Categoría: Boaventura de Sousa Santos

  • Petro, Francia y la esperanza

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Por primera vez en la historia de Colombia, un candidato de izquierda ganó las elecciones presidenciales. Por primera vez, una mujer negra y de clase trabajadora (minera y empleada doméstica) fue elegida vicepresidenta. El continente latinoamericano nunca deja de sorprendernos y si las sorpresas a veces nos deprimen, otras veces nos llenan de esperanza. Y en este caso la esperanza es decisiva porque la alternativa, tanto en Colombia como en el continente, sería la desesperación y el posible colapso de la ya frágil democracia. Por lo tanto, es importante analizar las causas de esta victoria y lo que significa.

    En este país de 49 millones de personas donde una cuarta parte de los votantes tienen 28 años o menos, la gran mayoría de los jóvenes votaron por Gustavo Petro y Francia Márquez (especialmente los de entre 18 y 24 años).  Es en la juventud donde la necesidad de cambio es más vívida. Fue una de las principales fuerzas de la movilización nacional que en 2021 detuvo al país para exigir el fin de las políticas de austeridad neoliberal. Fue el famoso Paro Nacional el que resultó en 46 muertos en enfrentamientos con la policía y el ejército. La energía inconformista que el Paro generó se canalizó con éxito en estas elecciones. Dos factores contribuyeron decisivamente a ello: el uso persistente y competente de las redes sociales que sedujo a la generación TikTok y desmanteló la argumentación fraudulenta, elitista, misógina y racista del candidato de derecha y expuso los “esqueletos en el armario” de muchos (incluidos periodistas) que la apoyaron; la movilización de artistas e intelectuales que convirtieron la elección de Petro y Francia en un acto de cultura contra la barbarie.

    Las principales reformas estructurales propuestas por Petro y Francia son las siguientes: movilizar a la sociedad colombiana como una sociedad solidaria que reconozca y recompense el trabajo de cuidado de las mujeres; una nueva relación entre sociedad y naturaleza que priorice la defensa de la vida por encima de los intereses económicos, promueva la transición energética y democratice el conocimiento medioambiental; pasar de una economía extractiva a una economía productiva que reduzca la desigualdad en la propiedad y el uso de la tierra a través de la reforma agraria y el acceso y uso del agua y transforme el mundo rural colombiano en una parte clave de la justicia social y ambiental; asegurar el cumplimiento de los acuerdos de paz de 2016 mediante la promoción de un nuevo contrato social que garantice los derechos fundamentales, en particular los derechos de las víctimas de los conflictos armados, y una política de coexistencia pacífica y reconciliación.

    Es la primera vez en el continente que una agenda feminista centrada en el cuidado tiene tanta prioridad. No se trata de un feminismo de clase media tan a menudo falsamente radical y políticamente equivocado (por ejemplo, en el caso del golpe de 2019 contra Evo Morales), sino de un feminismo negro consciente de la multiplicidad de opresiones (sexistas, racistas, clasistas) siguiendo a Angela Davis. También es la primera vez que la agenda ambiental asume tal prioridad en un programa de gobierno. En cualquiera de estos casos no se trata de improvisaciones de última hora, sino de políticas y convicciones construidas a lo largo de los años y probadas en la práctica de la actividad política anterior tanto de Petro como de Francia.

    Estas elecciones tendrán un impacto en el continente. Sin duda, ayudarán a fortalecer el momento de soberanía y autonomía hacia los Estados Unidos que vive el continente en vísperas del endurecimiento de las relaciones entre los Estados Unidos y China y la lucha por el control de los recursos naturales y el comercio internacional que tendrá lugar allí. A partir de hoy, los presidentes de México y Bolivia se sentirán menos solos (e incluso recompensados) en la lucha que recientemente libraron contra la farsa de la última Cumbre de las Américas convocada por EEUU, con sus habituales exclusiones unilaterales.

    Además, la democracia colombiana puede ayudar a desarmar los golpes antidemocráticos que se están preparando en el continente. Es tranquilizador ver que el candidato perdedor, que se había afirmado como antisistema, se apresura a reconocer los resultados electorales y felicitar al candidato ganador. Y lo mismo puede decirse del  actual presidente Iván Duque, con su llamada telefónica a Petro, convocándolo a reuniones en los próximos días con el fin de garantizar una transición suave y transparente. Por otro lado, las elecciones en Colombia muestran la fragilidad de los candidatos de la derecha antisistema. La obsesión de Rodolfo Hernández con la corrupción solo pretendía ocultar que él mismo fue acusado de corrupción. Quizás la obsesión de Bolsonaro con la posibilidad de un fraude electoral solo pretende ocultar que el fraude es él mismo.

    El impacto real de estas elecciones en Colombia dependerá de muchos factores. Por ahora, la paz se ha vuelto a respirar, lo que no sucedía desde 2018. A finales de mes, la Comisión de la Verdad entregará su informe final. Sin duda será un documento importante con recomendaciones que el nuevo equipo político no dejará de tener en cuenta. Llega en un momento de esperanza y estoy seguro de que ayudará a fortalecerla y darle consistencia. No será, como se temía, un documento a contracorriente. Será un documento que empujará la corriente. Enterrado el peso del plomo de la guerra, la navegación será más ligera.

  • La inconveniente complejidad

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    En el eje comunicacional del Atlántico Norte vivimos en una guerra de información sin precedentes. La conocí en Estados Unidos durante dos períodos. El primero, durante la guerra de Vietnam, que viví en su momento de crisis final (1969-1971), culminaría con la publicación de los papeles del Pentágono en 1971. El segundo momento fue la guerra de Irak, que comenzó en 2003, y la saga de las armas de destrucción masiva, un engaño político del que resultarían muchos crímenes de guerra. Sin embargo, en Europa nunca había asistido a este tipo de guerra de información, al menos no con la magnitud actual. Se caracteriza por la erosión casi total entre hechos y manipulación de las emociones y las percepciones, entre hipótesis o conjeturas y verdades incuestionables.

    En el caso específico de la guerra de Ucrania, la manipulación pretende evitar que la opinión pública y los responsables políticos piensen y decidan sin demasiada presión en la única medida que ahora se requiere: la búsqueda de una paz duradera en Ucrania y en la región para poner fin al sufrimiento del pueblo ucraniano, un pueblo que en estos días comparte el trágico destino de los pueblos palestino, yemení, sirio, saharaui y afgano, a pesar de que sobre estos últimos pese el más profundo silencio. La guerra de la información pretende continuar la guerra de las armas mientras convenga a quienes la promueven. En estas condiciones, no es fácil luchar con los hechos y la experiencia histórica porque, desde el punto de vista de la guerra de información, explicar es justificar, entender es perdonar, contextualizar es relativizar. Aún así, vamos a intentarlo.

    1. Para demonizar al enemigo es crucial deshumanizarlo, es decir, imaginarlo como si hubiera actuado criminalmente y sin provocación. Ahora bien, la condena firme e incondicional de la invasión ilegal de Ucrania (en la que vengo insistiendo desde mi primer artículo sobre el tema) no implica tener que ignorar cómo se ha llegado a esta situación. En este caso, aconsejo leer el libro publicado en 2019, War with Russia?, del profesor emérito de la Universidad de Princeton, Stephen Cohen, recientemente fallecido. Tras examinar con detalle las relaciones entre Estados Unidos y Rusia desde el final de la Unión Soviética y, en el caso de Ucrania, sobre todo desde 2013, Stephen Cohen concluye de este modo: «Las proxy wars [guerras en las que los adversarios utilizan terceros países para perseguir sus objetivos de confrontación bélica] son una característica de la vieja Guerra Fría, son pequeñas guerras en el llamado “Tercer Mundo”. […] Rara vez involucraron personal militar soviético o estadounidense, casi siempre solo dinero y armas. Hoy, las proxy wars entre Estados Unidos y Rusia son diferentes, están ubicadas en el centro de la geopolítica y acompañadas por demasiados instructores y posiblemente combatientes estadounidenses y rusos. Ya han estallado dos: en Georgia en 2008, donde las fuerzas rusas se enfrentaron a un ejército georgiano financiado y entrenado con fondos y personal estadounidenses; y en Siria, donde muchos rusos fueron asesinados por las fuerzas anti-Assad respaldadas por Estados Unidos. Moscú no tomó represalias, pero prometió hacerlo cuando hubiera “una próxima vez”. Si eso sucede, implicará una guerra entre Rusia y Estados Unidos. El riesgo de un conflicto tan directo sigue creciendo en Ucrania». Así se pronosticó en 2019 la guerra que actualmente martiriza al pueblo ucraniano.
    2. Democracia y autocracia. En el lenguaje de Estados Unidos el mundo se divide en dos: democracias (nosotros) y autocracias (ellos). Hace tan solo unos años la división era entre democracias y dictaduras. Autocracia es un término mucho más vago que puede utilizarse para considerar autócrata a un gobierno democrático percibido como hostil, aunque la hostilidad no se derive de las características del régimen. Por ejemplo, en la cumbre por la democracia celebrada en diciembre de 2021, a iniciativa del presidente Biden, no se invitó a países como Argentina y Bolivia, que habían experimentado recientemente vibrantes procesos democráticos, pero que son menos receptivos a los intereses económicos y geoestratégicos de Estados Unidos. En contraste, se invitó a tres países que la Casa Blanca reconoció como democracias problemáticas (el término utilizado fue flawed democracies), con corrupción endémica y abusos de los derechos humanos, pero con interés estratégico para Estados Unidos: Filipinas, para contrarrestar la influencia de China, Pakistán, por su relevancia en la lucha contra el terrorismo, y Ucrania, por su resistencia a la incursión de Rusia. Las reservas en el caso de Ucrania eran comprensibles, ya que unos meses antes los papeles de Pandora habían dado detalles sobre las sociedades offshore del presidente Zelenski, de su esposa y sus asociados. Ahora, Ucrania representa la lucha de la democracia contra la autocracia rusa (que, a escala nacional, debe estar a la par con Ucrania en términos de corrupción y abusos de los derechos humanos). El concepto de democracia pierde, así, buena parte de su contenido político y se convierte en un arma arrojadiza para promover cambios de gobierno que favorezcan los intereses globales de Estados Unidos.
    3. Amenazas. Según expertos de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), en 2020, el 40% de las fuerzas militares de Ucrania (un total de 102.000 miembros) eran milicias paramilitares de extrema derecha, armadas, financiadas y entrenadas por Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Francia y Suiza, con miembros de diecinueve nacionalidades. Desde que comenzó la guerra se les han sumado más elementos, algunos provenientes de Medio Oriente, y recibieron más armamento de todos los países de la OTAN. Por lo tanto, Europa corre el riesgo de tener en su seno un nutrido nazi-yihadismo, y no hay garantía de que su alcance se limite a Ucrania. En 1998, el exasesor de seguridad del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski, declaró en una entrevista con el Nouvel Observateur: “En 1979, aumentamos la probabilidad de que la URSS invadiera Afganistán… y creamos la oportunidad de darles su Vietnam”. No me sorprendería que este playbook de la CIA se esté aplicando ahora en Ucrania. Las recientes declaraciones del secretario general de la OTAN de que “la guerra en Ucrania podría durar meses o incluso años”, combinadas con la noticia de Reuters (12 de abril) de que el Pentágono se iba a reunir con los ocho mayores productores de armas para discutir la capacidad de la industria para satisfacer las necesidades de Ucrania “si la guerra con Rusia dura años”, deberían haber causado alarma entre los líderes políticos europeos, pero aparentemente solo los motivó a una carrera armamentista. Las consecuencias de un segundo Vietnam ruso serían fatales para Ucrania y para Europa. Rusia (que es parte de Europa) solo será una amenaza para Europa si esta se convierte en una enorme base militar estadounidense. La expansión de la OTAN es, por tanto, la verdadera amenaza para Europa, como dijo hace veinte años el insospechado Henry Kissinger.
    4. Doble criterio. La Unión Europea, transformada en caja de resonancia de las decisiones estratégicas de Estados Unidos, defiende como expresión legítima de valores universales (europeos, pero no menos universalizables) el derecho de Ucrania a unirse a la OTAN, mientras Estados Unidos intensifica la integración (véase la US-Ukraine Strategic Defense Partnership, firmada el 31 de agosto de 2021), negando al mismo tiempo que sea inminente. Ciertamente, los líderes europeos no saben que Estados Unidos niega a otros países el derecho reconocido a Ucrania a unirse a un pacto militar; y si lo supieran, no habría ninguna diferencia, tal es el estado de letargo militari
      sta en el que se encuentran. Por ejemplo, las pequeñas Islas Salomón del Océano Pacífico aprobaron un borrador de pacto de seguridad con China en 2021. Estados Unidos reaccionó de inmediato y con alarma ante ese proyecto y envió a altos funcionarios de seguridad a la región para detener la “intensificación de la competencia de seguridad en el Pacífico”.
    5. La verdad llega demasiado tarde. La guerra de información se basa siempre en una mezcla de verdades selectivas, medias verdades y mentiras puras y duras (las llamadas false flags) organizadas para justificar la acción militar de quienes la promueven. Estoy seguro de que en este momento está en curso una guerra de información tanto en el lado ruso como en el estadounidense/ucraniano, aunque, debido a la censura que nos fue impuesta, sabemos menos sobre lo que sucede en el lado ruso. Tarde o temprano la verdad saldrá a la luz. La tragedia es que siempre llegará demasiado tarde. En este convulso comienzo de siglo tenemos una ventaja: el mundo perdió su inocencia. Julian Assange, por ejemplo, está pagando un altísimo precio por habernos ayudado en este proceso. A los que todavía no han renunciado a pensar con cierta autonomía, les recomiendo la lectura del capítulo de Hannah Arendt, titulado “La mentira en política”, del libro Crisis de la República publicado en 1971. Es una brillante reflexión sobre los papeles del Pentágono, una recopilación exhaustiva de datos (entre ellos, muchos crímenes de guerra y muchas mentiras) sobre la guerra de Vietnam, recopilación realizada por iniciativa de uno de los máximos responsables de esa guerra, Robert McNamara.
    6. La pregunta que nadie hace. Cuando los conflictos armados son en África o en Oriente Medio, los líderes europeos son los primeros en pedir el cese de las hostilidades y la urgencia de las negociaciones de paz. ¿Por qué cuando la guerra está en Europa los tambores de guerra suenan sin cesar y ningún líder pide que se callen y se escuche la voz de la paz?
  • Los silencios: de Ucrania a Boric

