Categoría: Boaventura de Sousa Santos

  • Para una nueva declaración universal de los derechos humanos (I)

    [swmsc_one_half]

     Boaventura de Sousa Santos

    19 de enero, 2020

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    [/swmsc_one_half]

    [swmsc_one_half]

    Para una nueva declaración universal de los derechos humanos(I)

    El gran filósofo del siglo XVII, Baruch Spinoza, escribió que los dos  sentimientos básicos del ser humano (afectos, en su terminología) son el  miedo y la esperanza. Y sugirió que es necesario lograr un equilibrio entre  ambos, ya que el miedo sin esperanza conduce al abandono y la esperanza  sin miedo puede conducir a una autoconfianza destructiva. Esta idea puede  extrapolarse a las sociedades contemporáneas, especialmente en una época en la que, con el ciberespacio, las comunicaciones digitales interpersonales  instantáneas, la masificación del entretenimiento industrial y la personalización masiva del microtargeting comercial y político, los  sentimientos colectivos son cada vez más “parecidos” a los sentimientos  individuales, aunque siempre sean agregaciones selectivas. Es por ello que  actualmente la identificación con lo que se oye o se lee resulta tan inmediata (“eso es precisamente lo que pienso”, aunque nunca antes se haya pensado sobre “eso”), al igual que la repulsión (“tenía buenas razones para odiar eso”, a pesar de que nunca se haya odiado “eso”). De este modo, los sentimientos  colectivos se convierten fácilmente en una memoria inventada, en el futuro  del pasado de los individuos. Por supuesto, esto solo es posible porque, a  falta de una alternativa, la degradación de las condiciones materiales de vida se vuelve vulnerable a una reconfortante ratificación del statu quo
    Si convertimos los sentimientos de esperanza y miedo en sentimientos  colectivos, podemos concluir que tal vez nunca haya habido una distribución  tan desigual del miedo y la esperanza a escala global. La gran mayoría de la población mundial vive dominada por el miedo: al hambre, a la guerra, a la  violencia, a la enfermedad, al jefe, a la pérdida del empleo o a la  improbabilidad de encontrar trabajo, a la próxima sequía o a la próxima  inundación. Este miedo casi siempre se vive sin la esperanza de que se pueda  hacer algo para que las cosas mejoren. Por el contrario, una diminuta fracción  de la población mundial vive con una esperanza tan excesiva que parece  totalmente carente de miedo. No teme a los enemigos porque considera que  estos han sido anulados o desarmados; no teme la incertidumbre del futuro  porque dispone de un seguro a todo riesgo; no teme las inseguridades de su lugar de residencia porque en cualquier momento puede trasladarse a otro  país o continente (e incluso comienza a barajar la posibilidad de ocupar otros  planetas); no teme la violencia porque cuenta con servicios de seguridad y  vigilancia: alarmas sofisticadas, muros electrificados, ejércitos privados. 
    La división social global del miedo y la esperanza es tan desigual que  fenómenos impensables hace menos de treinta años hoy parecen  características normales de una nueva normalidad. Los trabajadores “aceptan” ser explotados cada vez más a través del trabajo sin derechos; los  jóvenes emprendedores “confunden” la autonomía con la autoesclavitud; las  poblaciones racializadas se enfrentan a prejuicios racistas que a menudo  provienen de aquellos que no se consideran racistas; las mujeres y la  población LGTBI siguen siendo víctimas de violencia de género, a pesar de  todas las victorias de los movimientos feministas y antihomofóbicos; los no  creyentes o creyentes de religiones “equivocadas” son víctimas de los peores  fundamentalismos. En el plano político, la democracia, concebida como el  gobierno de muchos en beneficio de muchos, tiende a convertirse en el  gobierno de pocos en beneficio de pocos, el estado de excepción con pulsión  fascista se va infiltrando en la normalidad democrática, mientras que el  sistema judicial, concebido como el Estado de derecho para proteger a los débiles contra el poder arbitrario de los fuertes, se está convirtiendo en la  guerra jurídica de los poderosos contra los oprimidos y de los fascistas contra  los demócratas.  
    Es urgente cambiar este estado de cosas o la vida se volverá  absolutamente insoportable para la gran mayoría de la humanidad. Cuando  la única libertad que le quede a esta mayoría sea la libertad de ser miserable, estaremos ante la miseria de la libertad. Para salir de este infierno, que parece  programado por un plan voraz y poco inteligente, es necesario alterar la  distribución desigual del miedo y la esperanza. Es urgente que las grandes mayorías vuelvan a tener algo de esperanza y, para ello, es necesario que las  pequeñas minorías con exceso de esperanza (porque no temen la resistencia  de quienes solo tienen miedo) tengan miedo de nuevo. Para que esto ocurra,  se necesitarán muchas rupturas y luchas en los terrenos social, político,  cultural, epistemológico, subjetivo e intersubjetivo. El siglo pasado comenzó  con el optimismo de que rupturas con el miedo y luchas por la esperanza estaban cerca y serían eficaces. Este optimismo tuvo el nombre inicial e  iniciático de socialismo o comunismo. Otros nombres-satélite se unieron a ellos, como republicanismo, secularismo, laicismo. A medida que el siglo  avanzaba se unieron nuevos nombres, como liberación del yugo colonial, autodeterminación, democracia, derechos humanos, liberación y  emancipación de las mujeres, entre otros. 
    Hoy, en la primera mitad el siglo XXI, vivimos entre las ruinas de muchos de esos nombres. Los dos primeros parecen reducirse, en el mejor  de los casos, a los libros de historia y, en el peor, al olvido. Los restantes subsisten desfigurados o, como mínimo, se ven confrontados ante la  perplejidad de acumular tantas derrotas como victorias protagonizan. Por  estas razones, las rupturas y las luchas contra la distribución torpemente desigual del miedo y la esperanza serán una tarea ingente, porque todos los  instrumentos disponibles para llevarlas a cabo son frágiles. Además, esta  discrepancia constituye en sí misma una manifestación del desequilibrio  contemporáneo entre el miedo y la esperanza. La lucha contra tal desequilibrio debe comenzar por los instrumentos que reflejan este mismo  desequilibrio. Solo a través de luchas eficaces contra este desequilibrio será  posible señalar la expansión de la esperanza y la retracción del miedo entre  las grandes mayorías. 
