Categoría: Boaventura de Sousa Santos

  • Occidente no es ciego, pero no ve

    Occidente no es ciego, pero no ve

    He escrito varios textos sobre la sociedad de transición en la que nos encontramos. Siempre que lo hago me viene a la mente el famoso pensamiento de Gramsci: ni lo viejo ha muerto del todo ni lo nuevo se ha afirmado del todo; la transición es una época de fenómenos mórbidos (que algunos han traducido como monstruos). Lo que está ocurriendo en el mundo me hace dudar de que el concepto de transición siga siendo útil para caracterizar nuestro tiempo. Cada vez más convencido, pienso que si hay que recurrir a manifestaciones célebres y sucintas de nuestra condición, la mejor elección es el aguafuerte de Goya de 1799, El sueño de la razón produce monstruos. En lugar de la metáfora del movimiento, la metáfora de la condición.

    Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, he coincidido con los análisis de Jeffrey Sachs (JS) e incluso hemos intercambiado mensajes sobre nuestras convergencias. En un texto publicado el 11 de abril en OtherNews, titulado «Giving Birth to the New International Order», JS utiliza el concepto de transición para caracterizar nuestro tiempo: de un mundo unipolar dominado por Occidente desde el siglo XV (en los últimos cien años, por Estados Unidos) a un mundo multipolar centrado en Asia, África y América Latina. Su propuesta central para asegurar esta transición radica en el ascenso de India (que compara favorablemente con China) y la conversión geopolítica de este ascenso en la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU con la concesión de la condición de miembro permanente a India.

    No estoy en desacuerdo con la propuesta de JS, aunque es problemático elogiar a India en el peor momento de su vida democrática gracias al hinduismo político que convierte al 20% de la población (musulmanes) en ciudadanos de segunda clase. Discrepo, sin embargo, de la importancia que JS concede a su propuesta. Su propuesta se basa en dos premisas desgraciadamente falsas: que la ONU sigue existiendo con cierta eficacia; y que existe un orden mundial unipolar. Quizá desesperadamente, JS sigue creyendo en el papel internacional de la ONU. ¿Es posible creer en la ONU después del genocidio de Gaza que se retransmitió en directo todos los días y a todo el mundo durante más de un año? ¿Es posible creer en la ONU después de todas las mentiras toleradas en los Balcanes, Irak, Siria, Libia, Yemen, Afganistán y Ucrania? Señalemos dos hechos trágicos: todas esas mentiras fueron denunciadas de forma creíble en el momento en que se hicieron públicas, y quienes las denunciaron sufrieron duras consecuencias: silenciamiento, deportación, persecución mediática y judicial; todas esas mentiras fueron confirmadas como tales años después, a menudo por las agencias que las propagaron o por sus portavoces, ya fueran el New York Times o el Washington Post, y por la inmensa cámara de eco que poseen y retransmiten a los medios hegemónicos de todo el mundo. Nunca se pidió perdón a los que tenían razón cuando estaba prohibido, ni se compensó a los pueblos destruidos por actos de agresión basados en mentiras. ¿Alguien recuerda que Libia tenía uno de los mejores servicios de sanidad pública del mundo?

    La segunda premisa es que existe un orden mundial unipolar. No puedo entrar aquí en el debate sobre si el orden mundial era unipolar incluso en la época del bloque soviético. En cualquier caso, existió durante un tiempo. Por ejemplo, existía cuando Narendra Modi fue expulsado de Estados Unidos en 2005 por violaciones de los derechos humanos (la masacre de islamistas en Gujarat en 2002). Pero, ¿existe hoy, cuando un criminal de guerra es ovacionado por el Congreso estadounidense? ¿No se trata más bien de un desorden mundial que puede considerarse unipolar sólo porque el país con más poder es el que causa más desorden? ¿Es posible creer lo que se dice hoy de China si lo que se decía de ella hace sólo cinco años era cierto (aunque entre bastidores hacía tiempo que se preparaba lo que ahora aflora a la superficie)? ¿Es posible creer en la solidez del orden unipolar basado en la dicotomía democracia/autocracia cuando los «mejores amigos» del presidente del país democrático más poderoso son todos autócratas? El libro de jugadas que sigue la clase política estadounidense desde hace algunos años (especialmente desde el 11de septiembre de 2001) se basa en la idea de dominación imperial y no en la idea de orden mundial. Basta con leer el “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” o la “Doctrina Wolfowitz”, donde queda claro que EEUU debe actuar de forma independiente en la escena internacional siempre que «no se pueda orquestar una acción colectiva». No se trata de un principio de orden. Es un principio de desorden.

    La sociología de las ausencias: el sueño de la razón

    A pesar de toda la clarividencia de JS, su análisis y sus propuestas producen dos ausencias, dos realidades que, aunque existen, se producen como inexistentes y como tales ya no pueden contribuir a ningún diagnóstico o solución. La inexistencia de tales realidades no es el resultado de un acto de voluntad por parte del analista. Proviene de los presupuestos epistemológicos del análisis. Proviene del sueño de la razón. El problema de Occidente no reside tanto en el estado al que ha conducido al mundo, sino en el epistemicidio que ha provocado a lo largo de su trayectoria histórica, es decir, en los conocimientos y experiencias del mundo que ha destruido activamente para imponer su dominación y neutralizar cualquier resistencia. Esta destrucción no ha sido sólo de cuerpos y modos de vida. Ha sido también la destrucción de conocimientos, sabiduría y ética, de formas de convivencia entre personas y naciones, de culturas de relación con la naturaleza, con los vivos y los muertos, con el tiempo y el espacio. Esta destrucción multifacética ha producido una forma específica de ceguera que consiste en mirar sin ver, explicar sin comprender, observar sin saber que no se puede observar sin ser observado. Entre otras muchas, distingo dos ausencias: lo diferente/inútil más allá del amigo/enemigo; vivir y dejar vivir más allá del orden y el desorden.

    Lo diferente y lo inútil

    El colonialismo y el capitalismo son las formas gemelas de la dominación moderna. Ambas se basan en lógicas jerárquicas: superior/inferior, propietario/no propietario. En ambos casos, la primera categoría determina la segunda. El inferior sólo es inferior a la luz de los intereses del superior; puede ser superior a la luz de muchos otros criterios, pero esto es irrelevante para el superior; el propietario define lo que tiene valor (material o inmaterial) y quién lo posee; el no-propietario puede poseer muchas cosas que no tienen valor para el propietario y, por tanto, son irrelevantes o inexistentes. Ambas lógicas están entrelazadas, aunque revelan diferentes caras de la dominación. Ser superior sin tener bienes valiosos es una contradicción, un oxímoron. Estas dos lógicas han creado dos tipos dicotómicos de relaciones sociales dominantes: el útil y el perjudicial; el amigo y el enemigo. El primer tipo fue bien teorizado por Jeremy Bentham, el segundo por Carl Schmitt.

    El pensamiento capitalista colonial occidental ha entrenado sistemáticamente a los seres humanos para no reconocer la importancia de lo diferente y lo inútil porque no encajan en ninguna de las dos lógicas jerárquicas. Por ello, los ha ignorado o relegado a un ámbito sobrante y no peligroso: el arte. Les ha dado el aura de lo innecesario.

    Vivir y dejar vivir

    Las dos lógicas jerárquicas del colonialismo y el capitalismo antes mencionadas han condicionado la vida y la muerte desde el siglo XV. Como la vida que merecía ser protegida era la de los superiores y de los propietarios, y como la inmensa mayoría de la población mundial no era ni lo uno ni lo otro, la era moderna estuvo dominada por la experiencia de la muerte e incluso por el espectáculo de la muerte. La muerte no sólo se abatió sobre los seres humanos inferiores y no propietarios, sino sobre todos los seres vivos: la naturaleza en general. La muerte de ríos, montañas y selvas donde los superiores podían acumular su propiedad de preciosos recursos naturales estaba teológica, ética, científica y, sobre todo, económicamente justificada. Así es como hemos llegado al momento de colapso ecológico en el que nos encontramos. La limpieza étnica de Gaza no es más que el episodio más reciente y atroz de una larga historia de limpieza etno-social-natural de seres humanos, subhumanos y no humanos.

    Un orden mundial, unipolar o multipolar, basado en las mismas premisas epistémicas y éticas que han dominado desde el siglo XV, no hará nada para que triunfe el principio de vivir y dejar vivir.

    Conclusión

    La transición de un mundo unipolar a un mundo multipolar no es buena ni mala en sí misma. La verdadera alternativa consiste en ampliar los espacios de la diferencia y la inutilidad como valores civilizadores: la diferencia como diversidad, la inutilidad como utilidad-otra. La verdadera alternativa consiste en valorizar el valor de la vida, un valor que sólo puede respetarse viviendo y dejando vivir.

    Tras cinco siglos de adoctrinamiento cultural, epistémico y ético, tengo serias dudas de que el pensamiento occidental pueda concebir o protagonizar la creación de un mundo multipolar. Nunca sabrá ser uno inter pares. Es más, los valores de lo diferente y lo inútil, de vivir y dejar vivir, están mucho más presentes en el pensamiento originario de las regiones del mundo en las que JS deposita alguna esperanza -Asia, África y América Latina- que en el pensamiento dominante del mundo occidental. Este hecho en sí mismo no es ninguna garantía, ya que tras cinco siglos de dominación global, el pensamiento occidental está insidiosamente presente sobre todo en las élites de los países de estas regiones, las élites que muy probablemente serán las que formulen el nuevo (viejo) mundo multipolar. Por eso, para mí, las clases explotadas y oprimidas de esas regiones son las que más pueden hacer para combatir el epistemicidio multisecular. Lo harán en la medida en que recurran a su experiencia multisecular. Esa experiencia siempre ha oscilado entre la guerra y la revolución. Hoy, mientras caminamos sonámbulos hacia una Tercera Guerra Mundial (si es que no estamos ya en ella), tal vez deberíamos revisar los conceptos de revolución y liberación en nuevos términos. Sólo así la razón despertará del sueño al que la han condenado el capitalismo y el colonialismo.

  • Europa, ¿se arma o se desarma?

    Europa, ¿se arma o se desarma?

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    El fenómeno Trump

    Toda normalidad induce y tolera cierto tipo de extremismo. Más allá de cierto límite, o el extremismo se neutraliza o el extremismo establece una nueva normalidad. La normalidad en EEUU es el cumplimiento de la Constitución y, en lo que respecta a las relaciones internacionales, es poner ese cumplimiento al servicio de los intereses de EEUU, el único aliado incondicional de EEUU. Quiero decir incondicional en el sentido más fuerte de la palabra: cualquiera que socave estos intereses será neutralizado, aunque sea el Presidente. La neutralización es responsabilidad del Estado profundo, el Estado profundo que de hecho gobierna Estados Unidos tal y como lo conocemos. El término estado profundo solo empezó a utilizarse en referencia a EEUU durante el primer mandato de Trump, a menudo invocado por él como chivo expiatorio de sus fracasos.

    Se refiere a la existencia de intereses muy poderosos y bien organizados que, sin ningún escrutinio democrático, deciden el destino del país en momentos de grave crisis. Es en esos momentos cuando se producen acontecimientos dramáticos, o decisiones oscuras cuyas causas nunca se aclaran del todo. Por ejemplo, el asesinato del presidente John Kennedy (1963); Watergate (1972); Irán-Contra (1981-1986); el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York conocido como 11-S (2001); la invasión de Irak «justificada» por unas armas de destrucción masiva inexistentes (2003).

    Concebido de diversas maneras, el Estado profundo es hoy un tema ineludible y su aplicación es tan pertinente en países considerados autoritarios como en países considerados democráticos. (Para el caso de Estados Unidos, véase, por ejemplo, Peter Dale Scott, The American Deep State: Big Money, Big Oil and the Struggle for Democracy, 2015; Mike Lofgren, The Deep State: The Fall of the Constitution and the Rise of a Shadow Government, 2016)[1].  Por ahora, el Gobierno de Donald Trump es una excepción autorizada y el espectáculo del extremismo. Si la normalidad sucumbirá o prevalecerá, si el extremismo de Trump se mantiene o no dentro de los límites tolerables, son, por el momento, cuestiones abiertas. Como lo está el futuro de Trump. Por ahora, legalmente, sólo el sistema judicial tiene algún poder para detener a Trump. En cuanto al Estado Profundo, no sabremos nada hasta que su intervención sea completa.

     

    El espectáculo genera un proceso de retroalimentación permanente: Donald Trump abre los informativos de casi todas las televisiones del mundo en días consecutivos. El mundo parece estar patas arriba. De un día para otro, Estados Unidos es (o parece ser) el aliado de Rusia contra Ucrania y Europa. ¿Quién podía imaginar que EE.UU. votaría junto a China, Corea del Norte e Irán en la ONU la resolución para condenar la invasión rusa de Ucrania? El mayor problema para el mundo no es Trump, sino la forma en que los líderes mundiales tratan sus posiciones. Por otra parte, contrariamente a lo que retrata la espuma de los días, el comportamiento de Trump es menos errático o imprevisible de lo que se podría pensar.

    Los principales ejes de su política a la luz de sus primeros pasos son los siguientes:

    1- Los negocios unen y la política divide. La división política debe utilizarse para mejorar los negocios, no para destruirlos. En este terreno, Rusia es más prometedora que Europa.

    2- El armamento es crucial para la economía de EEUU, pero debe venderse, no utilizarse, y desde luego no por EEUU.

    3- En términos de rivalidad económica, sólo China cuenta.

    4- El capitalismo debe afirmar su ADN colonialista. El colonialismo es el saqueo de los recursos naturales. Sin él, no hay capitalismo. Los palestinos son indígenas. Igual que los congoleños.

    5- Surgirá una nueva normalidad no sólo en EEUU sino en el mundo: oligárquica, autoritaria, fascista en el fondo, democrática en la forma. Es el verdadero fin de la historia que sólo los ingenuos (como Francis Fukuyama) veían residir en el liberalismo capitalista.

    La respuesta de Europa

    El enfrentamiento «nunca visto» con Zelensky en el Despacho Oval de la Casa Blanca poco tuvo que ver con Zelensky. Con una puesta en escena perfecta, Trump quería sobre todo humillar a Europa humillando a su héroe, el gran campeón de la democracia. También quiso humillar a Joe Biden por haber impedido que la guerra acabara dos meses después de empezar; y también por estar convencido de que Biden está muerto en EEUU pero vivo en Europa. Y Europa se comportó como Trump esperaba de unos dirigentes mediocres que no saben nada de negocios. Europa entró en la guerra presionada por EEUU a través de la OTAN. La OTAN es EEUU y poco más. La invasión de Rusia fue ilegal y reprochable, pero ya está plenamente documentado que fue provocada por EEUU, convencido de que debilitar a Rusia era debilitar a un aliado clave de China. Trump tiene la opinión contraria. Por un lado, para él, sólo una alianza calibrada con Rusia puede debilitar a China. Por otro lado, Europa tiene características contrarias a lo que Trump imagina para EE.UU. y el mundo: es demasiado laica y liberal; tiene sistemas públicos de sanidad y educación robustos (hasta ahora); «excesiva» protección laboral; «excesiva» protección medioambiental y «excesiva» regulación estatal.  En resumen, Europa es débil porque tiene un Estado fuerte, porque carece de recursos naturales y porque no puede defenderse de los ataques exteriores sin el apoyo de Estados Unidos.

    De lo que no se dan cuenta los líderes europeos es de que la verdadera debilidad de Europa (no la debilidad de Trump) ha sido deseada e inducida por EEUU desde el fin de la Unión Soviética. Desde muy pronto, EEUU temió que Europa se convirtiera en un actor global, alimentando así el multipolarismo, que siempre ha sido temido por EEUU, que no puede imaginar (y teme) dejar de ser el único actor global. Cuando el Presidente Chirac de Francia y el Canciller Gerhard Schröder de Alemania se opusieron a la invasión de Irak, EEUU tomó nota de que los aliados europeos eran futuros rivales en un mundo multipolar.  Este recelo aumentó con el Tratado de Lisboa de 2007, la inauguración en 2011 del primer gasoducto Nord Stream para suministrar energía rusa barata a la mayor economía de Europa (y a otros Estados europeos) y el refuerzo del pacto fiscal para fortalecer la integración europea ese mismo año. Además, la preferencia de Alemania por el Nord Stream y de Italia (Berlusconi) por el South Stream aumentó la suspicacia contra estos dos países considerados socios estratégicos de Rusia[2]. El mismo recelo contra un multipolarismo que debilitaría a Estados Unidos está en la raíz del apoyo estadounidense al Brexit (2016-2020). En otras palabras, los mediocres líderes europeos de la última década no se dieron cuenta de que EEUU buscaba debilitar a Europa para poder ahora despreciarla… por débil.