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de José Luis Exeni Rodríguez

    Todavía no ha alcanzado los niveles de censura y represión política basados en acusaciones de traición y subversión por supuestas simpatías con el comunismo que caracterizaron ese período, pero es de presumir que pudiéramos llegar allí. Las señales son perturbadoras. La bestia salvaje ahora no es el comunismo, sino Putin y la rusofilia. Y quien no sea lo suficientemente enfático en defender los “valores occidentales” es un rusófilo. La histeria instalada por el bombardeo mediático es tal que no es posible contraargumentar, contextualizar, presentar información que contradiga la narrativa instalada. De alguna manera, la lógica unanimista y automultiplicadora de las fake news que circulan en las redes sociales se ha generalizado a los medios de comunicación hegemónicos. No es que las noticias sean necesariamente falsas; es simplemente imposible introducir noticias o análisis que contrasten o solo contextualicen. Tampoco es posible informar sobre otros temas relevantes que nos ayuden a ver que, por importante y trágico que sea lo que está pasando en Ucrania, no es el único hecho importante y trágico o digno de noticia que está pasando en el mundo. Solo decir esto en un momento de pánico moral es ser candidato a la acusación de relativismo. Algunos ejemplos de mi experiencia personal pueden ayudar a ilustrar la situación.
    Sobre la complejidad y la polarización
    La primera gran ausencia producida por la extrema polarización es la complejidad de los análisis. Sobre la crisis en Ucrania he escrito hasta ahora los siguientes textos que pueden consultarse porque están en línea: “La ONU en la encrucijada” (https://iree.org.br/a-onu-na-encruzilhada/); “Cómo hemos llegado hasta aquí” (https://blogs.publico.es/espejos-extranos/2022/02/25/como-hemos-llegado-hasta-aqui/); “¿Todavía es posible pensar con complejidad?” (https://blogs.publico.es/espejos-extranos/2022/03/05/todavia-es-posible-pensar-con-complejidad/); y, “Para una autocrítica de Europa” (https://blogs.publico.es/espejos-extranos/2022/03/09/por-una-autocritica-de-europa/). En todos los textos traté de contextualizar lo que está sucediendo y brindar informaciones menos accesibles pero muy relevantes para comprender los hechos. En conjunto, mis análisis apuntaron a evitar el simplismo de los buenos y los malos, y proporcionar instrumentos para evaluaciones más cuidadosas y menos propicias a justificar aventuras belicistas donde las poblaciones civiles inocentes son siempre las grandes víctimas. El último texto, publicado el 10 de marzo en el diario Público de Portugal, uno de los principales diarios de referencia del país, mereció un ataque injusto, injurioso, violento y descontrolado por parte del director del diario.
    Estos momentos de histeria colectiva y de extrema polarización, que imposibilitan la complejidad o el pensamiento contracorriente, son cada vez más frecuentes. En mi larga vida ya pasé por tres de esos momentos, en los que pagué un precio por insistir en pensar con complejidad e independencia. El primero fue justo después de la Revolución del 25 de abril de 1974, que devolvió la democracia a los portugueses y allanó el camino para la independencia de las colonias portuguesas en África y Oceanía. En ese momento hubo un giro repentino y radical a la izquierda, y el que no estuviese con nosotros estaba contra nosotros. En tal altura, ser de izquierda era pertenecer al Partido Comunista o a uno de los partidos de extrema izquierda (leninista, estalinista, maoísta, trotskista, etc.). Creo que en ese momento fui el único director de una Facultad de Economía en Portugal que no estaba afiliado al PCP o a un partido de extrema izquierda. Simpatizaba con el MES (Movimiento de Izquierda Socialista), inspirado en Rosa Luxemburg. Me acusaron públicamente de ser agente de la CIA (quizás porque acababa de terminar mi doctorado en la Universidad de Yale). Los estudiantes me ayudaron al elegirme (no sabían si yo era de la CIA, pero al menos sabían que yo era el único profesor que les enseñó Karl Marx antes de la revolución de abril).
    El segundo momento fue el 11 de septiembre de 2001. Estaba en Estados Unidos (donde en los últimos 35 años viví casi la mitad de cada año, afiliado a la Universidad de Wisconsin-Madison) y participaba en un debate en la Universidad de Columbia, Nueva York, sobre derechos humanos. Debido a que, en mi intervención, a pesar de haber condenado enérgicamente el atentado a las Torres Gemelas, me atreví a hablar de la necesidad de respetar los derechos humanos en todas las circunstancias y no renunciar a continuar el diálogo intercultural con el mundo islámico que, en su amplia mayoría, era amante de la paz, mis colegas de Harvard me vituperaron con saña y casi me consideraron un filoterrorista. En años posteriores, estos colegas justificarían la tortura y cosas peores contra la Constitución de los Estados Unidos.
    El tercer momento, hace unos días, fue el ya mencionado ataque personal del director del diario Público en reacción a un artículo mío.
    Estamos en un nuevo tiempo de extrema polarización. No la vi en la invasión y destrucción de Irak ni en otras (muchas) situaciones. Para mantener la capacidad de pensar incluso en momentos de peligro, como nos enseñó Walter Benjamin, nunca es saludable llegar a este nivel de polarización. Así como no es aceptable guardar silencio ante la violencia de las atrocidades cuando ocurren más lejos de nosotros y no movilizan a nuestros medios de comunicación. La vida humana para mí tiene un valor incondicional. El sufrimiento de los ucranianos, que querían la guerra tan poco como cualquiera de nosotros, es terrible. Pero me duelen igualmente las muertes injustas ocurridas en los mismos días en otras guerras en otras regiones del mundo. Ninguna muerte injusta puede relativizar o justificar cualquier otra muerte injusta. Según una conocida organización que registra las muertes de guerra en todo el mundo, estas son las estadísticas del período inicial de la invasión de Ucrania (20 de febrero al 4 de marzo): 114 (Ucrania), 23 (Irak), 511 (Yemen), 187 (Siria), 192 (Malí), 527 (Nigeria), 155 (República Democrática del Congo), 180 (Somalia), 112 (Burkina Faso). Y si incluimos los conflictos internos, algunos de los cuales son equiparables a la guerra civil, hay que sumar: 258 (México), 242 (Brasil), 81 (Colombia), 124 (Myanmar), 38 (Afganistán) (ACLED. Accesible en https://acleddata.com/dashboard/#/dashboard). El hecho de que ninguna de las otras tragedias haya merecido atención mediática no tiene para mí otro sentido ni interés que el de permitirme conocer los mecanismos sociológicos de la formación del pánico moral y de la indignación pública.
    Los silencios como sociología de las ausencias
    Las situaciones de extrema polarización y concentración mediática unidimensional crean dos tipos de silencios: el primero está relacionado con aspectos de fenómenos hipernarrados o afines que, al no corresponder con el guion impuesto, son activamente ignorados en las noticias; el segundo tipo de silencio se refiere a otros hechos ajenos al láser mediático y que sólo por esa razón son considerados indignos de ser noticiables.
    El silencio del racismo y del colonialismo
    En cuanto al primer tipo de silencio, elijo la forma en que, en momentos de emergencia y polarización, los prejuicios y las prácticas racistas y colonialistas son activados con una virulencia agravada provocando mucho sufrimiento injusto que no llega a las pantallas ni a las páginas de los noticieros. La histeria mediática sobre Ucrania alcanzó principalmente al eje del Atlántico Norte, que también incluye a Australia, Japón y Brasil. En otras regiones del mundo, la crisis de Ucrania fue de algún modo relativizada porque tiene relación con agresiones armadas (invasiones, bombardeos, muertes de civiles inocentes) de las que han sido víctimas reiteradamente; o porque en la actualidad se enfrentan a otros problemas que les parecen más graves o, al menos, más próximos (hambre, falta de agua y de vacunas, violencia yihadista). Pero cuando la crisis de Ucrania adquirió cierto dramatismo en las noticias de estos países, fueron abordados temas silenciados casi por completo en los medios del eje del Atlántico Norte. El 28 de febrero, la Unión Africana emitió una declaración vehemente contra el comportamiento “escandalosamente racista” de las autoridades fronterizas entre Ucrania y Polonia, que discriminaron a ciudadanos africanos que viven en Ucrania y trataban de huir de la guerra, sometiéndolos a un trato desigual debido a su color (www.theeastafrican.co.ke/tea/news/east-africa/african-union-ukraine-war-3732862?view=htmlamp). Básicamente, se trataba de ponerlos al final de todas las colas, ya sea para acceder al transporte, cruzar la frontera y recibir acogida. Mientras tanto, diez días después, la respetada red Jewish Voice for Peace anunció que Israel estaba instalando a los refugiados ucranianos, que había decidido acoger, en los territorios palestinos que ocupa ilegalmente en el Valle del Jordán y Naqab. Solidaridad internacional a costa de la opresión colonial de los verdaderos poseedores de la tierra.
    El silencio de la innovación democrática
    El segundo tipo de silencio se refiere a hechos no relacionados con la orgía mediática y que apuntan a la diversidad del mundo. En Europa, la toma de posesión de Gabriel Boric como nuevo presidente de Chile pasó casi totalmente desapercibida. Y, sin embargo, es a todas luces un evento importante. Se trata de la elección democrática del presidente más joven de América Latina (36 años), proveniente de los movimientos sociales (exdirigente estudiantil) que lucharon en los últimos años por la democratización profunda de Chile, una lucha donde las mujeres y los pueblos originarios (a saber, los mapuches), tuvieron un papel protagónico. Es el país de Salvador Allende, asesinado durante el golpe militar de 1973 que abrió camino a una de las dictaduras más sangrientas del siglo pasado. En un acto de gran simbolismo, el presidente Boric, mientras se dirigía al Palacio de La Moneda, sede de la presidencia de Chile, rompió el protocolo, salió de la alfombra roja y saludó a la estatua de Allende que se erige frente al recinto. Es igualmente significativo que una de sus ministras sea nieta de Allende y, además, ministra de Defensa.
    El primer discurso de Boric como presidente de Chile es un documento histórico. En un país fracturado por la desigualdad económica, la discriminación étnico-racial y el conflicto social, Boric hizo un vibrante llamado a la unión con justicia social. En un país minado por el etnocentrismo, resaltó la diversidad de los pueblos que conforman el Estado chileno, es decir, los pueblos indígenas con derecho a que se respete su identidad cultural y territorial. En un país con una violenta tradición de Estado represivo, Boric llamó al fortalecimiento de un Estado social, protector de las clases sociales más vulnerabilizadas por el neoliberalismo depredador que atravesó el país en las últimas décadas. En un país que tiene una Convención Constitucional en curso, de la que puede surgir una de las constituciones más progresistas del mundo, Boric prometió pleno apoyo al proceso constituyente en curso y al plebiscito que seguirá para aprobar la nueva Constitución. Nada de esto mereció la atención de los medios. Pero fue aquí donde se sembró una nueva esperanza democrática para Chile, para América Latina y para el mundo.

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Articulo enviado a Other News por la oficina del autor, el 17.03.22

  • ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?

     Boaventura de Sousa Santos

    ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?

     

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    La soberanía de Ucrania no puede cuestionarse. La invasión de Ucrania es ilegal y debe ser condenada. La movilización de civiles decretada por el presidente de Ucrania puede considerarse un acto desesperado, pero presagia una futura guerra de guerrillas. Putin debería tener en cuenta la experiencia de Estados Unidos en Vietnam: el ejército regular de un invasor, por poderoso que sea, acabará siendo derrotado si el pueblo en armas se moviliza contra él. Todo esto augura pérdidas incalculables de vidas humanas inocentes. Apenas recuperada de la pandemia, Europa se prepara para un nuevo desafío de proporciones desconocidas. La perplejidad ante ello no podría ser mayor.

    La pregunta es: ¿cómo y por qué hemos llegado hasta aquí? Hace treinta años Rusia (entonces la Unión Soviética) salió derrotada de la Guerra Fría, se desmembró, abrió sus puertas a la inversión occidental, desmanteló el Pacto de Varsovia (el equivalente soviético de la OTAN), los países de Europa del Este se emanciparon de la subordinación soviética y prometieron democracias liberales en una amplia zona de Europa. ¿Qué ha pasado desde entonces para que Occidente vuelva a enfrentarse ahora a Rusia? Dada la diferencia de poder entre Rusia y las potencias occidentales en 1990, la respuesta más inmediata apunta a que esto se debe a la absoluta ineptitud de los líderes occidentales para capitalizar los dividendos del colapso de la Unión Soviética. Sin duda, la ineptitud es evidente y define bien el comportamiento de la Unión Europea a lo largo de estos años. Ha sido incapaz de construir una base sólida para la seguridad europea que obviamente tendría que construirse con Rusia, y no contra Rusia, aunque solo fuera para honrar la memoria de cerca de veinticuatro millones de muertos, el precio que Rusia pagó para liberarse y liberar a Europa del yugo nazi.

