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  • Bienvenidos al feliz mundo pandémico: violencia, guerra fría y vacunas


    Boaventura de Sousa Santos

    Bienvenidos al feliz mundo pandémico: violencia, guerra fría y vacunas 

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

     En un libro reciente sobre la pandemia titulado El futuro comienza ahora: de la pandemia a la utopía (Ediciones Akal, 2021), escribí que a medida que pasara la fase aguda de la pandemia nos encontraríamos con tres escenarios posibles, de los cuales dependería la calidad futura de la vida humana y no humana, que comúnmente llamamos naturaleza. Los tres escenarios son el negacionismo, el gatopardismo y la alternativa civilizatoria.

    El primer escenario consiste en negar la gravedad excepcional de esta pandemia y afirmar que pronto todo volverá a la normalidad, aunque, mientras tanto, hayan muerto unos 4 millones de personas, algunas de ellas innecesariamente. El segundo escenario reconoce que la pandemia ha sido (es) grave y que se necesitan algunos ajustes en las políticas públicas, particularmente en el sector salud, pero no se necesitan cambios estructurales. Cambiar lo necesario para que nada cambie en esencia.

    El tercer escenario se basa en la idea de que las medidas propuestas en el segundo escenario son importantes y urgentes, pero no son suficientes. Además de eso, es necesario cambiar nuestros modos de producción, consumo y vida en sociedad. Después de todo, la vida humana es el 0,01% de la vida total del planeta, pero se comporta como si fuera dueña del planeta, comprometiendo los ciclos vitales de este sin saber que, con ello, está comprometiendo la calidad e incluso la posibilidad de vida humana en el futuro más o menos lejano.

    Cada escenario ofrece una narrativa pandémica adecuada para que sea la única posible y legítima, a la vez que es apoyada social y políticamente por las fuerzas que más se beneficiarán de ella. Los tres escenarios representan los nuevos términos en los que se afianzarán los conflictos sociales y políticos en las próximas décadas. Lo que ocurra tendrá un impacto importante en la vida de la sociedad, pero será muy desigual en los diferentes países del mundo.

    Los conflictos que generará cada escenario aún no están mapeados y pueden sorprendernos. Tampoco es posible anticipar las consecuencias. Sólo sabemos que la oposición al escenario imperante se hará por referencia a uno de los otros escenarios posibles.  En este punto se puede decir que el primer escenario parece prevalecer a nivel mundial. Este escenario tiene varias manifestaciones muy diferentes y desigualmente distribuidas en todo el mundo.

    La violencia represiva del Estado

    La primera de estas manifestaciones es la violencia represiva del Estado ante la crisis social agravada por la pandemia. Después de 40 años de concentración de la riqueza y ataques a los derechos económicos y sociales de las clases populares, cada vez más vulnerables por las políticas neoliberales, ya habían estallado fuertes protestas sociales contra la austeridad en muchos países antes de la pandemia.

    Con la pandemia, la desaceleración de la actividad económica y el gasto de emergencia que, por insuficiente que fuera, tuvo que hacerse, agravaron la situación financiera del Estado; la solución, típica del neoliberalismo, era hacer pagar el costo de la crisis a quienes menos condiciones tenían para hacerlo. Y la gente está diciendo: ¡Basta! Este escenario ya es claramente visible en algunos países de desarrollo intermedio que están gobernados por fuerzas políticas de derecha y que han estado adoptando políticas neoliberales con mayor fidelidad. Estos son los casos de Colombia, Brasil e India.

    Desde abril, Colombia vive un intenso conflicto social, con un paro nacional y bloqueo de carreteras liderado por organizaciones sociales indígenas, campesinas y sindicales y por movimientos espontáneos donde destacan jóvenes “hambrientos y sin futuro”. La represión por parte del Estado ha sido violenta y desproporcionada, con más de 61 personas asesinadas por la policía o por actores armados ilegales en conjunto con la policía, 358 desaparecidos y 47 personas con heridas en los ojos. La ciudad de Cali, la ciudad más negra de Colombia, y las regiones indígenas y campesinas del Cauca han sido el epicentro. Un decreto presidencial del 28 de mayo, ciertamente inconstitucional, ha creado un verdadero estado de sitio que permite la “asistencia militar” en el uso de la fuerza y ​​la violencia contra la población civil y las protestas pacíficas.