      Una vez retirado el apoyo estadounidense a la continuación de la guerra, los líderes europeos, bien engrasados por el lobby de la industria armamentística estadounidense, en lugar de sentirse aliviados por librarse de una guerra que les ha sido impuesta y que les llevará a la ruina financiera -y a la destrucción de Ucrania-, han asumido como misión histórica la continuación de la guerra y la preparación de otras guerras, y pretenden vender esta idea suicida a los europeos inventándose un nuevo peligro: la amenaza rusa. En definitiva, Europa ha mordido el anzuelo de Trump: se rearmará para seguir desarmándose social y políticamente. Las armas más complejas y caras serán compradas a la industria militar estadounidense. Una vez más, Trump ha logrado su objetivo: el equipamiento militar es crucial para hacer negocios, no para hacer la guerra. Al rearmarse, Europa transfiere la inversión en políticas sociales y transición energética a la inversión en armamento y, como resultado, aumenta la desigualdad social y la polarización social, e ignora el peligro de colapso ecológico. Abre un campo fértil donde pastan ideas y políticas de extrema derecha. En otras palabras, se ha convertido en una réplica barata de Estados Unidos. El autoritarismo fascista con fachada democrática está en el horizonte, tal y como Trump quiere para Europa y el mundo.

    En definitiva, al rearmarse, Europa se está desarmando. En unas décadas, la economía europea en su conjunto no estará entre las diez mayores del mundo. Y el desarme social sólo beneficiará a la extrema derecha, que por el momento, al menos a través de la voz de Viktor Orban, parece más partidaria de la paz y más resistente a la orgía de preparación para la guerra que otras fuerzas políticas de derecha e izquierda.

    ¿Existe una amenaza rusa?

    Europa sólo sería un aliado rival a respetar si permaneciera unida a Rusia, el país con mayor superficie del mundo y recursos naturales en gran parte sin explotar. Esta fue la propuesta que dominó el eje París-Berlín en las dos primeras décadas del siglo XXI. ¿Existe hoy una amenaza rusa contra Europa cuando Putin pide a los empresarios europeos que vuelvan a Rusia? ¿Es una transferencia subliminal del anticomunismo a la rusofobia? La rusofobia es algo mucho más antiguo y se remonta al menos a finales del siglo XIX. Fiel a su proyecto revolucionario, el propio Karl Marx puede considerarse rusófobo, por un momento, en las cartas que escribió en 1878 a Wilhem Liebknecht, padre de Karl Liebknecht. El objetivo era combatir al reaccionario imperio ruso, que en ese momento estaba en guerra con el no menos reaccionario imperio otomano. Ante la pasividad de Inglaterra y Alemania, Marx se desahogó en francés: «Ya no hay Europa»[3] Tras la Segunda Guerra Mundial, la rusofobia se metamorfoseó en anticomunismo. El gran pilar del anticomunismo en Europa fue el catolicismo conservador[4] y, en Estados Unidos, el macartismo. Pero la rusofobia también alimentó durante décadas la ideología comunista de la China de Mao Zedong y la ideología imperial de Japón. En Occidente, los acuerdos de Yalta mantuvieron a raya los impulsos más extremistas. Cabe recordar que en 1955 el ejército soviético (perteneciente al régimen comunista) se retiró de Austria a cambio de la neutralidad de este país. El mismo tipo de propuesta hizo Gorbachov en 1990 cuando aceptó la reunificación de Alemania.

    La idea de la amenaza rusa era especialmente comprensible en los países del norte y el este de Europa. Recordemos que, para Lenin, la época de la Revolución Rusa estaba condicionada por la necesidad de acabar con la guerra a toda costa. Y el coste era alto porque Rusia perdió alrededor del 30% del territorio que antes había formado parte del Imperio Ruso. Los bolcheviques aceptaron la independencia de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania y Bielorrusia, los cinco últimos países ocupados entonces por Alemania. Fue un tratado efímero, dado el resultado de la guerra, pero las guerras locales que siguieron (entre Ucrania y Polonia, por ejemplo) y la Segunda Guerra Mundial cambiaron de nuevo el mapa geopolítico de esta región, una región que, hasta la guerra de Ucrania, se consideraba periférica, como los Balcanes, y de poca importancia para los grandes proyectos europeos (es decir, el eje París-Berlín). La rusofobia está volviendo precisamente porque ahora el centro de Europa parece haberse desplazado a Ucrania, Europa del Este y los países bálticos.

    En mi opinión, la mayor amenaza para Europa proviene de su incapacidad para acercarse a Ucrania distanciándose de Zelensky. Trump intentó demostrar a los europeos que Zelensky era parte del problema, no de la solución. Los líderes europeos, mostrando su pobreza política, hacen la vista gorda ante los partidos democráticos prohibidos, la censura, los demócratas encarcelados en Ucrania y la fuerte presencia nazi en el ejército ucraniano. Al entronizar a un presidente de dudosas credenciales democráticas, están practicando un «cambio de régimen» a la inversa, haciendo todo lo posible para impedir que surjan en Ucrania otros líderes que, en unas elecciones libres y justas que no estén dominadas por la paranoia rusófoba, reconstruyan el país y hagan prosperar la democracia. El martirizado pueblo de Ucrania se merece eso y mucho más.

    ¿Qué futuro le espera a Europa?

    Hasta la guerra de Ucrania, Europa parecía un oasis en un mundo convulso. Para los de fuera, Europa tenía tres características difíciles de encontrar en ningún otro lugar del mundo: libertad individual (la democracia se considera robusta), solidaridad social y paz. Para quienes vivían en Europa, estas características eran en parte verdad y en parte ficción. Las desigualdades sociales crecían; Bruselas era más una comunidad de grupos de presión y burócratas escandalosamente bien pagados que de demócratas centrados en los intereses de los ciudadanos; la xenofobia iba en aumento, tanto como causa como consecuencia de la polarización procedente de la extrema derecha en ascenso. Se había instalado un malestar tras treinta años de críticas alimentadas sobre todo por el neoliberalismo nacional e internacional, para el que el Estado del bienestar era inviable y la privatización de las políticas públicas (sobre todo las más ligadas al bienestar de las personas: sanidad, educación, sistema de pensiones) era la solución.

    La Primera Guerra Mundial supuso la desaparición de cuatro imperios, tres de ellos europeos (ruso, alemán, austrohúngaro y otomano); la Segunda Guerra Mundial supuso el colapso del imperio japonés, la aparición del imperio soviético y la consolidación del imperio estadounidense, mientras los imperios europeos agonizaban en el Sur global (incluido el Caribe). Por mencionar los casos más destacados, el imperio holandés en Indonesia, el inglés en la India, el francés en Argelia y los países del Sahel, y el portugués en el África subsahariana. Un antiguo nuevo imperio, China, está resurgiendo subrepticiamente. Europa está fuera del juego interimperial y ha decidido trágicamente optar por la política perdedora, tanto frente al imperio estadounidense como frente al chino. Mientras que las antiguas colonias europeas han aprendido a sacar partido de las rivalidades interimperiales, Europa, tan adicta al recuerdo de su pasado imperial, se niega a aprender de sus antiguas colonias y prefiere un no-lugar, una especie de subcontinente sin hogar. Como las poblaciones sin hogar, estará sometida a todo tipo de intemperies.

    [1] Otra concepción del Estado profundo puede leerse en Jon D. Michaels, ‘The American Deep State’ (2018) 93(4) Notre Dame Law Review 1653-1670.

    [2] En 2008, Casa Banca intentaba organizar una alternativa energética desde Estados Unidos en los países del norte y este de Europa. Entre estos países se encontraban Ucrania, Polonia, los países bálticos y los países escandinavos. Véase Domenico Caccamo, «Europa 2005-2011: gli sviluppi istituzionali dell’eu visti da Washington» Rivista di Studi Politici Internazionali, abril-junio de 2012, nuova serie, vol. 79, nº 2 (314) pp. 189-209. Quizá esto ayude a entender lo ocurrido con Nord Stream en 2022.

    [3] Bruno Bongiovanni, «Marx, la Turchia, la Russia: due lettere», Belfagor, vol. 33, nº 6, 1978, pp. 635-651.

    [4] Rosario Forlenza «El enemigo interior: el anticomunismo católico en la Italia de la Guerra Fría» Past & Present, 235 (mayo de 2017), pp. 207-242.

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  • Autopsia de la persecución opaca en democracia

    Autopsia de la persecución opaca en democracia

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Desde la antigüedad clásica, al menos, las diferencias entre dictadura y democracia han sido claras, inequívocas, tan evidentes como la diferencia entre el agua y el aceite. En la teoría. En la práctica, las diferencias, sobre todo hoy, son mucho más complejas. Tomemos el ejemplo de la persecución de ideas prohibidas/ilegales por parte de los gobernantes. En teoría, en una democracia no hay ideas prohibidas/ilegales, salvo las que constituyen delitos de difamación. En la práctica, las cosas son más complejas. Las dictaduras son transparentes en su persecución de quienes profesan ideas prohibidas/ilegales por parte de los gobernantes. La democracia es opaca. La persecución transparente consiste, entre otras cosas, en la prohibición de los partidos políticos, la ausencia de derechos fundamentales y garantías procesales, la dependencia política de los tribunales, una lista oficial de ideas prohibidas/ilegales y el castigo de quienes las profesan (censura, delitos de opinión, presos políticos). La persecución opaca no utiliza -al menos oficialmente- ninguno de estos instrumentos, prohibidos constitucionalmente en un Estado democrático. La opacidad reside en el hecho de que pueden alcanzarse objetivos similares por medios que parecen completamente distintos (e incluso contrarios) a los utilizados en la persecución transparente.

    El peligro de la persecución opaca es que pasa desapercibida para la mayoría de la población. Si no se combate democráticamente, puede convertirse fácilmente en una persecución cuasi transparente, es decir, tolerada o incluso promovida por el propio Estado constitucionalmente democrático y aceptada con indiferencia por la mayoría de la población. Más allá de un cierto nivel de tolerancia o promoción de la persecución opaca, es legítimo admitir que, incluso sin cambios constitucionales, el régimen político democrático ha cambiado y se ha convertido en un régimen híbrido entre democracia y dictadura, una democradura o una dictablanda. Veamos las condiciones de la persecución opaca y algunos de los mecanismos favorecidos para llevarla a cabo, algunos de origen inmemorial, otros muy recientes.

    Las condiciones

    La creación de una amenaza exterior. La idea moderna de Estado-nación se basa en dos pilares fundamentales: la soberanía y la ciudadanía. Ambos son principios de inclusión y exclusión. El principio de soberanía valida el concepto de amenaza exterior. Hoy en día, la amenaza exterior preferida en la Unión Europea es Rusia, mientras que en Estados Unidos son China, Irán y Corea del Norte. Como en todos los periodos de preguerra, la idea de la amenaza exterior se intensifica y se convierte en el eje de la política del país. A partir de este momento de polarización, cuestionar la política de amenaza se convierte en un acto de traición. El cuestionamiento se convierte en un acto peligroso por definición, y la persona que lo formula es peligrosa por definición. La peligrosidad puede justificar la neutralización de quien cuestiona por medios informales, legales, presuntos o incluso ilegales, que significan básicamente la violación de las garantías constitucionales.

    La creación del enemigo común interno. El otro pilar de la idea moderna de Estado-nación es la ciudadanía. La idea del Estado-nación contiene un artificio poco advertido: contrariamente a la creencia común, no fueron las naciones las que construyeron los Estados, sino los Estados los que construyeron las naciones. Y la construcción de naciones siempre ha dependido de los intereses de quienes dominan el Estado. Por esta razón, muchos grupos sociales que vivían en el espacio geopolítico del Estado fueron excluidos de la nación: minorías étnicas o religiosas (a veces mayorías), esclavos, mujeres e inmigrantes.

    La ciudadanía siempre ha sido un principio tanto de inclusión como de exclusión. Los excluidos siempre han sido enemigos internos en potencia y su conversión efectiva ha dependido del oportunismo de quien ostente el poder estatal en cada momento. Actualmente, en Europa y Estados Unidos, el enemigo interno común preferido es el inmigrante, especialmente si es musulmán. El enemigo común interno es vigilado, controlado y expulsado según la conveniencia del momento. La legalidad o ilegalidad con que se hace todo esto depende de multitud de factores.

    La creación del enemigo político interno. Se trata de individuos o grupos/partidos cuyas ideas son consideradas por el poder político tan peligrosas que no merecen ser protegidas por las garantías de la ciudadanía y la Constitución. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados fueron muy activos en la caracterización de los partidos comunistas como enemigos políticos internos, especialmente en América y Europa Occidental. Los casos de Grecia, Alemania (el berufsverbot) e Italia son especialmente significativos. Actualmente asistimos a una ampliación extremadamente preocupante del concepto de enemigo político interno. La extrema derecha mundial, hoy liderada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu, está empezando a extender el concepto de enemigo político interno a todos los intelectuales de pensamiento crítico y a todos los partidos de izquierda. El enemigo político interno o bien pone en peligro los intereses (principalmente económicos) de las clases que dominan el Estado o bien es sospechoso de estar al servicio de un enemigo exterior y agravar así la amenaza exterior. A diferencia del adversario político, con el enemigo político interno no se dialoga, se le silencia, se le condena sumariamente y se le declara civilmente muerto.

    Los instrumentos de la persecución opaca

    Las condiciones antes mencionadas son algunos de los síntomas de cambios más amplios en el (des)orden capitalista y colonialista global que no puedo analizar aquí. En general, agravan la incompatibilidad entre democracia liberal y acumulación capitalista. En trabajos anteriores he argumentado que en las sociedades capitalistas la democracia liberal es siempre una isla de democracia en un archipiélago de despotismos. Caractericé estos despotismos como formas de fascismo social y concluí que las sociedades contemporáneas son políticamente democráticas y socialmente fascistas. Creo que estamos entrando en un periodo diferente en el que el fascismo societal se está transformando en un nuevo tipo de fascismo político. La persecución opaca es uno de los signos de esta transformación. Veamos sus principales instrumentos.

    La persecución no es explícitamente política.

    Salvo en casos extremos, como los que están teniendo lugar actualmente en los Estados Unidos de Donald Trump, las ideas prohibidas o ilegales nunca aparecen como motivo explícito de persecución. La persecución de los defensores de tales ideas se produce por razones no políticas, por actos que reúnen un gran consenso en la sociedad, en términos de condena ética o legal. Los actos actualmente favorecidos son los abusos sexuales, la corrupción y la seguridad del Estado. El caso más tristemente famoso de la última década fue el de Julian Assange, en el que se combinaron las acusaciones de abuso sexual (la invención de acoso sexual contra dos mujeres suecas) y ataques a la seguridad del Estado (WikiLeaks).

     La seguridad del Estado siempre ha sido el motivo favorito de las dictaduras para perseguir a sus oponentes. Su uso creciente por parte de los Estados democráticos es uno de los signos claros de la degradación de la convivencia democrática. La construcción de la amenaza exterior y del enemigo político interior se utiliza especialmente en periodos de preparación para la guerra. En cuanto a los abusos sexuales y la corrupción, siempre han sido condenables en las sociedades democráticas y punibles por la ley. La persecución opaca se sirve de ello para maximizar la estigmatización social de los autores de ideas prohibidas/ilegales. Utiliza dos mecanismos principales: la invención, descontextualización o dramatización desproporcionada de los «hechos» y la represión selectiva. El universo de los delincuentes sexuales y los corruptos tiene un cierto color político que rara vez se advierte y, cuando se advierte, se trata como pura coincidencia.

    Los dos delitos elegidos tienen razones históricas y de economía política. La lucha contra los abusos sexuales siempre ha estado en la agenda de los demócratas que consideran el patriarcado como una de las principales dominaciones modernas, junto con el capitalismo y el colonialismo. Los movimientos feministas han dado una nueva visibilidad a los abusos sexuales y una nueva intensidad a su condena. Sin embargo, el neoliberalismo ha infiltrado en estos movimientos una ideología neopuritana y los ha utilizado para invisibilizar la lucha de clases y dividir a los grupos que luchan contra la injusticia social. El capitalismo ya no era el principal enemigo, sino los hombres heterosexuales. Obviamente, esta infiltración ha sido parcial y sólo afecta a una parte del gran movimiento de liberación de las mujeres y de las orientaciones sexuales. Es lo que hoy se conoce como feminismo neoliberal, generalmente formado por personas fenotípicamente blancas y de clase media.

    En cuanto a la corrupción, su relación con la economía política del neoliberalismo es íntima porque fue con el neoliberalismo cuando se intensificó la promiscuidad entre el mundo político y el económico. La corrupción está ahora normalizada en toda la actividad política y actos que todavía se consideran corrupción en algunos países son legales en otros. Es el caso de la financiación privada oculta e ilimitada de los partidos políticos, prohibida en los países europeos y permitida en Estados Unidos. La corrupción es, pues, una actividad que el neoliberalismo conoce bien y que utiliza para mantener en el poder político a quienes son leales a sus intereses y para apartar del poder o impedir que lleguen al poder quienes son hostiles o menos leales a esos intereses.

    La persecución corre a cargo de la «sociedad civil» o de los órganos «no políticos» del Estado: los tribunales.

    La sociedad civil se moviliza de múltiples maneras. Los medios de comunicación y las redes sociales son los amplificadores privilegiados de la «gravedad» de los hechos y de la persecución de sus autores. En su seno surgen empresarios de la persecución, a menudo inconscientes del servicio que prestan a los verdaderos movilizadores y a sus intereses. Se ven a sí mismos como heraldos de una causa noble y éste es un componente fundamental de la opacidad de la persecución. El objetivo de la guerra mediática es convertir las acusaciones en condenas para que los objetivos de neutralizar a los perseguidos de forma opaca se alcancen antes de cualquier iniciativa para defenderse. El daño profesional y personal se convierte en definitivo e irreparable, aunque luego se demuestre que las acusaciones son falsas.

    Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) desempeñan un papel clave en la persecución opaca precisamente porque cualquier lectura superficial de su misión identifica la nobleza, el desinterés y el universalismo de sus objetivos. La defensa de la democracia y los derechos humanos sirven de barniz para legitimar sus verdaderos fines. Las ONG más comprometidas con la persecución opaca suelen estar financiadas internacionalmente por centros de interés vinculados a la defensa del neoliberalismo y la neutralización de sus enemigos.

    Los tribunales son el órgano soberano considerado apolítico y defensor de las garantías constitucionales, el Estado de Derecho, la regularidad del proceso judicial y la presunción de inocencia. Todo esto significa que sólo se castigan los casos reales de abusos sexuales, corrupción o atentados contra la seguridad del Estado, y que se castiga a todos, no sólo a unos pocos. Esta es la teoría, pero la práctica es bien distinta. Asistimos a dos fenómenos preocupantes.

    El primero es la creciente toma de conciencia de que los tribunales dependen mucho más de la opinión pública de lo que podría pensarse. Y lo son especialmente en los casos en que esta opinión crea un consenso que va más allá de las divisiones políticas habituales. Esta dependencia, además de contradecir la independencia de los tribunales, pone en peligro la eficacia de las garantías procesales y, sobre todo, la presunción de inocencia. En estas condiciones, la denuncia (a veces anónima) en los medios de comunicación y en las redes sociales constituye la condena, y la actuación de los tribunales no es más que ratificar la condena. Esto sólo no ocurre cuando la opinión pública se divide antes o durante la intervención de los tribunales. De ahí el interés de los vigilantes de la persecución opaca en que esa división no se produzca.

    El segundo fenómeno es lo que se conoce como judicialización de la política, cuyo reverso es la politización de la justicia. Esto implica que la clase política (o sus clientes políticos) utilizan los tribunales para obtener resultados políticos. Por ejemplo, la destitución de un político influyente o la derrota electoral de un partido considerado favorito pero hostil a los intereses de quienes tienen el poder de movilizar a los tribunales. Una vez más, una de las características de la judicialización es su selectividad. Tiende a operar con mayor eficacia cuando se trata de promover objetivos políticamente conservadores. Cabe señalar que el neoliberalismo ha invertido mucho en la «formación de magistrados» en muchos países, sobre todo con «cursos de especialización» o «viajes de estudios» en universidades estadounidenses y otras instituciones. Mis investigaciones a partir de los años noventa indicaron que los fiscales eran el objetivo preferente de esta política de «formación». Más tarde se extendió a todos los magistrados.

     La persecución opaca requiere una compleja ecuación entre la peligrosidad y la ilegalidad de las ideas

    La persecución opaca se basa en la idea de que ciertas ideas son peligrosas porque contradicen significativamente los intereses de quienes detentan el poder político y de sus aliados y, por esta razón, deben ser tratadas como ilegales, aunque en una democracia el concepto de ideas prohibidas o ilegales tenga límites muy precisos y, en principio, no existan ideas peligrosas. La persecución opaca exige traspasar esos límites por medios indirectos de represión, liminales o a-legales, entre la legalidad y la ilegalidad, y por campañas masivas de adoctrinamiento y desinformación. Un ejemplo de ello es el concepto de antisemitismo, que hoy en día en Estados Unidos (y en cierta medida en Europa) se ha reformulado para abarcar cualquier crítica al Estado de Israel, por atroces que sean los crímenes contra la humanidad cometidos por Israel contra el martirizado pueblo palestino. El objetivo de la desinformación es legitimar la represión invirtiendo la ecuación entre la peligrosidad y la ilegalidad de las ideas: mientras que para quienes detentan el poder las ideas son peligrosas y, por tanto, deben ser ilegalizadas, se induce a la opinión pública a creer que las ideas son ilegales porque son peligrosas.

     La persecución es global

    La persecución opaca forma parte de un proyecto global de degradación de la convivencia y de las instituciones democráticas. La crisis de la acumulación capitalista neoliberal globalizada es hoy evidente y se manifiesta a varios niveles, mucho más allá del proteccionismo, los aranceles y la división en bloques rivales. Se manifiesta en la polarización política, en el crecimiento de la extrema derecha entre las clases trabajadoras frustradas, resentidas y desesperanzadas, en la política del odio, en el espectáculo de la violación de las líneas rojas de la convivencia democrática en la esfera pública, en la progresiva sustitución del laicismo por la religión politizada. La Internacional del Odio y la Polarización Conservadora utiliza los medios de que disponen los gigantes estadounidenses de la información y la comunicación de alta tecnología para silenciar o eliminar el pensamiento crítico, vigilando las comunicaciones y los movimientos de los activistas sociales y los pensadores críticos, los medios de comunicación alternativos, registrando la intimidad de los objetivos para desencadenar en el momento oportuno el proceso de anulación, silenciando, en definitiva, la muerte civil de los defensores de ideas consideradas prohibidas o ilegales, e incluso de los medios de comunicación que utilizaban. 

    Las «listas negras» de ideas, autores y medios a cancelar se distribuyen internacionalmente a los medios hegemónicos de los distintos países, a las policías de investigación e incluso a las ONGs que se prestan a colaborar por considerar que dicha cancelación podría favorecer sus objetivos supuestamente progresistas. Esta es la dimensión más opaca de la persecución porque es difícil saber quiénes son los agentes de una persecución que, aunque nacional, se internacionaliza rápidamente, quiénes son sus colaboradores internos y cómo se difunde la desinformación con tanta rapidez. Sobre todo, es difícil saber cómo personas de buena fe se movilizan por causas que creen nobles sin ser conscientes de los verdaderos objetivos que hay detrás. En cuanto a los centros del odio y la polarización internacionales, hay razones para creer que son los Estados Unidos de Donald Trump y el Israel de Benjamin Netanyahu.

    De la persecución opaca a la persecución transparente

    La distinción entre persecución opaca y persecución transparente no siempre es tan clara como aquí se describe. Existen situaciones liminares que crean fenómenos híbridos de persecución opaca y persecución transparente. Es el caso, por ejemplo, cuando los defensores de las ideas ilegales son extranjeros. Las ideas ilegales son entonces fácilmente consideradas doblemente ilegales: ideas ilegales de personas ilegales. Otro mecanismo de liminalidad es la declaración de estados de excepción que suspenden las garantías constitucionales de los perseguidos. Un tercer mecanismo es la creación de zonas grises, donde la discrecionalidad de los agentes es constitutiva de la aplicación de la ley. Tales zonas son, por ejemplo, los aeropuertos y los servicios de inmigración.

    Conclusión

    Producir la muerte civil de los objetivos de la persecución opaca y desacreditar sus ideas son los dos mecanismos de anulación. Las ideas pueden seguir publicándose, pero dejan de tener influencia política, ya sea por el descrédito de los autores o por la marginación de los medios de comunicación en los que se publican, si es que se publican.

    El peligro fundamental de la persecución opaca reside en que su opacidad impide combatirla como persecución política y, por tanto, recurriendo a los medios democráticos de confrontación política. Es una forma perversa de politización que actúa como despolitización, sometiendo a sus objetivos al más profundo aislamiento. Cualquier solidaridad pública con este blanco puede conducir a la anulación del que se solidariza. La soledad en una democracia tiene un estigma mucho más profundo que la soledad en una dictadura. Pero es precisamente esta soledad y la consiguiente imposibilidad de crear una oposición democrática lo que favorece el deslizamiento de la democracia a la dictadura que caracteriza nuestro tiempo.

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  • Lo posible entre dos imposibilidades

    Lo posible entre dos imposibilidades

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    No todo lo que aparentemente no tiene principio ni fin es infinito. Por ejemplo, un círculo, que es un espacio-tiempo confinado. Es precisamente en un círculo donde viven las sociedades contemporáneas debido a la globalización del capitalismo y a la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación. Pensar en un círculo implica la imposibilidad de pensar en un futuro distinto de lo que permite el círculo: lo posible autorizado. El futuro posible es una variante de lo que ya existe o encaja en el círculo. Como las variaciones son infinitas, el futuro imposible sólo puede pensarse como no-posible dentro de los límites del círculo. La inteligencia artificial es hoy el imposible más estimulante del mundo circular. Su conquista está siempre próxima y siempre incompleta.

    El círculo colonial y el círculo capitalista

    La imposibilidad de pensar y actuar fuera del círculo se convierte en un problema social existencial cuando vivir con dignidad dentro de él resulta imposible para amplios sectores de la población. En la era eurocéntrica moderna, el primer círculo fue el colonialismo. Dada la superioridad del colonizador, los pueblos colonizados fueron los primeros en experimentar una doble imposibilidad: la imposibilidad de vivir con dignidad bajo el dominio colonial y la imposibilidad de pensar en su liberación. Contrariamente a lo que muchos piensan, este círculo y esta doble imposibilidad continúan hoy en día, incluso después de la independencia política de las colonias europeas.

    Quienes viven esta realidad con mayor intensidad son lo que hoy llamamos el Sur Global. Dada la íntima relación entre colonialismo y capitalismo, el círculo colonial se hizo más violento y confinado a partir de finales del siglo XIX, cuando el capitalismo experimentó su auge, primero en Europa y luego en Norteamérica. Fue entonces cuando el círculo capitalista, el espacio-tiempo confinado de la reproducción del capitalismo, comenzó a formarse en las sociedades colonizadoras. Y aquí también la imposibilidad de pensar fuera del círculo fue acompañada de la dificultad existencial de vivir dignamente dentro del círculo para amplias capas de la población: las clases trabajadoras, los obreros, los campesinos, los inmigrantes, los grupos sociales racializados o sexualizados.

    La era eurocéntrica moderna se compone, pues, de dos círculos superpuestos, el círculo colonial y el círculo capitalista, y ambos convergen para imposibilitar una vida digna a amplios sectores de la población, al tiempo que imposibilitan pensar o actuar fuera del mundo circular. Esta doble circularidad ha evolucionado a lo largo de los años, ha sufrido muchas convulsiones, ha habido momentos en los que parecía deshacerse, sólo para reconstituirse en los momentos siguientes. Lo que caracteriza nuestro tiempo es que los dos círculos son simultáneamente más amplios y más intensos. Más amplios porque abarcan más ámbitos de la vida social, y más intensos porque nunca ha sido tan imposible para amplios sectores de la población vivir con dignidad dentro de ellos o imaginar la vida más allá. A grandes rasgos, la historia es la siguiente.

    Romper los círculos: la revolución y la guerra

    Sólo desconfinando el tiempo y el espacio del círculo es posible pensar en otros mundos posibles más dignos y en otros tipos de relaciones interpersonales más humanas más allá del círculo. Desconfinar significa romper y correr el riesgo de la liberación o del fracaso. En el pasado, este desconfinamiento tuvo lugar por dos vías: la revolución y la guerra. Dos caminos muy diferentes, casi siempre articulados, pero no siempre en la misma dirección: revolución para acabar con la guerra; guerra para hacer posible la revolución; guerra para acabar con la revolución. La liberación del círculo colonial comenzó en el siglo XVII con la huida de los esclavos, los quilombos en Brasil, y continuó casi hasta finales del siglo XX con las guerras de liberación por la independencia política de las colonias europeas (las colonias portuguesas fueron las últimas, 1974-76). Y no hay que olvidar los casos aún pendientes, especialmente la lucha del pueblo palestino y del pueblo saharaui.

    En el caso del círculo colonial, a menudo fue la guerra la que hizo posible la revolución y, con ella, lo que antes era imposible por estar fuera del círculo del pensamiento y la acción autorizados. Basta pensar en la guerra de independencia de Estados Unidos, Argelia, Vietnam, las guerras de liberación de las colonias portuguesas. En la historia de Haití o Cuba, la guerra tenía como objetivo poner fin a la revolución y la superposición entre ambas ha continuado hasta nuestros días. Cuando no hubo ni guerra ni revolución, como en el caso de Brasil, la ruptura del círculo colonial fue mucho más limitada, lo que sigue siendo evidente hoy en día.

    En el caso de la independencia política de las colonias españolas en América Latina a principios del siglo XIX, hubo guerra, pero no fue protagonizada por los pueblos originarios, sino por los descendientes de los colonizadores (como en EE. UU.), por lo que la ruptura del círculo colonial también fue muy limitada. En general, la liberación del círculo colonial fue muy parcial, ya que la independencia política no fue acompañada de la independencia económica porque el círculo capitalista lo impedía. Las clases que dominaban el círculo capitalista siempre tuvieron presente que no podía sobrevivir sin el círculo colonial. Hasta hoy.

    En el caso de las sociedades colonizadoras, lo que hoy se conoce como el Norte Global, la construcción del círculo capitalista fue mucho más contradictoria porque la integración del mundo de las relaciones no capitalistas, en el círculo capitalista, se encontró con la resistencia organizada de grandes masas de la población. Pero la dialéctica entre revolución y guerra estaba presente. Basta pensar en la Revolución Rusa, que surgió en el contexto de la Primera Guerra Mundial y en parte para ponerle fin, y en la Revolución China, que tuvo lugar en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Durante la primera mitad del siglo XX, el círculo capitalista, a pesar de dominar globalmente, no se cerró.

    El hecho es que la imposibilidad de vivir con dignidad en la sociedad capitalista para toda la población explotada y oprimida fue neutralizada en parte por una posibilidad realista de pensar y actuar fuera del círculo capitalista. Esta posibilidad había sido creada por la Revolución Rusa, es decir, la posibilidad de una sociedad socialista/comunista. La fuerza de esta posibilidad es uno de los hechos más notables del siglo XX, tanto más cuanto que sobrevivió a los crímenes de Stalin e incluso a la alternativa que parecía ofrecer la socialdemocracia después de 1945.

    Con el levantamiento de mayo del 68, esta posibilidad perdió gran parte de su poder encantador y se derrumbó con el fin de la Unión Soviética (1989-1991). El círculo capitalista se cerró definitivamente; pensar y actuar fuera de él se hizo prácticamente imposible. La crisis de la izquierda se deriva de esta imposibilidad.

    ¿Qué hacer?

    En un notable texto de 1917, Lenin escribe sobre la revolución y la guerra y sugiere que o la revolución detiene la guerra o la guerra será inevitable y hará posible la revolución, aunque después de mucha destrucción. Resulta que no estamos en 1917. Estamos en 2025 y nos enfrentamos a dos imposibilidades.

    Por un lado, es cada vez más evidente la imposibilidad de vivir dignamente en el círculo capitalista, imposibilidad que se agrava cada día con la extrema concentración de la riqueza, el colapso ecológico y la consiguiente calamidad de los refugiados ambientales, el crecimiento de la extrema derecha que pretende consolidar tanto el círculo capitalista como el círculo colonial (la cuestión de la inmigración y la xenofobia, el saqueo de los recursos naturales en el Sur global, y ahora también en Ucrania) y la complementariedad entre ambos y, por último, la propia amenaza de guerra fuera de toda dialéctica con la revolución: una guerra interimperial, contrarrevolucionaria, sin que haya peligro de revolución inminente. La palabra revolución ha desaparecido del mapa político (al igual que socialismo y comunismo) o ha sido apropiada por la extrema derecha.

    Por otra parte, está igualmente claro que es imposible pensar o actuar más allá de estos dos círculos. Por dos razones principales. Por un lado, cualquier intento de combatir esta imposibilidad es rápidamente neutralizado, silenciado y desacreditado. Por otro lado, el círculo colonial-capitalista se ha arraigado tanto en nuestro modo de vida, por indigno que sea, y en nuestra subjetividad, por degradada que esté, que pensar o actuar fuera del círculo es pensar fuera de nosotros, contra nosotros. Más allá del círculo sólo es pensable como extraterrestre. De ahí el retorno de la cosmología y la religión.

    Esta doble imposibilidad está corroyendo las relaciones sociales, creando subjetividades ególatras y narcisistas que practican el cinismo, el oportunismo, el odio y la traición como formas de supervivencia personal en una guerra que comenzó mucho antes de ser declarada. Un nuevo canibalismo emerge como condición de supervivencia en el doble círculo del capitalismo y el colonialismo. Esta condición convierte el miedo en forma de vida, y la esperanza en locura.

    ¿Será posible vivir mucho tiempo en sociedad sin alimentar posibilidades realistas más allá de estas dos imposibilidades? La respuesta es no.

    En términos de 2025, no de 1917, o habrá un cambio radical en nuestras formas de pensar y de vivir que evitará la guerra, o habrá una guerra, más destructiva que las anteriores, en cuyo caso los posibles supervivientes podrán beneficiarse de las posibilidades que ahora nos parecen bloqueadas. No creo que el pensamiento eurocéntrico, que tanto creó los dos grandes círculos que hoy nos asfixian como los criticó, dejándonos desarmados cuando fracasaron, tenga suficiente vitalidad para crear nuevas posibilidades con menos miedo y más esperanza.