    Pero esta respuesta es insuficiente si tenemos en mente la política exterior de Estados Unidos en los últimos treinta años. Con el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos sintió que era el dueño del mundo, un mundo que finalmente era unipolar. Las potencias nucleares que podían amenazarlo fueron neutralizadas o eran amigas. Las ideas de correlación de fuerzas y de equilibrio de poderes desaparecieron de su vocabulario. Esta tranquilidad incluso llevó a algunos a predecir el fin de la OTAN por falta de propósito. Pero estaba Yugoslavia, el país que, tras el fin de la ocupación nazi en 1945, el general Tito había transformado en una federación de regiones (Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Serbia, Kosovo, Macedonia), un régimen que pretendía ser independiente tanto de la Unión Soviética como de Occidente.  Con el apoyo entusiasta de Alemania, Estados Unidos pensó que era hora de que Yugoslavia colapsara. Los graves conflictos internos y las crisis financieras de la década de 1980 se utilizaron para fomentar la división y el odio.  De ese modo, una región donde antes había florecido la convivencia interétnica e interreligiosa, se convirtió en un campo de odio. La nueva guerra de los Balcanes, a principios de la década de 1990, se convirtió así en la primera guerra en suelo europeo después de 1945. Todos los contendientes cometieron una violencia inaudita, pero para Occidente los villanos fueron solo los serbios, todos los demás pueblos eran heroicos nacionalistas. Los países occidentales (Alemania a la cabeza) se apresuraron a reconocer la independencia de las nuevas repúblicas en nombre de los derechos humanos y la protección de las minorías. En 1991, Kosovo exigió en referéndum su independencia de Serbia y ocho años más tarde la OTAN bombardeó Belgrado para imponer la voluntad de los kosovares.

    ¿Cuál es la diferencia entre Kosovo y Donbass, donde las repúblicas étnicamente rusas celebraron referéndums en los que se pronunciaron a favor de la independencia? Ninguna, excepto que Kosovo fue apoyado por la OTAN y las repúblicas de Donbass son apoyadas por Rusia. Los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015 preveían la gran autonomía de estas regiones. Ucrania se negó a cumplirlos. Por lo tanto, tales acuerdos fueron rotos mucho antes de que Putin hiciera lo mismo. ¿Cuál es la diferencia entre la amenaza a su seguridad que siente Rusia ante el avance de la OTAN y la “crisis de los misiles” de 1962, cuando los soviéticos intentaron instalar misiles en Cuba y Estados Unidos, amenazado en su seguridad, prometió defenderse con todos los medios, incluida la guerra nuclear?

    La respuesta a la pregunta de cómo y por qué hemos llegado hasta aquí radica fundamentalmente en un error estratégico de Estados Unidos y de la OTAN: el de no haber visto que nunca estuvieron en un mundo unipolar dominado por ellos. Cuando terminó la primera Guerra Fría, China estaba creciendo, con el apoyo entusiasta de las empresas estadounidenses en busca de salarios bajos. Así germinó el nuevo rival estadounidense, y con él la nueva guerra fría en la que estamos entrando, potencialmente más grave que la anterior. Apostados en no reconocer su declive, desde la caótica salida de Afganistán hasta el mediocre desempeño en la pandemia, Estados Unidos insiste en las escapadas hacia adelante, y en esa estrategia pretende arrastrar a Europa. Esta pagará una factura alta por lo que está pasando. La más alta de todas recaerá sobre Alemania, motor de la economía europea y único competidor verdadero de Estados Unidos. Es fácil concluir quién se beneficiará de la crisis que se avecina, y no me refiero solo a quién suministrará el petróleo y el gas. A su vez, el intento de aislar a Rusia, especialmente a partir de 2014, se dirige sobre todo a China. Será otro error estratégico pensar que de esa manera se debilita a China. China acaba de declarar que no hay comparación posible entre Ucrania y Taiwán porque, para ella, Taiwán es territorio chino. La implicación es clara: para China, Ucrania no es territorio ruso. Pero pensar que se está creando una división entre China y Rusia es puro autoengaño.

    No tengo ninguna duda de que un mundo multipolar regido por reglas de convivencia pacífica entre las grandes potencias es mejor que un mundo dominado exclusivamente por un solo país, porque si eso llega a suceder, será a costa de mucho sufrimiento humano. La invasión de Ucrania es inaceptable. Lo que no se puede decir es que no fue provocada. Rusia, como gran potencia que es, no debió dejarse provocar. ¿Será que la invasión de Ucrania es más una muestra de debilidad que de fuerza? Los tiempos venideros lo dirán.

    ………………………..

    *Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Articulo enviado a Other News por el autor, el 25.02.20

  • Diez tesis para reinventar las izquierdas

    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Bryan Vargas Reyes
    Las elecciones generales del 30 de enero en Portugal tuvieron resultados sorprendentes. El Partido Socialista (PS) ganó las elecciones con mayoría absoluta. Portugal será ahora el único país europeo con un gobierno de mayoría absoluta de un solo partido de izquierdas. Los dos partidos a la izquierda del PS tuvieron los peores resultados de la historia. El Partido Comunista (PPC), que tenía doce diputados en el parlamento, ahora tiene la mitad; y el Bloque de Izquierda (BE), que contaba con diecinueve diputados, ahora tiene cinco. El BE pasa de tercera fuerza política a quinta y el PPC de cuarta a sexta. Las posiciones de estos partidos han sido ocupadas ahora por fuerzas de ultraderecha, una de inspiración fascista (Chega), ahora la tercera fuerza política, de la familia de la extrema derecha europea y mundial; y otro de recorte hiperneoliberal, darwinismo social puro y duro, es decir, la supervivencia del más fuerte (Iniciativa Liberal), ahora cuarta fuerza política.
    Los resultados electorales muestran que la izquierda a la izquierda del PS perdió la oportunidad histórica que se ganó después de 2015 al construir una solución de gobierno de izquierda que se conoció como geringonça (PS, BE, PCP), una solución que detuvo la austeridad impuesta por la solución neoliberal de la crisis financiera de 2008 y lanzó al país a una modesta recuperación económica y social, pero consistente. Esta solución comenzó a precarizarse en 2020 y colapsó a finales de 2021 con el rechazo al presupuesto presentado por el gobierno. Eso es lo que llevó a las elecciones anticipadas del 30 de enero. La contundente victoria del PS tras seis años de gobierno y dos años de pandemia es memorable y merece una reflexión.
    En este texto, propongo reflexionar sobre el otro hecho importante de estas elecciones: la abrupta caída de los dos partidos de izquierda a la izquierda del PS. Más bien, pretendo mostrar el abismo que se manifiesta en ella entre la izquierda que representan el BE y el PCP y la izquierda que, en mi opinión, es capaz de prosperar en las próximas décadas. La diferencia entre lo que existe y lo que propongo es tal que nos enfrentamos a la necesidad de reinventar las izquierdas. Por ahora no me refiero al contenido programático. Me refiero sobre todo a las formas de organización. Presento mi propuesta en diez tesis.

    1. No hay ciudadanos despolitizados; hay ciudadanos inseguros que no se sienten movilizados por las formas dominantes de politización, ya sean partidos o movimientos de la sociedad civil

    La inmensa mayoría de los ciudadanos no están afiliados a partidos, no participan en movimientos sociales ni salen a la calle a alzar la voz, pero buena parte de ellos se sienten excluidos, abandonados y desesperanzados de que la democracia cumpla con sus expectativas. La pandemia ha exacerbado la inseguridad existencial. Las fuerzas de extrema derecha fueron las primeras en identificar su oportunidad de prosperar allí. Son empresarios de la vida del miedo y la ira.
    Después de siglos de colonialismo (racismo, xenofobia, robo de tierras y recursos naturales) y hetero patriarcado (sexismo, violencia de género, feminicidio, homofobia, transfobia) y más de cuarenta años de capitalismo neoliberal (escandalosa concentración de la riqueza, sobreexplotación del trabajo, erosión de los derechos sociales y económicos y destrucción de la naturaleza), los levantamientos sociales, cuando ocurren, tienden a tomar por sorpresa a los partidos y organizaciones de la sociedad civil (asociaciones y movimientos sociales). A menudo son movimientos espontáneos, presencias colectivas en plazas públicas.

    1. No hay democracia sin partidos, pero sí partidos sin

    Una de las antinomias de la democracia liberal representativa radica en que resuena cada vez más en los partidos como una forma exclusiva de agencia política, mientras que los partidos son internamente cada vez menos democráticos. Los partidos viven y se reproducen dentro de instituciones que tienden a aislarse de la turbulencia y complejidad de las dinámicas sociales.
    El déficit democrático de los partidos se traduce en la incapacidad de captar oportunamente e interpretar correctamente los anhelos, inseguridades, aspiraciones de ciudadanas y ciudadanos cada vez más atrapados en la ideología dominante de la autonomía y la libertad, sin tener las condiciones materiales para ser en efecto autónomos o sentirse efectivamente libres. Sin que nadie los esclavice, se sienten condenados a autoesclavizarse. Como emprendedores, asalariados, trabajadores autónomos, se sienten en la paradójica situación de tener derecho a no tener derechos.
    Esta disonancia es particularmente pronunciada entre los jóvenes y las clases sociales socialmente empobrecidas y vulnerables, aquellos para cuya defensa se han creado partidos de izquierda. Por ejemplo, las ideologías dominantes en los partidos de izquierda tienden a ver en los jóvenes sólo a los trabajadores precarios. Lo son, pero son mucho más que eso, son ciudadanos preocupados por su sexualidad, el racismo, las dificultades de relación en un mundo pandémico y de comunicación virtual, con la pérdida de amistades intensas, con la demanda de altas calificaciones académicas dirigidas al desempleo o al empleo basura, con el temor de que la crisis ecológica les robe más fácilmente el futuro que el capitalismo. La distancia entre todas estas experiencias y necesidades y los códigos de formulación y gestión política de los partidos es cada vez más preocupante.

    1. Los partidos del futuro serán partido-movimiento.

    Si bien es cierto que los partidos tradicionales han agotado su tiempo histórico, esto es particularmente cierto en el caso de los partidos de izquierda.
    La solución es transformar a los partidos en entidades más intensamente democráticas. Los partidos del futuro deben combinar la democracia representativa con la democracia participativa en la forma en que se organizan, cómo definen sus programas, cómo eligen a sus líderes, cómo toman decisiones políticas importantes, cómo cuentan y afirman la transparencia.
    La participación ciudadana en los partidos no puede agotarse en el ejercicio del derecho al voto cada cuatro años. Se ejercerá durante el mandato de los representantes electos, y no sólo cuando finalice el mandato. Esta participación no puede reducirse a recibir información periódica. Deben basarse en la constitución de círculos ciudadanos militantes y simpatizantes, organizados por lugar de residencia o por tipo de ocupación, con capacidad deliberativa y no sólo consultiva. Esta vigilancia y co-creación política es particularmente decisiva en el caso de los partidos de izquierda por dos razones principales.
    Las clases y grupos sociales que los de izquierda proponen representar y cuyos intereses dicen defender viven en condiciones sociales y universos culturales diferentes a los de los líderes políticos y tienen menos tiempo y menos proximidad social para manifestarse o hacerse entender. La política de proximidad es la clave de la política del futuro. Esta proximidad no puede ser simplemente un artefacto virtual de la sociedad de la información porque los cuerpos vivos tienen densidades y emociones que escapan a la lógica binaria de la comunicación virtual. Es más, la comunicación virtual no entiende de silencios y ausencias, aunque una y otra son fundamentales para entender el sufrimiento de quienes más sufren y las injusticias a las que están sometidos los más perjudicados.
    La segunda razón es la tradición del marxismo-leninismo que en ocasiones conduce al centralismo democrático en partidos que provienen de la tradición comunista. Esta tradición ha tenido su mérito en su tiempo,
    pero ahora es superada por las condiciones de vida y comunicación contemporáneas. Mantenerlo en estos días, aunque de manera matizada, a veces significa caer en la tentación del espíritu de secta (sectarismo), en la búsqueda de la unanimidad a través de la vigilancia antidemocrática de las opiniones divergentes para que no se venguen y, finalmente, en la repentina oscilación entre la unanimidad y el silenciamiento, la suspensión de derechos, la demonización en la plaza pública. Este tipo de gestión de las diferencias es cada vez más incompatible con la visión que los ciudadanos tienen de la convivencia y la deliberación democráticas.

    1. Los partidos-movimiento de izquierda no necesitan ser inventados desde cero; deben conocer y valorar sus orígenes.

    La izquierda nació en convivencia con las clases y grupos sociales excluidos. Ayudaron a reducir la exclusión y el silenciamiento, no solo dando voz a sus reivindicaciones, sino también promoviendo su autoestima, a través de la educación y la cultura popular, grupos de teatro, actividades sociales y de ocio. La izquierda tiene que volver a sus orígenes, a la convivencia de proximidad con los grupos sociales excluidos, discriminados y empobrecidos. Paradójicamente, estos grupos son los que más sufren la ideología dominante y los que más fácilmente se sienten seducidos por ella, expuestos como están a la industria del entretenimiento masivo y a las reconfortantes redes sociales. La izquierda partidaria ya no vive donde viven sus votantes, ya no socializa ni conversa con ellos, excepto cuando los visita para pedirles que voten. Quienes viven hoy y hablan con los grupos sociales más excluidos son a menudo iglesias evangélicas neopentecostales cuando no es crimen organizado. El activismo militante de izquierda parece limitarse a participar en reuniones del partido para hacer (casi siempre escuchar quién lo hace) un análisis de la coyuntura. Los partidos de izquierda, tal como existen hoy, no son capaces de hablar con voces silenciadas y excluidas en términos que entienden. Para cambiar eso, la izquierda debe reinventarse.

    1. No hay democracia, hay democratización.

    La responsabilidad de la izquierda radica en que ahora sirven a la democracia más genuinamente que cualquier otra. La democracia liberal representativa siempre ha tenido miedo de las mayorías sociales. Basta recordar que la democracia representativa estaba en su origen limitada a los propietarios, una pequeña minoría de ciudadanos. Pero en los últimos sesenta años ha pasado por periodos en los que, con mayor veracidad, era el régimen de las mayorías gobiernos en beneficio de las mayorías.
    Hoy en día, la democracia liberal está cada vez más capturada por poderosos intereses económicos. A medida que esto ocurre y es más conocido, la idea de que la democracia está siendo desfigurada y ahora es a menudo un régimen de gobiernos minoritarios en beneficio de las minorías. En muchos países, las fuerzas políticas de derecha dependen cada vez más de poderosos intereses económicos. Para servirles, no pueden servir a la democracia; simplemente la usan. Por lo tanto, las fuerzas políticas de izquierda están en una mejor posición para servir a la democracia y defenderla de los antidemócratas. Pero para ello, deben romper con la lógica de organización interna típica de los partidos de derecha.
    La izquierda está mejor posicionada para entender que la democracia no puede limitarse al espacio-tiempo de la ciudadanía. Las sociedades políticamente democráticas son a menudo sociedades en las que las mayorías no pueden vivir democráticamente porque están expuestas al autoritarismo cotidiano que he designado como fascismo social. La lucha democrática debe existir también en el espacio de la familia, la comunidad, la producción, las relaciones sociales, las relaciones con la naturaleza y las relaciones internacionales. Cada espacio-tiempo convoca a un tipo específico de democracia. Esta es una democracia de alta intensidad. En
    comparación con ella, la democracia liberal representativa es una democracia de baja intensidad.