    Brasil, por su parte, es hoy el laboratorio mundial del negacionismo. Con aproximadamente el 3% de la población mundial, representa el 13% de las muertes en el mundo. El rechazo militante de las medidas sanitarias y la reserva de vacunas hizo que el virus se propagara sin control, llegando a las poblaciones más vulnerables, “negros y pobres”, como dicen en la jerga brasileña. Está en marcha una operación de darwinismo social, si no una política genocida, especialmente en el caso de la población indígena. Se han presentado más de 100 solicitudes de impeachment en el Congresose han presentado varias denuncias por crímenes de lesa humanidad en tribunales internacionales y se han presentado varias demandas para declarar interdicto por incapacidad mental al presidente. Mientras tanto, el país comenzó a despertar y a manifestarse en las calles contra esta política de muerte. El día 29 de mayo, unas 500.000 personas se manifestaron en 213 ciudades unidas bajo el lema “Fuera Bolsonaro”.

    Finalmente, India es el retrato más cruel del neoliberalismo. Como el mayor productor de vacunas del mundo, no ha logrado vacunar a su población y, por el contrario, la desprotege activamente. El gobierno aprovechó la crisis social para promulgar leyes agrarias neoliberales que harán aún más difíciles y precarias las condiciones de vida de los campesinos, la mayoría de la población. Se convirtió en un caso ejemplar de error de cálculo por parte de los gobernantes. Pensando que la pandemia dificultaría las protestas sociales contra estas leyes, el gobierno se sorprendió con una de las movilizaciones campesinas más grandes y duraderas de las últimas décadas.

    La nueva guerra fría

    La primera generación de la Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín. Pero como el capitalismo se alimenta de contradicciones que a menudo generan enemigos reales o imaginarios (guerra contra el comunismo, guerra contra las drogas, guerra contra el terrorismo, guerra contra la corrupción), no pasó mucho tiempo antes de que surgiera una nueva guerra fría, esta vez teniendo como principal enemigo a China, a la que se unió progresivamente la Rusia desovietizada.

    Aunque siempre se disfraza con terminologías idealistas (como democracia versus dictadura), de lo que siempre se trata es de controlar o neutralizar a los competidores reales o potenciales. En esta nueva generación de guerra fría, la verdadera contradicción es entre el capitalismo de mercado, dominado por el capital financiero y las multinacionales estadounidenses, y el capitalismo de estado dominado por China, un imperio en decadencia contra un imperio en ascenso.

    La pandemia trajo una nueva agresión a la nueva guerra fría. Por un lado, China se afirmó como la fábrica mundial de productos de protección personal contra el coronavirus y superó con creces a Estados Unidos en la protección de sus ciudadanos. Por otro lado, los avances chinos en la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial) generaron temores de que China se convirtiera en la primera economía del mundo antes de 2030, como se predijo inicialmente en los estudios de los servicios secretos estadounidenses.

    Ante este temor, la administración estadounidense intensificó la presión sobre los aliados para detener el avance de China. Este proceso comenzó con el presidente Donald Trump y se intensificó enormemente con su sucesor Joe Biden. El origen del virus es la más reciente arma de la guerra fría.

    Como en epidemias anteriores, siempre es
    importante conocer el origen del virus, aunque siempre es difícil dada la imposibilidad de identificar al paciente cero. Lo nuevo en este caso es la intensa politización del origen del virus, atribuyéndolo, sin pruebas, a China y convirtiendo su propagación en un accidente de laboratorio, si no en un acto de guerra biológica. La teoría de la conspiración del Laboratorio de Wuhan fue propuesta en enero de 2020 por la extrema derecha estadounidense de Steve Bannon en asociación con un disidente chino para quien “el virus había sido liberado deliberadamente por el Partido Comunista Chino”.

    Fue esto en lo que Trump se basó para hablar del “virus chino”. Tras la misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a China, esta teoría quedó desacreditada, reconociendo incluso la casi imposibilidad de conocer con precisión el origen del virus. Pero como en la guerra fría no se buscan medios para neutralizar al enemigo, la administración Biden volvió a la carga y presionó a sus aliados para promover la sospecha. Es muy posible que el período pandémico intermitente en el que posiblemente estamos entrando cree nuevas oportunidades para la politización de la pandemia en detrimento de los objetivos de la OMS. Este es el caso de la geopolítica de las vacunas.