    Cuando los cimientos se derrumban, se convierten en ruinas. Cuando  todo parece estar en ruinas, no hay más alternativa que buscar entre las  ruinas, no solo el recuerdo de lo que fue mejor, sino especialmente la  desidentificación con lo que al diseñar los cimientos contribuyó a la  fragilidad del edificio. Este proceso consiste en transformar las ruinas  muertas en ruinas vivas. Y tendrá tantas dimensiones cuantas sean exigidas  por la predictora socioarqueología. Comencemos hoy, al inicio de año, por  los derechos humanos.  
    Los derechos humanos tienen una doble genealogía. A lo largo de su  vasta historia desde el siglo XVI, fueron sucesivamente (a veces de manera  simultánea) un instrumento de legitimación de la opresión eurocéntrica,  capitalista y colonialista, y un instrumento de legitimación de las luchas  contra esa opresión. Pero siempre fueron más intensamente instrumento de  opresión que de lucha contra ella. Por eso contribuyeron a la situación de  extrema desigualdad de la división global del miedo y la esperanza en la que  nos encontramos hoy. A mediados del siglo pasado, tras la devastación de  las dos guerras en Europa (con impacto mundial debido al colonialismo), los  derechos humanos tuvieron un momento alto con la proclamación de la  Declaración Universal de los Derechos Humanos, que vino a sustentar ideológicamente el trabajo de la ONU. El 10 de diciembre pasado se  conmemoraron los 71 años de la Declaración. No es aquí el lugar para  analizar en detalle este documento, que en su origen no es universal (de  hecho, es cultural y políticamente muy eurocéntrico) pero que gradualmente  se fue estableciendo como una narrativa global de dignidad humana. 
    Es posible decir que entre 1948 y 1989, los derechos humanos fueron  predominantemente un instrumento de la guerra fría, lectura que durante  mucho tiempo fue minoritaria. El discurso hegemónico de los derechos  humanos fue usado por los gobiernos democráticos occidentales para exaltar  la superioridad del capitalismo en relación al comunismo del bloque  socialista de los regímenes soviético y chino. Según tal discurso, las  violaciones de los derechos humanos solamente ocurrían en ese bloque y en  todos los países simpatizantes o bajo su influencia. Las violaciones que había en los países “amigos” de Occidente, crecientemente bajo influencia de los  Estados Unidos, eran ignoradas o silenciadas. El fascismo portugués, por  ejemplo, se benefició durante mucho tiempo de esa “sociología de las  ausencias”, tal como sucedió con Indonesia durante el período en que invadió  y ocupó Timor Oriental, o con Israel desde el inicio de la ocupación colonial  de Palestina hasta hoy. En general, el colonialismo europeo fue por mucho  tiempo el beneficiario principal de esa sociología de las ausencias. Así se fue  construyendo la superioridad moral del capitalismo en relación al  socialismo, una construcción en la que colaboraron activamente los partidos  socialistas del mundo occidental. 
    Esta construcción no estuvo libre de contradicciones. Durante este  período, los derechos humanos en los países capitalistas y bajo la influencia  de los Estados Unidos fueron muchas veces invocados por organizaciones y  movimientos sociales en la resistencia contra violaciones flagrantes de esos derechos. Las intervenciones imperiales del Reino Unido y de los Estados  Unidos en el Medio Oriente, y de los Estados Unidos en América Latina, a  lo largo de todo el siglo XX, nunca fueron consideradas internacionalmente  violaciones de derechos humanos, aunque muchos activistas de derechos  humanos sacrificasen su vida defendiéndolos. Por otro lado, sobre todo en  los países capitalistas del Atlántico Norte, las luchas políticas llevaron a la  ampliación progresiva del catálogo de derechos humanos: los derechos  sociales, económicos y culturales se juntaron a los derechos civiles y  políticos. Surgió entonces cierta disociación entre los defensores de la  prioridad de los derechos civiles y políticos sobre los demás (corriente  liberal), y los defensores de la prioridad de los derechos económicos y  sociales o de la indivisibilidad de los derechos humanos (corriente socialista  o socialdemócrata). 
    La caída del Muro de Berlín en 1989 fue vista como la victoria  incondicional de los derechos humanos. Pero la verdad es que la política  internacional posterior reveló que, con la caída del bloque socialista, cayeron  también los derechos humanos. Desde ese momento, el tipo de capitalismo  global que se impuso desde la década de 1980 (el neoliberalismo y el capital  financiero global) fue promoviendo una narrativa cada vez más restringida  de derechos humanos. Comenzó por suscitar una lucha contra los derechos  sociales y económicos. Y hoy, con la prioridad total de la libertad económica  sobre todas las otras libertades, y con el ascenso de la extrema derecha, los  propios derechos civiles y políticos, y con ellos la propia democracia liberal,  son puestos en cuestión como obstáculos al crecimiento capitalista. Todo  esto confirma la relación entre la concepción hegemónica de los derechos  humanos y la guerra fría.
    Ante este escenario, se imponen dos conclusiones paradójicas e  inquietantes, y un desafío exigente. La aparente victoria histórica de los  derechos humanos está derivando en una degradación sin precedentes de las  expectativas de vida digna de la mayoría de la población mundial. Los  derechos humanos dejaron de ser una condicionalidad en las relaciones  internacionales. Cuando mucho, en vez de sujetos de derechos humanos, los  individuos y los pueblos se ven reducidos a la condición de objetos de discursos de derechos humanos. A su vez, el desafío puede formularse así:  ¿será todavía posible transformar los derechos humanos en una ruina viva,  en un instrumento para transformar la desesperación en esperanza? Estoy  convencido que sí. En la próxima crónica intentaré rescatar las semillas de  esperanza que habitan la ruina viva de los derechos humanos.