    1. Los partidos-movimiento deben luchar contra el fundamentalismo de la exclusividad de la representación.

    Los partidos convencionales sufren de fundamentalismo organizado contra la sociedad civil (asociaciones y movimientos sociales). Consideran que tienen el monopolio de la representación política y que este monopolio es legítimo, precisamente porque las organizaciones sociales no son cuantitativamente representativas. Por lo tanto, el único medio de articularse con ellos es la cooptación o la infiltración. Es así como los partidos solo reconocen “sus movimientos”, sus “asociaciones”, ya sean sindicatos u órdenes profesionales. Este fundamentalismo de la exclusividad de la representación y lo que de ella se deriva lleva a deslegitimar a las organizaciones de la sociedad civil, a someterlas a lógicas partidistas para perjudicar los intereses reales de sus asociados.
    La lucha contra el fundamentalismo tiene todavía otra dimensión. Los partidos privilegian la acción institucional, la movilización de las instituciones, como el parlamento, los tribunales, la administración pública. Por el contrario, las organizaciones de la sociedad civil y especialmente los movimientos sociales, aunque también utilizan la acción institucional, a menudo recurren a la acción directa, protestas y manifestaciones en las calles y plazas, sentadas, la difusión de agendas a través del arte (artivismo). El fundamentalismo de la exclusividad de la representación tiende a devaluar estas importantes formas de movilización social y a fomentar la tentación de instrumentalizarlas. Los partidos tienden a homogeneizar sus bases sociales (uno es socialista, comunista, conservador, demócrata cristiano). Por el contrario, las organizaciones y movimientos sociales se centran en lealtades temáticas más específicas: vivienda, inmigración, violencia policial, racismo y sexismo, diversidad cultural, diferencia sexual, ecología, territorio, regionalismo, economía popular, etc. Trabajan con lenguajes
    y conceptos diferentes a los utilizados por los partidos. Esta diversidad enriquece la convivencia democrática.
    Las organizaciones y los movimientos sociales saben que las formas de opresión provienen tanto del Estado como de las relaciones sociales (a veces familiares) y económicas. Los sindicatos, por ejemplo, tienen una notable experiencia en la lucha contra actores privados: patrones y empresas. Es por eso por lo que el neoliberalismo los ha atacado. La sociedad civil organizada en asociaciones, movimientos sociales y sindicatos está ahora marcada por una experiencia muy negativa: los partidos de izquierda a menudo no cumplen sus promesas electorales cuando llegan al poder. Este incumplimiento conduce a la deslegitimación de las partes. Si los partidos del movimiento democrático no recuperan la legitimidad democrática, los partidos antidemocráticos y de vocación fascista encuentran allí un terreno fértil para prosperar. Presentan, en general, como el antisistema, la nueva/vieja extrema derecha.

    1. La revolución de la información electrónica y las redes sociales no son en sí mismas un instrumento incondicionalmente favorable al desarrollo de la democracia

    Por el contrario, pueden ayudar a manipular la opinión pública hasta tal punto que el proceso democrático puede quedar fatalmente desfigurado (el mundo de las noticias falsas y los discursos de odio). El ejercicio de la democracia participativa requiere hoy, más que nunca, reuniones cara a cara y debates cara a cara. Hay que reinventar la tradición de las células partidarias, de los círculos ciudadanos, de los círculos culturales, de las comunidades eclesiales básicas. No hay democracia participativa sin interacción de proximidad. La pandemia ha dificultado la política de proximidad, pero debe reanudarse lo antes posible.

    1. Los partidos-movimiento de izquierda están abiertos a unir fuerzas con otros partidos de izquierda basados en el principio de pluralidades despolarizadas y teorías de transición.

    Tradicionalmente, las fuerzas políticas de izquierda han sido víctimas del faccionalismo y el oportunismo. En ambos casos, estas desviaciones se debieron a la distancia que crearon con sus bases sociales. En el caso de las fuerzas comunistas y anarquistas, el faccionalismo fue la desviación más frecuente casi siempre debido a la ansiedad identitaria y al purismo ideológico. A menudo han fracturado y transformado a los camaradas de ayer en los enemigos de hoy. En el caso de las fuerzas de tradición socialista, la desviación más frecuente fue la del oportunismo, el eclecticismo ideológico que hacía más fácil formar una coalición con fuerzas de derecha que con otras fuerzas de izquierda. Tanto el faccionalismo como el oportunismo contribuyen a desarmar a las fuerzas de izquierda y frustrar sus fundamentos sociales. Esto es particularmente preocupante en un contexto épico de crecimiento de fuerzas de extrema derecha, comprometidas con el uso de la democracia para llegar al poder, pero dispuestas a descartarla en la medida de lo posible.
    A esta doble tradición deben oponerse dos principios. El primero es el principio de las pluralidades despolarizadas. Consiste en distinguir entre lo que separa y lo que une a las organizaciones políticas y promover articulaciones entre ellas a partir de lo que las une, sin perder la identidad de lo que las separa. Lo que los separa solo se suspende por razones pragmáticas. Las diferencias sólo se despolarizan cuando las concesiones son recíprocas, cuando los procesos de negociación y los resultados son transparentes y las bases sociales de las organizaciones participantes los consideran beneficiosos tras la debida y adecuada consulta. Esta es la primera clave de los acuerdos entre partidos de izquierda.
    La segunda clave es considerar los tiempos y ritmos de las políticas defendidas. El socialismo no puede quedarse en el cajón para siempre, pero
    tampoco se puede lograr mañana. Tenemos que pensar en períodos de transición, en los que las reformas deben medirse por la capacidad de consolidar el progreso sin abrir la puerta a retrocesos abruptos. El neoliberalismo ha hecho tan evidente y grave la transferencia de riqueza de los pobres y las clases medias a los ricos y a las viejas y nuevas élites que las fuerzas tradicionales de derecha ahora viven más de las oportunidades que la izquierda les da por los errores que cometen que por sus propios méritos.

    1. La cultura popular y la educación son una de las claves para sostener la democracia y frenar el avance del

    Los medios más eficaces para luchar contra el viejo/nuevo fascismo, el autoritarismo y el oscurantismo son la cultura y la educación. La cultura es la práctica de la diversidad democrática y la imaginación por excelencia. La educación es esencial para promover la difusión de la convivencia democrática y el interconocimiento entre las diferencias políticas, sociales y culturales. Las nuevas formas de educación política popular incluyen círculos de conversación, círculos de ciudadanía, universidades populares, teatro de los oprimidos, poesía slam, cultura hip-hop, con miras a crear una ecología del conocimiento que potencie la participación política en la que se debe dar forma a la democracia participativa del futuro: presupuestos participativos, consultas populares, consejos sociales o gestión de políticas públicas, especialmente en las áreas de salud y educación.
    La historia del país, de todo lo luminoso y oscuro, es una dimensión esencial de la cultura y la educación. El pasado fue un pasado de peleas donde hubo ganadores y hubo perdedores. Por razones obvias, las clases dominantes prefieren la historia de los ganadores contada por los ganadores (sus predecesores). Las fuerzas políticas de izquierda deben, por el contrario, promover la difusión de la historia de los perdedores contada por los perdedores (los predecesores de los grupos sociales que se proponen
    defender). Las historias plurales son las más efectivas para luchar contra la falsa contingencia del presente y el carácter instantáneo y desarraigado de la contemporaneidad monolítica. Una sociedad que no conoce su pasado está condenada a tener sólo el futuro de los demás.

    1. Vivimos en un período de luchas

    La ideología de que no hay alternativa al capitalismo –que es, de hecho, una tríada: capitalismo, colonialismo (racismo) y heteropatriarcado (sexismo)– ha terminado siendo internalizada por gran parte del pensamiento de izquierda. El neoliberalismo ha sabido combinar el supuesto fin pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera, la crisis ecológica y, más recientemente, la crisis sanitaria). Por eso, hoy vivimos bajo el dominio del corto plazo. Sus demandas deben ser satisfechas porque quienes pasan hambre o son víctimas de violencia policial o de género, y no pueden esperar a que el socialismo les permita comer o los libere.
    Pero no se puede perder de vista el debate civilizador que plantea la cuestión de las luchas a medio plazo. La pandemia, si bien hace del corto plazo una emergencia máxima, ha creado la oportunidad de pensar que existen alternativas a la vida y que, si no queremos entrar en un periodo de pandemia intermitente, debemos prestar atención a las advertencias que nos está dando la naturaleza. Si no cambiamos nuestras formas de producir, consumir y vivir, entraremos en un infierno pandémico.
    En un momento en que los fascistas se están acercando cada vez más al poder, cuando ya no están en el poder, una de las luchas más importantes es la lucha por la democracia. La democracia liberal representativa es de baja intensidad porque acepta ser una isla relativamente democrática en un archipiélago de despotismos sociales, económicos y culturales. Por lo tanto, no se sabe cómo defenderse eficazmente contra las fuerzas antidemocráticas.
    La democracia liberal representativa es un punto de partida esencial, pero no puede ser el punto de llegada. El punto de llegada es una profunda articulación entre la democracia liberal y representativa y la democracia participativa y deliberativa. En este momento de luchas defensivas, es particularmente importante defender la democracia liberal y representativa, neutralizar a los fascistas y, a partir de ella, radicalizar la democratización de la sociedad y la política. Las fuerzas políticas de izquierda deben ser particularmente conscientes porque saben que serán los primeros objetivos y las primeras víctimas de la violencia fascista.

  • Colonialismo y epistemología de la ignorancia: una lección afgana

    Boaventura de Sousa Santos

    Colonialismo y epistemología de la ignorancia: una lección afgana

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    La retirada abrupta y caótica de Estados Unidos de Afganistán a mediados de agosto ha copado los noticiarios de todo el mundo. Los principales temas tratados han ido variando, pero los siguientes son dominantes: humillación para EE. UU. y sus aliados europeos; repetición de la retirada de Vietnam en 1975; misión cumplida según EE. UU., misión fallida según los aliados en voz de Ángela Merkel; la huida desesperada de los afganos que colaboraron con los aliados; el peligro inminente para los derechos de las mujeres si se impone la sharía según la interpretación del islam por parte de los talibanes; más de dos billones de dólares gastados en una misión contra los terroristas para que, veinte años después, entren triunfalmente y sin ninguna resistencia en el palacio presidencial, pero ahora ya no como terroristas, sino como una fuerza política con la que los EE. UU., la principal fuerza militar en Afganistán, firmó un acuerdo en febrero de 2020, tras más de un año de negociaciones en Doha. Como resultado de ese acuerdo, EE. UU. se comprometió a retirar las fuerzas militares en un plazo de catorce meses, un hecho que pasó inadvertido para muchos porque el acuerdo ocurrió cuando estalló la pandemia de la COVID-19.

    Todo esto es dramático, además de incomprensible. Como la superficialidad de la espuma de las noticias es para ver y no para entender, nos dice poco sobre la profunda turbulencia que la provoca. La comprensión exige en este caso un retroceso histórico y una crítica epistemológica. En otras palabras, debemos retroceder en el tiempo y reevaluar la historia a la luz de una epistemología que nos permita conocer el lado de la historia que se ha ocultado y que ahora es precioso para entender lo sucedido en Afganistán. Intentaré mostrar que hay continuidades intrigantes con todo lo que ha sucedido y cómo fue narrado en el mundo eurocéntrico a partir del siglo XVI con la expansión colonial.

    Encubrimiento de la verdad

    La expansión marítima europea desde el siglo XV en adelante fue legitimada por el deseo y la misión de propagar la fe cristiana. La Iglesia católica fue una presencia constante y decisiva. Bajo su égida, los territorios del “Nuevo Mundo” se repartieron entre Portugal y España y fue también ella quien legitimó la sumisión de los indios declarando en 1537 (en la bula Sublimis Deus promulgada por el papa Pablo III) que los indios eran seres humanos con alma y, por tanto, seres no solo necesitados, sino también capaces de ser evangelizados. Sin poner en cuestión la buena fe de los miles de misioneros que participaron en la misión de salvar a los indios en el otro mundo, sabemos bien que el objetivo principal de esta misión era mucho más práctico y mundano: la salvación en este mundo de los europeos a través de la prosperidad económica que provendría del acceso a las riquezas naturales del Nuevo Mundo. Como mínimo, resulta muy dudoso que la misión evangelizadora haya sido beneficiosa para los indios, pero no cabe duda de que la misión de saquear las riquezas permitió el desarrollo del que hoy presume el mundo eurocéntrico del Atlántico Norte.