     

    Capitalismo de vacunas o vacuna popular

    Como sabemos, la existencia de vacunas es el único hecho nuevo para proteger la vida en tiempos de pandemia. Las vacunas contra COVID-19 se crearon en un tiempo récord y no es de extrañar que, si bien ya se están produciendo en masa, aún existan muchas incógnitas sobre su efectividad y posibles efectos secundarios, y sobre si la población inoculada esté sirviendo como conejillo de indias.

    Sin embargo, se sabe que la protección eficaz contra el virus solo tendrá lugar cuando un porcentaje significativo de la población mundial esté vacunada y que la protección con las vacunas actuales será tanto más eficaz cuanto más rápido ocurra esto, ya que esta es la única forma de evitar que el virus continúe propagándose y desarrolle nuevas variantes para las que las vacunas no ofrezcan protección. A pesar de todas las declaraciones y advertencias de la OMS al respecto, por ahora está claro que prevalece el escenario del negacionismo. En otras palabras, la gravedad de la pandemia no justifica ninguna medida excepcional para combatirla.

    Así, los derechos de propiedad intelectual (patentes) deben seguir vigentes como en períodos normales, la producción y distribución de vacunas debe ser responsabilidad exclusiva de las empresas farmacéuticas que las desarrollaron y las distribuirán a los precios definidos por la ley de la oferta y la demanda. Esta posición es naturalmente defendida por las propias empresas farmacéuticas, por los Estados más desarrollados (también por Brasil y Colombia) y por las instituciones internacionales que avalan los intereses del capital multinacional.

    Esta postura representa un peligro para el mundo, ya que retrasará la vacunación de la población mundial. Además, hay algo moralmente detestable en esto cuando asistimos al surgimiento de un verdadero apartheid entre la “euforia de la vacunación” de los países ricos (Israel con el 59% de la población totalmente vacunada) y la pesadilla de la vacunación de la gran mayoría de la población mundial.

    Los países menos desarrollados solo recibieron el 0,3% de las vacunas disponibles hasta el final de mayo de 2021. En países como Brasil, India, Irán y Nepal, el virus continúa propagándose sin control, mientras que Canadá ha ordenado vacunas para diez veces su población y el Reino Unido ocho veces. Según Vaccine Alliance, los países ricos habrán comprado 1.500 millones de dosis en exceso.

    Igualmente, es detestable lo que New York Times del 29 de mayo llama “turismo de vacuna”. Consiste en un viaje a Miami para los miembros de las élites económicas y políticas de América Latina y otras regiones del mundo para ser vacunado. Estos viajes incluyen vacaciones (el intervalo entre dosis) y cuestan miles de dólares. Y Miami no es el único paraíso de las vacunas en el mundo. Que estos viajes puedan ser vehículos para la propagación de nuevas variantes del virus no se les ocurre a quienes viajan ni a quienes les dan la bienvenida.

    El capitalismo de vacunas es el modo de acceso a la vacuna determinado exclusivamente por la solvencia monetaria, tanto la propia como la del Estado o institución que las adquiere para su distribución interna. Si prevalece este modo de distribución, es muy probable que entremos en un período de pandemia intermitente.

    En este caso, no se trata de la aparición de una nueva pandemia, sino del manejo prolongado de la pandemia actual. Por ejemplo, mantener patentes sobre la producción de vacunas retrasará peligrosamente la vacunación de la población mundial, hasta tal punto que la población vacunada eventualmente estará expuesta al virus. No es sorprendente que muchas voces se alcen contra el capitalismo de las vacunas y muchos grupos se estén organizando para promover alternativas de distribución que sean éticamente más justas y materialmente más efectivas para enfrentar la pandemia. Las alternativas son diversas.

    Algunas están permeadas por el escenario del gatopardismo (haz cambios para que lo esencial no cambie). Este es el caso de la intensificación de las donaciones de vacunas o la promesa de las empresas farmacéuticas de incrementar la infraestructura de producción. Esta es la solución Covax, la iniciativa que tiene como objetivo crear un fondo global de vacunas para distribución mundial y que integra a la OMS, la Gavi Vaccine Alliance y la CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations). Su objetivo sería vacunar a toda la población en riesgo y a todo el personal de salud para finales de 2021, una quinta parte de la población mundial. Sería un objetivo insuficiente, pero incluso eso se ve comprometido por el hecho de que alrededor de 30 países más ricos (a los que se unió Brasil) han abandonado Covax.

