda del presidente electo estaba destinada a privilegiar el área social. De repente, la política de seguridad se impuso con total urgencia. Preveo que seguirá ocupando la atención del presidente mientras la clandestinidad golpista muestre que tiene aliados en las Fuerzas Armadas, en las fuerzas de seguridad y en el capital antiamazónico. Este capital está comprometido con la destrucción de la Amazonia y la solución final para los pueblos indígenas. Las fotos de los yanomamis que circularon por el mundo solo tienen parangón con las fotos de las víctimas del holocausto nazi en la década de 1940. ¿Cómo podría yo haber imaginado, ocho años después de recibir a los líderes indígenas de Roraima en la Universidad de Coímbra (una delegación en la que estaba la ahora ministra Sonia Guajajara) y recibir de ellos el tocado y el palo de lluvia –un gran honor para mí–, que asistiría a la conversión de su territorio, por cuya demarcación luchamos, en un campo de concentración, un Auschwitz tropical? Brasil necesita la cooperación internacional para obtener la condena internacional por genocidio del expresidente Bolsonaro y algunos de sus ministros, a saber, Sérgio Moro y Damares Alves.

    Cuando el futuro llega rápidamente hace exigencias que a menudo se superponen. El drama mediático provocado por el intento de golpe exige mucha atención y vigilancia por parte de los dirigentes. Sin embargo, dadas las poblaciones marginadas que viven en las inmensas periferias, el drama golpista es mucho menor que no poder alimentar a tus hijos, ser asesinado por la policía o las milicias, ser violada por el patrón o asesinada por tu pareja, ver tu casa siendo arrastrada por la próxima inundación, sentir los tumores creciendo en el cuerpo debido a la exposición excesiva a insecticidas y pesticidas (prohibidos en todo el mundo pero de libre uso en Brasil), ver el agua del río donde siempre se buscó el alimento contaminada hasta el punto de que los peces son veneno vivo, saber que tu joven hijo negro será encarcelado indefinidamente a pesar de que nunca fue condenado, en fin, temer que tu asentamiento sea destrozado mañana por delincuentes escoltados por la policía.

    Esos son algunos de los dramas de las poblaciones que, en un futuro próximo, responderán a las encuestas sobre el índice de aprobación del presidente Lula y su gobierno. Cuanto más bajo sea este índice, más champán consumirán los golpistas y los líderes fascistas nacionales y extranjeros. Confiemos en el genio político del presidente Lula, que siempre ha vivido intensamente estos dramas de la población vulnerable, para gobernar con mano dura a fin de contener y castigar a los golpistas presentes y futuros; y con mano solidaria, para amparar y devolver la esperanza a su pueblo de siempre.

  • Brasil: advertencia a la navegación democrática

    Brasil: advertencia a la navegación democrática

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Lo que ocurrió en Brasilia el pasado día 8, una semana después de la toma de posesión del presidente Lula da Silva, es un acontecimiento que solo tomó por sorpresa a quienes no quisieron o no pudieron informarse de sus preparativos, ampliamente difundidos en las redes sociales. La ocupación violenta de las sedes del poder legislativo, ejecutivo y judicial y de los espacios aledaños, así como la depredación de los bienes públicos de estos edificios por parte de manifestantes de extrema derecha, constituyen actos de terrorismo planeados y minuciosamente organizados por sus cabecillas. Se trata, por tanto, de un acontecimiento que pone en serio peligro la supervivencia de la democracia brasileña y que, por la forma en que sucedió, puede amenazar mañana otras democracias en el continente y en el mundo. Conviene, pues, analizarlo a la luz de su importancia. Las principales características y lecciones son las siguientes:

    1. El movimiento de extrema derecha es global y sus acciones a escala nacional se benefician de experiencias antidemocráticas extranjeras y a menudo actúan en alianza con ellas. Es conocida la articulación de la extrema derecha brasileña con la extrema derecha estadounidense. El conocido portavoz de esta última, Steve Bannon, es amigo personal de la familia Bolsonaro y desde 2013 ha sido una figura tutelar de la extrema derecha brasileña. Además de las alianzas, las experiencias de un país sirven de referencia a otro y constituyen un aprendizaje. La invasión de la plaza de los Tres Poderes en Brasilia es una copia «mejorada» de la invasión del Capitolio en Washington el 6 de enero de 2021, pues aprendió de ella y trató de hacerlo mejor. Fue organizada con más detalle, procuró traer a mucha más gente a Brasilia y utilizó varias estrategias para hacer que la seguridad pública democrática sintiese que nada anormal sucedería. Los cabecillas tenían como objetivo ocupar Brasilia con al menos un millón de personas, sembrar el caos y permanecer el tiempo necesario para permitir la intervención militar que pusiese fin a las instituciones democráticas.