    [/swmsc_one_half]

  • FASCISMO 2.0: CURSO INTENSIVO- BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS

    Es imposible predecir qué va a pasar en Estados Unidos durante las próximas semanas. Hay varias preguntas cruciales en el aire que por ahora no tienen respuesta. ¿Hubo o no fraude electoral? Si lo hubo, ¿fue suficiente para invertir los resultados? ¿Será la transición de Trump a Biden una transición de Trump a Trump? ¿O una transición de Trump a un acuerdo de compromiso en el Congreso como el que, tal y como aconteció tras las disputadas elecciones presidenciales de 1876, el candidato ganador asume la presidencia con la condición de aceptar el compromiso extraelectoral? ¿Habrá violencia en las calles sea cual sea la solución, ya que cualquiera de ellas margina a una parte importante y polarizada de la sociedad? Por ahora, todo esto son incógnitas.
    No obstante, hay algunas certezas muy sombrías para el futuro de la democracia. Me concentro en una. Me refiero al curso intensivo de fascismo 2.0 que Donald Trump ha impartido a lo largo de estos cuatro años a los aspirantes a dictadores, a líderes autoritarios y fascistas. El curso tuvo su momento más álgido en la clase magistral que Trump comenzó a dar desde la Casa Blanca a las 2.30 de la madrugada (hora de Washington D. C.) el pasado 4 de noviembre. El tema general del curso es “cómo utilizar la democracia para destruirla”. Se divide en varios subtemas. En este texto me referiré brevemente a los principales. Las tres primeras lecciones se refieren a las elecciones y el resto, a la política y el gobierno. El objetivo general del curso es inculcar la idea de que la democracia solo sirve para llegar al poder.
    Una vez en el poder, ni la gobernación ni la rotación democrática son aceptables.
    1. No reconocer resultados electorales desfavorables. El tema de la clase del día 4 fue cómo rechazar los resultados electorales cuando no nos convienen, cómo crear confusión en la mente de los ciudadanos, inventando sospechas de fraude que, independientemente de los hechos (que incluso podrían existir), para surtir efecto tienen que formularse de la manera más extrema y delirante. Ya en la campaña electoral de 2016 Trump había abordado este tema y la lección había sido seguida por sus alumnos predilectos (a quienes considera amigos personales), Rodrigo Duterte de Filipinas y Jair Bolsonaro de Brasil. Este último dijo en septiembre de 2018:
    “No acepto un resultado diferente de mi elección”. Sin embargo, muchos de los alumnos restantes estuvieron muy atentos esa madrugada. Entre otros, Recep Tayyip Erdoğan, en Turquía y, en Egipto, Abdel Fattah al-Sisi, que Trump considera “mi dictador favorito”, así como Narendra Modi en la India. Otro alumno atento fue Yoweri Museveni, el presidente de Uganda, que está en el poder desde 1986 y tiene la intención de volver a presentar su candidatura el próximo año. En Europa, la clase fue numerosa e incluyó a Viktor Orbán, Matteo Salvini, Marine Le Pen, Santiago Abascal y André Ventura.
    2. Transformar mayorías en minorías. Cada vez que las mayorías electorales no favorecen la causa fascistizante, es urgente convertirlas en minorías sociológicas. De esta manera, las elecciones pierden legitimidad y la democracia se convierte en una maniobra de los grandes intereses económicos y mediáticos. El alumno portugués, André Ventura, aprendió esta lección más rápido que cualquier otro. En declaraciones concedidas al diario Expresso (7-11), declaró sobre la victoria de Biden: “Me temo, sin embargo, que haya ganado la voz de las minorías que prefieren vivir a costa del trabajo de los demás”.
    3. Dobles criterios. Nada de lo que es desfavorable para la causa puede evaluarse con los mismos criterios que se aplican a lo que resulta favorable. Por ejemplo, si se sabe con gran probabilidad que la gran mayoría de los votos por correo son a favor de la causa fascistizante, estos deben considerarse no solo legales, sino especialmente recomendables en tiempos de pandemia. De lo contrario, hay que insistir en que son un instrumento de fraude que priva a los votantes del momento único de proximidad física y social a la democracia. La prueba del supuesto fraude no importa, siempre que la sospecha sea lanzada de inmediato y con la invención de estrategias fraudulentas imaginarias.
    4. Nunca hay que hablar ni gobernar para el país, sino siempre y solo para la base social. Esta lección es crucial porque es la que más directamente contribuye a socavar la legitimidad de la democracia. Si la lógica es promover una corriente de opinión antisistema, no tiene sentido gobernar para quienes, a pesar de tener quejas, aún no han renunciado a verlas atendidas por el sistema democrático. Idealmente, la base social debería ser al menos del 30% y cultivar su lealtad de manera inequívoca en el tiempo, tanto en la oposición como en el Gobierno. El contacto con la base debe ser directo y permanente. La base permanecerá unida y organizada en la medida en que deje de confiar en otra fuente de información. A partir de ahí, los hechos que desmienten al líder dejan de ser relevantes. A lo largo de cuatro años, Trump fue capaz de mantener su base, como Orbán en Hungría y Modi en la India. Lo mismo puede decirse de Bolsonaro.
    La autoestima de la base social es el único servicio político serio. Los eslóganes que invocan la autoestima y la grandeza deben reciclarse. “Make America Great Again” fue utilizado antes por Ronald Reagan. Las consignas de las dictaduras también se pueden reciclar, sobre todo porque con el tiempo estas se fueron legitimando. El reciclaje puede ser integral (“Brasil: ámalo o déjalo”) o modificarse (en lugar de  “Angola es nuestra”, “Portugal es nuestro”).
    5. La realidad no existe. El líder muestra control de los hechos principalmente (1) cuando detiene la realidad supuestamente adversa, o (2) cuando, al no poder detenerla, le quita todo su dramatismo. Trump mostró el camino: detiénese la pandemia si de deja de hablar de ella, y para dejar de ser grave, basta dejar de hacer pruebas intensivas. Tener miedo a la pandemia es un signo de debilidad. Trump quiso salir del hospital con la camiseta de Superman; según Bolsonaro, tener miedo a la pandemia es cosa “de maricas”. A su vez, la pandemia se devalúa comparándola con las pandemias que generó el sistema (desempleo, pérdida de soberanía, falta de acceso a los servicios de salud, etc.) o, en versión tropical, apelando a la fatalidad de la muerte (Bolsonaro: “algún día moriremos todos”).
    Como para el fascismo la mentira es tan verdadera como la verdad, cuanto más dramático sea el contraste de la invención con la realidad, tanto mejor. Ejemplos de verdades “irrelevantes”: la administración Trump aumentó en lugar de reducir las desigualdades sociales; durante la pandemia, la riqueza de los multimillonarios aumentó en 637 mil millones; en los últimos meses, 40 millones de estadounidenses perdieron sus trabajos; 250.000 murieron con Covid-19, la tasa de mortalidad más alta del mundo; la hambruna en las familias se triplicó desde el año pasado y el aumento de niños desnutridos fue del 14%; se ha levantado la moratoria sobre los desalojos y millones pueden ser lanzados a la calle. Todo lo que no se puede negar es natural o humanamente incontrolable. El altísimo número de muertes en Brasil es obra del destino y lo mismo ocurre con los incendios en la Amazonía, ya que, por definición oficial, los incendios son incontrolables y nadie es responsable de ellos.
    6. El resentimiento es el recurso político más preciado. Gobernar contra el sistema es imposible, dado que parte del propio sistema es el que financia el fascismo 2.0. Por eso, es fundamental ocultar las verdaderas razones del descontento social y hacer creer a las víctimas del sistema que los verdaderos agresores son otras víctimas. La base organizada quiere ideas simples y juegos de suma-cero, es decir, ecuaciones intuitivas entre quién gana y quién pierde. Por ejemplo, el aumento del desempleo se debe a la entrada de inmigrantes, aunque sea mínima y realmente irrelevante; hay que hacer creer al trabajador blanco empobrecido que su agresor es el trabajador negro o latino aún más empobrecido que él; la crisis de la educación y de los valores se debe a la astucia de los pobrecillos que, gracias a los “empresarios de los derechos humanos”, tienen más derechos, sean mujeres, homosexuales, gitanos, negros, indígenas. No faltan chivos expiatorios; solo es necesario saber cómo elegirlos. Ésta es la habilidad máxima del líder fascista.
    La política del resentimiento requiere, además de chivos expiatorios, teorías de la conspiración, demonización de los oponentes, ataque sistemático a los medios de comunicación, a la ciencia y a todo el conocimiento que invoque una pericia especial, la incitación a la violencia y el odio para eliminar argumentos, la auto-glorificación del líder como único defensor confiable de las víctimas.
    7. La política tradicional es el mejor aliado sin saberlo. Desde el momento en que la alternativa socialista desapareció del escenario político, la política perdió credibilidad como ejercicio de convicciones. Ese momento coincidió con el fortalecimiento del neoliberalismo como nueva versión del capitalismo. Esta versión, una de las más antisociales de la historia del capitalismo, provocó la destrucción o erosión de las políticas de protección social y de las clases medias donde existían, la creciente concentración de la riqueza y la aceleración de la crisis ecológica. Los valores liberales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) fueron perdiendo sentido para la gran mayoría de la población, que se considera abandonada, marginada, sea cual sea el partido en el poder. Con el descrédito de los valores liberales, perdieron sentido las ideologías democráticas asociadas a ellos, como la convivencia pacífica, el respeto a los adversarios políticos, la moderación y contradicción en la argumentación, la rotación del poder, el acomodo y la negociación. Estos valores e ideologías, que siempre han correspondido a la experiencia práctica de solo una pequeña porción de la población, son ahora basura histórica que hay que barrer. El vacío de los valores permite tanto el desprecio por la verdad como la imposición de valores alternativos, como la prioridad de la familia, la jerarquía de razas, el nacionalismo étnico-religioso, el mito de la edad de oro, aunque el pasado haya sido, en realidad, de plomo. Este es el caldo de cultivo para la cultura de la polarización.
    8. Polarizar, polarizar siempre. El centrismo político murió y solo la radicalización compensa. En las circunstancias actuales, la polarización siempre refuerza a la derecha y a la extrema derecha. La polarización ya no es entre izquierda y derecha. Es entre el sistema (deep state) y las mayorías desheredadas, entre el 1% y el 99%. Esta polarización fue intentada en los últimos años por la izquierda institucional y extrainstitucional, pero alguna de ellas acabó sometiéndose servilmente a las instituciones. Cuando se rebeló, fue neutralizado. Esto no le puede pasar al fascismo 2.0 porque sencillamente, lejos de estar en contra del 1%, es financiado por él. La polarización contra el 1% es meramente retórica y pretende disfrazar la verdadera polarización, entre la democracia y el fascismo 2.0, para que el fascismo prevalezca democráticamente. La vieja derecha piensa que domestica a la extrema derecha, pero, de hecho, sucederá lo contrario. Un ejemplo portugués: el partido de centro derecha, PSD (Partido Social Demócrata), está dispuesto a asociarse con el partido Chega, de extrema derecha, “si este se modera”. Respuesta inmediata del líder de Chega: no es Chega el que se va a moderar, es el PSD el que se va a radicalizar. En este caso, el aprendiz del fascismo 2.0 es el mejor profeta de la época.