    La única alternativa efectiva al capitalismo de las vacunas está en el escenario de la alternativa civilizatoria, que asume el carácter excepcional del tiempo presente y la necesidad de inventar nuevas soluciones que preparen a la población mundial para evitar otras pandemias y defenderse mejor de las que se presenten. Entre estas soluciones se encuentran la constitución de bienes públicos universales, como la salud y todos los medicamentos y vacunas considerados imprescindibles para defenderla en una emergencia sanitaria.

    En el caso específico de las vacunas, han circulado varias peticiones por todo el mundo para que la vacuna contra la covid-19 sea de acceso universal. Los presidentes de Sudáfrica y Pakistán, entre más de 140 figuras públicas de todo el mundo, pidieron una “vacuna democrática”. En mayo de 2021, OXFAM lanzó una petición para una vacuna gratuita accesible para todos. Según OXFAM, costaría $ 25 mil millones, el equivalente a menos de cuatro meses de ganancias para las 10 principales compañías farmacéuticas.

    También el grupo parlamentario GUE / NGL del Parlamento Europeo pidió (a través de la voz de Marisa Matias y Marc Botenga) una vacuna popular. Ricardo Petrella y el Ágora de los Habitantes de la Tierra lanzaron una campaña mundial para la declaración de la vacuna como bien público gratuito y universal. Esta petición es parte de un movimiento más amplio por un sistema mundial público común para la salud y la seguridad de la vida, libre de patentes, fuera del mercado, basado en el derecho universal a la vida. Para lograr este objetivo, en el contexto actual de la pandemia, sería suficiente que, con la justificación de la inversión pública aplicada en la investigación de vacunas, las universidades y los Estados interesados ​​compartan todos los conocimientos y tecnologías disponibles, depositándolos en el Fondo de Acceso a la Tecnología de la OMS.

    Estas ideas presiden la People’s Vaccine Alliance y c
    ontrastan la cooperación con la competencia, la solidaridad con el lucro. Es una vasta alianza global que considera las vacunas como un bien público universal y que, como tal, deben ser producidas lo más rápido posible por todos los laboratorios del mundo que tengan la capacidad para hacerlo y distribuidas a costo cero o a un precio asequible. Esta será la vacuna popular.

    Esta posición es defendida por la mayoría de los países del Sur Global y por varias organizaciones y asociaciones transnacionales de ciudadanía activa, derechos humanos y salud pública. Se divide en tres propuestas.

    Primero, la suspensión de patentes sobre vacunas y sus componentes y materias primas. La propia Fundación Bill y Melinda Gates, que inicialmente se opuso a la suspensión de patentes, se unió a ella el 6 de mayo de 2021, luego de que Estados Unidos se mostrara partidario de esta solución. El lobby corporativo es considerado el más poderoso del mundo y ciertamente se está moviendo para ofrecer una dura oposición.

    Recordemos que cuando Brasil propuso suspender las patentes de medicamentos retrovirales hace 20 años para combatir eficazmente el VIH/SIDA, la reacción fue brutal, incluso por parte de Estados Unidos. Pero Brasil se impuso y los resultados fueron inmediatos.

    La segunda propuesta es la transferencia de tecnología a países del Sur Global. La disponibilidad para la producción es total y la posibilidad real es mucho mayor de lo que uno puede imaginar. Cuando la OMS anunció la demanda de productores de ARN mensajero (ARNm, el nuevo tipo de vacuna) fue inundada de propuestas por parte de los países del Sur Global. El presidente Paul Kagame de Ruanda hizo un llamamiento muy enérgico a este respecto en la última reunión de la OMS, mostrando que la iniciativa Covax sería insuficiente porque estaba limitada por los intereses de las multinacionales farmacéuticas. La tercera propuesta consiste en apoyo financiero para la producción en el Sur Global.