    2. Se pretende hacer creer que se trata de movimientos espontáneos. Por el contrario, están organizados y tienen una profunda capilaridad en la sociedad. En el caso brasileño, la invasión de Brasilia se organizó desde diferentes ciudades y regiones del país y en cada una de ellas había líderes identificados con un número de teléfono para poder ser contactados por los adherentes. La participación podía adoptar muchas formas. Quienes no pudiesen viajar a Brasilia, tenían misiones que cumplir en sus localidades, bloqueando la circulación de combustibles y el abastecimiento de los supermercados. El objetivo era crear caos por la carencia de productos esenciales. Algunos recordarán las huelgas de camioneros que precipitaron la caída de Salvador Allende y el fin de la democracia chilena en septiembre de 1973. A su vez, el caos en Brasilia tenía objetivos precisos. Fue asaltada la sala del Gabinete de Seguridad Institucional, ubicada en el sótano del Palacio de Planalto, donde fueron robados documentos confidenciales y armamento de alta tecnología, lo que demuestra que hubo entrenamiento y espionaje. También se encontraron cinco granadas en el Supremo Tribunal Federal y el Congreso Nacional.

    3. En los países democráticos, la estrategia de extrema derecha se basa en dos pilares: a) invertir fuertemente en las redes sociales para ganar las elecciones con el objetivo de, si las gana, no usar el poder democráticamente ni dejarlo democráticamente. Así fue con Donald Trump y con Jair Bolsonaro como presidentes. b) En el caso de que no prevea ganar, comenzar a cuestionar desde antes la validez de las elecciones y declarar que no acepta ningún otro resultado que no sea su victoria. El programa mínimo es perder por un pequeño margen para hacer más creíble la idea del fraude electoral. Fue lo que ocurrió en las últimas elecciones en Estados Unidos y en Brasil.

    4. Para tener éxito, este ataque frontal a la democracia necesita contar con el apoyo de aliados estratégicos, tanto nacionales como extranjeros. En el caso de los apoyos nacionales, los aliados son fuerzas antidemocráticas, tanto civiles como militares, instaladas en el aparato de gobierno y de la administración pública que, por acción u omisión, facilitan las acciones de los rebeldes. En el caso brasileño, es particularmente clamorosa la connivencia, la pasividad e incluso la complicidad de las fuerzas de seguridad del Distrito Federal de Brasilia y de sus dirigentes. Con el agravante de que esta región administrativa, por ser sede del poder político, recibe cuantiosos ingresos federales con el propósito específico de defender las instituciones. En el caso brasileño, es escandaloso también que las Fuerzas Armadas se hayan mantenido en silencio, sobre todo cuando era conocido el propósito de los organizadores de crear el caos para provocar su intervención.

    Por otro lado, las Fuerzas Armadas toleraron la instalación de campamentos de manifestantes frente a los cuarteles, un área de seguridad militar, y que permanecieran allí durante dos meses. Fue así como la idea del golpe prosperó en las redes sociales. En este caso, el contraste con Estados Unidos es flagrante. Cuando se produjo la invasión del Capitolio, los jefes militares estadounidenses hicieron cuestión de subrayar su defensa de la democracia. En este sentido, el nombramiento del nuevo ministro de Defensa, José Múcio Monteiro, que parece apostado en una buena y reverente relación con los militares, no augura nada bueno. Es un ministro problemático después de todo lo que ha sucedido. Brasil está pagando un precio muy alto por no haber castigado los crímenes y a los criminales de la dictadura militar (1964-1985), teniendo en cuenta que algunos crímenes ni siquiera prescribieron. Esto fue lo que permitió al expresidente Bolsonaro elogiar a la dictadura, rendir homenaje a los militares torturadores y designar militares, algunos fuertemente comprometidos con la dictadura, en importantes cargos de un gobierno civil y democrático. Solo así se explica por qué hoy se habla del peligro de un golpe militar en Brasil, pero no en Chile o en Argentina. Como es sabido, en estos dos países los responsables de los crímenes de la dictadura militar fueron juzgados y penados.