  • EUROPA, ESTADOS UNIDOS Y CHINA- Boaventura de Sousa Santos

    Las declaraciones del embajador estadounidense en entrevista con el diario Expresso del 26 de septiembre ofenden a los portugueses y violan los códigos diplomáticos. Amenazó que los Estados Unidos dejarían de considerar a Portugal como un aliado en cuestiones no solamente económicas sino también de seguridad si Portugal adoptara (así sea parcialmente) la tecnología 5G de Huawei. Sabemos que este es el estilo agresivo de injerencia en los asuntos internos de los países vasallos o”repúblicas bananeras”. Las declaraciones del embajador, sin embargo,
    tienen un tiempo y un contexto precisos.
    Como el objetivo geoestratégico de Estados Unidos es debilitar o desmantelar la UE (comenzó con el Brexit) para obligar más fácilmente a los países europeos a alinearse en la nueva guerra fría -la guerra contra China,Portugal es el objetivo exacto, no sólo porque se considera uno de loseslabones débiles de la UE,sino también porque presidirá la UE en los próximos meses. Las autoridades portuguesas han reaccionado de la única manera posible, pero las grandes decisiones son de la UE. ¿Qué decisión tienen que tomar? Europa se enfrenta a una bifurcación decisiva: o se fragmenta o profundiza su integración. El análisis que propongo se basa en la idea de que la integración es mejor que la fragmentación, suponiendo que sólo es posible profundizar la integración respetando la autonomía de cada país y democratizando las relaciones entre ellos.
    No viene al caso mirar aquí toda la larga tradición histórica que conecta Europa (especialmente el Mediterráneo) con China e India, miembros del mismo supercontinente, Eurasia, donde surgió la Edad de Bronce y dio lugar a la primera revolución urbana, unos tres mil años antes de nuestra era. Es suficiente recordar que durante muchos años ha habido comercio y tecnología en esta región y que, si en ciertos períodos prevaleció Occidente, en otros prevaleció Oriente. Esta alternancia pareció romperse a partir del siglo XV con el péndulo apuntando a la región europea. Con la expansión bloqueada por tierra por el Imperio Otomano, Europa se convirtió en el lugar de nacimiento de los imperios transatlánticos que tuvieron sucesivamente como protagonistas a Portugal, España, Holanda, Francia e
    Inglaterra. Un largo período que terminó en 1945 (en el caso de las colonias de Portugal, en 1975). Desde entonces, el único imperio digno del nombre ha sido el de los EE. UU. Hace unos años se ha hablado del declive de este imperio y del surgimiento del imperio chino, aunque sea discutible si Chinaya es (de nuevo) un imperio. Durante varios años, estudios de los servicios de inteligencia de los EE. UU (CIA) han previsto que China en 2030 será la primera economía del mundo.
    Todo nos lleva a creer que nos enfrentamos a un imperio descendiente y a un imperio ascendente. La pandemia ha llegado a dar una nueva intensidad a los signos que apuntan a esto. Entre ellos señalo los siguientes.
    En primer lugar, China fue una de las principales economías del mundo durante varios siglos hasta el comienzo del siglo XIX. Representaba entonces del 20% al 30% de la economía mundial. Desde entonces, su declive comenzó y en 1960 China representó sólo el 4% de la economía mundial. A partir de la década de 1970 China comenzó a resurgir, y hoy representa el 16%. La pandemia ha hecho aún más evidente que China es la fábrica del mundo. Mientras Donald Trump vocifera contra el “virus chino”, el personal médico y de enfermería está esperando ansiosamente la llegada del nuevo suministro de material de protección personal de China. Los estudios de dos grandes bancos alemanes, el Commerzbank y el Deutsche Bank muestran que China recuperará las pérdidas del PIB causadas por la pandemia a finales de este año, mientras que Europa y Estados Unidos seguirán enfrentando una severa recesión. El peso del consumo interno de China en el PIB es ahora del 57,8 por ciento (en 2008 fue del 35,3 por ciento), es decir, un peso cercano al de los países más desarrollados. Se ha escapado de los medios occidentales que, ante la intensificación de la guerra fría por parte de los Estados Unidos, China propone adoptar una política de mayor autosuficiencia o autonomía que le permita seguir exportando al mundo sin depender tanto de las importaciones de alta tecnología. Entre los países europeos, Alemania puede ser una de las más afectadas, junto con Japón y Corea del Sur.
    La imagen que nos llega de los Estados Unidos es casi lo contrario de todo esto. El extraordinario dinamismo de los Estados Unidos a finales de la década de 1940 y en las dos décadas siguientes ha desaparecido hace mucho tiempo. Históricamente inclinado a considerar la guerra como un medio para resolver conflictos, Estados Unidos ha estado gastando en aventuras militares la riqueza que se podría invertir en el país. Desde 2001, el gasto militar ha ascendido a 6 trillones de dólares. Recientemente, el expresidente Jimmy Carter lamentó que en 242 años de existencia Estados Unidos sólo había estado en paz durante 16 años. Por el contrario, desde la década de 1970 China no ha estado en guerra con ningún país (aunque haya tensiones regionales), y se estima que hoy en día produce tanto cemento en tres años como Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Mientras China construye una gran clase media, Estados Unidos la destruye. Los tres estadounidenses más ricos tienen tanta riqueza como los 160 millones de estadounidenses más  pobres. En el ranking de libertad de prensa del World Press Índex, Estados Unidos ha estado cayendo y ahora ocupa el puesto 45 (varios países europeos están en la cima de la tabla, Portugal ocupa el décimo lugar y China el puesto número 177). La conducta política de Donald Trump es lo opuesto a todo lo  que hemos aprendido de positivo de los Estados Unidos y ahora corre el riesgo de poner al país al borde de una guerra civil. Pero, por peligroso y caricaturado que sea, Trump no es la causa del declive de Estados Unidos, es más bien un producto de esto.
    Europa (especialmente la que tiene la mejor tasa de desarrollo humano) se ha beneficiado de la apertura de China al comercio internacional y de las relaciones pacíficas que se han establecido desde entonces entreEstados Unidos y China. Estos hechos han eximido a la UE de tener una verdadera política exterior. Todo indica que este período ha llegado a su fin y que Europa se verá obligada a elegir. Europa, históricamente muy violenta, tanto internamente como mundialmente, no tiene velas imperiales hoy en día y parece querer preservar un patrimonio creíble de defensa de los valores democráticos, la convivencia pacífica y los derechos humanos. Los imperios siempre son malos para las regiones que están sujetas a ellos. Se puede decir que las regiones que no pueden disputar el poder imperial ganan más al aliarse a un imperio ascendente que a un imperio descendiente.
    Pero, por otro lado, nada nos garantiza que el imperio chino sea mejor para los europeos que el imperio americano. La única manera de preservar los valores de la democracia, la convivencia pacífica y los derechos humanos parece ser mantener una autonomía relativa hacia ambos. Sólo esta relativa autonomía permitirá a Europa profundizar su integración discutiendo los términos de su inserción en la nueva era, que parece ser menos una nueva era de globalización que una era de muros tecnológicos (y muchos otros muros no menos peligrosos).
    Esto significa que ningún país europeo debe ser chantajeado. La experiencia internacional de la última década nos dice que China acepta la idea de una autonomía relativa y que, cuando es necesario, sabe retirar sus ánimos expansivos. Por el contrario, las presiones muy poco diplomáticas en curso son una advertencia de que los Estados Unidos no aceptan la idea de autonomía relativa. Si Europa no sabe resistirse/resistir, estará iniciando un doloroso viaje hacia su fragmentación.