    Hay muchos otros sistemas de conocimiento, pensamiento, formas de vida y sensibilidad disponibles en el mundo. Viven en la clandestinidad, en los márgenes, en los intersticios de los círculos capitalistas y coloniales, esperando su momento. Su tiempo será nuestro tiempo. ¿Antes o después de una guerra

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  • El lobo dentro del rebaño: una advertencia a la izquierda brasileña y latinoamericana en general

    El lobo dentro del rebaño: una advertencia a la izquierda brasileña y latinoamericana en general

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Mucho se ha escrito sobre el desconcierto de la izquierda, sobre su parálisis ante el avance de la extrema derecha, sobre sus decisiones internas que sólo la debilitan, sobre dispararse en el pie destruyendo aliados y alianzas, en fin, sobre su falta de alternativa.  No es momento de prolongadas reflexiones sobre cómo hemos llegado hasta aquí y cómo vamos a salir. Pero hay decisiones urgentes que tomar para demostrar al pueblo latinoamericano que las izquierdas siguen vivas y están del lado del pueblo martirizado por el costo de la vida y asfixiado por un sistema financiero depredador. Este momento ha llegado y es necesario tomar decisiones.

    Marco Rubio ha iniciado una gira por los países latinoamericanos. Todos le conocemos. Es un dirigente de ascendencia cubana que ha hecho carrera en la política con un único objetivo: destruir la esperanza que Fidel Castro trajo al pueblo cubano.  Tiene la misma idea de América Latina que la Doctrina Monroe en 1823: América Latina es un territorio bajo influencia estadounidense y en él no puede ocurrir nada que ponga en peligro los intereses de Estados Unidos en la región. En aquella época, el enemigo a mantener fuera de América Latina era Europa. Dos siglos después, el enemigo es China.

    La retórica oficial de la visita es bien conocida. Marco Rubio viene a explicar a los gobiernos latinoamericanos que la política de Trump, aunque rimbombante, es respetuosa con los tratados y la diplomacia y que serán posibles vías de acomodo con beneficios mutuos siempre que se respeten ciertas reglas que, al fin y al cabo, serán las de siempre. 

    Pero la realidad es bien distinta. Rubio viene a América Latina con tres objetivos. En primer lugar, dividir a los países latinoamericanos, impidiendo posiciones comunes que fortalezcan las negociaciones como el Big Brother. Los aranceles a la importación serán el principal instrumento para fragmentar América Latina. Sólo la división de los países permitirá la diplomacia entre desiguales que él propone. 

    El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha declarado paradigmáticamente que está dispuesto a discutir «tu a tu» con EEUU, es decir, entre iguales. Es un noble deseo, pero será difícil que los países latinoamericanos lo consigan por sí solos, aunque todos lo deseen. 

    El segundo objetivo es neutralizar la influencia de China en el continente. Este es el objetivo más difícil porque EEUU no tiene nada que ofrecer que se compare con lo que China ha «ofrecido» para consolidar sus designios como imperio ascendente. 

    En tercer lugar, Rubio está iniciando el proceso de neutralización (y eventual destrucción) de los BRICS+, especialmente en términos financieros, ya que cualquier moneda alternativa al dólar (en el que los bancos centrales confían cada vez menos para sus reservas) precipitará el colapso económico de EEUU. En este tercer objetivo, Brasil es el gran blanco.

    No hace falta mucho análisis geoestratégico para concluir que, cualesquiera que sean las diferencias entre las izquierdas, ninguno de estos objetivos conviene a las izquierdas porque a largo plazo significará un mayor deterioro del nivel de vida de unas poblaciones ya demasiado vulnerables. La historia nos enseña que cuando los países latinoamericanos ganaron capacidad de maniobra o relativa autonomía frente a EEUU, fue cuando consiguieron atender mejor las necesidades de las clases sociales más vulnerables. La primera década del siglo XXI lo está demostrando.

    Por tanto, la izquierda tiene ahora la oportunidad de dejar de estar desconcertada y encontrar su «norte». Su norte es el enemigo de siempre, que ahora llega en la persona de Marco Rubio. Será el lobo entre el rebaño, o el lobo con piel de cordero. Elijan la fábula, pero la realidad no engaña.

    Por eso, la izquierda debe dejar que su Gobierno reciba diplomáticamente a un gobernante de otro país, pero debe salir a la calle para gritar alto y claro que ni Trump ni Rubio son bienvenidos en el continente. Porque cualquier acuerdo que satisfaga a Rubio será perjudicial para el pueblo latinoamericano. Las calles deben volver a ser de izquierdas y esta es una soberana oportunidad para reconquistarlas. Es un objetivo minimalista, pero por eso se puede organizar a corto plazo, puede ser masivo y tener un impacto político a corto y medio plazo. 

    Hay que recordar que en países como Brasil, Chile, Colombia, Bolivia hay elecciones el año que viene y Ecuador, este año. Es crucial no dejar que Rubio se normalice con un político amigo que incluso habla nuestro idioma. Des-Rubializar América Latina debe ser la consigna más importante. Si la izquierda no da ahora una señal fuerte de que existe, difícilmente lo hará cuando la gente se disponga a ir a las urnas después de un año de rubialización.

    Artículo enviado por el autor a Other News

    *Sociólogo. Profesor catedrático jubilado de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.)

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  • Trump: ¿la astucia del tigre de papel?

    Trump: ¿la astucia del tigre de papel?

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Nunca se había escrito tanto en tan poco tiempo sobre la toma de posesión del presidente de un país y su primera semana en el cargo. Este frenesí se venía rumoreando desde hace tiempo. El espectáculo mediático de la toma de posesión del presidente Donald Trump sólo tiene parangón con el de la inauguración de los Juegos Olímpicos de París el 26 de julio de 2024. Por un lado, la dramática celebración de la imposición unilateral de reglas a la humanidad; por otro, la dramática celebración de reglas consensuadamente aceptadas por toda la humanidad. Este contraste resume el momento de transición en el que se encuentra el mundo. ¿Qué significa Trump en esta transición? La metáfora del «tigre de papel» para caracterizar a Estados Unidos procede de Mao Zedong. Es una metáfora compleja porque designa a la vez la debilidad y la fuerza (fuerza para disimular su debilidad). ¿Cuál es la fuerza y la debilidad de EEUU bajo Trump?

    Como nos enseñó Immanuel Wallerstein, la economía-mundo moderna y el sistema interestatal de los últimos cinco siglos muestran múltiples signos de agotamiento. No es necesario estar completamente de acuerdo con los detalles de su análisis para darle crédito por señalar que algo profundamente perturbador está afectando fatalmente el funcionamiento de este conjunto sistémico (económico, social, político, cultural, epistémico) que llamamos modernidad eurocéntrica. Nadie sabe qué ocurrirá a continuación. Este sistema se ha caracterizado por la continua expansión del capitalismo y del colonialismo, impulsado por las siguientes creencias fundamentales: el crecimiento económico infinito, el progreso unilineal, la ciencia y la tecnología como racionalidades privilegiadas, la superioridad civilizatoria-racial-sexual de quienes tienen el poder de imponer unilateralmente su voluntad (lo que he llamado la línea abisal: la necesaria coexistencia de la humanidad con la infrahumanidad), el intercambio desigual entre países centrales y periféricos, la democracia política y el fascismo social como garantes del orden injusto con menos violencia, el creciente fortalecimiento del Estado como garante de la cohesión nacional. La tensión entre una economía cada vez más globalizada y un sistema de Estados basado en ideas tan integradoras como excluyentes (soberanía y ciudadanía) fue permanente. La paz y la guerra se convirtieron en hermanas gemelas.

    Las rivalidades imperiales se sucedieron hasta que, a partir de 1870, comenzó a construirse el dominio imperial de EE.UU., dominio que culminaría en 1945 tras la más reciente y larga «guerra de los treinta años» (1914-1918, 1939-1945). EEUU fue el único país central cuyas infraestructuras salieron indemnes (e incluso reforzadas) de la guerra. Entre 1945 y 1970, Estados Unidos no sólo fue el país dominante, sino también el hegemón. Por supuesto, existía el bloque soviético, que apuntaba a la bipolaridad. Pero había una contención recíproca entre el bloque socialista y el bloque capitalista en el plano político (bien ilustrada por la crisis de los misiles de Cuba en 1962), mientras que en el plano de la economía mundial Estados Unidos dominaba sin rivales. Cuando en 1955-1961 los países del Tercer Mundo (recién independizados del colonialismo histórico o todavía colonias) intentaron transformar la bipolaridad en tripolaridad, fueron rápidamente neutralizados.

    En aquel periodo, ser dominante tenía dos componentes: unilateralismo y hegemonía. El unilateralismo significa la capacidad de dictar las reglas del juego en las relaciones internacionales que mejor convengan al país dominante. Hegemonía significa la capacidad de hacerlo sin tener que recurrir a la fuerza, por mera presión política. El recurso a la guerra (fría o caliente, regular o híbrida) siempre estaba disponible y la superioridad del poder militar era un poderoso elemento disuasorio. De hecho, la metáfora de la guerra global siempre estuvo a la orden del día, pero como forma de reafirmar la hegemonía, y fue evolucionando con el tiempo: guerra contra el comunismo, guerra contra las drogas ilegales, guerra contra el terrorismo, guerra contra la corrupción.

    A partir de los años setenta, todo empezó a cambiar y la hegemonía estadounidense dejó de apoyar su unilateralismo. Surgió la rivalidad económica entre Europa Occidental (con su acercamiento a la Unión Soviética) y Japón, aunque siguieron siendo aliados políticos de EEUU, la primera crisis del petróleo en 1973, la derrota en Vietnam ese mismo año, la humillación del Irán de Jomeini en 1980. Es cierto que Japón se estancó a partir de los años noventa, pero mientras tanto, el «peligro amarillo» se renovó de una forma sin precedentes con el ascenso de China. Desde entonces, el unilateralismo estadounidense ha dejado de sustentarse en la hegemonía y, sin ella, el uso de la fuerza militar se ha convertido en el primer recurso político. La implicación militar en Oriente Medio y Ucrania son ejemplos de ello. El apoyo militar a Ucrania nunca tuvo como objetivo hacer posible su victoria, sino debilitar a Europa (para ser un aliado político tenía que dejar de ser un rival económico) y a Rusia, como aliado más importante de China. La alta tecnología de comunicaciones y de información y la industria del entretenimiento eran los dos últimos recursos para recuperar la hegemonía, pero el peligro amarillo ya se había apoderado también de ellos. Sin exclusividad no hay hegemonía, y el unilateralismo sin hegemonía sólo tiene un recurso a su disposición: la guerra. Pero en este caso, la guerra tendrá por primera vez territorio estadounidense como escenario bélico.

     ¿Un tigre de papel?

    ¿Cuál es el papel de Trump en todo esto? Su discurso de investidura pretendió transmitir el mensaje de que el unilateralismo ya no se basa en la hegemonía, sino en el excepcionalismo. Contiene todos los componentes del mito estadounidense: destino manifiesto, espíritu fronterizo (farwest, wilderness), conquista territorial, terra nullius (tierra de nadie, es decir, «nuestra»). A este mito añade un nuevo elemento: la dominación ha tenido un coste, el desarrollo de los últimos cien años ha sido la «carga del hombre blanco» estadounidense y, por tanto, el mundo le debe una reparación. Es la afirmación dramática de un unilateralismo defensivo, la confirmación de la decadencia disfrazada de retorno a la Edad de Oro. Los que se opongan a ella deben prepararse para el apocalipsis. El discurso es un tratado de política simbólica, pero la arrogancia política era tan hiperbólica que tuvo que traducirse en una avalancha inmediata de medidas ejecutivas. El frenesí de las palabras exigía conmoción y pavor (shock and awe, el nombre de la invasión militar de Irak en 2003) a nivel ejecutivo. Si hay un tigre de papel, la fuerza del disfraz de debilidad dominó en el primer momento. ¿Qué significará a nivel nacional e internacional?

    A nivel nacional

    En el ámbito nacional, se está aplicando radicalmente el principio de terra nullius institucional. El Estado estadounidense es ahora una Gaza institucional en potencia. La limpieza institucional es un reflejo de la limpieza étnica. Pero la similitud termina ahí, ya que la institucionalización estadounidense es menos débil en relación con Trump de lo que lo son los palestinos en relación con Israel. Va a ser un periodo largo, destructivo y desestabilizador de medición de fuerzas antes de llegar a un posible alto el fuego. El Estado como factor de cohesión social, propio del sistema mundial moderno, se convertirá en el principal factor de fractura nacional. El peligro de esta lucha institucional es que siempre estará al borde del caos, al borde de la lucha extrainstitucional.

    La estrategia de fractura es compleja porque se lleva a cabo en nombre de la verdadera cohesión, la cohesión étnico-racial. De ahí la rabia antiinmigrante. En otras palabras, el principio fundador de la cohesión nacional, la ciudadanía, se sustituye por el principio de comunidad. Se invierte el movimiento moderno de Gemeinschaft a Gesellschaft. Pero el fin de la ciudadanía y su sustitución por el neotribalismo comunitario formaban parte desde hacía tiempo de los planes del fin del laicismo y de la emergencia del esencialismo identitario. De las ruinas de la ciudadanía surgirán la pertenencia religiosa y el identitarismo excluyente.

    Por tanto, la terra nullius trumpista no implica una ruptura total con el pasado reciente. El trumpismo comenzó antes de Trump y continuará después de él. Las semillas de lo que estaba por venir, tanto en lo que se refiere al fin del laicismo como a la emergencia del esencialismo identitario, llevaban tiempo floreciendo en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las escuelas y en las universidades. Si se quiere, es posible remontarse mucho más atrás. Se ha dicho con verdad que con la administración Trump, el capital, que siempre ha dominado la política estadounidense, ya no confía en los políticos y ha decidido tomar el poder directamente. Trece multimillonarios en el equipo de gobierno. Pero después de todo, ¿no ha estado el Congreso dominado por el capital durante mucho tiempo? ¿No pertenecen la mayoría de los senadores y representantes al 1%? Por otra parte, el liberalismo reformista que se tradujo en políticas sociales, en la creación de clases medias y en una mejora general del nivel de vida (el Estado del bienestar) hacía tiempo que había llegado a su fin y el Partido Demócrata había sido el instrumento de esta destrucción, especialmente desde los años noventa.

    Aunque no constituya una ruptura, la acentuación dramática de ciertas tendencias promovidas por Trump será desestabilizadora; y no hay que olvidar las recientes encuestas que parecían indicar que la guerra civil era una posibilidad real para un porcentaje significativo de estadounidenses. Otra posibilidad es pensar que, después de todo, los partidarios de la guerra civil acaban de ganar electoralmente. Ahora exigirán que el Presidente convierta la contrarrevolución en sentido común, como él mismo dijo en su discurso de investidura. Si podrá hacerlo o no es una cuestión abierta. No se puede descartar que pronto se convierta en el chivo expiatorio. El declive de Estados Unidos es estructural y no puede detenerse con la retórica triunfalista de la demagogia.

    Internacionalmente

    Las dramáticas deportaciones tenían como objetivo señalar una convulsión total en el sistema interestatal. Sin embargo, no hay que subestimar las políticas reales que se aplicarán sin dramatismo. Cabe señalar, en primer lugar, que las políticas de proteccionismo, nacionalismo, imposición de aranceles, promoción de la (re)industrialización que ahora defiende Trump son las mismas políticas que los países periféricos y semiperiféricos del mundo trataron de seguir en los años setenta y ochenta y que por eso fueron severamente castigados por las instituciones multilaterales dominadas por Estados Unidos, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Estos castigos provocaron mucho sufrimiento social, el aumento de la pobreza y el hambre, la desindustrialización, la violencia urbana, la aparición del crimen organizado y la dictadura. ¿No es hora ya de proponer reparaciones, por ejemplo, anulando la deuda externa de estos países, algunos de los cuales siguen ahogados por ella? ¿Y pueden todos los demás países seguir a partir de ahora el mismo tipo de políticas propuestas por Trump para Estados Unidos? ¿O se trata de una manifestación más del unilateralismo basado en el excepcionalismo estadounidense? Ya está claro que la libertad económica y de expresión que los magnates de Trump propagandizan en todas las cajas de resonancia de la ultraderecha del mundo es libertad para sus ideas y represión y censura para las ideas de quienes se les oponen.

    El unilateralismo defensivo-agresivo de Trump pretende causar en el escenario internacional la misma destrucción institucional que está causando en el escenario doméstico. No sólo las instituciones vinculadas a la ONU están en el punto de mira, sino todas las alianzas entre países, tengan o no base regional. La preferencia por las relaciones bilaterales y el hecho de que los aranceles a la importación se determinen no por el tipo de producto, como hasta ahora, sino por el tipo de relaciones que el país productor mantiene con Estados Unidos tiene como objetivo destruir cualquier alianza interestatal que rivalice con Estados Unidos, ya sea la Unión Europea o los BRICS.

    También en política internacional las rupturas suelen disfrazar continuidades. Después de todo, dado que el criterio arancelario es el que he mencionado anteriormente, ¿cuál es la diferencia real entre aranceles y sanciones económicas? ¿No empezó ya la destrucción de la Unión Europea con el Brexit y luego con la guerra de Ucrania? En este terreno de rupturas/continuidades, quizá el ejemplo más cruel sea lo que pueda ocurrir con el martirizado pueblo de Palestina. La limpieza étnica que comenzó en 1948 con la creación del Estado de Israel está a punto de convertirse en la política oficial de Estados Unidos sobre Palestina. A la limpieza étnica de Gaza seguirá la de Cisjordania. Sin el drama de la deportación de inmigrantes, la brutal limpieza étnica se anuncia como una benévola acción humanitaria, como pareció decir Donald Trump, refiriéndose a la desolación de los escombros producida por los incesantes bombardeos israelíes.