    5. Además de los aliados nacionales, los aliados extranjeros son cruciales. Trágicamente, en el continente latinoamericano, Estados Unidos ha sido tradicionalmente el gran aliado de los dictadores, cuando no directamente el instigador de golpes de Estado contra la democracia. Resulta que, esta vez, Estados Unidos estaba del lado de la democracia y eso hizo toda la diferencia en el caso de Brasil. Estoy convencido de que, si Estados Unidos hubiera dado las habituales señales de aliento a los aspirantes a dictadores, hoy estaríamos frente a un golpe consumado. Desgraciadamente, a la luz de una historia de más de cien años, esta posición estadounidense no se debe a un repentino celo por la defensa internacionalista de la democracia. La posición de Estados Unidos estuvo estrictamente determinada por razones internas. Apoyar el bolsonarismo de extrema derecha en Brasil sería dar fuerza a la extrema derecha trumpista estadounidense, que sigue creyendo que la elección de Joe Biden fue el resultado de un fraude electoral y que Donald Trump será el próximo presidente de Estados Unidos. De hecho, preveo que mantener una extrema derecha fuerte en Brasil será importante para los propósitos de la extrema derecha estadounidense en las elecciones de 2024. Es de esperar que la intención sea crear una situación de ingobernabilidad que dificulte al máximo la actuación del presidente Lula da Silva en los próximos años. Para que esto no suceda, es necesario que los golpistas y depredadores sean severamente castigados. Y no solo ellos, sino también sus mandantes y financistas.

    6. Para garantizar la sostenibilidad de la extrema derecha es necesario tener una base social, disponer de financiadores-organizadores y de una ideología lo suficientemente fuerte como para crear una realidad paralela. En el caso de Brasil, la base social es amplia, dado el carácter excluyente de la democracia brasileña, que hace que amplios sectores de la sociedad se sientan abandonados por los políticos democráticos. Brasil es una sociedad con gran desigualdad socioeconómica, agravada por la discriminación racial y sexual. El sistema democrático potencia todo esto hasta el punto de que el Congreso brasileño es más una caricatura cruel que una representación fiel del pueblo brasileño. Si no es objeto de una profunda reforma política, eventualmente será completamente disfuncional. En estas condiciones, existe un amplio campo de reclutamiento para las movilizaciones de extrema derecha. Obviamente, la gran mayoría de los que participan en ellas no son fascistas. Solo quieren vivir con dignidad y no creen que esto sea posible en democracia. En cuanto a los financiadores-organizadores, parecen ser, en el caso de Brasil, sectores del bajo capital industrial, agrario, armamentista y de servicios que se beneficiaron del (des)gobierno bolsonorista o con cuya ideología se identifican más.

    En lo que se refiere a la ideología, parece asentarse sobre tres pilares principales. En primer lugar, el reciclaje de la vieja ideología fascista, es decir, la lectura reaccionaria de los valores de Dios, Patria y Familia, a los que ahora se suma la Libertad. Se trata sobre todo de defender incondicionalmente la propiedad privada para así, con eso: a) poder invadir y ocupar la propiedad pública o comunitaria (territorios indígenas); b) defender efectivamente la propiedad, lo que implica armar a las clases propietarias; c) tener legitimidad para rechazar cualquier política ambiental; y, d) rechazar los derechos reproductivos y sexuales, en particular el derecho al aborto y los derechos de la población LGBTIQ+. En segundo lugar, la ideología implica la necesidad de crear enemigos a destruir. Los enemigos tienen varias escalas, pero la más global (y abstracta) es el comunismo. Cuarenta años después de que, al menos en el hemisferio Occidental, han desaparecido los regímenes y partidos que defienden la implantación de sociedades comunistas, este sigue siendo el fantasma contradictoriamente más abstracto y más real. Para entender esto es necesario tener en cuenta el tercer pilar de la ideología de extrema derecha: la creación incesante y capilar en el tejido social de una realidad paralela, inmune a la confrontación con la realidad real, llevada a cabo por las redes sociales y por las religiones reaccionarias (iglesias evangélicas neopentecostales y católicas antipapa Francisco) que vinculan fácilmente el comunismo y el aborto y así infunden un miedo abisal en poblaciones indefensas, todo ello facilitado por el hecho de que hace tiempo que éstas perdieron la esperanza de tener una vida digna.