  • LO VERNÁCULO Y LO UTÓPICO- Boaventura de Sousa Santos

    Consultar cualquier diccionario moderno de lenguaje escrito nos lleva a concluir
    que lo vernáculo y lo utópico son conceptos opuestos. Mientras que lo vernáculo (del
    latín, vernaculus,) significa que es propio de un lugar o una región, lo utópico (de Utopía,
    título del famoso libro de Thomas More [1516]) significa lo que caracterizaría a un
    gobierno imaginario en ningún lugar específico. En sentido figurado, mientras que lo
    vernáculo es lo correcto, puro, de la tierra; lo utópico es lo fantasioso, imaginario,
    quimérico. En este texto, trato de demostrar que, contrariamente a esta aparente
    contradicción y al consenso de los diccionarios al respecto, hay más complicidad entre
    los dos términos de lo que se puede imaginar, y que estas complicidades se han hecho
    más visibles en los últimos tiempos.
    El título de este texto se inspiró en la obra de uno de los teóricos marxistas más
    notables y olvidados del siglo pasado, Teodor Shanin, quien llevó a cabo trabajos pioneros
    para rescatar la riqueza, diversidad y carácter dinámico del pensamiento de Karl Marx
    (contra todas las ortodoxias, marxistas y no marxistas). Shanin se dedicó, en particular, a
    mostrar la importancia de la obra inédita de Marx después de la publicación del primer
    volumen de Das Kapital en 1867 (la última obra importante que publicó en vida) hasta
    su muerte en 1883, titulado “Marx tardío”, nada más y nada menos que 30.000 páginas
    de notas. Hasta la publicación de El Capital, y a pesar de haber leído más que ningún otro
    teórico europeo contemporáneo sobre la historia de las sociedades no europeas, es decir,
    las asiáticas, Marx las analizó desde una perspectiva eurocéntrica, evolutiva, centrada en
    la idea de que tales sociedades representaban etapas anteriores y desesperadamente
    anticuadas de las sociedades capitalistas desarrolladas de Europa. Incluso en el caso de
    éstas, la única que analizó con impresionante detalle y lucidez fue Inglaterra, la economía
    capitalista más desarrollada de su tiempo.
    Atento a los movimientos revolucionarios que surgían en el centro de Europa y
    que no eran compatibles con el modelo de revolución proletaria que había teorizado, Marx
    comenzó a darles una atención privilegiada en lugar de ignorarlos o encuadrarlos por la
    fuerza en su teoría. Si esto es cierto en el caso de la Comuna de París de 1871, lo es aún
    más en el caso del movimiento populista revolucionario ruso de base campesina, muy
    fuerte en las décadas de 1870 y 1880. Para comprender lo que estaba sucediendo en Rusia,
    Marx comenzó a estudiar ruso de forma obsesiva (como si se tratara de “una cuestión de
    vida o muerte”, como se quejaba su mujer en una carta a Engels, fiel compañero y
    colaborador de Marx). Desde entonces hasta su muerte, la heterogeneidad de las historias
    y transformaciones sociales se convirtió en un hecho central en las reflexiones de Marx.
    Las consecuencias teóricas fueran inmediatas: no existen leyes monolíticas de desarrollo
    social; no hay una, pero sí varias vías para llegar al socialismo, y los análisis de El Capital
    sólo son totalmente válidos para el caso de Inglaterra; el campesino, lejos de ser un
    obstáculo o un residuo histórico, puede, en determinadas circunstancias, ser un sujeto
    revolucionario. Todo esto sonaba extraño, teóricamente impuro y “poco marxista” a los
    ojos de la mayoría de los marxistas de finales del siglo XIX. Esta evolución del
    pensamiento de Marx llegó a ser considerada un signo de debilidad mental asociada con
    la vejez, y una de las cuatro versiones de la carta de Marx a una populista rusa, Vera
    Zazulich, fue censurada por marxistas rusos y sólo fue publicada en.…1924.
    Curiosamente, las mismas críticas de impureza teórica fueron dirigidas a Lenin por sus
    camaradas después de 1905-7.
    ¿Cuáles eran después de todo los pecados de Marx? Eran dos. Por un lado,
    habiendo valorado contextos y experiencias locales, vernáculas, a pesar de que se desvían
    de estándares supuestamente universales. Por otro lado, atribuir valor positivo e incluso
    utópico a lo antiguo, aparentemente residual (la comuna campesina rusa basada en la
    propiedad comunitaria y la democracia de base, aunque siempre bajo la vigilancia del
    estado despótico zarista) y desafiaba, con su voluntarismo y moralismo, las leyes
    objetivas (y no morales) de la evolución social que él mismo había descubierto.
    Todo esto parece historia de un pasado lejano y sin relevancia para nuestro
    presente y futuro, pero de hecho no lo es. Este tipo de debate, sobre la necesidad de
    buscar en las tradiciones las energías y pistas para mejorar el futuro y, en general, sobre
    las dificultades de la teoría pura, sea la que sea, para dar cuenta de la realidad siempre
    rebelde y siempre en movimiento, ha acompañado todo el siglo pasado, y creo que nos
    acompañará en el siglo actual. Por ejemplo, mencionaría dos contextos muy diferentes en
    los que el debate estuvo presente (si es que no lo sigue siendo). Dejo de lado el hecho de
    que ninguno de los procesos revolucionarios que se estabilizaron en el siglo pasado fueron
    dirigidos por la clase obrera en los términos precisos previstos por la teoría marxista,
    desde las revoluciones rusas de 1905 y 1917 hasta la revolución mexicana de 1910, desde
    las revoluciones chinas de 1910, 1927-37 y 1949 hasta la revolución vietnamita de 1945
    y la revolución cubana de 1959. En todos ellos, el protagonista era el pueblo trabajador
    oprimida en el campo y en la ciudad, y en algunos de ellos los campesinos jugaron un
    papel decisivo.
    El primer contexto fue la descolonización en el subcontinente asiático
    (especialmente en la India) y en África. En todos los procesos de independencia, el dilema
    entre dificultades u oportunidades estaba presente, el hecho de que las realidades locales
    estaban tan alejadas de las realidades europeas estudiadas por Marx que solo con muchas
    adaptaciones podrían imaginarse revoluciones nacionalistas de vocación socialista en
    versión marxista. En el caso de India, el debate se calentó dentro de las fuerzas
    nacionalistas: por un lado, la posición de Nehru, que asociaba el socialismo con la
    modernización en India, en términos cercanos a los de la modernización europea; por el