    De manera similar, según las autoridades estadounidenses, Estados Unidos invadió Afganistán para neutralizar el terrorismo del que habían sido víctimas tan salvajemente con el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Dado que Osama bin Laden fue abatido, la misión se cumplió. La verdad es diferente. Los terroristas que atacaron las Torres Gemelas procedían de cuatro países: quince eran ciudadanos de Arabia Saudita, dos eran de los Emiratos Árabes Unidos, uno era libanés y otro era egipcio. Ninguno de ellos de Afganistán. Bin Laden, el líder de Al Qaeda, él mismo saudí, estuvo años escondido, no en este país, sino en Pakistán y, de hecho, muy cerca de la Academia Militar pakistaní. El interés de Estados Unidos en intervenir en Afganistán se remonta a la década de 1990 y se justificó por la necesidad de construir y proteger el oleoducto que, desde Turkmenistán a la India, pasando por Afganistán y Pakistán, resolvería las carencias de energía del sur de Asia (gasoducto conocido como TAPI, por las iniciales de los países involucrados). Fue el mismo motivo de siempre: garantizar el acceso a los recursos naturales y, en tiempos más recientes, evitar el control de China y Rusia. Por ello, al tiempo que se desencadenaba una violencia macabra (alrededor de 200.000 afganos asesinados entre militares y civiles), se gastaban millones de dólares, gran parte de ellos devorados por la corrupción, y supuestamente se eliminaba a los talibanes, se mantenían negociaciones (primero secretas y luego oficiales) con algunos grupos talibanes. Por tanto, es ridículo hablar de misión cumplida en la lucha contra el terrorismo. La misión parcialmente cumplida es el acceso a los recursos naturales, pero incluso esta se logró gracias a la intermediación de la India y Pakistán y sin comprometer el acceso al gas por parte de China y Rusia.

    Por otro lado, en contra de los intereses estadounidenses, es China la que emerge como la ganadora de la crisis afgana al asegurar la continuidad de la gran inversión, la nueva ruta de la seda en Asia Central. Desde 1945, Estados Unidos acumula derrotas militares, propaga la muerte de la manera más terrible y nunca ha sido capaz de estabilizar gobiernos amigos. La humillante salida de Vietnam en 1975, la desastrosa intervención en Somalia en 1993-94, la no menos humillante retirada de Irak en 2011 y la destrucción de Libia en 2011. Pero casi siempre logran garantizar el acceso a los recursos naturales, la única misión que importa cumplir.

    La ignorancia como estrategia de dominación

    La expansión colonial comenzó como un salto hacia lo desconocido. Una vez dado el salto, lo que se quiso conocer sobre los pueblos y países invadidos era justo lo que facilitase la invasión. La perspectiva de penetración, saqueo, eliminación/asimilación se superponía a todo lo demás en la inversión cognitiva realizada por los colonizadores. Todo lo que chocaba con esta perspectiva fue considerado como no existente (civilización/cultura), irrelevante (técnica), atrasado o peligroso (canibalismo, supersticiones). Se produjo así una inmensa sociología de las ausencias. Con el tiempo, las exigencias de siempre (la dicha perspectiva) obligaron a una inversión cognitiva más sofisticada, pero todo ello siempre estuvo orientado hacia los mismos objetivos de dominación. Surgieron así la antropología colonial, la medicina tropical, la historia colonial, el derecho colonial, etc.

    El desconocimiento occidental de Afganistán es asombroso. En un artículo publicado en 2015 en el Wilson Center, titulado America’s shocking ignorance of Afganistan, Bejanmin Hopkins muestra que las políticas occidentales sobre Afganistán todavía se basan hoy en las ideas contenidas en un libro del primer embajador británico en el reinado de Afganistán, Mountstuart Elphinstone, publicado en 1815. El autor había leído las narrativas de Tácito sobre las tribus germánicas y fue sobre esta base y los recuerdos de los clanes de su Escocia natal que construyó todas las ideas de la sociedad tribal afgana. Según Hopkins, el mapa etnolingüístico militar del ejército de EE.UU. es hoy poco más que una actualización del mapa contenido en el texto de 1815. Por tanto, se asumió que el problema de Afganistán no era político sino etnocultural y que la cultura tribal era responsable del extremismo y la corrupción. Por supuesto, el problema no está en destacar la importancia de la cultura, sino en tener una concepción ahistórica y estereotipada de la misma. La ignorancia de la realidad afgana fue fundamental para concebir a los afganos como receptores pasivos de las políticas occi
    dentales, del bloque soviético o de la OTAN. Los “expertos” en Afganistán eran expertos… en terrorismo. El reduccionismo tribal no ha permitido ver que la sociedad afgana es hoy también una sociedad de refugiados y globalizada. Pero permitió justificar todo tipo de intervenciones que resultaron en trágicos fracasos.

    La desespecificación del otro

    Hoy sabemos que la complejidad de las sociedades encontradas por los colonizadores era diferente a la que estos atribuían a sus sociedades de origen y que, en consecuencia, se caracterizaron como sociedades simples, sin estructuras e instituciones políticas. El privilegio de caracterizar y de nombrar al otro es quizás la manifestación más genuina del poder colonial. En el juego de espejos que construyó este privilegio, los pueblos colonizados fueron descritos a lo largo del tiempo como salvajes, primitivos, atrasados, holgazanes, sucios, subdesarrollados. El supuesto de estas caracterizaciones es que agotan lo relevante que debe ser conocido sobre los caracterizados. Así, promueven y disfrazan la desespecificación de sus objetos. Sobre la base de esta política de nominación, las políticas coloniales durante siglos encontraron una fácil justificación.

    Desde la última invasión de Afganistán, los afganos fueron divididos por los invasores en dos categorías: terroristas y víctimas. Sobre esa base fueron documentados, vigilados y bombardeados. En ningún momento (excepto para proteger el acceso a los recursos naturales) se les podría considerar como interlocutores válidos o como poblaciones y generaciones con aspiraciones y necesidades diferenciadas. Siguiendo estas premisas, lo que se promovió fue el conocimiento sobre los afganos, nunca el conocimiento con los afganos. La producción activa de ignorancia fue fundamental para justificar las definiciones, representaciones y teorizaciones que sustentaban las políticas de intervención. Afganistán fue visto como un enorme depósito de terrorismo. Y en la guerra contra el terrorismo solo interesa identificar y eliminar terroristas. Todo lo demás es “collateral damage”. Al igual que en el proyecto colonial, lo importante fue evitar que los afganos caracterizaran a su país en sus propios términos y reivindiquen un futuro acorde con sus aspiraciones.

    Know-how tecnológico contra la sabiduría

    El conocimiento tecnológico se basa en la comprensión y transformación de la realidad a partir de fenómenos que se observan sistemáticamente y con desprecio e ignorancia por fenómenos no observados. Lo que desde el siglo XVIII se considera progreso social es un producto del conocimiento tecnológico. La sabiduría no se opone necesariamente al conocimiento tecnológico, sino que lo subordina a la comprensión y promoción del valor de la vida, tanto individual como colectiva, para lo cual es necesario tener en cuenta tanto los fenómenos observados como los no observados. El conocimiento occidental, sobre todo cuando estaba al servicio de la expansión colonial, fue siempre un conocimiento tecnológico militantemente contrario a la idea de sabiduría. Las consecuencias de esto son claramente evidentes en los epistemicidios (la destrucción del conocimiento de los colonizados), lingüicidios y genocidios cometidos a lo largo de los siglos.

    En Afganistán, el vértigo tecnológico ha llegado a su paroxismo, dejando más de 200.000 muertos en el terreno y una plétora de nuevos expertos en nuevas tecnologías de destrucción. Una de las áreas más macabras son los drones. En un texto titulado Damage Control: the unbearable whiteness of drone work“, publicado el 16 de marzo de 2021 en la revista Jadaliyya, Anila Daulatzai y Sahar Ghumkhor muestran cómo los afganos, al igual que los somalíes, yemeníes, iraquíes y sirios, son caracterizados por la nueva especialidad científica interdisciplinaria, la “cultura de los drones”. Esta disciplina “explora las culturas de los drones desde múltiples perspectivas y prácticas con el objetivo de generar diálogos entre las disciplinas para comprender la diversidad de los drones y la cultura de los drones”. En el contexto de Afganistán, que ha servido mucho al crecimiento de la especialidad, nos enfrentamos a una tecnología de la muerte elevada a la dignidad de epistemología, un edificio científico en cuya base solo hay muerte y ruina. Es difícil imaginar en los últimos tiempos otro tema en el que el know-how tecnológico y la sabiduría se desconozcan tan completamente.

  • El difícil parto de la renovación política: el caso de Perú


    Boaventura de Sousa Santos

    El difícil parto de la renovación política: el caso de Perú

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    El contexto internacional de la tercera década del siglo está siendo marcado por el grave declive de la convivencia democrática, ya de por sí congénitamente débil y selectiva. Este declive tiene dos caras. Por un lado, el predominio agresivo de las fuerzas políticas de derecha más conservadoras. En el continente latinoamericano esta agresividad se manifiesta en la renovada presencia de la extrema derecha, que se afirma de muchas maneras: el discurso de odio racial y sexual en las redes sociales que a veces se aloja impunemente en el discurso político oficial (el legado más nefasto de Donald Trump); la inculcación ideológica de peligros imaginados (el comunismo, el extremismo o el chip insertado en las vacunas) o del negacionismo ante peligros reales (la gravedad de la pandemia); el recurso a la narrativa del golpe antidemocrático para restablecer un orden supuestamente amenazado por una subversión inminente que, de hecho, está siendo planeada milimétricamente por quienes se proclaman como la única opción para detenerla; el resurgimiento de grupos armados ilegales que actúan con la complicidad del Estado.

    La otra cara del declive democrático radica en la desorientación de las fuerzas políticas de izquierda. Se manifiesta también de muchas maneras: pérdida de contacto con las necesidades, las aspiraciones y las narrativas de indignación de las clases populares cuyos intereses dicen defender; concentración exclusiva en estrategias electorales a corto plazo cuando cada vez es más incierto que haya elecciones o que estas sean libres y justas; surgimiento de nuevos sectarismos y dogmatismos, ya sea en nombre de la prioridad del desarrollo extractivista, ya sea en nombre de la prioridad de las pautas identitarias raciales o sexuales; de este sectarismo deriva la incapacidad para identificar lo que, a pesar de todo, une a las diferentes fuerzas de izquierda y para incidir pragmáticamente en estos puntos de unión a fin de ofrecer una alternativa política creíble (la víctima más reciente de este sectarismo fue la izquierda ecuatoriana tras la primera vuelta de las elecciones de 2021).

    La convergencia tóxica de estas dos caras del declive democrático está haciendo que las poblaciones vulnerabilizadas por el capitalismo cada vez más salvaje, por el colonialismo eterno y por el patriarcado no menos eterno sigan, según el contexto, uno de los tres caminos siguientes: a) sucumbir a la desesperación y resignarse por la vía del crimen o de la salvación en el otro mundo, acogiéndose mansamente como corderos a la protección de los lobos trascendentes del capital religioso; b) rebelarse fuera de las instituciones, dando lugar a explosiones sociales que pueden incluir ocupaciones de zonas urbanas (India y Colombia), saqueo de tiendas y supermercados (Sudáfrica) o destrucción de estatuas de esclavistas y de asesinos de los vencidos de la historia (Sudáfrica, Estados Unidos, Colombia y, más recientemente, Brasil);

    1. c) organizarse para asegurar la transformación del sistema político y social, utilizando los procesos electorales para elegir a los candidatos que prometan dicha transformación. Solo este último camino garantiza el rescate de la convivencia democrática y por eso me centro en él, sin dejar de insistir por ello en que tiene lugar en el contexto en el que otros caminos se siguen o pueden seguirse en paralelo o

    El camino de la transformación política tiene en la actualidad tres caras principales en el continente: el rescate a través de la elección de candidatos

    populares conocidos tras la cruel experiencia con gobiernos de derecha neoliberal (México, con López Obrador, Argentina, con Alberto Fernández, Bolivia, con Luis Arce); el rescate por vía de la transformación del sistema político mediante la convocatoria de asambleas constituyentes (Chile); el rescate por medio de la elección de candidatos hasta ahora desconocidos, pero cuyo origen y trayectoria legitima el riesgo de un cheque político casi en blanco (Perú). Todos estos caminos ofrecen cierta esperanza (al menos, la de respirar durante algún tiempo, lo que no es poco en tiempos de pandemia) y todos implican riesgos. Me centro en el caso de Perú por su actualidad y complejidad.

    El pasado 28 de julio Pedro Castillo asumió la presidencia de Perú. Hasta hace unos meses, Castillo era un desconocido político. Nacido en Tacabamba, a casi mil kilómetros de Lima, centro político de Perú, Castillo es un campesino humilde, maestro de primaria, rondero, (las rondas campesinas son patrullas de defensa comunitaria elegidas por comunidades campesinas y hoy legalmente reconocidas por el Estado) y dirigente sindical que concentra en sí mismo las características de las poblaciones que siempre han estado excluidas económica, social y políticamente por razones clasistas, racistas o sexistas. El proceso que culminó el 28 de julio es tan revelador del declive democrático como de la posibilidad de rescatarlo.

    Veamos primero el declive. Las fuerzas de derecha hicieron todo lo posible para impedir la toma de posesión de Pedro Castillo. Invocaron fraude electoral, recurrieron a dilaciones procesales en las instancias electorales, promovieron la demonización de Castillo en los medios de comunicación nacionales e internacionales (en los que participó el patético Vargas Llosa), movilizaron a las Fuerzas Armadas y a las iglesias para frenar la “subversión”. La situación era complicada porque Pedro Castillo había ganado las elecciones por un pequeño margen. Hoy está claro en las Américas (incluyendo EE.UU.) que quien se proponga rescatar la normalidad democrática tiene que ganar con un amplio margen para evitar ser sometido al tormento de la sospecha manipulada de fraude electoral. Ya antes lo habría mostrado López Obrador, a quien le robaron varias elecciones antes de la que ganó por una diferencia de muchos millones de votos.