    El intento de golpe de Estado en Brasil es un aviso a la navegación. Los demócratas brasileños, latinoamericanos, estadounidenses y, en última instancia, de todo el mundo deben tomar esta advertencia muy en serio. Si no lo hacen, mañana los fascistas no se limitarán a tocar la puerta. Seguramente irrumpirán sin ceremonia para entrar.

  • Brasil: la victoria de Lula y el golpe de Estado continuado

    Brasil: la victoria de Lula y el golpe de Estado continuado

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    El domingo pasado quedó claro que en Brasil se está produciendo un golpe de Estado. Se trata de un nuevo tipo de golpe cuyo curso tal vez no se se vea afectado sustancialmente por el resultado de las elecciones. Por cierto, con la difícil victoria de Lula da Silva su ritmo será ciertamente afectado. Se trata de un golpe que comenzó a ponerse en marcha en 2014 con la impugnación de los resultados de las elecciones presidenciales ganadas por la presidenta Dilma Rousseff; continuó con el impeachment de la presidenta Rousseff en 2016; y con el encarcelamiento ilegal del expresidente Lula da Silva en 2018 para impedirle presentarse a las elecciones que ganó el presidente Bolsonaro, principal beneficiario del golpe en su fase actual. Con la elección de Bolsonaro terminó la primera fase del golpe y comenzó una segunda. Al igual que Adolf Hitler en 1932, Bolsonaro dejó claro desde el primer momento que había utilizado la democracia exclusivamente para llegar al poder y que, una vez conseguido este objetivo, ejercería el poder con el objetivo exclusivo de destruirla. En esta segunda fase, el golpe tomó la forma de un lento vaciamiento de la institucionalidad democrática y de la cultura política, cuyos principales componentes fueron los siguientes.

    En el ámbito de la institucionalidad: la explotación de todas las debilidades del sistema político brasileño, en particular del poder legislativo, profundizando la mercantilización de la política, la compra y venta de votos de los representantes del pueblo en el período entre elecciones y la compra y venta de votos de los electores durante los períodos electorales; la complicidad del poder judicial conservador, incapaz de imaginar la igualdad de los ciudadanos ante la ley y acostumbrado a convivir tanto con el imperio de la ley como con el imperio de la ilegalidad, según los intereses en juego; la captura de las fuerzas armadas a través de la distribución masiva de cargos ministeriales y administrativos.

    En el ámbito de la cultura política democrática: la apología de la dictadura y sus métodos represivos, incluida la tortura; el uso masivo de las redes sociales para difundir fake news y promover la cultura del odio y una ideología del bienestar vaciada de cualquier contenido que no sea el del malestar o el sufrimiento infligido al “otro” construido como enemigo; la capilarización en el seno del tejido social del imperialismo religioso conservador estadounidense (evangelismo neopentecostal) vigente desde 1969 como política contrainsurgente preferente.

    Esta fase concluyó al final de la primera vuelta de las elecciones presidenciales el pasado 2 de octubre. A partir de entonces, entró en una nueva fase basada en un ataque frontal al núcleo duro de la democracia liberal, al proceso electoral y a las instituciones encargadas de garantizar su normal desarrollo. Esta fase es cualitativamente nueva debido a dos factores.

    En primer lugar, se ha puesto de manifiesto la internacionalización del ataque a la democracia brasileña a través de organizaciones globales de extrema derecha originadas y financiadas por la plutocracia estadounidense. Brasil se ha convertido en el laboratorio de la extrema derecha mundial donde se pone a prueba la vitalidad del proyecto fascista global en el que el neoliberalismo se juega un nuevo (¿último?) aliento. El objetivo principal es la elección de Donald Trump en 2024. Informaciones fiables nos dicen que las empresas de desinformación y manipulación electoral vinculadas al notorio fascista Steve Bannon se instalaron en dos pisos de una de las principales calles de São Paulo desde donde dirigían las operaciones.