    otro, Gandhi, para quien la riqueza de la cultura india y las experiencias comunitarias
    ofrecían la mejor garantía de una liberación real. En 1947 prevaleció la posición de Nehru,
    pero la tradición gandhiana se ha mantenido viva y activa hasta el día de hoy. En África,
    el lapso va desde 1957 (la independencia de Ghana) hasta 1975 (la independencia de las
    colonias portuguesas). Bajo pena de cometer alguna omisión, creo que los cuatro líderes
    más notables en la lucha de liberación anticolonial fueron Kwame Nkrumah (Ghana),
    Julius Nyerere (Tanzania), Leopold Senghor (Senegal) y Amílcar Cabral (GuineaBissau).
    Todos ellos vivieron intensamente en el debate sobre el valor del vernáculo
    africano y todos ellos buscaron, incluso de manera diferente, neutralizar el eurocentrismo
    de Marx e imaginar futuros para sus países que valorizasen la cultura, las tradiciones y
    las formas de vida africanas. Cada uno a su manera contribuyó a la idea del socialismo
    africano que reclamaba la diversidad de los caminos hacia el desarrollo en los que el
    humanismo africano tomaba el lugar del progreso unilineal y a toda costa, y en el que las
    experiencias ancestrales de la vida comunitaria tenían más prioridad que la lucha de
    clases. En todos ellos estaba presente la posibilidad de que lo vernáculo local y ancestral
    se convirtiera en la idea movilizadora de una utopía de liberación. Obviamente, como en
    el difunto Marx, que ninguno de ellos conocía, lo vernáculo tendría que ser adaptado para
    dar rienda suelta a su potencial utópico.
    Cuando, en 1975, las entonces colonias portuguesas ascendieron a la
    independencia, las condiciones del debate habían cambiado profundamente debido al
    contexto externo y también al conocimiento de la evolución de las experiencias anteriores
    de independencia en el continente. Aun así, la tensión entre lo vernáculo y lo utópico se
    manifestó de múltiples maneras. Por poner sólo un ejemplo, en Mozambique, el partido
    Frelimo comenzó adoptando una posición hostil hacia todo lo que era tradicional porque
    veía en él un pasado irreparablemente adulterado por la violencia colonial. Por lo tanto,
    fue hostil a la continuidad de las autoridades tradicionales que administraban justicia
    informalmente, por parte de miembros de la comunidad y utilizando los sistemas de
    justicias africanos. Sin embargo, el desmantelamiento de este sistema de autoridades
    comunitarias provocó tal perturbación en las formas de convivencia pacífica en las
    comunidades, donde la justicia oficial no llegó para nada, que el gobierno revirtió y
    legitimó, ya en 2000, a estas autoridades, que hoy operan en paralelo a los juzgados
    comunitarios. De manera similar, en Guinea-Bissau y Cabo Verde, los tribunales de
    tabanca persistieron con el nombre tribunales de zona.
    El segundo contexto, muy diferente y mucho más reciente, tuvo lugar en México
    con el levantamiento zapatista en Chiapas en 1994, y en Bolivia y Ecuador, con los
    procesos constituyentes que siguieron a las victorias en las elecciones presidenciales de
    Evo Morales (2006) y Rafael Correa (2007). La experiencia zapatista representa una de
    las combinaciones más complejas entre lo vernáculo y lo utópico, combinando a día de
    hoy los ideales de liberación social y política con la valorización de la cultura y las
    experiencias comunitarias de los pueblos indígenas del sur de México. Una comprensión
    contrahegemónica de los ideales de derechos humanos se articula con una afirmación
    radical de autogobierno e innovación constante de lo propio y lo ancestral. A su vez, las
    dos experiencias democráticas en Bolivia y Ecuador ocurrieron después de décadas de
    movilización de los pueblos indígenas, de modo que las cosmovisiones ancestrales
    indígenas imprimieron de forma decisiva su marca en las Constituciones de Ecuador
    (2008) y Bolivia (2009). La idea del desarrollo fue sustituida por la idea del buen vivir,
    la concepción de la naturaleza como recurso natural fue sustituida por la concepción de
    la naturaleza como Pachamama, la madre-tierra que debe ser cuidada y cuyos derechos
    están específicamente consagrados en el Artículo 71 de la Constitución Ecuatoriana. La
    articulación entre lo vernáculo y utópico, entre el pasado y el futuro, reunió el entusiasmo
    de los movimientos ecologistas urbanos de muchos países que, sin conocer la filosofía
    indígena, se sintieron atraídos por el respeto que surgió de ella y por los valores del
    cuidado de la naturaleza y la conciencia ecológica que los movilizó. Como había sucedido
    antes con los zapatistas, el nuevo e innovador énfasis en lo vernáculo y lo local, creó lenguajes que trascendieron el lugar y se integraron en narrativas emancipadoras cosmopolitas con un registro anticapitalista, anticolonialista y antipatriarcal.
    Esta tensión creativa entre lo vernáculo y lo utópico no terminó con las experiencias históricas que acabo de mencionar. Me atrevo a pensar que nos acompañará en este siglo, ciertamente fortalecido por las alternativas que se abren en el período postpandemia. Cada vez es más evidente que si las sociedades y las economías no adoptan
    formas de vida distintas de las basadas en la explotación injusta e ilimitada de los recursos naturales y los recursos humanos, la vida humana en el planeta estará en riesgo de extinción.

  • LA DERECHA Y EL SIEMPRE DESEADO BLANCO DE LA EDUCACIÓN- Boaventura de Sousa Santos

     
    Los movimientos translócales de ideas, filosofías, visiones de mundo,doctrinas sobre la vida, la política y la sociedad son tan antiguos como ladifusión del uso de metales, el comercio, la escritura y las primerascivilizaciones urbanas de la Edad de Bronce hace 3000 o 4000 AC.Ciertamente se originó en Mesopotamia y lo que hemos llegado a llamar el  antiguo Oriente Medio, estos intercambios se extendieron por esta vasta área de Eurasia, que más tarde comenzamos a dividir entre Occidente (Europa) y Oriente (especialmente China y la India). Hoy sabemos que Mesopotamia fue el lugar de nacimiento de la cultura griega y que estaba presente en el norte de la India en los primeros siglos de la Era Común, mucho antes de que se convirtiera en un patrimonio europeo, que, por cierto, sólo fue posible gracias a la magnífica traducción de los textos griegos emprendida en Baghdad por los árabes de la dinastía Abássida a partir de mediados del siglo VIII, una época que se conoció como la Edad de Oro del Islam.
     