    ¿Y ahora?

    Cuando la debilidad se disfraza de fuerza, puede conducir a resultados aún más catastróficos. El tigre de papel tiene fuerza para destruir, pero no para construir.  Hoy en día no hay lugar para el unilateralismo, y menos aún para el de Estados Unidos. Los retos globales a los que se enfrenta la humanidad exigen multilateralismo, civismo y respeto mutuo. Las dos grandes víctimas del tigre de papel son la democracia y la ecología. Los multimillonarios que rodean a Trump saben que las políticas que quieren imponer no pueden imponerse democráticamente. Por ahora, han decidido ocupar la democracia y convertirla en un fascismo con rostro humano. Como fascismo con rostro humano es un oxímoron, si se ven obligados a elegir, sabemos de antemano cuál será su elección. Si tenemos en cuenta que el inminente colapso ecológico sólo puede evitarse mediante una nueva hegemonía global: una gran convergencia de esfuerzos construida democráticamente entre los seres humanos para que pueda llevarse a cabo democráticamente entre los seres humanos y los seres no humanos, es fácil ver que el unilateralismo carente de hegemonía de Trump es el atajo tomado por las élites del capitalismo global para legitimar el fascismo 3.0[1]. La novedad de este fascismo es que es global e impone a todos los humanos lo que los humanos han impuesto a la naturaleza desde el siglo XVI. Ante esto, es difícil imaginar que alguien piense que no es necesario o urgente luchar, resistir y atreverse a ganar.

    [1]Me refiero al fascismo 3.0 porque caractericé el tipo de gobierno que Donald Trump proclamó en noviembre de 2020, en vísperas de perder las elecciones, como fascismo 2.0. El fascismo 2.0 se basaba en las siguientes premisas: no reconocer los resultados electorales desfavorables; convertir las mayorías en minorías; doble moral; nunca hablar ni gobernar para el país y siempre y sólo para su base social; la realidad no existe; el resentimiento es el recurso político más preciado; la política tradicional puede ser el mejor aliado sin saberlo; polarizar, siempre polarizar. El fascismo 3.0 extiende las premisas del fascismo 2.0 a escala global. https://www.brasildefato.com.br/2020/11/14/artigo-fascismo-2-0-como-usar-a-democracia-para-destruir

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  • Gustavo Petro: los políticos del futuro y los bloqueos del presente

    Gustavo Petro: los políticos del futuro y los bloqueos del presente

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    os últimos tiempos han dado muchos motivos para el pesimismo. Han sido muchas y muy fuertes las amenazas a tres fuentes de estabilidad y civilidad en las relaciones sociales: la democracia, la paz y la garantía mínima de sostenibilidad ecológica. El espíritu del tiempo, al tiempo que degrada las instituciones, las relaciones entre los ciudadanos y el Estado y las relaciones entre los Estados, degrada también las relaciones entre las personas en los lugares de trabajo, las comunidades y las familias y, por último, degrada las relaciones entre la vida humana y la vida no humana, que comúnmente llamamos naturaleza, como lo demuestran los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más frecuentes y extremos.

    Pero como es propio de los humanos, en medio de la tormenta hay señales de calma, en el túnel más profundo de la angustia hay esperanza en la luz al final del túnel, en medio de la opresión siempre hay alguien que resiste, en medio del conformismo siempre hay alguien que dice no, como nos cantaba el fallecido cantante de la resistencia antifascista en Portugal, Adriano Correia de Oliveira. En «tiempos oscuros», título de un libro de Hannah Arendt, necesitamos valorar todo lo que pueda rescatar la dignidad de la vida humana. Al fin y al cabo, el gran enigma es que existimos en lugar de no existir. En un universo en el que han tenido que coincidir tantas cosas para que surjan seres particularmente conscientes, seres que son conscientes de la existencia de su propia conciencia y reflexionan sobre ella.

    En política, el mundo ha sido parco en proporcionarnos líderes que despierten nuestra particular admiración. La pequeña política de los negocios y de las crisis actuales y permanentes invita a la aparición de políticos pequeños, a veces muy pequeños. Esta tercera década del milenio ha sido especialmente parca y, por ello, merecen especial atención los líderes que destacan.

    En el contexto actual, hay dos tipos posibles de políticos competentes. El primer tipo se refiere a los políticos que gestionan de la mejor manera posible la política actual que les imponen las fuerzas políticas nacionales e internacionales. Esta debería ser la obligación de cualquier buen dirigente político en los tiempos que corren. Por poner algunos ejemplos, creo que el mejor ejemplo a nivel nacional, que yo sepa, es el Presidente Lula da Silva de Brasil, sobre todo porque lo está haciendo en las peores condiciones posibles (hegemonía social y mediática de la derecha y un Congreso mayoritariamente de derechas). En materia de política internacional, dos líderes políticos portugueses competentes entran en esta categoría: António Guterres, Secretario General de la ONU, y António Costa, Presidente electo del Consejo Europeo. Cualquiera de estos políticos (sólo podemos especular sobre António Costa) puede considerarse un líder competente dentro del campo de maniobra autorizado que se les ha otorgado. Son líderes competentes en la gestión del pasado porque presiden formas de institucionalización nacional o internacional que, como he dicho, muestran signos de estar al borde del colapso, ya sea el colapso de la democracia o el colapso de la paz. Corren el riesgo de ser los sepultureros de las instituciones que fueron elegidos para salvar.

    Por esta razón, la atención debe centrarse en el otro tipo de políticos, los buenos políticos del futuro, los políticos que se atreven a comprometerse públicamente con cuestiones que van más allá del campo de maniobra que las fuerzas políticas nacionales e internacionales quieren imponerles. Son los políticos que utilizan su posición para ampliar el estrecho margen de las libertades autorizadas. Estos políticos corren graves riesgos precisamente por la desobediencia civil y política que conlleva su práctica.

    Para mí, el líder político más distinguido del mundo es Gustavo Petro, Presidente de Colombia. Conozco al Presidente Petro desde hace muchos años, pero tengo que decir que me sorprendió cuando leí su primer discurso en la primera Asamblea General de la ONU a la que asistió. Era la primera vez que oía al presidente de un país hablar con tanta competencia técnica y convicción política sobre el gran problema tabú de nuestro tiempo: la probabilidad de la sexta extinción, la extinción de la especie humana debido a la catástrofe ecológica que se avecina. Demostró claramente que si no dejamos de consumir gas, petróleo y carbón, la humanidad corre el riesgo de extinguirse.

    Podemos imaginar la amenaza que esto supone para todos los intereses económicos, políticos y financieros y para los poderes que los representan. Este es el tema más radicalmente vetado por las fuerzas políticas internacionales que controlan la agenda política mundial (y por tanto la de la ONU) sobre el cambio climático y su rosario de COPs periódicas e inútiles. Es el tema que por excelencia va más allá de las libertades autorizadas porque desafía el (des)orden capitalista y neocolonialista dominante. Fue uno de los discursos más importantes pronunciados en el gran auditorio de la ONU desde su fundación.

    A partir de ese momento, sentí que Petro era un político marcado por los poderes dominantes del mundo, un blanco a abatir. Le dieron un poco más de tiempo, esperando que su discurso fuera una manifestación fugaz, una vanidad pasajera de un político nuevo en la escena internacional con ganas de hacerse un nombre. Lo cierto es que Gustavo Petro ha mantenido el mismo discurso en todas las reuniones internacionales a las que ha asistido, y lo ha hecho cada vez con mayor habilidad y vehemencia. Como consecuencia, ha tenido algunos momentos de fricción con algunos de sus aliados continentales más importantes, en particular con Lula da Silva.

    Su más reciente e incisivo discurso tuvo lugar el 27 de septiembre en el congreso organizado por la corte constitucional en la ciudad de Manizales. Es un discurso antológico. Cito un paso especialmente importante:

    “En la reunión de Davos (Suiza) de hace dos años, donde me invitaron la gente que llegaba allí, que dicen ser los ricos del mundo, súper ricos, le llaman ahora, billonarios, con ‘b’ larga, por la enorme cantidad de dinero que han acumulado, expresaban en sus propias palabras que la humanidad estaba viviendo una pluricrisis, fue el nombre que se inventó: la pluricrisis. Varias crisis al mismo tiempo.

    Recién pasábamos el covid, la enfermedad, existía en ese momento, como lo sufrimos aquí en Colombia, una escasez alimentaria que llevó a un crecimiento del hambre en todo el mundo por el precio de los insumos y de los alimentos mismos a escala mundial, originó la inflación en Colombia en el traspaso del gobierno, vivíamos la guerra que comenzaba Ucrania, vivíamos el colapso climático, lo vivimos aún, lo colocaban como una más de las crisis y el estancamiento económico. Las cinco crisis que dilucidaron en medio de su club social, que a través de medios de comunicación se expresan como ideas de la gente que más ha acumulado capital en el mundo hacia la humanidad.

    Cinco crisis al mismo tiempo que, en mi opinión, están relacionadas y que ameritan un análisis pormenorizado de cada una de ellas, que no podríamos ahora, sino el por qué están interrelacionadas, ¿Por qué la guerra? ¿Por qué el hambre? ¿Por qué la pobreza y la desigualdad social que conlleva? ¿Por qué el estancamiento económico? Se correlacionan con el colapso climático que ya no llamo crisis.

    Colapso climático

    Ha cambiado el nombre, porque hace unos años se llamaba el cambio climático, no daba la noción de lo que significaba un simple cambio de clima que cualquier colombiano experimenta en un día, simplemente yéndose de viaje en su propio país, hacia el concepto de crisis climática mucho más descriptivo de lo que pasa.

    Pero, a partir del comienzo de la quema de la selva amazónica en este mes, el concepto hay que desplazarlo de crisis a colapso, porque la quema de la selva amazónica, en la ciencia, es uno de los puntos de no retorno, concepto que ellos han construido, que nunca debimos haber alcanzado y ya lo estamos viviendo.

    Este tema no lo pone en discusión la política, no es en el debate político, ni derechas ni izquierdas, que aparece el problema del colapso climático en la discusión humana.

    Lo pone la ciencia y cuando la ciencia es la que inicia un debate es porque en realidad la política y los sistemas de ideas alrededor de la política, de la discusión política, se han quedado atrás completamente, han sido desfasadas. Yo le agregaría a la política la economía, mi profesión, porque es la economía la que genera la crisis o el colapso climático.

    Y esto, digamos, es el punto central de este tema, no es como en las pasadas cinco extinciones de la vida en el planeta, que llevamos cinco, todas por razones climáticas, todas. Algún tipo de especie se salva y sobre esa se reproduce el siguiente ciclo vital hasta que llega un nuevo choque climático, desaparece y algo hace que aparezca una nueva especie, un nuevo sistema vital. Ha cambiado cinco y está la sexta vez en el planeta Tierra”.

    Mientras el presidente Petro hablaba del punto de no retorno del colapso ecológico, sus enemigos políticos pensaban en otro punto de no retorno: acabar con su mandato presidencial mediante un golpe de Estado institucional, del tipo de los que derrocaron o inhabilitaron a otros presidentes progresistas en América Latina a partir de 2009: Manuel Zelaya en Honduras (2009), Fernando Lugo en Paraguay (2012), Dilma Rousseff (2016) y Lula da Silva en Brasil (2018), Evo Morales en Bolivia (2019), Rafael Correa en Ecuador (2020). Poco más de una semana después del discurso de Gustavo Petro en Manizales, el Consejo Nacional Electoral acusó al presidente Petro de fraude en la financiación de su campaña electoral de 2022, una acusación que podría llevar a la pérdida de su mandato presidencial por parte de la Camara de Representantes.

    Hay muchas razones nacionales para esta movilización de los enemigos políticos de Petro, pero que no quepa duda de que a la lawfare o guerra jurídica que ahora comienza (o se manifiesta porque se viene anunciando desde hace tiempo) le seguirá la mediafare o guerra informativa y que la repercusión internacional que se le dará obedece a la necesidad de acallar una voz que estaba ganando demasiada credibilidad ante demasiada gente. Una voz y un mensaje que el capitalismo ha entendido mejor que nadie: la propuesta de Petro implica el fin del capitalismo y del neocolonialismo tal y como los conocemos hoy.

    El capital internacional tiene una notable experiencia histórica en saber cómo engañar y dividir a la izquierda, y lo hará en este caso. Pero la experiencia histórica también nos demuestra que es mucho más difícil engañar al pueblo. Y en este caso, el pueblo colombiano conoce por experiencia propia, en sus comunidades, en sus bosques, en sus ríos, las consecuencias catastróficas de las que habla Petro. Si el pueblo colombiano se levanta en apoyo a Petro, el golpe fracasará. ¡No Pasarán!

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  • Una reflexión sobre Venezuela

    Una reflexión sobre Venezuela

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    No soy, ni he sido nunca, un chavista acérrimo. Hugo Chávez fue un benévolo meteorito político que sacudió el subcontinente latinoamericano y el mundo en la primera década del siglo XXI.

    En 2013, poco después de la muerte de Hugo Chávez, escribí un artículo titulado “Hugo Chávez: el legado y los desafíos“. En él identificaba algunos signos de autoritarismo y burocratización y terminaba el texto así: “Sin injerencias externas, estoy seguro de que Venezuela sabría encontrar una solución no violenta y democrática. Lamentablemente, lo que está ocurriendo es que se están utilizando todos los medios para poner a los pobres en contra del chavismo, la base social de la revolución bolivariana y los que más se han beneficiado de ella. Y, al mismo tiempo, para provocar una ruptura en las Fuerzas Armadas y el consiguiente golpe militar para derrocar a Maduro. La política exterior europea (si es que puede llamarse así) podría ser una fuerza moderadora si entretanto no hubiera perdido su alma.”[1]  He de reconocer que mi temor no se ha hecho realidad hasta la fecha, aunque no han faltado intentos para que así fuera. Creo que el momento actual es otro de esos intentos. De ahí la importancia de reflexionar sobre el clamor en los medios de comunicación occidentales sobre la posibilidad de fraude en las recientes elecciones en Venezuela y el consenso en la derecha e izquierda sobre la necesidad de auditar los resultados. Esto me deja muy perplejo y me obliga a reflexionar.

    1. El sistema electoral venezolano ha sido considerado unánimemente como uno de los más seguros y protegidos contra el fraude. Requiere cuatro fases de identificación: inscripción en el censo electoral, voto electrónico, extracción de la papeleta y huella dactilar del votante. Los números deben coincidir. Por supuesto, ningún sistema electoral es completamente inmune al fraude, pero si lo comparamos con los sistemas electorales de otros países (como Estados Unidos o Portugal), el sistema venezolano es más seguro. ¿Por qué es tan obvio para tanta gente que puede haber habido fraude?

    2. La oposición venía anunciando que sólo reconocería los resultados si ganaba las elecciones. En este sentido, seguía una práctica que se está generalizando entre las fuerzas de extrema derecha que se presentan a las elecciones (Trump en 2020, Bolsonaro en 2022, Milei en 2023). Esto debería llamar a cierta cautela a las fuerzas democráticas, no sea que su insistencia en la auditoría sirva de muleta a fuerzas políticas que, supuestamente en nombre de la democracia, quieren destruirla.

    3. Fuera de Venezuela, las fuerzas más vociferantes en defensa de la democracia venezolana son fuerzas políticas de extrema derecha que en sus propios países han propugnado o practicado golpes de Estado y fraudes electorales. En Brasil, con la colaboración activa de EEUU, Jair Bolsonaro y las fuerzas políticas y militares que le apoyaron protagonizaron el fraude electoral más clamoroso de la última década. Consiguieron inhabilitar y meter en la cárcel durante más de 500 días al candidato que con toda seguridad habría ganado las elecciones, Lula da Silva; manipularon fácilmente los medios de comunicación y los tribunales; y las elecciones de 2018 fueron declaradas válidas internacionalmente sin ningún tipo de reservas. Esto demuestra que el clamor mediático-político sobre la posibilidad de fraude y la necesidad de verificar los resultados no se basa, al contrario de lo que parece, en un arraigado amor a la democracia, sino en otras razones, que explicaré a continuación.

    4. El doble rasero va mucho más allá de las fuerzas de extrema derecha y del primitivismo de sus consideraciones. Los países europeos, que se precian de ser democracias impecables, fueron casi unánimes en reconocer como presidente legítimo de Venezuela a un señor que se había autoproclamado presidente en una plaza de Caracas. Me refiero a Juan Guaidó, el 23 de enero de 2019. ¿Cómo se explica que, en este caso, no se haya tenido ningún cuidado en verificar los procesos democráticos? Resulta aún más chocante si comparamos esta aparente negligencia con el celo de ahora, respecto a unas elecciones que contaron con más de 900 observadores de casi 100 países. Por cierto, en un aparte que aumenta la perplejidad, uno se pregunta por qué sólo en unos pocos países es tan crucial recurrir a observadores externos para dar credibilidad a los procesos electorales. Si siempre existe la posibilidad de fraude, la necesidad de observadores debería ser universal y supervisada por la ONU.