    En esta fase electoral, las dos estrategias principales fueron las siguientes. La primera fue la intimidación para evitar el “voto equivocado” y los beneficios a cambio del “voto correcto” ofrecidos por la clase empresarial baja y los políticos locales. La segunda, utilizada durante mucho tiempo por las fuerzas conservadoras de EE.UU. bajo el nombre de vote supression. La supresión del voto consiste en un conjunto de medidas excepcionales, siempre bajo el barniz de la normalidad legal, destinadas a impedir que los grupos sociales más proclives a votar al candidato opuesto a los golpistas ejercieran su derecho al voto: bloqueos de carreteras, exceso de celo en el control de los vehículos que transportaban a los potenciales votantes, intimidación para provocar el abandono, suspensión del transporte gratuito decretado por la ley electoral para promover el ejercicio del derecho al voto de los más pobres.

    ¿Y ahora qué, Brasil? La democracia brasileña ha sobrevivido a esta nueva fase del golpe de Estado en curso. A ello contribuyó la notable e intrépida implicación de los demócratas brasileños, que vieron en su voto la prueba de una vida mínimamente digna, la afirmación de su autoestima en términos de civilización y el principio activo de la energía democrática para los difíciles tiempos que se avecinan. También contribuyó la firmeza de las instituciones de justicia electoral, en medio de presiones, desautorizaciones e intimidaciones de todo tipo. Pero sería una locura irresponsable pensar que el proceso golpista ha terminado. No ha terminado y entrará en una nueva fase porque las condiciones y las fuerzas nacionales e internacionales que lo reclaman desde 2014 siguen vigentes y no han hecho más que reforzarse en estos últimos años.

    El golpe de Estado continuado entrará en una nueva fase. En lo inmediato, será probablemente la impugnación de los resultados electorales para compensar el fracaso de los golpistas en conseguir los resultados que querían con sus múltiples fraudes. Después, el golpe adoptará otras formas, a veces más subterráneas, con la utilización del crimen organizado para intimidar a las fuerzas democráticas, y a veces más institucionales, con la movilización artera del poder legislativo para crear una situación de ingobernabilidad permanente, es decir, con la amenaza de destitución del gobierno elegido y de las altas esferas del sistema judicial.

    Aunque el objetivo de los golpistas a medio plazo es impedir que el presidente Lula da Silva complete su mandato, el proceso golpista continuará y sólo será verdaderamente neutralizado cuando los demócratas brasileños se den cuenta de que la vulnerabilidad de la democracia es en gran medida autoinfligida, por la arrogancia en pretender ser la única condición para la legitimidad del poder en lugar de asumir que su legitimidad estará siempre al borde del colapso en una sociedad socioeconómica, histórica, racial y sexualmente muy injusta.

  • Brasil: un Gramsci colectivo

    Brasil: un Gramsci colectivo

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de José Luis Exeni Rodríguez

    En diciembre de 1929, Antonio Gramsci escribió en la prisión a la que había sido confinado por el fascismo italiano: “No crean que me siento derrotado. Lejos de eso. Una persona que está fuertemente convencida de su fuerza moral, de su energía y voluntad y de la necesaria coherencia entre fines y medios nunca se deja abatir por estados de ánimo banales de optimismo o pesimismo. Mi estado de ánimo es una síntesis de estos dos sentimientos y los trasciende: mi razón es pesimista, pero mi voluntad es optimista. Sea cual sea la situación, me imagino lo peor que puede pasar y eso es lo que moviliza toda mi voluntad y reservas de energía para evitar que eso suceda y superar cualquier obstáculo”.

    Me imagino a los demócratas brasileños en este momento como un Gramsci colectivo. Los imagino pensando para sí mismos lo que pensaba Gramsci en 1929 y reaccionando de la misma manera. Veamos, pues, dónde reside el pesimismo de la razón y dónde están las reservas de energía para el optimismo de la voluntad.