    Esta vez, las fuerzas de derecha no lograron sus objetivos porque se enfrentaron a un importante factor de rescate. Es que Castillo se identificaba con los excluidos de la historia de Perú. Una de cada cuatro personas se identifica como miembro de uno de los muchos pueblos indígenas andinos y amazónicos que han sido víctimas de proyectos mineros extractivistas, a los que se han opuesto con riesgo de sus vidas. Según datos de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, entre 2001 y 2021 fueron asesinados 200 defensores de derechos humanos involucrados en la defensa de los territorios. No es de extrañar que Castillo haya obtenido más del 70% de los votos en las provincias donde las poblaciones sufren más por los grandes proyectos mineros (Espinar, Chumbivilcas, Cotabambas, Celedín, Islay, Pasco, Ayabaca, Cañaris). Ante el peligro de que les roben la elección, miles de indígenas y campesinos, ronderos, acostumbrados a rondar por sus comunidades para garantizar la seguridad de sus vecinos, convergieron en Lima, provenientes del Perú profundo, esta vez para velar y garantizar la seguridad de algo más bien etéreo, el resultado de las elecciones, la democracia misma. Por tanto, tampoco es de extrañar que, mientras en los gobiernos de los últimos veinte años los ministros que integraban el gobierno nacieron predominantemente en Lima –entre el 62% en la gestión de Martín Viscarra y el 87% en la de Alejandro Toledo–, ahora en el Gobierno de Pedro Castillo solo el 29% de sus ministros posesionados nació en Lima.

    Este movimiento no sucedió por casualidad. Tenía antecedentes en el movimiento de los jóvenes urbanos que, en octubre de 2020, se rebeló contra un gobierno ilegítimo y ocupó las calles de Lima en defensa de la democracia, dos de los cuales fueron asesinados. Fueron reprimidos violentamente y así se convirtieron en la nueva generación de héroes, los héroes del bicentenario. Esta conjunción anunciaba la posibilidad de nuevas alianzas intergeneracionales y entre la ciudad y el campo, alianza que, en este momento, parece tener nueva y particular importancia en otros países (por ejemplo, en la explosión social que vive Colombia actualmente).

    Pero las dificultades en la elección de Pedro Castillo y en la composición de su Gobierno revelan también la otra cara del declive democrático que mencioné anteriormente: la desorientación y fragmentación de las fuerzas de izquierda. Las alianzas necesarias revelaron la existencia de importantes fracturas entre las izquierdas. Las fracturas son complejas y en ellas convergen las viejas rivalidades tácticas y estratégicas que siempre dominaron en la izquierda tradicional, y las nuevas rivalidades sobre la naturaleza y prioridad de las nuevas luchas contra la discriminación racial y sexual. A diferencia de lo ocurrido en Ecuador, la división no parece ser tanto sobre la prioridad de la lucha contra el extractivismo minero y la desigualdad social que provoca. Tiene que ver, principalmente, con la división entre izquierdas progresistas en el plano de la igualdad socioeconómica y conservadoras en el plano de las costumbres e identidades (igualdad de género y defensa de las causas LGBTIQ), por un lado; e izquierdas progresistas en ambos planos e incluso, eventualmente, que priorizan el segundo plano, por otro. Esta división fue ocultada a veces por acusaciones de extremismo que llegaron a envolver la memoria de la subversión guerrillera (Sendero Luminoso), un peligro ahora definitivamente enterrado en Perú (no se puede decir lo mismo de la subversión contrarrevolucionaria de extrema derecha, en la tradición nefasta del fujimorismo). Estas divisiones fueron evidentes en la constitución de la mesa directiva del Congreso y el desastroso resultado podría ser fatal para el gobierno de izquierda. También fueron evidentes en el proceso de constitución del Gobierno, pero aquí fue posible superarlas y prevaleció el sentido común. Por ahora, al menos.

    Nada de esto es seguro, excepto que las fuerzas de derecha y extrema derecha estarán atentas y no desaprovecharán ninguna de las oportunidades que les brinde este gobierno de izquierda para derrotar una propuesta de esperanza que ahora vuelve a iluminar el continente desde Perú. En su discurso de toma de posesión, el presidente Pedro Castillo utilizó la expresión quechua Kachkaniraqmi, que significa “sigo siendo”. A pesar de todas las exclusiones y humillaciones del pasado, el pueblo humilde y trabajador de Perú, con la elección de Pedro Castillo, recupera la esperanza de seguir siendo garante de la lucha por una sociedad más justa. Esta esperanza está presente de modo muy elocuente en las palabras de uno de los ministros más importantes del nuevo Gobierno, Pedro Francke, ministro de Economía: “Por un avance sostenido hacia el Buen Vivir, por igualdad de oportunidades, sin distinción de género, identidad étnica u orientación sexual. Por la democracia y la concertación nacional, ¡sí juro!”.

  • La ocupación colonial de Palestina por Israel: la solución final sin fin


    Boaventura de Sousa Santos

    La ocupación colonial de Palestina por Israel: la solución final sin fin

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Un alto el fuego más, después de tantos otros, en la ocupación colonial de Palestina por Israel; otra estadística de muertes para los archivos del olvido; otra oportunidad para pacificar la conciencia de la comunidad internacional, especialmente estadounidense y europea; otro período de banalización de la humillación diaria de quienes, por motivos laborales, cruzan los puestos de control israelíes; otro proceso de intensificación de las provocaciones hasta los próximos bombardeos; otro momento de limpieza étnica por parte de una potencia colonial y violenta.

    La historia es conocida. Las atrocidades cometidas contra los judíos por el régimen nazi alemán durante la Segunda Guerra Mundial colocaron a Occidente ante el deber moral de atender la reivindicación sionista de la creación de un Estado judío. Fue en este contexto que, poco después de la constitución de las Naciones Unidas, el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina, liderado por Estados Unidos y la entonces URSS, presentó un Plan de Partición del territorio. Este plan, que preveía la división de Palestina en un Estado judío (55% del territorio) y un Estado palestino (45% del territorio), tiene su origen en el proyecto colonial moderno, y se asemejó a varios otros proyectos de partición cuyos conflictos aún siguen sin resolverse en la actualidad (por ejemplo, de las dos Coreas o de la India y Pakistán). En un contexto en el que la ONU aún contaba con una débil participación de las naciones del Sur, se aprobó el Plan, aunque los Estados árabes no reconocieron al nuevo Estado de Israel. De la consiguiente guerra entre Israel y los Estados árabes y las fuerzas palestinas (1948-1949), salió vencedor Israel, que ocupó varias regiones, expandiendo el territorio cerca de 20 mil km² (75% de la superficie de Palestina). El territorio restante fue ocupado por Jordania, que se anexó Cisjordania, y por Egipto, que ocupó la Franja de Gaza. Estos episodios violentos, en el origen del Estado de Israel, provocaron el desplazamiento forzado de casi un millón de palestinos, quienes abandonaron las áreas incorporadas por Israel[1]. Este enorme contingente de refugiados, dispersos en campamentos de países del Oriente Próximo y del resto del mundo, está en el origen de la “cuestión palestina”. Como subrayó Tariq Ali, lo que hasta entonces había sido una cultura común para musulmanes árabes, cristianos y judíos, sufrió una profunda brecha, que los palestinos bautizarían como la Nakba, la catástrofe[2].

    Nada de lo que se escriba en defensa del pueblo palestino podrá ayudarlo a aliviar los tormentos que ha sufrido desde la creación de Israel, un sufrimiento aún más injusto por ser impuesto para expiar los crímenes de los europeos. Tampoco puede ayudar gran parte del pueblo judío a desvincularse del proyecto colonial sionista que está llevando a cabo Israel en Palestina, tal es la intoxicación ideológica a la que está hoy sometido. Cuando se trata de Palestina, escribir no es más que un acto de contención de la rabia, un grito escrito de desesperación e impotencia. En esto radica paradójicamente el papel crucial de esta tragedia: muestra con inquietante transparencia la falsedad histórica, filosófica y sociológica de los “hechos” que más decisivamente sostienen las políticas dominantes de nuestros días. Siempre que la mentira y la mala fe se convierten en política de Estado, la buena fe y la verdad las combaten sin armas. Son piedras contra bombas. Nos enfrentamos a una destrucción masiva de sentido. Albert Camus solía decir que “las ideas falsas terminan en sangre, pero en todos los casos se trata de la sangre de otros”[3]. Palestina es el gran descodificador de la hipócrita falsedad de los mecanismos dominantes para hacer prevalecer los “valores occidentales”, que incesantemente conducen a su propia violación. Los mismos mecanismos ya están siendo “remasterizados” para el próximo uso catastrófico: la guerra con China.

    Falsificación histórico-teológica. Jerusalén no es ni puede ser la capital de Israel. Jerusalén es, desde hace muchos siglos, una ciudad sagrada y, como tal, pertenece a todos los que profesan las religiones que allí conviven. Los Estados tienen capital; los pueblos, no. Israel reivindica ser un Estado judío. Como Estado, no tiene derecho a Jerusalén, a menos que se reduzca a cenizas el derecho internacional; como pueblo, es un absurdo teológico tener capital. Como dice el rabino Yaakov Shapiro: los pueblos no tienen capital, el pueblo judío no tiene capital.

    Falsificación política 1. Se ha invocado la defensa de la democracia para justificar la posición occidental. Como señaló el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al firmar el programa de ayuda a Israel hasta 2028, Estados Unidos e Israel son dos “democracias vibrantes” que comparten los mismos valores y deben ser defendidas por igual de sus enemigos. Es una invocación doblemente falsa. Israel es tan democrático como lo era Sudáfrica en la época del apartheid. Los palestinos que viven en el Estado de Israel (alrededor del 21% de la población) son los descendientes de los aproximadamente 150.000 palestinos que se quedaron en lo que hoy es Israel, una pequeña minoría en comparación con los que fueron expulsados ​​de su tierra y ahora viven en los territorios ocupados. Son ciudadanos de segunda clase con fuertes limitaciones legales y políticas, sobre todo desde que en 2009 Benjamin Netanyahu llegara al poder y comenzara su política de sobreponer el carácter judaico de Israel al carácter democrático. Ante la constante erosión de los derechos a los que están sujetos, unos luchan por la igualdad de derechos, otros abandonan la política.[4] Actualmente viven divididos por el dilema de “mi Estado está en guerra con mi nación”. La otra falsedad se refiere al gobierno de los territorios ocupados. En Palestina, como en el resto del mundo, la democracia solo es reconocida cuando favorece los intereses occidentales. Como en Palestina los intereses occidentales son los intereses de Israel, no se reconoció la victoria libre y justa de Hamás en las elecciones legislativas de 2006 (74 diputados frente a los 45 de Al Fatah, en un Parlamento de 132 diputados). Lo ocurrido en los últimos dieciséis años no se puede entender sin tener en cuenta esta decisión arbitraria de los países occidentales bajo la presión de Israel y su aliado, Estados Unidos.

    Falsificación política 2. Vengo defendiendo que el colonialismo no desapareció con la independencia política de las colonias europeas. Solo ha desaparecido una forma de colonialismo, el colonialismo de ocupación extranjera e incluso esta ni siquiera del todo. Basta mencionar el colonialismo al que está sujeto el pueblo saharaui. Actualmente existe bajo otras formas, de las cuales las dos más obvias son el racismo estructural y el régimen de apartheid impuesto por Israel en los territorios ocupados. Reconocer la existencia del apartheid es reconocer la existencia del colonialismo. La más pronorteamericana de las organizaciones de derechos humanos, Human Rights Watch, publicó e
    n abril de 2021 un informe que caracteriza a Israel como un Estado de apartheid. Cabe recordar que en 1973 la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención Internacional para la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid (Resolución 3068), que entró en vigor en 1976. En los territorios ocupados (Jerusalén Este, Cisjordania Palestina y la Franja de Gaza), el autogobierno de los palestinos está totalmente subordinado a la potencia ocupante. La opresión es sistemática y la discriminación es institucional: expropiación de tierras, cambio forzoso de residencia, control de movimientos, gestión del agua y la electricidad, negación de servicios esenciales (últimamente las vacunas contra el COVID-19). Una ocupación violenta que convirtió la Franja de Gaza en la prisión al aire libre más grande del mundo. En fin, colonialismo puro y duro. Si la ONU reconoce el apartheid como un crimen contra la humanidad, ¿por qué no se juzga a Israel por tal crimen? Porque los valores occidentales se utilizan solo cuando conviene a quienes tienen poder para beneficiarse de ellos.

    Pero el colonialismo al que está sometido el pueblo palestino tiene muchas otras caras que lo identifican con el colonialismo histórico. Una de ellas es la eliminación de la identidad palestina y de la memoria de la anexión del 78% del territorio de Palestina por parte de Israel en 1948, la Nakba. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA por su sigla en inglés) que, como su nombre indica, tiene como objetivo cuidar a los refugiados palestinos expulsados ​​violentamente de sus hogares en 1948 y 1967, así como a sus descendientes, ha sido duramente criticada por organizaciones sionistas conservadoras por estar contribuyendo a que los palestinos “no pierdan su identidad y sean asimilados por la sociedad que los rodea”. ¿Cuál es la diferencia entre esto y las políticas de los colonizadores en las Américas y en África para eliminar la identidad y la memoria de los pueblos originarios?[5]

    La falsificación de las equivalencias. Al contrario de lo que dice Israel, no se trata de responder con violencia a la violencia. No defiendo el lanzamiento de misiles contra Israel ni las muertes que causa, pero la desproporción entre los ataques de Hamás y la respuesta israelí es tan impactante que no es aceptable como justificación para la matanza indiscriminada de miles de personas inocentes. Israel tiene el cuarto ejército más poderoso del mundo. Entre los recurrentes estallidos de violencia, basta recordar que en 2014 los ataques de Israel duraron 51 días y mataron a más de 2.200 palestinos, incluidos 551 niños. Esta vez, en 11 días (el 20 de mayo se impuso un alto el fuego), del lado palestino hubo 232 muertos, de los cuales 65 eran niños, y 12 muertos del lado israelí (incluidos dos niños), además de la brutal destrucción de infraestructuras en la Franja de Gaza, incluyendo escuelas. Estamos ante un terrorismo de Estado que utiliza las armas más sofisticadas proporcionadas por Estados Unidos para mantener a un pueblo en un estado de terror constante desde 1948.