    5. No discuto las razones de la inhabilitación de María Corina Machado (es bien sabido que participó en varios intentos de golpe de Estado contra el gobierno bolivariano e incluso pidió una intervención militar extranjera), pero la forma en que se eligió a su sustituto, el ex diplomático Edmundo González Urrutia, es desconcertante. Hay algo inquietantemente caricaturesco en la oposición venezolana. Primero fue Juan Guaidó; ahora es un señor que parecía que acababa de salir de una residencia de ancianos para una actividad de ocio que resultó ser una candidatura presidencial. Si menciono esto es sólo porque las manos de Edmundo González pueden acabar manchadas de sangre. Entre 1981 y 1983 Edmundo González fue el primer secretario de la Embajada de Venezuela en El Salvador, cuyo embajador era Leopoldo Castillo, conocido como Matacuras. En esa época se ejecutaba en ese país el Plan Cóndor de contrainsurgencia, impulsado por Ronald Reagan, con el objetivo de impedir el avance de las fuerzas revolucionarias del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Este plan incluía la ejecución de la Operación Centauro, en la que participaban el ejército y escuadrones de la muerte y cuyo objetivo era asesinar a revolucionarios y, en particular, a miembros de comunidades religiosas basadas en la teología de la liberación. Un total de 13.194 personas fueron asesinadas, entre ellas Don Oscar Romero, hoy santo de la Iglesia Católica, cuatro monjas Maryknoll y cinco sacerdotes. Según datos de la CIA desclasificados en 2009, Leopoldo Castillo aparece como corresponsable de la coordinación y ejecución de la Operación CentauroEdmundo González era el primer secretario de la Embajadade Venezuela. Los crímenes cometidos son de lesa humanidad y como tales son imprescriptibles[2].

    ¿Por qué tanto clamor sobre un posible fraude electoral?

    La respuesta corta a esta pregunta es la siguiente: Venezuela es el único país de América Latina donde dos recursos fundamentales no están controlados por EEUU: las fuerzas armadas y los recursos naturales (las mayores reservas de petróleo, tierras raras, oro, hierro, etc.). A lo largo del siglo XX, EEUU intervino repetidamente en las elecciones de Venezuela con el objetivo de garantizar su acceso a los recursos naturales. Siempre lo han hecho con la ayuda de un número muy reducido de familias oligárquicas, algunas de las cuales controlan la riqueza del país desde el siglo XVI y la época de las encomiendas. María Corina Machado pertenece a una de estas familias. Su programa electoral es muy similar al de Javier Milei y ya ha prometido en una entrevista que, si fuera presidenta, trasladaría la embajada venezolana de Tel Aviv a Jerusalén. Es un programa de extrema derecha que ha sido apoyado por EEUU y, últimamente, por el oligarca de oligarcas, Elon Musk.

    Como no controla los dos recursos que he mencionado, EEUU ha utilizado las dos estrategias que tiene a su disposición (además de la injerencia electoral y el apoyo a la oposición): la participación en golpes de Estado, que pueden incluir o no intentos de asesinato de los líderes a derribar; y las sanciones económicas. En estos momentos, Venezuela está siendo castigada con 930 sanciones impuestas desde hace casi dos décadas. Las sanciones han causado el empobrecimiento abrupto de Venezuela y han sido responsables de miles de muertes debido a la falta de medicamentos esenciales para la vida (por ejemplo, durante un periodo, insulina). Este empobrecimiento abrupto llevó a la suspensión de muchas de las políticas redistributivas del gobierno y, en última instancia, a la emigración. Más de siete millones de personas.

    No cabe duda de que un país con tantos millones de ciudadanos obligados a emigrar no puede ir bien. Y es comprensible que muchos de estos emigrantes vean en la derrota de Nicolás Maduro el fin de las sanciones y la esperanza de volver. En este contexto, es necesario hacer dos reflexiones. La primera es que Maduro ha liberalizado la economía en los últimos años, adoptando algunas medidas que difícilmente pueden considerarse socialistas o incluso de izquierdas. Se están firmando muchos acuerdos con grandes empresas estadounidenses y europeas, tanto en el sector petrolero como en otros. Hoy en día, la economía venezolana es una de las de mayor crecimiento de América Latina, pero obviamente esto viene después de un empobrecimiento brutal. Hasta qué punto este nuevo modelo económico (¿inspirado en China?) puede tener éxito es una cuestión abierta.

    La segunda reflexión es que, si observamos el panorama internacional de las migraciones y los refugiados, Venezuela es el único caso en el que la atención mediática se centra en el país del que salen los desplazados. En todos los demás casos, la atención se centra en los países “receptores” (lo que a menudo incluye la deportación). Una vez más, la razón parece ser ésta: la política de desestabilización y demonización del gobierno bolivariano y la creación de un consenso para activar la tercera arma estadounidense: el infame cambio de régimen. De hecho, creo que la agitación social que se está produciendo actualmente tiene como objetivo crear una Revolución Maidan diez años después. Me refiero al malestar social en Ucrania en 2014 que llevó a la huida del presidente democráticamente elegido, Víctor Yanukóvich, y, poco después, a la elección de Volodymyr Zelensky. La razón por la que es improbable que se produzca una “revolución de colores” en Venezuela es que Estados Unidos no cuenta con militares venezolanos formados en la Escuela de las Américas, donde se han fraguado tantos golpes de Estado. Las Fuerzas Armadas venezolanas ya han reconocido los resultados electorales.

    Pero seguro que habrá más intentos en el futuro, sobre todo porque Venezuela cuenta con tres grandes aliados: China, Rusia e Irán, tres enemigos de EEUU. Los dos primeros son miembros originales de los BRICS y el tercero pronto se unirá a ellos. Esto significa que, aunque la fachada discursiva sea sobre el fraude electoral y la democracia, lo que está en juego es la agitación geopolítica que está provocando la victoria de Maduro. Esto debería hacer reflexionar a los dirigentes de los países latinoamericanos, especialmente a Brasil. Tarde o temprano, Brasil tendrá que decidir de qué lado está en el nuevo horizonte geopolítico y geoestratégico mundial que está en marcha. Comprendo la cautela porque, después de todo, Estados Unidos interfirió recientemente de forma brutal en la política interna de Brasil. Pero, por otro lado, sólo defendiendo la soberanía de otros países podrá Brasil, o cualquier otro país, defender eficazmente su propia soberanía cuando llegue la tormenta imperial. En cualquier caso, es mejor actuar colectivamente que individualmente. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) debe ser más activa ahora que ha desaparecido la Unión de Naciones Latinoamericanas (UNASUR).

    [1]Pneumatóforo. Escritos políticos, 1981-2018. Coimbra: Almedina, 2018, p. 165-175

    [2] Puede consultar la información en: https://nlginternational.org/2024/07/national-lawyers-guild-report-election-monitoring-delegation-to-the-bolivarian-republic-of-venezuela/;  https://www.elperiodista.cl/2024/07/vinculan-a-candidato-opositor-en-venezuela-con-asesinatos-de-religiosos-en-el-salvador/

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  • El no alineamiento hoy

    El no alineamiento hoy

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    El movimiento original de no alineación nació en 1961 tras la Conferencia de Bandung (Indonesia) celebrada en 1955, a la que asistieron 29 países, casi todos recién liberados del colonialismo europeo. Representaban el 54% de la población mundial, pero su peso en la economía mundial era casi nulo.

    En 1955, la no alineación significaba querer decidir el modelo de desarrollo nacional sin tener que adherirse a ninguno de los dos modelos rivales entonces vigentes: el bloque soviético (comunista) y el bloque occidental (capitalista). El concepto de Tercer Mundo nace de esta aspiración. Las rivalidades entre ambos empezaban a cristalizarse en la Guerra Fría. Las diferencias entre ambos modelos eran tan grandes que apuntaban a dos modelos de civilización. De hecho, la idea del «hombre nuevo» había surgido desde principios del siglo XX en Europa como una nueva idea civilizadora, tanto en la versión soviética como en las versiones fascista y nazi, y apuntaba a algo ideológicamente muy distinto de la norma capitalista que, después de 1918, dictaba cada vez más Estados Unidos. Las diferencias entre los participantes son bien conocidas. El uso de la fuerza y la guerra para resolver conflictos, que había dominado la política internacional desde el siglo XIX, fue la cuestión más unánime.
    El bloque soviético contaba con la ventaja comparativa ya que desde el Congreso de los Pueblos del Este celebrado en Bakú (Azerbaiyán) en 1920, había reconocido el papel de los movimientos de liberación colonial en la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. El no alineamiento era ante todo un estado de ánimo, el espíritu de Bandung. El periodista afroamericano Richard Wright, que estuvo presente en Bandung, describe así el ambiente que se respiraba en Bandung: «Sólo los hombres morenos, negros y amarillos que, bajo los rigores de la dominación colonial, hacía tiempo que habían tomado conciencia de su raza y su religión, podían sentir la necesidad de una reunión así. Había algo extrapolítico, extrasocial, casi extrahumano; apestaba a maremoto, a fuerzas naturales. Y la convocatoria no se había hecho en términos ideológicos. El orden del día y el tema estaban escritos desde hacía siglos en la sangre y los huesos de los participantes. Las condiciones en las que vivían estos hombres se habían convertido en su tradición, su cultura, su razón de ser».
    Los entonces jóvenes países de lo que hoy se conoce como el Sur global querían hacer valer sus intereses nacionales mediante la cooperación para centrarse en ellos y no en los intereses que les dictaba el Norte global. Estos intereses incluían el anticolonialismo, el antirracismo, salir del subdesarrollo y ampliar las zonas de paz.
    Desde el principio, el Movimiento de Países No Alineados fue contestado por EEUU, ya que las ideas de neutralidad, neutralismo o no alineamiento eran anatema para EEUU, mientras que la URSS presionaba para intensificar su orientación antiimperialista. Como resultado, los desacuerdos aumentaron y el movimiento perdió relevancia, que se agravó con el final de la Guerra Fría.
    En 2024, la situación geopolítica y económica del mundo es muy diferente a la de 1955. ¿Qué sentido tiene hoy hablar de no alineamiento? ¿No alineamiento entre qué y para qué? Un breve repaso de la situación geopolítica actual nos ayudará a definir el posible contenido político del no alineamiento. Anticipo que el nuevo no alineamiento es tan necesario hoy como lo era en 1955, aunque con un contenido político e ideológico muy diferente.

    El contexto geopolítico

    Vivimos en un mundo multipolar (o incluso bipolar), aunque muy diferente del de 1955. Los dos polos de atracción geopolítica son Estados Unidos y China, y las rivalidades entre ellos se están intensificando. Está surgiendo una nueva Guerra Fría, muy diferente de la que existía entre la Unión Soviética y EEUU. Hay tres diferencias principales entre 1955 y 2024. 1.Mientras que en 1955 las diferencias entre los dos polos eran enormes, uno comunista y el otro socialista, hasta el punto de apuntar a opciones civilizatorias diferentes, hoy esas diferencias son mucho menores. Es cierto que los discursos y la autodescripción de los regímenes apuntan a realidades muy distintas, pero en realidad las diferencias se han atenuado considerablemente. Basta recordar que hasta hace muy poco China era considerada un socio estratégico de EEUU, algo que nunca ocurrió con la Unión Soviética. Aunque existe un debate sobre la naturaleza del régimen económico chino (¿comunismo, socialismo, capitalismo de Estado?), la evolución de China en los últimos treinta años y el papel que ha desempeñado en la globalización de la economía dejan cada vez más claro que se trata de dos variantes de un mismo modelo capitalista: por un lado, el capitalismo multinacional con capital financiero globalizado (EE.UU.) y, por otro, el capitalismo de Estado con control estatal del sector financiero (China). Visto desde esta perspectiva, los dos sistemas tienen más en común de lo que podría pensarse.
    Las diferencias son importantes, pero se producen dentro del mismo modelo de desarrollo económico capitalista. La opción socialista, tal como se concibió en 1955, ha desaparecido. Y con ella, su opuesto también ha desaparecido del léxico económico: hoy no se habla de capitalismo, sino de economía de mercado, como si los mercados, que siempre han existido, hubieran sido siempre capitalistas. Esta ocultación es tanto más grave cuanto que, como he argumentado, el capitalismo prevalece en la medida en que se articula con el colonialismo (que continuó bajo otras formas tras la independencia política de las colonias) y el patriarcado.
    2. La segunda diferencia respecto a 1955 es que entonces había una diferencia radical entre países democráticos (por ser multipartidistas) y países autocráticos (por ser unipartidistas), aunque estos últimos reclamaban para sí otro tipo de democracia: la democracia popular, la democracia desarrollista. Hoy las diferencias son mucho más tenues, dada la degradación de las democracias liberales en los últimos treinta años.  No es aventurado afirmar que, mientras China es una autocracia unipartidista, Estados Unidos es una autocracia bipartidista. De hecho, así lo afirmó con extraordinaria clarividencia el Presidente Julius Nyerere en 1991: «Estados Unidos es una democracia según algunas definiciones y no según otras. Es una plutocracia, pero los locales tienen derecho a voto, ¡así que es una democracia! Pero Estados Unidos tiene mucha suerte. Hay dos partidos, ¡pero en realidad son un solo partido! Ambos partidos están de acuerdo en los objetivos nacionales básicos. Internamente, ambos son altamente capitalistas. Externamente, ambos son imperialistas. Así que sus políticas no difieren mucho. No fue Kennedy quien planeó la Bahía de Cochinos. Fue planeada por Eisenhower y Kennedy la llevó a cabo, es decir, intentó llevarla a cabo. Así que básicamente están de acuerdo”.
    Obviamente, las diferencias en el régimen político entre EEUU y China son muy significativas, especialmente a nivel interno, pero en términos de geopolítica de la democracia se traducen en la diferencia entre una autocracia monolítica y una autocracia pluralista.
    3. La tercera diferencia con 1955 es la aparición de la cuestión ecológica. En aquella época, la cuestión no pasaba de ser una especulación filosófica en el Norte Global, y cuando los países del Sur Global se ocupaban de ella, la etiquetaban de otras maneras, como la lucha por la tierra, la reforma agraria o el control de las explotaciones mineras. La situación ha cambiado radicalmente desde entonces y hoy en día la China es responsable del segundo mayor porcentaje de emisiones de dióxido de carbono, después de Estados Unidos. Por su parte, los países del Sur global han centrado sus reivindicaciones en la responsabilidad histórica de los países del Norte global y si no se distinguen por ser más activos en los procesos de transición ecológica es porque a menudo son víctimas de estos procesos cuando son adoptados por el Norte global, el llamado colonialismo energético. En resumen, también en este ámbito los dos polos parecen más similares que diferentes. El no alineamiento entre los dos polos puede significar nada más que elegir entre la tormenta y la inundación. En vista de ello, el nuevo no alineamiento tiene hoy muchas dimensiones, todas ellas urgentes. Distingo dos principales, que denomino, a falta de un término mejor, no alineamiento débil y no alineamiento fuerte.