    El pesimismo de la razón se deriva de los siguientes factores. En primer lugar, cuesta entender que, tras casi 700.000 muertos por covid, muchos de ellos evitables si no fuera por la criminal negligencia del Gobierno, del regreso masivo del hambre que parecía erradicada, de la degradación abisal del sistema científico y educativo, del desastre ambiental y humano producido intencionalmente en la Amazonía, del agravamiento de las desigualdades sociales y de las condiciones laborales y las sucesivas masacres de la población de la periferia, todavía es posible que 51 millones voten por Bolsonaro. Todo eso en democracia y cuando había una alternativa que traía consigo la memoria aún reciente de tiempos mejores, una memoria que era también una presencia exuberante encabezada por alguien que regresaba incólume del infierno al que había sido condenado injustamente para certificar que lo peor había pasado.

     En segundo lugar, a pesar de todo esto, el ciclo de regresión conservadora y reaccionaria está lejos de agotarse y revela que se ha pegado a la piel de las prácticas sociales como un nuevo sentido común colonialista, racista y sexista. Consiste básicamente en enfrentar víctimas contra víctimas como una forma de desviar la atención sobre los verdaderos opresores. Manipula con eficacia la religiosidad popular, una religiosidad que siempre fue la fortaleza en los peores momentos y que, en otros tiempos, en lugar de paralizante y conformista, fue germen de inconformismo y resistencia.

    En tercer lugar, aunque a Brasil, por su enorme tamaño, le cuesta imaginar que algún país o movimiento extranjero pueda afectarlo decisivamente, lo cierto es que la extrema derecha global, que hoy tiene en Estados Unidos sus mayores recursos financieros y tecnológicos, ve en Bolsonaro un instrumento estratégico para mantener su visibilidad internacional y facilitar el regreso de Donald Trump. Para la extrema derecha mundial, la segunda vuelta de las elecciones brasileñas son las primarias de las elecciones estadounidenses de 2024. He llamado la atención sobre las actividades de Atlas Network, financiadas inicialmente por los hermanos Koch, magnates estadounidenses reaccionarios. Hoy cuenta con 500 instituciones asociadas en 100 países para promover su ideología ultraneoliberal. Fueron importantes en el reciente rechazo al proyecto constitucional de Chile que pretendía acabar con la Constitución del dictador Pinochet y están muy activos en Brasil.

    Pero Brasil, como colectivo Gramsci, no permite que ninguno de estos factores de pesimismo de la razón afecte su optimismo de la voluntad. Tal optimismo reside en imaginar lo peor que puede pasar si no se detiene pronto el ciclo conservador y en valorar lo mejor que ya se puede detectar en plena avalancha reaccionaria. No necesito detenerme en imaginar lo peor, pero es importante relacionar lo peor con sus verdaderas causas. Es necesario mostrar que los grandes prosélitos de la lucha contra la corrupción son quizás los más corruptos. También es necesario mostrar que la victoria de Bolsonaro apunta a eliminar la última institución democrática que hasta ahora no ha podido neutralizar: el Supremo Tribunal Federal (STF). Seguirá el ejemplo de Donald Trump y Viktor Orbán.

    En cuanto a la valorización de lo mejor, de lo que en el presente augura un futuro prometedor, bastará destacar la fuerza de la contracorriente en la primera vuelta. Lula da Silva, con la mayor votación de la historia en una primera vuelta; la elección con casi un millón de votos del político más carismático y popular después de Lula, Guilherme Boulos; la llegada al Congreso de cinco líderes indígenas (casi todas mujeres), de las cuales la más destacada y prometedora es Sônia Guajajara; la memoria democrática que está presente en el alma brasileña cuando elige políticos y políticas que tanto contribuyeron a dar dignidad y cuerpo al espíritu de la democracia y la justicia, desde Eduardo Suplicy hasta Luiza Erundina y Marina Silva; la voluntad de ampliar la inclusión y la justicia social a las diferentes sexualidades eligiendo a Duda Salabert y Erika Hilton.

    El optimismo de la voluntad no puede confundirse con la voluntad del optimismo. Tiene que traducirse en una acción alegre, constante y sin descanso en la familia, en los bares, en el trabajo, en las redes sociales, en las calles y en las plazas. De lo contrario, la indolencia de la voluntad será la razón que falta al pesimismo de la razón.