    La falsificación mediática. Los medios de comunicación mundiales se avergonzarán algún día de los prejuicios con los que informan lo que está sucediendo en Palestina. Dos ejemplos. La opinión pública mundial se entera de que lo que desencadenó el ataque más reciente de Israel contra la Franja de Gaza fueron los misiles lanzados por Hamas. Porque más allá de eso no pasó nada. No ocurrieron antes para los medios la invasión de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, y los disparos contra creyentes en oración, en medio del Ramadán (un mes sagrado para los musulmanes); ni tampoco ocurrieron los ataques, durante meses, de grupos de fanáticos en Jerusalén Este contra viviendas y casas comerciales. La culpa, por lo tanto, es de Hamas e Israel solo se está defendiendo. Segundo ejemplo: durante los ataques israelíes, los palestinos simplemente “mueren”, mientras que los israelíes son “asesinados por Hamas” o “asesinados por ataques con misiles”.

    El horror de una simetría impensable. El gran historiador judío Illan Pappé fue quizás el primero en preguntarse, con angustia, cómo se podía imaginar que, setenta años después del Holocausto, los israelíes usaran contra los palestinos las mismas tácticas de destrucción, humillación y negación que los nazis habían usado contra los judíos. En 2002, José Saramago, de visita en Palestina, hizo comparaciones polémicas entre el sufrimiento de los palestinos bajo la opresión israelí y el sufrimiento de los judíos bajo la opresión nazi. En una entrevista con la BBC, aclaró: “Evidentemente fue una comparación forzada a propósito. Una protesta formulada en términos habituales puede que no provocase la reacción que ha provocado. Por supuesto que no hay cámaras de gas para exterminar a los palestinos, pero la situación en la que se encuentra el pueblo palestino es una situación de campo de concentración… [y añadió premonitoriamente] Esto no es un conflicto. Podríamos llamarlo un conflicto si fueran dos países, con una frontera, y dos estados, cada uno con su propio ejército. Es algo completamente diferente: apartheid”. En 1933, la mayoría de los judíos alemanes no eran sionistas, es decir, no abogaban por la creación de un Estado para los judíos. De hecho, la organización judaica más grande se autodenominó “organización central de ciudadanos alemanes de fe judía”.

    Mucho antes de ordenar el Holocausto, Hitler, obsesionado con expulsar a los judíos de Alemania (y más tarde de Europa), negoció con la organización sionista (la Federación Sionista de Alemania) un acuerdo (muy controvertido entre los judíos) para transferir judíos a Palestina (entonces bajo control británico), ofreciéndoles “mejores” condiciones (es decir, menos vergonzosas) que las imperantes para la emigración a otros países. Bajo el Acuerdo Haavara de Transferencia (1933), el Estado les confiscó todos los bienes que poseían, pero transfirió el 42,8% de ese capital a la Agencia Judía en Palestina, el 38,9% de esa cantidad en forma de bienes industriales producidos en Alemania. Es evidente la humillación de obligar a los emigrantes forzados a utilizar los productos del Estado que los expulsó. Se estima que entre 1933 y 1938 solo unos 40.000 alemanes y 80.000 polacos emigraron a Palestina. Habrían sido aún menos si los países europeos hubieran estado más dispuestos a aceptar inmigrantes judíos, incluso si más tarde quedó claro que el objetivo final era “una Europa sin judíos”[6].

     

    En nuestro tiempo, el Estado de Israel se creó sobre la base de una operación masiva de limpieza étnica: 750.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus hogares y tierras, a los que se sumaron más de 300.000 después de la guerra de 1967. Hoy crecen en Israel los grupos de extrema derecha que proclaman la expulsión de todos los palestinos de los territorios ocupados hacia los países árabes vecinos. E incluso los “árabes israelíes” están legalmente prohibidos de residir en ciertas ciudades. En 2011, la Knéset promulgó una ley que permite a las ciudades del Negev y de Galilea, con una población de hasta 400.000 familias, crear comités de admisión que pueden negar la admisión a personas que “no sean adecuadas para la vida social de la comunidad” o que sean incompatibles con “el perfil sociocultural”[7]. Durante décadas, ciudades entera
    s fueron destruidas y se deja morir a los palestinos heridos debido a que el ejército israelí bloquea el paso de las ambulancias. Ante la sospecha de algún acto individual de resistencia por parte de los palestinos, las autoridades ocupantes detienen a padres, familiares, vecinos, les cortan el agua y la luz. Nada de esto es nuevo y trae recuerdos horribles. Según el diario israelí Maariv, citado por el prestigioso periodista Robert Fisk, un destacado militar israelí aconsejaba a las tropas, en caso de entrada en campos de refugiados densamente poblados, seguir las lecciones de batallas pasadas, incluidas las del ejército alemán en el gueto de Varsovia[8].

    Lo que sucede hoy en Sheikh Jarrah es un microcosmos de la repetición de la historia. En 1956, 28 familias palestinas, expulsadas de su tierra en 1948, se establecieron en este barrio de Jerusalén Este con la esperanza de no ser expulsadas de nuevo de su hogar. En ese momento, este vecindario y toda Cisjordania estaban bajo administración jordana (1951-1967) y la instalación se negoció con Jordania, la ONU y organizaciones de derechos humanos de Jerusalén. Hoy en día, están siendo desalojados de sus hogares por orden de la Corte Suprema de Israel y durante años han visto sus casas apedreadas por fanáticos, algunos de los cuales se instalan en la parte principal de la casa y obligan a sus residentes a acomodarse en la parte trasera de la casa. Con la complicidad de la policía, extremistas israelíes deambulan por las calles del barrio de noche gritando “Muerte a los árabes”. Las casas incluso llegan a ser marcadas para que no haya errores en los ataques. ¿Todo esto no hace recordar otras épocas.

    El rayo de esperanza. Es difícil hablar de esperanza de una manera que no ofenda al pueblo palestino. La esperanza no puede residir en los acuerdos de alto del fuego porque el propósito de estos es mantener estables las alianzas entre las potencias que son cómplices de la continuación del sufrimiento injusto del pueblo palestino, y preparar el siguiente alto el fuego que seguirá al próximo estallido de violencia. En este momento, la única esperanza proviene de la sociedad civil internacional. Se han venido fortaleciendo tres iniciativas muy diferentes, pero que convergen en provocar el creciente aislamiento de Israel de lo que podría resultar del cumplimiento de las resoluciones de la ONU, si no es demasiado tarde. La primera iniciativa son las manifestaciones públicas, más numerosas e incisivas que nunca, de intelectuales, periodistas, reconocidos artistas judíos contra las políticas de Israel. Las fuentes de este texto son prueba de ello. La segunda iniciativa son las manifestaciones públicas, en varias partes del mundo, que demandan cada vez más el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. La tercera iniciativa está inspirada en la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. El desequilibrio de fuerza violenta entre la población negra de gran mayoría y la minoría blanca era menor que el desequilibrio entre las fuerzas de guerra israelíes y la resistencia palestina. Una de las iniciativas que más contribuyó al fin del apartheid fue el movimiento internacional para aislar a Sudáfrica: boicot a empresas sudafricanas, así como a algunas empresas internacionales especialmente involucradas en el apartheid; boicot académico, turístico y deportivo a nacionales sudafricanos. Inspirado por este movimiento, existe desde 2005 el movimiento internacional de boicot, desinversión y sanciones contra Israel (BDS), que se ha ido expandiendo en los últimos años. Es una iniciativa activa de no violencia que no está exenta de problemas, ya que puede implicar costos para los medios de vida legítimos de personas inocentes. Pero, curiosamente, es un movimiento que puede contar con el apoyo de quienes, viviendo en estos países, se oponen a las políticas de apartheid actualmente vigentes. Recuerdo que cuando participé en el embargo académico a Sudáfrica durante la era del apartheid, los colegas sudafricanos blancos no solo entendieron, sino que apoyaron las acciones, ya que fortalecían su lucha en el ámbito interno.

    Hoy, el contexto y la situación son diferentes. Ante el injusto martirio del pueblo palestino que está siendo castigado por un crimen cometido por los europeos, y ante la hipócrita indiferencia de la comunidad internacional, ¿hasta cuándo vamos a seguir pensando que el problema palestino no es nuestro problema? Toda mi vida he luchado contra el antisemitismo y es en nombre de esta coherencia que denuncio la limpieza étnica que está llevando a cabo Israel en contra el pueblo palestino.

    NOTAS

    [1] De hecho, la limpieza étnica de Palestina comenzó a principios de diciembre de 1947 con una serie de ataques a aldeas palestinas por parte de las milicias sionistas. Antes de que los soldados árabes llegaran a Palestina, 300.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras y hogares. Por ejemplo, Deir Yassin era una pequeña aldea palestina situada al oeste de Jerusalén. La aldea había firmado un pacto de no agresión con Haganá, una organización paramilitar sionista que existió entre 1920 y 1948. Sin embargo, la noche del 8 de abril de 1948, las fuerzas sionistas atacaron la aldea y mataron a más de 100 palestinos inocentes (30 de ellos niños). Las cuatro aldeas cercanas (Qalunya, Saris, Beit Surik y Biddu) fueron destruidas por la misma milicia y sus habitantes fueron expulsados ​​(Ilan Pappe, The Ethnic Cleansing of Palestine, Oxford: Oneworld Publications, 2006, págs. 90-91). Al inicio de su libro, Pappe cita una declaración vergonzosa de Ben Gurion en junio 1938 en la Jewish Agency Executive: “Apoyo el traslado obligatorio de poblaciones; no veo nada inmoral en ello”. Diez años después, Ben Gurion sería el primer ministro de Israel.
    [2] El choque de los fundamentalismos: cruzadas, yihads y modernidad. Madrid, Alianza, 2002.
    [3] John Foley, Albert Camus: from the Absurd to Revolt. Londres, Routledge, 2008, pág. 49.
    [4] As’ad Ghanem, “Israel’s Second-Class Citizens: Arabs in Israel and the Struggle for Equal Rights”, Foreign Affairs, julio/agosto, 2016, págs. 37-42. Se puede consultar una lista de las leyes discriminatorias en Israel en: https://www.adalah.org/en/law/index.
    [5] Peter Beinart, “Teshuvah: A Jewish Case for Palestinian Refugee Return”, Jewish Currents, 11 de mayo de 2021. Disponible en: https://jewishcurrents.org/teshuvah-a-jewish-case-for-palestinian-refugee-return/
    [6] Samuel Miner, “Planning the Holocaust in the Middle East: Nazi Designs to Bomb Jewish Cities in Palestine”, Jewish Political Studi
    es Review
    , Fall 2016, p. 7-33.
    [7] Human Rights Watch, 2021, p. 59.
    [8] W. Cook (org.) The Plight of the Palestinians. Palgrave Macmillan, New York, 2010, p. 164.

  • El fin del confinamiento del Dios cartesiano


    Boaventura de Sousa Santos

    El fin del confinamiento del Dios cartesiano

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Dios parece estar confinado. Por lo menos, desde que en el siglo XVII se impuso la separación absoluta entre la naturaleza, entendida como res extensa, y los seres humanos, entendidos como res cogitans. La prueba de la existencia de Dios está en la mente humana, porque sólo esta puede concebir un ser muy perfecto e infinito. Siendo imperfecta, la mente humana sólo es capaz de tal concepción porque alguien la inscribió en ella. Ese alguien es Dios. La naturaleza es incapaz de tal concepción, y ahí reside su inconmensurable inferioridad en relación con la mente propia de los seres humanos. Con la demostración de la existencia de Dios, se demostró la imposibilidad de coexistencia con él en el mismo mundo. Dios es de “otro mundo”, su “reino no es de este mundo”. Dios es trascendencia.

    Así comenzó el confinamiento de Dios. Si hasta entonces ya era difícil comunicarse directamente con él, a partir de ahí se volvió imposible. Sólo los místicos pueden conseguirlo, y siempre con altos costos personales. En el mismo proceso en el que Dios fue humanizado, fue también desnaturalizado y, con él, los seres humanos que lo concibieron. Y como no pueden ser mente sin ser un cuerpo natural, al mismo tiempo que demostraron la existencia de Dios, los seres humanos dejaron de comprenderlo y dejaron de entenderse entre sí. Entonces se deshumanizaron. La humanización de Dios dio lugar a la deshumanización de los seres humanos. El homo economicus del capitalismo naciente, tal como el cuasi contemporáneo homo lupus homini de Hobbes, son la expresión de esta deshumanización del ser humano. El ser competitivo, centrado en su interés individual, es un ser antisocial que ve en los semejantes (nunca iguales) enemigos potenciales, y que sólo hace filantropía si de ella resulta algún beneficio propio.

    La incomprensión abisal del ser divino permitió a los humanos decir de Dios todo lo que ellos quisieran según su conveniencia. La teología sufrió entonces una transformación cualitativa. Comenzó a tratar de resolver el malentendido cartesiano multiplicando las mediaciones que falsamente humanizaron a Dios. Las ficciones del “Dios hecho hombre” o el “cuerpo de dios” fueron llevadas al paroxismo. El Nazareno crucificado del siglo XVIII barroco es un espectáculo visceral de primer orden, el espectáculo de un cuerpo cuya máxima exaltación es la mortificación y la muerte. La economía de la muerte, en la que el colonialismo y la esclavitud prosperaron en el mundo, encontraron en estas imágenes un espejo cruel y un consuelo desesperado. La exuberancia de las imágenes ocultaba efectivamente las ficciones teológicas. Sobre todo, encubrió las trágicas consecuencias de estas ficciones, tal como lo había vivido antes el joven nazareno, cuando concluyó en la cruz que ninguna ambulancia divina vendría a salvarlo y quitarle ese “cáliz”.

    El confinamiento del Dios cartesiano desde el siglo XVII fue fundamental para que, en su nombre, se pudieran cometer las mayores atrocidades. El joven nazareno que había muerto en la cruz para “salvar el mundo” era ahora invocado para justificar la inmensidad de las muertes de esclavos y pueblos originarios para “salvar la economía”. Confinado, Dios estaba limitado a la telepresencia. La presencia real pasó a ser de los intermediarios, misioneros, pastores, y catedrales. Como hoy en día, los repartidores de alimentos mediante las aplicaciones (“motoboys” y “motogirls”) no eligen los restaurantes de acuerdo a la calidad de la comida, sino por el valor de la cuota de entrega, los intermediarios empezaron a servir la comida espiritual de acuerdo con las prebendas que recibían. No lo hicieron por elección, lo hicieron por necesidad. Sirvieron a los señores de la tierra que los usaron para consolidar su dominio.