    No alineamiento débil

    Como he resumido anteriormente, el mundo multipolar actual es un sistema único con dos variantes principales. Entre ellas, el crecimiento de una Guerra Fría que, al no estar regulada (como ocurría con la anterior), puede deslizarse en cualquier momento hacia una guerra caliente. El no alineamiento débil tiene lugar dentro de este sistema sin cuestionarlo en su conjunto. Pero no pensemos que las opciones son débiles o no contienen riesgos, todo lo contrario. El no alineamiento débil o intrasistémico tiene dos características principales:
    Neutralidad activa. No apoyar y hacer todo lo posible para evitar el estallido de una guerra entre los dos bloques. No se trata sólo de mantenerse al margen de los conflictos de forma aislacionista y no intentar intervenir en ellos. Al contrario, implica políticas de intervención activa para promover soluciones pacíficas y evitar que se produzcan guerras. Dada la globalización y la interdependencia de la economía y del mundo, la neutralidad activa será más eficaz si se lleva a cabo a escala regional y no en nombre de países aislados.
    La neutralidad activa es asimétrica. Nadie en el Sur global cree que China quiera una guerra con Estados Unidos. La historia nos enseña que los imperios en ascenso avanzan creando zonas de influencia mediante beneficios desiguales pero recíprocos. La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés) es hoy la afirmación más poderosa de esta idea. Nadie en el Sur global cree que Rusia sea un país militarmente expansionista. Al contrario, ha sido víctima del expansionismo europeo desde que fue invadida dos veces en el siglo XIX por dos potencias europeas, la Francia de Napoleón y la Alemania de Hitler. Rusia se defiende de una nueva forma de expansionismo, esta vez euro-norteamericano, la OTAN. De hecho, la guerra ruso-ucraniana, al igual que la guerra israelo-palestina, tiene el mismo objetivo de frenar al gran rival de Estados Unidos, China, neutralizando a sus aliados más importantes, ya sea Rusia o Irán. Los imperios en decadencia, como el estadounidense, se afirman mediante la guerra, cuando no son incluso dominados por la máquina de la guerra permanente alimentada por el complejo industrial-militar. Los Estados Unidos tienen hoy ochocientas bases militares dispersas en todo el mundo.
    La neutralidad activa exige no participar en pactos militares, ya sean promovidos por EEUU o por China. Requiere distanciarse militarmente de cualquiera de ellos y promover iniciativas pacíficas de mediación y negociación, especialmente desde una base regional, ya sea África o América Latina. El poder económico de algunos de los países del Sur global puede ser suficiente para tener algún impacto en la detención de la guerra que se avecina.
    No alineamiento activo. Este concepto ha sido acuñado recientemente en un libro de Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami, (Eds), Latin American Foreign Policies in the New World Order: The Active Non-Alignment Option (2023). En primer lugar, hay que señalar que neutralidad activa y no alineamiento activo son dos políticas interdependientes porque cuanto más intensa y tensa es la rivalidad militar entre EEUU y China, menor es el margen de maniobra de los países del Sur global para llevar a cabo políticas de no alineamiento activo.
    Tomando a América Latina como centro de su análisis, los autores señalan que el adjetivo “activo” tiene un fuerte significado porque implica la política de una región que hoy tiene un peso significativo en la economía mundial y fuertes relaciones tanto con China (principal inversor) como con EEUU. En línea con lo que estoy argumentando aquí, el no alineamiento activo forzaría a América Latina a salir de los acuerdos militares con EE.UU. porque éstos estarán cada vez más orientados a forzar a América Latina a un alineamiento activo con EE.UU. y en todos los ámbitos, militar, económico, instituciones internacionales, etc.
    Surgen dos cuestiones complejas. En el plano económico, la situación es dilemática porque mientras EEUU sigue defendiendo la pertinencia económica del neoliberalismo a pesar de todos sus fracasos y de la aparición de versiones extremistas (Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador), China propone un capitalismo no neoliberal con fuerte intervención estatal y control estatal del capital financiero. En este ámbito, es difícil prever una tercera vía. En el plano político, Estados Unidos exige actualmente no sólo alineamiento, sino vasallaje, tanto en Europa como en América Latina. Además, después de Hugo Chávez, América Latina no ha vuelto a tener un líder interesado en una política autónoma para el continente. La esperanza reside ahora en Lula da Silva, Presidente de Brasil y Gustavo Petro, Presidente de Colombia. Pero Lula da Silva, sin duda uno de los líderes más respetados del mundo está obligado a centrarse en los problemas internos del país, dado el nivel de destrucción y degradación institucional durante el periodo Bolsonaro y el hecho de que tiene a la mayoría del legislativo en su contra y sólo una insincera tolerancia por parte de amplios sectores de las Fuerzas Armadas.
    Una articulación entre África y América Latina podría ser prometedora en este ámbito. Por su parte, India estará atenta a esta evolución y, si se implica activamente, la propuesta de no alineamiento activo (quizá combinada con la neutralidad activa) tendrá una fuerza diferente.
    El no alineamiento débil contiene una tensión que tenderá a aumentar con el tiempo. Al igual que en el no alineamiento original el bloque soviético ofrecía ventajas difíciles de rechazar, lo mismo ocurre ahora con China. De hecho, la idea de no alineamiento se asocia a menudo con el Sur Global y la organización más consistente de este espacio geopolítico es el BRICS+, que precisamente incluye a China y donde desempeña un papel principal. ¿Hasta qué punto es posible hablar de no alineamiento?  Hasta cierto punto, India, sin dejar de pertenecer a los BRICS, está mostrando una autonomía que podría ser seguida por otros países. En el terreno del no alineamiento débil, estamos avanzando hacia una solución asimétrica de mayor proximidad a China, pero manteniendo distancias determinadas por intereses nacionales o lealtades regionales. Si, en esencia, se trata de un alineamiento condicional, estoy seguro de que China lo aceptará. No ocurriría lo mismo con Estados Unidos, que hoy, más que nunca, exige un alineamiento incondicional.

    No alineamiento fuerte

    El no alineamiento fuerte se basa en la idea de que vivimos en una época de transición entre paradigmas civilizatorios, entre el paradigma de la civilización occidental cuyo dominio mundial comenzó con la expansión colonial europea y uno o varios paradigmas emergentes aún por determinar. Estamos, pues, en una época de interregno en el sentido que le da Antonio Gramsci: el viejo paradigma aún no ha muerto del todo y el nuevo aún no se ha manifestado de forma creíble, una época de monstruos o fenómenos morbosos, como añadía Gramsci. Desde esta perspectiva paradigmática, vivimos en una sociedad capitalista globalizada en la que las rivalidades oficialmente reconocidas pretenden perpetuar el sistema cambiando a los protagonistas. Los cambios son a largo plazo, seculares, pero también pueden ser el resultado de catástrofes que aceleren los procesos históricos.
    La especificidad del no alineamiento fuerte es la cuestión epistémica. Básicamente, se trata de saber qué tipo de conocimiento debe guiar la comprensión del paradigma actual y establecer los marcos para su transformación. El no alineamiento fuerte requiere nuevas epistemologías que he denominado epistemologías del Sur, donde el Sur no es geográfico ni siquiera geopolítico. Es ante todo epistémico y está presente en las luchas sociales que tienen lugar tanto en el Sur geográfico como en el Norte geográfico.  Muy brevemente, las epistemologías del Sur están constituidas por procesos de validación de saberes distintos del saber científico, saberes nacidos en las luchas contra la dominación occidental moderna -dominación capitalista, colonialista y patriarcal- por parte de los grupos sociales que más han sufrido esta dominación: trabajadores, pueblos colonizados, pueblos indígenas, campesinos, mujeres, etc. En sus luchas, siempre ha circulado una pluralidad de saberes, entre ellos los científicos, pero también los ancestrales, populares y vernáculos. Estos conocimientos no científicos han sido despreciados, suprimidos y prohibidos por las epistemologías del Norte global, lo que yo llamo epistemicidio. Las epistemologías del Sur consideran que la ciencia es un saber válido, pero que no es el único saber válido y que, por tanto, debe poder dialogar con otros saberes. Pretenden recuperar estos saberes en la medida en que pueden ayudar a pensar y legitimar el nuevo paradigma civilizatorio. No se trata de una adopción incondicional y romántica ni de celebrar una edad de oro del pasado. Se trata de hacer posible un futuro más justo en las relaciones entre los humanos y más equitativo entre los humanos y la naturaleza.

    Propuestas para una no alineación fuerte

    1. Tenemos derecho a ser iguales cuando la diferencia nos hace inferiores; tenemos derecho a ser diferentes cuando la igualdad nos descaracteriza.
    2. No hay derechos sin deberes. Los deberes deben existir en proporción a la capacidad de impedir la violación de los derechos humanos y deben exigirse en proporción a las consecuencias que puedan derivarse de dicha violación. Los deberes no pueden limitarse a la esfera ética. Su cumplimiento debe ser exigido por los ordenamientos jurídicos existentes y futuros.
    3. Se reconocen los derechos de la naturaleza, entendida como el principio vital que sustenta la vida humana y no humana en el planeta. Los deberes correspondientes recaen sobre el Estado y los ciudadanos. Las violaciones más graves de estos derechos constituyen un nuevo crimen contra la humanidad/naturaleza: el ecocidio.
    4. El respeto a la vida y a la dignidad implica reconocer la infinita diversidad de formas de conocer y vivir (en) el mundo y concebir la vida, la dignidad, el buen vivir y el buen convivir.
    5. El derecho a la educación debe entenderse como el derecho a la diversidad de conocimientos sobre los derechos y deberes entre los seres humanos y en sus relaciones con la naturaleza. La educación, en general, y las universidades, en particular, deben reformarse para intervenir eficazmente en la disputa sobre las narrativas acerca de la transición paradigmática que se avecina.
    6. Los diferentes modelos de desarrollo, incluidos los modelos de desarrollo alternativo, deben dar paso a alternativas al desarrollo: desmercantilización, descolonización, despatriarcalización y democratización. Se prohíbe la obsolescencia programada de los productos industriales.
    7. Los bienes comunes son todos los bienes que deben ser compartidos por todos los seres humanos, hombres y mujeres, sin discriminación, ya que son esenciales para que florezca la vida y prevalezca la dignidad. Se reconoce el derecho al libre acceso a bienes comunes fundamentales como el agua, el aire, el espacio, los bosques, los ríos, los mares, las semillas, el espacio público, la cultura, la educación, la salud, la electricidad, la información, la comunicación e internet.
    8. La soberanía alimentaria debe ser uno de los principios rectores de la política agrícola. Los pueblos indígenas, los pueblos descendientes de esclavos, los campesinos, tienen derecho a sus territorios ancestrales y a su subsuelo.
    9. La renta básica universal es uno de los instrumentos importantes para combatir la creciente vulnerabilidad de los trabajadores y sus familias, especialmente ante el impacto de la inteligencia artificial en los procesos productivos.
    10. La salud es un bien público, no un negocio. Las vacunas son un bien común, público y universal. Deben producirse teniendo en cuenta los intereses de la población y estar disponibles para un acceso gratuito y universal.
    11. Hay que asegurar la localización industrial de los bienes necesarios para garantizar la protección de la vida en las emergencias recurrentes que probablemente caracterizarán las próximas décadas. Por la misma razón, las pequeñas empresas y las tiendas de barrio deben ser las principales formas de distribución de productos a los consumidores.
    12. Debido a su huella ecológica, la industria turística internacional debe ser cada vez menos importante en términos de creación de riqueza y empleo.
    13. El derecho a la urbanidad es tan válido como el derecho a la ruralidad. Urge un nuevo tipo de relación entre el campo y la ciudad. El campo no precede a la ciudad, ni la ciudad representa un estadio superior de convivencia que el campo. Hay que redimensionar y resignificar las ciudades.
    14. La deuda pública de los países periféricos debe anularse siempre que su peso les impida cumplir los objetivos anteriores. En cuanto se declare una pandemia o una emergencia de igual gravedad, se cancelarán todos los embargos y sanciones económicas que impidan a los países afectados proteger la vida de sus ciudadanos.

    Conclusión

    Sin un horizonte posoccidental, las luchas del no alineamiento no impedirán que el capitalismo sea cada vez más violento con los seres humanos y la naturaleza. Se trata de redistribuir más equitativamente el miedo y la esperanza. Hoy, grandes mayorías tienen demasiado miedo ante las vicisitudes de su vida cotidiana y muy poca esperanza de que las cosas mejoren, mientras que una ínfima minoría tiene demasiada esperanza de que el mundo siga garantizando sus privilegios y muy poco miedo de que no lo haga, porque están convencidos de que han eliminado o cooptado a sus enemigos. El no alineamiento fuerte supone que no será posible devolver la esperanza a las grandes mayorías sin infundir miedo a las minorías muy pequeñas.

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  • ¿Por qué crece el fascismo? ¿Cómo podemos detenerlo?

    ¿Por qué crece el fascismo? ¿Cómo podemos detenerlo?

    Boaventura de Sousa Santos*

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Texto enviado a OtherNews por el autor, el 21.02.23

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Para entender la aparición y el crecimiento de los partidos de extrema derecha en todo el mundo, y especialmente en Europa, tenemos que remontarnos al final de la Primera Guerra Mundial y analizar el turbulento curso de la democracia liberal desde entonces. La democracia liberal salió triunfante de la Primera Guerra Mundial, pero el triunfo duró poco. La fuerza de la izquierda se vio fatalmente afectada por la escisión entre socialistas y comunistas; la disolución por Lenin de la asamblea constituyente rusa en 1918, a pesar de que el partido bolchevique era minoría, puso fin a las esperanzas de una democracia no capitalista (la gran amargura de Rosa Luxemburgo). A finales de los años veinte, los debates políticos estaban dominados por la derecha, una derecha que desde 1918 siempre había sido más anticomunista que democrática. A ello contribuyeron la preeminencia y la división de los parlamentos, la inestabilidad política y la incapacidad de hacer efectivos los nuevos derechos sociales frente a la ideología económica liberal dominante, el dominio de los grandes financieros privados y la persistente crisis económica. Si el poder real residía en la patronal y los sindicatos, la conclusión popular era que los parlamentos servían de poco.

    Tras el gran trauma de la guerra, la población quería paz, seguridad y mejores condiciones de vida; los campesinos querían una reforma agraria. Pero la democracia liberal había traído sobre todo la polarización social. La democracia estaba siendo abandonada, tanto por aquellos que no veían en ella una contribución a la mejora de sus vidas como por aquellos, especialmente los jóvenes, para quienes el liberalismo había perdido el contacto con el mundo contemporáneo. En 1934, el dictador portugués António Salazar (que sólo conservaba un vestigio de parlamentarismo) afirmaba que dentro de veinte años no habría asambleas legislativas liberales en Europa. Dos propuestas rivales despertaron entusiasmo: el comunismo y el fascismo/nazismo (este último combinado a veces con un catolicismo conservador cuyo colectivismo consistía en la defensa de la familia). Ambos proponían un «Nuevo Orden» y un «Hombre Nuevo». Pero su atracción procedía sobre todo del fracaso de la democracia, de la debilidad del Estado liberal y del aparente suicidio del capitalismo (hiperinflación, desempleo, Gran Depresión). Las propuestas ultraliberales (más tarde llamadas neoliberales) de los economistas austriacos Friedrich Hayek y Ludwig von Mises fueron muy minoritarias e incluso ridiculizadas, y sólo serían rehabilitadas cuarenta años más tarde, en el Chile de Pinochet (1973), convirtiéndose desde entonces en la ortodoxia económica dominante. En los años treinta, el liberalismo glorificaba el individualismo egoísta y descuidaba el sentimiento de comunidad y las exigencias de una nueva era colectivista. Un ambiente autoritario dominaba Europa y se decía que la era de la democracia había terminado, un tema recurrente.

    Al final de la Segunda Guerra Mundial, la democracia volvió triunfante, aunque ahora en una Europa dividida, en el contexto de la Guerra Fría, entre el bloque capitalista occidental y el bloque comunista soviético. Conviene recordar que la desnazificación fue mucho más eficaz en el bloque soviético que en el occidental, y que los gobiernos conservadores occidentales fueron mucho más duros con la extrema izquierda (algunos partidos comunistas fueron ilegalizados y todos vigilados) que con la extrema derecha (los partidos neonazis fueron ilegalizados, pero muchos nazis, sobre todo técnicos, se integraron en los nuevos gobiernos alemanes o fueron contratados por agencias estadounidenses). Mientras, la democracia era ahora diferente: orientada al bienestar de los ciudadanos (Estado de Bienestar), con fuerte intervención del Estado en la economía, tributación alta y progresiva, negociación colectiva, crecimiento económico y prosperidad como palabras clave para hacer desaparecer la lucha de clases. La nueva sociedad de consumo representaba una cierta americanización de Europa, pero la intervención del Estado en la economía y los derechos sociales distinguían al capitalismo europeo del estadounidense. Obviamente, ambos eran colonialistas.

    A partir de los años setenta, todo empezó a cambiar. El laissez faire, que parecía enterrado en la Primera Guerra Mundial, y el dúo Hayek-Mises volvieron para quedarse, la lucha de clases se reavivó, pero esta vez como una lucha de los ricos contra los pobres y las clases medias. Surgió el anti-estatismo, combinado con una mentalidad autoritaria (del Estado protector al Estado represor), la derecha empezó a dominar la opinión pública y a fomentar la polarización social, y la democracia volvió a entrar en crisis. Este es el contexto en el que nos encontramos.

    La historia nunca se repite. Hay muchas diferencias importantes en Europa en comparación con el mundo de hace cien años y estas diferencias tienen diferentes repercusiones en el Sur global, especialmente en el Sur que es más dependiente política y culturalmente del Norte global.

    El fin de la alternativa comunismo-fascismo/nazismo

    La primera diferencia es que de las dos alternativas que entusiasmaron a la juventud de los años 20 y 30 –el comunismo y el fascismo/nazismo– sólo la segunda parece estar en la agenda política de los deseos. Esta diferencia tiene un enorme significado. No significa que no existan hoy alternativas al capitalismo en nombre de las democracias más transformadoras que la democracia liberal. Pero tales alternativas aún no son capaces de formulaciones sintéticas y agregadoras, ni de movilizar a grandes masas de jóvenes, excepto quizás en el tema ecológico.

    A lo largo del siglo XX, la extrema derecha siempre ha tenido dos versiones distintas. En los años 20 y 30, la más importante con diferencia fue el fascismo propiamente dicho, basado en líderes carismáticos, nacionalistas, racistas, a veces combinado con el cristianismo conservador (el valor de la familia), impulsado por un populismo de destrucción dirigido contra el individualismo y la debilidad del Estado, una extrema derecha que quería adquirir la dinámica de un partido de masas. Era un populismo distinto del actual, pero igual de orientado a la destrucción. Las versiones de hoy son, por ejemplo, el «antisistema» en EE UU, el «antiinmigración» en España y otros países del Norte Global, la «limpieza» en Portugal, o la «motosierra» en Argentina. El populismo de la construcción era más abstracto y vago, el «Nuevo Orden» de Mussolini o Hitler impuesto por un Estado autoritario como el actual, el «Make America Great Again» de Trump, o el «Hacer a España grande otra vez» del partido Vox.