    A lo largo de los siglos, estos movimientos de ideas siempre han tenido un origen local (a veces en varios lugares simultáneamente) y desde allí se han extendido y se han convertido en movimientos globales. Los intercambios, las influencias cruzadas y las adaptaciones locales siempre han sido una constante del movimiento de ideas. El protagonismo de Europa en estos movimientos es muy tardío. Sólo comienza en el siglo XVI y, para muchos, sólo en los siglos XVIII y XIX. Para limitarme a los últimos cien años, podemos decir que la marca europea sobre las ideas políticas está presente en los siguientes movimientos globales contemporáneos:
     
    liberalismo, socialismo, derechos humanos, conservadurismo. Este último es una contracorriente en relación con los demás, ya que, si bien están formados por la tensión entre la regulación y la emancipación social, donde se producen avances en la mejora de las condiciones de vida de las mayorías y la inclusión social, el conservadurismo da plena prioridad a la regulación social y se opone a las ideas de mayorías e inclusión social (de ahí su racismo y sexismo).
     
    El conservadurismo tiene tres características principales: Al ser un movimiento de carácter global, se afirma como contrario a la globalización; siendo tan moderno como los otros tres, se presenta como un regreso al pasado, una reacción que puede ser tanto moderada (derecha) como extremista (extrema derecha); tiene una visión muy selectiva de la soberanía nacional que no le impide que sea subordinado a la globalización capitalista neoliberal.
     
    Después de la Segunda Guerra Mundial, el eje de esta difusión de ideas se trasladó al Atlántico Norte, debido a la supremacía de los Estados Unidos. Pasó luego a hablarse de eurocentrismo. Estos cuatro movimientos de ideas tienen tres facetas importantes: ocurren simultáneamente, pero se alternan en la predominancia; se adaptan creativamente a diferentes contextos locales; se centran en los procesos educativos porque allí se forman las próximas generaciones que pueden reproducirlos.
     
    El período en el que vivimos marca una transición hacia el predominio del conservadurismo. Pero es una transición muy incierta debido principalmente a los nuevos problemas que ha planteado la pandemia del nuevo coronavirus. Señalan ideas (por ejemplo, nuevas relaciones con la naturaleza, alternativas al desarrollo, relaciones entre Occidente y Oriente) que no encajan en las versiones dominantes del liberalismo, el socialismo o los derechos humanos. Vivimos, por lo tanto, las transiciones de señales contrarias que a veces dan la apariencia de estancamiento o agotamiento ideológico. Hoy, me centro en el predominio global del conservadurismo, tanto en su versión moderada y extrema, y en sus recientes manifestaciones en el área de la educación en Brasil, India, Colombia y Portugal.
     
    Antes de la pandemia, esta ascendencia era particularmente visible en países tan diferentes como el Reino Unido, EE. UU., Brasil, India, Filipinas, Hungría, Polonia, Turquía, Rusia, Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia, Israel Guinea-Bissau, Marruecos, Egipto, y Camerún. La pandemia creó un problema inesperado para la derecha: los países en los que estaba en el poder eran aquellos en los que la protección de la vida era, en general, más deficiente.
     
    Los gobiernos de derecha no sólo han demostrado ser incompetentes para proteger la vida, sino que en algunos casos extremos (Estados Unidos y Brasil) han tomado medidas que han puesto en riesgo la vida de los ciudadanos. Sin embargo, no está claro que en los próximos procesos electorales los castiguen en las urnas. El riesgo existe y, para prevenirlo, asistimos al desarrollo más preocupante posible: el conservadurismo de derecha se desliza hacia la extrema derecha. En Estados Unidos, Donald Trump ante la perspectiva de perder las elecciones, impulsa campañas masivas de desinformación, utilizando fuerzas militares y movilizando milicias neonazis de extrema derecha, que podrían poner al país al borde de una nueva guerra civil, especialmente si Trump no logra manipular con éxito los procesos electorales y pierde elecciones. Brasil puede seguir el mismo camino en 2022.
     
    Como indiqué, uno de los objetivos privilegiados del nuevo (viejo) conservadurismo de derecha y de extrema derecha es la educación. Cito cuatro casos a modo de ejemplo. En Brasil, pueden identificarse dos acciones principales. La primera consiste en la iniciativa “Escuela Sin Partido”,creada en 2004 con el objetivo de supuestamente eliminar el “adoctrinamiento ideológico” en las escuelas.
     
    A partir de 2013, con el giro de la política brasilera para la derecha (intensificando la desinformación por parte de la extrema derecha por vía de las fakenews, persecución políticojudicial al Partido de los Trabajadores (PT) en el ámbito de la operación de Lava-Jato, especialmente en contra de la Presidenta Dilma Rousseff en 2016, y la elección de Jair Bolsonaro en 2018) la “Escuela Sin Partido” intensificó su acción con decenas de proyectos de ley presentados a los órganos legislativos en los varios niveles de gobierno (municipal, estatal y federal) con medidas que violaban los derechos humanos fundamentales, la libertad de cátedra y la propia Constitución, un conjunto ideológico altamente conservador cuya inconstitucionalidad ha sido cuestionada por varios organismos nacionales e internacionales.
     
    La segunda acción consiste en el ataque multifacético a las universidades públicas, que implica, en particular, recortes presupuestarios con la consecuente falta de financiación y el cuestionamiento del sistema democrático para la elección de los rectores de las universidades públicas federales. El gobierno de Jair Bolsonaro ha ido ignorando la elección de rectores progresistas e incluso ha nombrado rectores-interventores como en la época de la dictadura que imperaba en el país entre 1964 y 1985.
     
    En India, desde que Narendra Modi y su partido (BJP) llegaron al poder (2014) ha habido un ataque sin precedentes contra la libertad académica. El sistema universitario indio es muy diverso y está compuesto por
    universidades públicas y privadas, centrales (o federales) y estatales, universidades para minorías, universidades religiosas, etc. Los ataques a las universidades públicas centrales son los que han tenido más publicidad. Se
    intensificaron a partir de 2014 aunque anteriormente habían estado dirigidos por la organización juvenil del partido que ahora está en el poder.
     
    Tanto profesores como líderes estudiantiles han sido criminalizados bajo la ley antiterrorista y las reuniones o encuentros promovidos por estudiantes o profesores han sido prohibidas con el pretexto de abordar temas políticamente sensibles. Al igual que ha sucedido en otros países, los ataques directos a la libertad académica se han complementado con ataques indirectos, es decir, con la precariedad de los contratos de los docentes, el nombramiento de administradores impuestos por el Estado, la supervisión ideológica de los planes de estudios y el nombramiento sistemático en los principales puestos universitarios de ideólogos de derecha y partidarios del BJP, a menudo sin las calificaciones académicas necesarias.
     
    En Colombia, el conservadurismo ha tenido como objetivo constante la universidad pública y el pensamiento crítico. Mediante acusaciones temerarias, estigmatizaciones y montajes judiciales se ha querido incriminar a lo largo de los últimos años a profesores y estudiantes y así poder vincularlos a grupos terroristas. Pero no se han quedado solo allí. Recordemos que también han amenazado y atacado la vida de aquellos profesores “que incomodan”, quienes, muchas veces, hacen parte también del movimiento universitario en defensa de la educación pública o de los sindicatos de sus respectivas universidades.
     