    Pero ¿está Dios verdaderamente confinado? Siendo infinito en todos sus atributos, es imposible imaginar un confinamiento que no sea un acto originario, un auto confinamiento. Por otro lado, es absurdo pensar que un ser infinito está confinado. Y es también imposible imaginar un motivo divino para el auto confinamiento. ¿Miedo a contaminarse? No es imaginable que Dios corriese el riesgo de ser contaminado por seres tan infinitamente inferiores, sobre todo porque, según la teología cartesiana, los seres humanos ni siquiera tienen el nano tamaño del virus para poder contaminar a Dios. ¿Miedo de contaminar?  Es absurdo pensar que el Dios cartesiano tema contaminar. Al ser infinito, todo está contaminado y purificado simultáneamente por él.

    La hipótesis más creíble es que los teólogos tuviesen miedo de que Dios contaminase el mundo. Tal vez sabían que la desnaturalización de Dios era una imposición tan fuerte y frágil como todas las demás imposiciones humanas. Para consolidarlo, tuvieron que recurrir a múltiples trucos arquitectónicos, pictóricos, teológicos, que engañaron a todos los que no se beneficiaron del supuesto encierro de Dios. Tales trucos fueron las máscaras usadas eficazmente para supuestamente proteger a Dios de los humanos, pero que en realidad funcionaban para permitir que los humanos realizaran libremente sus negocios sin correr el riesgo que corrieron los “mercaderes del templo”. Por lo tanto, podemos concluir que Dios no estuvo confinado todos estos siglos. Estaba en todas partes – como le correspondía. Simplemente estaba ausente del discurso humano sobre él. O más bien, el discurso predominante de los humanos sobre él fue diseñado para crear y justificar su ausencia. Después de todo, ¿dónde ha estado Dios durante estos siglos? ¿Esta pregunta en sí sugiere que Dios dio alguna señal de que la teología que nos impusieron ha llegado a su fin?

    Las heridas del Nazareno del siglo XXI

     

    En el siglo XVII hubo una gran división en las reflexiones sobre Dios. A la teología cartesiana, que expliqué anteriormente, se opone radicalmente la teología spinoziana. Mientras que, para Descartes, Dios es tanto un producto de la mente humana como trascendente, para Spinoza, Dios es la infinidad de todo lo que existe, la sustancia, la naturaleza. “Deus sive Natura”. Dios, es decir, la naturaleza, dijo Spinoza. No se trata de la naturaleza descalificada de Descartes (“Natura naturata”) sino de la naturaleza calificativa de todo, la energía vital infinita que anima el mundo y la vida (“Natura naturans”) y de la que dependen los seres humanos en toda su finitud. En este sentido, la naturaleza no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la naturaleza. Dios no es personalizable (como si fuera un humano impulsado hasta el infinito). Y tampoco es trascendente, es inmanente. Dios es de este mundo y de todos los demás mundos posibles. Para Spinoza, solo así se puede decir con verdad que Dios es infinito y omnipresente. Distinguir entre aquí y allá, dentro y fuera, es la limitación humana. Dios es la inmanencia del mundo y sus infinitos atributos son los que explican las limitaciones del ser humano. Y no al revés.

    Para Spinoza, la humanización de los seres humanos no está en su desnaturalización, sino, por el contrario, en su naturalización fundamental. El capitalismo, el colonialismo y el patriarcado fueron los motores modernos de la desnaturalización. La naturaleza fue cartesianamente descalificada para que el capitalismo la transformase en un recurso natural incondicionalmente disponible para los seres humanos. Y fue igualmente descalificada para que el colonialismo y el patriarcado transformaran en recursos humanos subyugables y explotables todos los seres humanos considerados radicalmente inferiores porque se supone que están más cerca de la naturaleza, ya fueran negros, indígenas o mujeres. En resumen, fueron cuerpos racializados y sexualizados.

    En el mundo cartesiano, la desnaturalización de algunos solo fue posible a costa de la naturalización de las grandes mayorías. Esta descalificación de los seres humanos fue el producto de una ignorancia fatal en la que hemos vivido desde el siglo XVII, la ignorancia de la que se alimentaron el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Estos dos últimos existían antes del capitalismo, pero fueron reconfigurados por este para convertirse en fuentes de trabajo altamente devaluado (desde la esclavitud a los autoesclavos informales o uberizados) o no remunerado (la economía del cuidado soportada casi en su totalidad por mujeres). ¿Y Dios? Es imposible imaginar a un joven nazareno spinozista. Pero si fuera posible, el sufrimiento humano injusto y desigual que la naturalización descalificadora ha causado y sigue causando en tanto ser humano (esclavitud, limpieza étnica, racismo, sexismo, homofobia) serían heridas infligidas a la humanidad. Y la deforestación industrial de los bosques, la contaminación de los ríos, la minería a cielo abierto, el fracking también serían heridas esta vez infligidas a la madre tierra. Juntas, tales heridas constituirían una crucifixión inmensa y permanente. Un segundo y mucho más doloroso calvario.

    La pandemia del coronavirus es la primera noticia teológica del siglo XXI. ¿El anuncio inaugural del Evangelio de San Juan “y el verbo se hizo carne” tiene que ser reemplazado por el anuncio del crepúsculo “y el verbo se convirtió en virus”? En cualquier caso, se anuncia una nueva teología. Parte de una nueva proposición, la proposición 37 de la Primera Parte de la Ética de Spinoza puede formularse de muchas formas en los diferentes lenguajes y cosmovisiones del mundo y, a la manera spinoziana, puede ir seguido de demostraciones, explicaciones, axiomas, escolios o corolarios. En el mundo eurocéntrico, la proposición se puede formular así:

    Proposición: La naturalización cartesiana de tanto ser humano, provocada por la dominación capitalista, colonialista y patriarcal, ocurrió en paralelo con la naturalización cartesiana de toda vida no humana, y resultó en un inmenso sacrificio en el altar global de los ídolos del dinero y el poder.

    Demostración: Así como la vida humana es una pequeña parte de la vida no humana en el planeta, el sacrificio de la vida no humana fue inmensamente más amplio, pero fue ocultado con éxito por el pensamiento dominante al servicio de los ídolos.

    Explicación: El sacrificio de la vida no humana no encontró otra forma de ser conocido y denunciado que contagiando los altares y los ídolos con sus heridas.

    Axioma: El virus es la prueba más convincente en este siglo de la existencia de Dios.

    Corolario I: Un Dios sospechoso es un peligro fatal para los ídolos del dinero y el poder.

    Corolario II: Un Dios sospechoso es finalmente un consuelo eficaz y perenne para la madre tierra y para todos aquellos que, estando más cerca de ella, fueron condenados junto con ella, los condenados de la tierra de Franz Fanon.

  • La nueva guerra fría


    Boaventura de Sousa Santos

    La nueva guerra fría

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Las trompetas de la guerra fría han vuelto a sonar. El presidente de Estados Unidos anuncia a los cuatro vientos la nueva cruzada.  Esta vez, los términos parecen diferentes, pero los enemigos son los mismos: China y Rusia, principalmente. Se trata de la “guerra” entre democracias y autoritarismos (dictaduras o gobiernos democráticos truncados por el dominio absoluto de un partido). Como de costumbre, los gobiernos occidentales y los comentaristas de turno se han alineado fielmente para el combate. Los portugueses que en la edad adulta vivieron en la época de la dictadura de Salazar no dudan en distinguir entre democracia y autoritarismo y en preferir la primera al segundo. Los nacidos después de 1974, o poco antes, cuando no aprendieron de sus padres lo que fue la dictadura, muy probablemente tampoco lo aprendieron en la escuela. Se encuentran, pues, en disposición de confundir ambos regímenes políticos.

    A su vez, la realidad de muchos países considerados democráticos muestra que la democracia atraviesa una profunda crisis y que la distinción entre democracia y autoritarismo es cada vez más compleja. En varios países del mundo se suceden protestas en las calles para defender la democracia y luchar por los derechos vulnerados, derechos que casi siempre están consagrados en la Constitución. Muchas de estas protestas se dirigen contra líderes políticos elegidos democráticamente, pero que han ejercido el cargo de manera antidemocrática, en contra de los intereses de las grandes mayorías, a veces frustrando enormemente las expectativas de los ciudadanos que les votaron. Son los casos de Brasil, Colombia y la India, y fueron también los casos de España, Argentina, Chile y Ecuador en los últimos años. En otros casos, las protestas tienen como objetivo evitar el fraude electoral o hacer cumplir los resultados electorales, siempre que las élites locales y las presiones externas se nieguen a reconocer la victoria de los candidatos apoyados por la mayoría. Ha sido el caso de México durante años, el caso de Bolivia en los últimos tiempos y, en la actualidad, el caso de Perú.

    A primera vista, hay algo extraño en estas protestas, porque la democracia liberal tiene como característica fundamental la institucionalización de los conflictos políticos, su solución pacífica en el marco de procedimientos inequívocos y transparentes. Se trata de un poder político que se conquista, se ejerce y se abandona democráticamente, a través de reglas consensuadas. ¿Por qué razón, en este caso, los ciudadanos están protestando fuera de las instituciones, en las calles, más aún cuando corren graves riesgos de enfrentarse a una fuerza represiva excesiva? Y lo más intrigante es que los gobiernos de todos los países que he mencionado son aliados de Estados Unidos, que quiere contar con ellos en su nueva cruzada contra el autoritarismo de China y sus aliados.

     

    La perplejidad se instala. Si, por un lado, es crucial mantener la diferencia entre democracia y autoritarismo; por otro lado, los rasgos autoritarios de las democracias realmente existentes se agravan cada día. Veamos algunos. Rusia arresta autoritariamente al disidente Alexei Navalny; las democracias occidentales, presionadas por Estados Unidos, dejan morir en prisión al periodista Julian Assange, que probablemente en unas décadas recibirá, a título póstumo, el Premio Nobel de la Paz. En los regímenes autoritarios, los medios de comunicación no son libres para dar voz a los diferentes intereses sociales y políticos; en las democracias, la preciada libertad de expresión se ve cada vez más amenazada por el control de los medios de comunicación por parte de grupos financieros y otras oligarquías, así como por las redes sociales que utilizan algoritmos para impedir que las ideas progresistas lleguen al gran público y permitir que ocurra lo contrario con las ideas reaccionarias. Los gobiernos autoritarios eliminan a opositores que luchan por la democracia en sus países; las democracias destruyen algunos de estos países (Irak, Libia) y matan a miles de inocentes para defender la democracia.

    Los regímenes autoritarios eliminan la independencia judicial; las democracias promueven persecuciones políticas a través del sistema judicial, como lo ilustra dramáticamente la operación Lava-Jato en Brasil. En los gobiernos autoritarios, los líderes no son elegidos libremente por los ciudadanos; en las democracias, la forma en que los poderes fácticos inventan y destruyen candidatos es cada vez más preocupante. En los gobiernos autoritarios, todos los procedimientos son inciertos para que los resultados sean ciertos (el nombramiento o elección de los líderes elegidos de forma autocrática). En las democracias se aplica lo contrario: procedimientos ciertos para obtener resultados inciertos (la elección de líderes elegidos por la mayoría). Pero es cada vez más común que quienes tienen poder económico y social también tengan el poder de manipular los procedimientos para garantizar los resultados deseados. Con tal manipulación (fraude electoral, financiación ilegal de campañas, fake news y discursos de odio en las redes sociales, etc.), los procedimientos democráticos, supuestamente ciertos, se han vuelto inciertos. Con esto, se corre el riesgo de la inversión de la democracia: procesos inciertos para resultados ciertos.

    Además de estos ejemplos, entre muchos otros, la dualidad de criterios es flagrante. Son gobiernos autoritarios y, por tanto, hostiles, China, Rusia, Irán, Venezuela; pero no son hostiles, a pesar de ser autoritarios, Arabia Saudita, las monarquías del Golfo, Egipto y, mucho menos, Israel, a pesar de someter a más del 20% de su población (los árabes israelíes) a la condición de ciudadanos de segunda clase, y someter a Palestina a un régimen de apartheid, como reconoció recientemente Human Rights Watch. A su vez, las embajadas e instituciones estadounidenses encargadas de promover “regímenes democráticos amigos de Estados Unidos”, e incluso las fundaciones alimentadas para los mismos fines con el dinero de los multimillonarios, acogen con preferencia a políticos y partidos de derecha e incluso de extrema derecha, siempre que estos juren lealtad a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. En Europa, Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, promueve fuerzas de extrema derecha, antieuropeas y católicas conservadoras que se oponen al Papa Francisco.

    Todo ello desemboca en una situación paradójica: mientras el discurso de la Guerra Fría exalta la diferencia entre democracia y autoritarismo, las prácticas de las potencias hegemónicas no se cansan de reforzar los rasgos autoritarios, tanto de las democracias como de los regímenes autoritarios. Alguien está engañando a alguien. Europa haría bien en convencerse a sí misma de que la nueva Guerra Fría tiene poco que ver con democracia versus autoritarismo. Es solo una nueva fase de confrontación entre el capitalismo multinacional estadounidense y el capitalismo de Estado chino (donde Rusia se está integrando). Es una lucha nada democrática entre un imperio en declive y un imperio en ascenso. Europa, excluida por primera vez en cinco siglos del protagonismo global, tendría todo el interés en mantener una distancia relativa de ambos antagonistas y seguir una tercera vía de autonomía relativa. Bastaría seguir el ejemplo de los países del Sur global reunidos en la Conferencia de Bandung (1955), quizás ahora con más posibilidades de éxito. Mucho más cerca de nosotros, tal vez sea suficiente con leer y seguir las encíclicas del papa Francisco.