    La segunda versión de la extrema derecha, aunque muy minoritaria en las primeras décadas del siglo XX, proponía sustituir la fuerza del Estado por la fuerza del mercado. Era una ultraderecha hiperliberal, transcrita de las propuestas neoliberales del dúo Hayek-Mises, que veía al Estado como un coste a minimizar, a los impuestos como un robo y a la privatización como la solución para todo aquello que pueda generar beneficios; era una ultraderecha internacionalista, anti-carismática, individualista, hipermoderna y elitista, que veía la pobreza como una cuestión individual que nada tenía que ver con el empobrecimiento derivado de las políticas económicas y sociales. Mientras que la primera versión se reivindicaba social (nacionalsocialismo) y quería un Estado fuerte, la segunda, aunque residual, estaba presente, era hipercapitalista y quería hacer del mercado el principal regulador de las relaciones económicas y sociales, es decir, quería un Estado mínimo centrado en mantener el orden.

    Estas dos versiones tenían el mismo objetivo: utilizar el descontento popular ante la ineficacia de la democracia como estrategia de poder y afirmación del capitalismo frente al comunismo. El fascismo tradicional utilizó la democracia para llegar al poder, pero una vez en el poder, ni lo ejerció democráticamente ni lo abandonó democráticamente. Esto es tan cierto de Adolf Hitler como de Jair Bolsonaro (Brasil) o Donald Trump (EEUU). La versión neoliberal de la extrema derecha admitió el colapso de la democracia como daño colateral de sus políticas económicas, cuya aplicación fue, con mucho, la más importante. Hayek, por ejemplo, escribió al diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung en 1977 para protestar por las injustas críticas del periódico al régimen de Pinochet en Chile; consideraba que el Chile de Pinochet era un milagro político y económico y arremetía contra Amnistía Internacional por considerarla «un arma para la difamación de la política internacional»1.

    Consciente de sus intereses, el gran capital siempre se ha sentido atraído por las propuestas de la extrema derecha, y en este terreno las cosas no han cambiado mucho en los últimos cien años. La gran diferencia es que en los años 20 y 30 la amenaza del comunismo era real y las dos versiones de la extrema derecha se consideraban antídotos eficaces contra lo que entonces se veía como el suicidio del capitalismo ante la crisis y la protesta social alimentada por la atracción del comunismo. Ahora que el comunismo no está en la agenda política, las fuerzas de extrema derecha tienen que inventarlo, considerando comunismo toda intervención del Estado para reducir las desigualdades sociales. Para ello construyen la ideología del anticomunismo basada en dos pilares: el control casi absoluto de los medios de comunicación corporativos y las redes sociales; y la religión política conservadora, principalmente evangélica, pero también católica y sionista, que una vez más construye el apocalipsis en torno al comunismo y lo convierte en el anticristo. Esta diferencia con respecto a principios del siglo pasado hace que el futuro de la democracia sea aún más problemático.

    La normalización del fascismo

    La segunda diferencia respecto a los años 20 y 30 es la capacidad del fascismo para normalizarse como alternativa democrática, no teniendo ya que recurrir a golpes de Estado (como ocurrió con Hitler, Mussolini, Salazar y Franco). El caso paradigmático contemporáneo es el actual gobierno italiano liderado por Georgia Meloni. Presidenta desde 2014 del partido neofascista Fratelli d’Italia, Meloni dirige un país cuya Constitución prohíbe hacer apología del fascismo. Tal apología, sin embargo, se hizo de la manera más frontal durante la conferencia anual de su partido (Atreju, 2023). Cientos de camisas negras se reunieron en formación militar frente a la sede del partido neofascista surgido tras la guerra (Movimiento Social Italiano), haciendo el saludo fascista. Meloni impidió cualquier represión de esta manifestación. Básicamente, la normalización se deriva del acercamiento entre las políticas de derecha y extrema derecha en Europa. En el caso de las políticas contra la inmigración y las minorías, por ejemplo, no hay diferencias entre las posiciones de Meloni y Rishi Sunak, Primer Ministro del Reino Unido. La normalización es a veces el resultado de una propaganda subliminal. Por ejemplo, el eslogan fundamentalmente de izquierda del «orgullo gay» se utiliza ahora para promover el «orgullo italiano». La normalización presupone el apoyo de los medios de comunicación corporativos, que no le ha faltado a Meloni, como tampoco a Berlusconi (son los mismos canales de televisión) e incluye la criminalización de periodistas y políticos disidentes, sin hacer saltar ninguna alarma. Roberto Saviano, el gran luchador contra las mafias ha sido objeto de una persecución criminal. La normalización alcanza un nuevo nivel cuando va más allá de la clase política y se convierte en parte de la vida cotidiana, por ejemplo cuando un restaurante imprime la cara del Duce en la factura.

    El Estado de Bienestar

    La tercera diferencia entre las dos épocas parece, por otra parte, alejar de momento el peligro del fascismo. En el caso de Europa, las condiciones son ahora muy diferentes y no parecen favorecer el extremismo. El Estado de bienestar que se construyó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, y en Portugal, España y Grecia tras las transiciones democráticas de los años setenta, ha demostrado cierta robustez a pesar de todas sus crisis y ha gozado del apoyo popular. Margaret Thatcher intentó destruirlo en el Reino Unido y fracasó. El Estado del bienestar ha contribuido a crear amplias clases medias poco propensas al extremismo. No sorprende, pues, que la extrema derecha europea no invierta hoy directamente contra las políticas sociales (sólo en Estados Unidos la extrema derecha ve en estas políticas el fantasma del comunismo). Invierte contra los impuestos que las financian y la corrupción del Estado (a veces real), esperando así alcanzar insidiosamente sus objetivos con mayor facilidad. En la medida en que las fuerzas políticas progresistas consientan la destrucción del Estado del bienestar, por ejemplo mediante la privatización de la sanidad, la educación o el sistema de pensiones, estarán allanando el camino al fascismo del siglo XXI. Aún más peligrosas son las privatizaciones encubiertas, como las asociaciones público-privadas en la sanidad, los vales escolares en el caso de la educación o la limitación del sistema de pensiones.

    Internet y las redes sociales

    La cuarta diferencia entre las dos épocas es más ambivalente cuando se trata del futuro de la democracia. Me refiero a las redes sociales e internet, que no existían hace cien años. Los medios de comunicación corporativos están perdiendo el control de la opinión pública en favor de las redes sociales y esta pérdida representa una división generacional. Actualmente existe el consenso de que las fuerzas conservadoras saben utilizar mejor las redes sociales que las fuerzas progresistas, entre otras razones porque disponen de grandes cantidades de financiación que las fuerzas progresistas no tienen. Pero las redes sociales crean lealtades volátiles y no sostienen mitos durante mucho tiempo. De hecho, pueden provocar cambios bruscos de dirección, tanto de izquierda a derecha (véase el caso de Brasil en 2013, desde la demanda de transporte gratuito hasta el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff) como de derecha a izquierda (en el caso de Colombia, desde el plebiscito de 2016 que la derecha, usando fake news, ganó contra los acuerdos de paz, hasta el movimiento estudiantil y luego otros movimientos sociales, indígenas, de mujeres y sindicales que llevaron a Gustavo Petro al poder en 2022). Obviamente, los dos movimientos no tienen el mismo peso, dado el carácter propietario (privado) de las redes y la falta de regulación democrática. No hay más que ver cómo el cambio en la propiedad de Twitter determinó inmediatamente el cambio hacia el candidato presidencial estadounidense Donald Trump. La ambivalencia de las redes radica en que son más útiles para asaltar el poder que para sostenerlo.

    Movimientos sociales

    La quinta diferencia con respecto a los años 20-30 es la aparición de movimientos sociales poscolonialistas (indígenas y antirracistas), feministas y ecologistas. Se trata también de una diferencia ambivalente para el futuro de la democracia. Justo después de la Primera Guerra Mundial, el movimiento obrero era un actor político gigantesco y la cuestión de la reforma política estaba en el orden del día. A la democracia liberal, llamada entonces democracia burguesa, se oponía la democracia obrera. Los conflictos entre socialistas y comunistas y la represión estatal (policial y judicial) contra los partidarios de la democracia obrera debilitaron el movimiento obrero, y lo que quedó de él fue destruido por las dictaduras que siguieron.

    Los movimientos sociales actuales aceptan más o menos acríticamente la idea de que sólo existe un tipo de democracia, la democracia liberal, una idea que, hasta los años 70, distaba mucho de ser consensuada. Con esta limitación, los movimientos sociales actuales son generalmente una garantía de preservación de la democracia e incluso de su profundización, ya que luchan para que los derechos individuales y colectivos se amplíen y se cumplan efectivamente. Estos movimientos son generalmente acosados por la extrema derecha, pero en su lucha se han utilizado estrategias que pueden neutralizar el potencial democratizador de los movimientos sociales.

    En el caso del movimiento feminista, la estrategia de la extrema derecha ha consistido en tratar con condescendencia (a veces apoyando activamente) las agendas de los feminismos blancos de clase media porque no cuestionan el orden capitalista. El identitarismo, es decir, la identidad de género (o racial) concebida como objetivo principal y exclusivo de la lucha social, aísla las reivindicaciones de estos movimientos de las luchas por la redistribución de la riqueza y la justicia social. Al aislarse y no cuestionar el contenido de clase de la dominación capitalista moderna, estos movimientos ven neutralizado su potencial transformador, y a veces acaban en el mismo bando que las luchas lideradas por la extrema derecha. Los feminismos del Sur global (feminismo negro, indígena, árabe), cuando se manifiestan en las metrópolis del Norte global a través de inmigrantes, a veces nacionales de dos generaciones, cuestionan el orden capitalista y por ello son abiertamente acosados, no sólo por la extrema derecha, sino también por otras fuerzas políticas conservadoras.

    En el caso de los movimientos antirracistas, la extrema derecha es abiertamente hostil y a veces violenta. El racismo está en el corazón de la extrema derecha, aunque hoy se manifieste de forma indirecta, por ejemplo en la lucha contra la inmigración, en el carácter altamente represivo del control de fronteras, en el punitivismo desproporcionado con el que ataca a individuos, comunidades y públicos racializados, en la defensa privilegiada de las reivindicaciones de las fuerzas policiales y en la banalización de la brutalidad policial.

    En cuanto al movimiento ecologista, la estrategia de la extrema derecha es el negacionismo. La crisis ecológica es vista como una invención de la izquierda para impedir el desarrollo del capitalismo. El movimiento ecologista, aunque muy diverso, tiene hoy el potencial de cuestionar la triple dimensión de la dominación capitalista moderna -clase, raza y género- y, en este sentido, de hacer propuestas antisistémicas en sus múltiples dimensiones (económica, social, política y cultural). En la medida en que emprendan este tipo de lucha, estarán defendiendo la democracia en su sentido más amplio, incluyendo en la democratización de la vida la democratización de las relaciones entre la vida humana y no humana. Sin duda serán hostilizados, no sólo por la extrema derecha, sino por todas las fuerzas políticas institucionales.

    En conclusión

    El fascismo está en auge a) porque las políticas sociales del estado de bienestar han sido cada vez menos financiadas, lo que ha provocado un aumento de las desigualdades sociales y de la polarización social a la que pueden dar lugar, a lo que el estado sólo responde con políticas represivas; b) porque los movimientos sociales, al no cuestionar el capitalismo (injusticia social, lucha de clases), han contribuido a normalizar y banalizar las desigualdades sociales más grotescas como si no fueran antidemocráticas; c) porque el fascismo se disfraza de lucha por la democracia con el apoyo de los medios de comunicación corporativos, que le son generalmente favorables, en particular amplificando las reivindicaciones fascistas contra la inmigración, la xenofobia, la promoción de la policía, la corrupción del Estado del bienestar y los recortes fiscales; d) porque las demás fuerzas políticas, tanto de derechas como de izquierdas, no han sido capaces de desobedecer la ortodoxia neoliberal vigente que impide la expansión de las políticas sociales, lo que a largo plazo convertirá la democracia en una política de malestar que no merece el enorme coste de mantenerla en vigor; e) porque el fascismo tradicional parece hoy formar parte de una amplísima familia hiperconservadora, que incluye la religión ultraconservadora, especialmente evangélica, sionista e islamista; f) porque la guerra legal (lawfare) de un sistema judicial conservador contra las políticas y los políticos progresistas, al aumentar la inestabilidad social, ha sido una palanca eficaz (porque no es política en apariencia) para promover la extrema derecha; g) por último, el fascismo está creciendo porque el consumismo y las redes sociales han transferido las preocupaciones de los individuos de la vida pública a la privada; la justificación de la apatía hacia la democracia (no vale la pena votar porque las políticas son siempre las mismas) se transforma rápidamente en la justificación entusiasta de los antisistema.

    En vista de ello, frenar el avance del fascismo –un imperativo para todos los demócratas– es una tarea política compleja y difícil, sobre todo porque debe llevarse a cabo en varios niveles y en diferentes esferas de la vida social y no sólo en la esfera política. Sin embargo, es posible porque nada está determinado de antemano. La madre de todas las condiciones es que la democracia tenga un contenido material concreto, un impacto positivo en la vida de las clases trabajadoras (individuos, familias y comunidades) que les devuelva la esperanza en la posibilidad de una vida más digna, una sociedad más justa y una mayor igualdad con la naturaleza. Para que esto sea posible, la condición previa a corto plazo es que las políticas sociales públicas se mantengan, diversifiquen, amplíen y articulen con las prácticas de solidaridad, reciprocidad y cuidado que existen en la sociedad y en las comunidades. Sólo así será posible evitar la profundización de las desigualdades y discriminaciones sociales en sociedades cada vez más complejas y culturalmente diversas. Ante la deriva fascista en curso, creo que sólo alianzas amplias y pragmáticas entre las diferentes fuerzas políticas de izquierda pueden garantizar la supervivencia de la democracia a medio plazo.

    ¿Y Portugal, actualmente en periodo electoral?

    Portugal y España son los países europeos con mayor experiencia dictatorial fascista. La Primera República Portuguesa fue un periodo de extrema inestabilidad, fuertemente condicionado por la Primera Guerra Mundial. Entre 1910 y 1925 hubo ocho presidentes, muchos gobiernos y varios intentos de golpe de Estado. Siguieron cuarenta y ocho años de dictadura – convencionalmente dividida en dos periodos: dictadura militar (1926-1933) y Estado Novo (1933-1974) – a la que puso fin la Revolución del 25 de abril de 1974. Este año celebramos el 50 aniversario del 25 de abril.

    A la luz del análisis anterior de la dinámica del fascismo en los años 20 y 30, podemos decir que, como partido político, la extrema derecha fascista o fascistizante tradicional renace en Portugal con el partido Chega en 2019. Así lo considera el prestigioso GPAHE (Global Project Against Hate and Extremism), que añade que la organización juvenil del partido (Chega Juventude) es aún más extremista que el propio partido. Chega corresponde a lo que llamamos extrema derecha tradicional, basada en líderes carismáticos, un partido nacionalista, racista, xenófobo, impulsado por cierto cristianismo conservador (el valor de la familia) y con aspiraciones de ser un partido de masas. También mencioné que junto a esta extrema derecha existía otra, poco más que residual, que, inspirada en Hayek-Mises, quería sustituir al Estado por el mercado como gran regulador social. Esta ultraderecha se reclama democrática, pero, como vimos en las declaraciones de Hayek sobre el Chile de Pinochet, admite la ocurrencia de la dictadura como daño colateral. Ahora, en las condiciones actuales, proponer la privatización de las políticas sociales públicas (la destrucción del Estado de bienestar), que ya tiene un arraigo muy débil en el contexto europeo, como está haciendo el partido Iniciativa Liberal, significa tener que convivir con la posibilidad de que la convivencia democrática se haga imposible a largo plazo.

    Esto es tanto más grave para la democracia cuanto que la derecha tradicional y moderada ha perdido brillo y color (PSD, Alianza Democrática). Si este partido de derechas se ve en la tesitura de querer llegar al poder ahora y a toda costa (confiando en que los portugueses se olviden de la Troika), tendrá que concluir que sólo puede llegar al poder con dos palos antidemocráticos (Chega e IL). Si acepta seguir este camino, deberá darse cuenta de que será un camino sin retorno. La «limpieza» empezará en casa.

    En cuanto a las fuerzas políticas de izquierda, he estado teorizando y analizando las virtudes y los límites de las alianzas entre partidos de izquierda. He argumentado que, en las condiciones portuguesas, sólo las alianzas entre fuerzas políticas de izquierda pueden garantizar la supervivencia de la democracia a medio plazo. Creo que la alianza que tuvo lugar entre 2016 y 2019 (conocida como «geringonça») fue una experiencia muy positiva, a pesar de su lento y degradante final que se consumó con la desaprobación del presupuesto estatal para 2022. La tragedia secular que persigue al país, de estar en tiempos y lugares fuera del tiempo y del lugar, puede significar que en el momento en que las voluntades políticas de la izquierda están más dispuestas a renovar sus alianzas, el tiempo para ellas ya ha pasado. Debemos esperar pacientemente y, cuando surja la oportunidad, no desaprovecharla. La unidad de la izquierda es la única garantía de que los portugueses del futuro celebren el centenario del 25 de abril en democracia.

    1 https://jacobin.com/2023/09/neoliberalism-human-rights-democracy-dictatorship-chile-chicago-hayek-friedman-pinochet

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