    Cuando no han logrado doblegar a los protagonistas de la lucha por la educación pública, la estrategia optada por estos grupos retardatarios ha sido desfinanciar y ahogar presupuestalmente el sistema universitario público transfiriendo fondos a las universidades privadas. Las políticas de la derecha, y sobre todo de la derecha neoliberal, luchan contra la idea de universidad pública y su respectivo proyecto de país cada vez más incluyente y solidario, que obviamente el neoliberalismo no está dispuesto a permitir. En esta vía, el capitalismo universitario desea transformar la idea de universidad en una idea de empresa, para así colocar a los profesores como proletarios y dejar a los estudiantes en el plano de meros consumidores. En ultimas, quieren una universidad y una escuela “sin ideología”, pero que en la práctica estará dotada con toda la ideología del mercado.
     
    En Portugal, el conservadurismo de extrema derecha, que siempre existió antes y después de la Revolución del 25 de abril de 1974, hoy tiene un partido, Chega, que reúne a su alrededor a todos los movimientos neonazis y nacionalistas que nunca se conformaron con la derrota que sufrieron con la Revolución. Su estrategia a futuro se basará en la capitalización del descontento que puede causar la crisis económica y social derivada de la pandemia.
     
    El conservadurismo moderado se vio inmovilizado por la pandemia porque el consenso en la lucha contra la crisis de salud fue inicialmente abrumador y el gobierno de izquierda mostró eficacia y coherencia en las medidas a corto plazo. Desesperado en busca de una agenda que pueda atraer a sus partidarios, la encontró recientemente en la disputa sobre el carácter obligatorio u opcional de la asignatura de Ciudadanía y Desarrollo en la educación secundaria. Dicha asignatura es obligatoria.
     
    La polémica surgió cuando los padres de dos estudiantes de Vila Nova de Famalicão (al norte del país) invocaron la objeción de conciencia para no permitir que sus hijos asistieran a la asignatura, con el argumento de que los temas de esta eran una responsabilidad familiar. Los estudiantes reprobaron por ausencias, fueron admitidos por la escuela para pasar de nivel, el Ministerio de Educación rechazó el trámite y exigió que los estudiantes asistieran a un plan de recuperación, plan que los padres rechazaron, adelantando una medida cautelar que fue aceptada por el tribunal. La decisión de fondo está aún pendiente.
    Curiosamente, el conservadurismo y la derecha en Colombia aplicaron igualmente la receta de luchar contra la educación sexual en las escuelas. Llegando incluso a acusar al Acuerdo de Paz de 2016 de ser portavoz de la “ideología de género”. Múltiples marchas en contra de cartillas sobre educación sexual para las escuelas públicas y notificas falsas sobre el enfoque de género en el Acuerdo de Paz, dejaron entrever el carácter
    prejuicioso de un sector amplio de la sociedad.
     
    En Portugal, personalidades de derecha, tanto seculares como religiosas, han publicado un manifiesto a favor del carácter opcional de la asignatura. No podían elegir un objetivo menos adecuado y un tiempo menos oportuno. Vivimos en medio de un período de crisis sanitaria que nos ha estado enseñando la necesidad de un consenso político sobre los temas de los que depende nuestro futuro y el de las generaciones que nos siguen. Educar para la ciudadanía, en todas sus expresiones, es ahora más urgente que nunca.
     
    En este contexto, afirmar libertades que pueden desestabilizar la educación de los jóvenes y cuestionar aún más sus expectativas adquiere una gravedad particular. Todo el mundo recuerda las manifestaciones en los Estados Unidos de las fuerzas de derecha y de extrema derecha contra el uso de máscaras y el distanciamiento sanitario. La repulsión fue general. En el caso de la educación sexual (porque este es el quid de la molestia) no está en cuestión la desobediencia a las directrices de la OMS, se trata de la violación de los tratados internacionales de derechos humanos que Portugal ha ratificado.
     
    Recordemos que el principio de igualdad de género y respeto por la diversidad sexual es ahora reconocido internacionalmente, y es de ahí que surge la demanda de educación sexual en las escuelas, que, además, está ocurriendo en toda Europa. Y para sorpresa de los conservadores portugueses, los estudios muestran que los padres estadounidenses, cualquiera que sea su orientación política, están abrumadoramente a favor de la educación sexual en la escuela. Entre otras motivaciones, muchas de ellas prefieren que la escuela trate temas que, por importantes que sean, pueden ser inconvenientes cuando se tratan en la intimidad familiar. Otros temen que, a falta de escuela, las redes sociales ocupen este espacio sin ningún
    control.
     
    La controversia que ha surgido en la sociedad portuguesa muestra hasta qué punto el Portugal profundo sigue siendo sexista (y ciertamente también racista, ya que los dos prejuicios van juntos, como muestran varios casos recientes). Hace cincuenta años las escuelas enseñaban que las mujeres debían obedecer a sus maridos, que no podían ocupar ciertos cargos porque carecían de capacidad física o mental, y que los homosexuales eran enfermos (si no criminales).
     
    Las transformaciones políticas que hemos atravesado y los movimientos sociales que les siguieron en favor de los derechos sexuales, y todo el movimiento mundial por los derechos humanos, fueron sedimentando una nueva cultura de paz y convivencia, de reconocimiento de la diferencia y de respeto por la diversidad. Esta cultura se solapa con siglos de prejuicios y siglos de privilegio, en los que tales prejuicios se han traducido y siguen traduciendo. La inercia social que esto causa se produce en todo momento, como en el presente caso.
     
    De ahí la necesidad de que la escuela participe activamente en el aprendizaje de una cultura democrática, no excluyente, promotora de los derechos humanos. Y las escuelas ciertamente lo hacen de una manera mucho más confiable que las redes sociales.
     
    A la luz de cualquiera de los tres movimientos globales de ideas de origen europeo (liberalismo, socialismo, derechos humanos), esta iniciativa del conservadurismo portugués significa una violación de los objetivos de inclusión social igualitaria que dominaron en los últimos cien años y, en Portugal, solo en los últimos cincuenta años. Debido a esta particularidad portuguesa, poner en duda la vigencia plena de la educación para la ciudadanía es particularmente grave. Es que, detrás de la convicción de los conservadores de la derecha moderada, se esconde la extrema derecha, probablemente con el objetivo de sobreponerse en la polarización que explotará a toda costa.
     
    La presencia de la jerarquía de la Iglesia católica, en abierta desobediencia al Papa Francisco, es una señal adicional de preocupación. No olvidemos que la jerarquía de la Iglesia católica portuguesa defendió el fascismo (y el colonialismo) hasta sus últimos momentos. Y, por supuesto, es particularmente importante que los tribunales no renuncien al hacer valer los derechos de igualdad y orientación sexuales consagrados en las leyes y la Constitución. Recordemos que en esta materia hubo decisiones recientes muy problemáticas y justificadas por motivos ilegales. No es opcional volver atrás. Los contratiempos en la educación son siempre un terrible presagio para la sociedad. Si la igualdad sexual fuera la ideología de género, la igualdad racial sería la ideología racial y la lucha contra la pobreza sería la ideología clasista. Y, en última instancia, la lucha contra el fascismo sería la ideología…democrática.