    La vacuna popular es la única alternativa capaz de minimizar los inmensos costos sociales que se proyectan para los próximos tiempos. Tiene lugar en un momento oportuno. Últimamente se ha hablado mucho de la justicia histórica en relación con el mundo que sufrió la injusticia histórica del colonialismo y se empobreció por el saqueo de sus riquezas y la dependencia económica a la que fue sometido después de la independencia política. Aquí radica una oportunidad histórica para hacer justicia histórica.

  • Quince tesis sobre el partido-movimiento


    Boaventura de Sousa Santos

    Quince tesis sobre el partido-movimiento

     

    1. No hay ciudadanos despolitizados; hay ciudadanos que no se dejan politizar por las formas dominantes de politización, sean partidos o movimientos de la sociedad civil organizada. Los ciudadanos y las ciudadanas no están hartos de la política, sino de esta política; la inmensa mayoría de la ciudadanía no se moviliza políticamente ni sale a la calle a manifestarse, pero está llena de rabia en casa y simpatiza con los que se manifiestan; en general, no se afilian a partidos ni participan en movimientos sociales ni están interesados en hacerlo, pero cuando salen a la calle solo sorprenden a las élites políticas que han perdido el contacto con “las bases”.
    1. No hay democracia sin partidos, pero hay partidos sin

    Una de las antinomias de la democracia liberal en nuestro tiempo es que se basa cada vez más en los partidos como forma exclusiva de agencia política, mientras que los partidos son internamente cada vez menos democráticos. Como la democracia liberal, la forma tradicional de partido ha agotado su tiempo histórico. Los sistemas políticos democráticos del futuro deben combinar la democracia representativa con la democracia participativa en todos los niveles de gobierno. La participación ciudadana debe ser multiforme y multicanal. Los propios partidos deben estar constituidos internamente por mecanismos de democracia participativa.

    1. Estar a la izquierda es un punto de llegada y no un punto de partida y, por lo tanto, se demuestra en los

    La izquierda tiene que volver a sus orígenes, a los grupos sociales excluidos que ha olvidado durante mucho tiempo. La izquierda dejó de hablar o de saber hablar con las periferias, con los más excluidos. Quien habla hoy con las periferias y con los más excluidos son las iglesias evangélicas pentecostales o los agitadores fascistas. Hoy en día, el activismo de izquierda parece limitarse a participar en una reunión del partido para hacer un análisis de la situación (casi siempre escuchar a los que están haciendo). Los partidos de izquierda, tal como existen hoy, no pueden hablar con las voces silenciadas de las periferias en términos que estas entiendan. Las izquierdas deben reinventarse.

    1. No hay democracia, hay democratización.

    La responsabilidad de la izquierda radica en que es la única que realmente sirve a la democracia. No la limita al espacio-tiempo de la ciudadanía (democracia liberal). Por el contrario, lucha por ella en el espacio de la familia, la comunidad, la producción, las relaciones sociales, la escuela, las relaciones con la naturaleza y las relaciones internacionales. Cada espacio-tiempo exige un tipo específico de democracia. Solo democratizando todos los espacios-tiempos se podrá democratizar el espacio-tiempo de la ciudadanía y la democracia liberal representativa.

    1. El partido-movimiento es el partido que contiene en sí a su

    Para ser un pilar fundamental de la democracia representativa, el partido-movimiento debe construirse a través de procesos no representativos, sino más bien participativos y deliberativos. Esta es la transición de la forma tradicional de partido a la forma de partido-movimiento. Consiste en aplicar a la vida interna de los partidos la misma idea de complementariedad entre democracia participativa / deliberativa y democracia representativa que debe orientar la gestión del sistema político en general. La participación / deliberación concierne a todos los dominios del partido-movimiento, desde la organización interna hasta la definición del programa político, desde la elección de los candidatos a las elecciones hasta la aprobación de líneas de acción en la situación actual.

    1. Ser miembro de la clase política es siempre

    Tal calidad no permite ganar más que el salario medio en el país; los parlamentarios electos no inventan temas ni toman posiciones: transmiten los que surgen de las discusiones en las estructuras de base. La política de partidos debe tener rostros, pero no está hecha de rostros; idealmente, existen mandatos colectivos que permiten la rotación regular de representantes durante la misma legislatura; la transparencia y la rendición de cuentas deben ser completas; el partido es un servicio ciudadano a los ciudadanos y por lo tanto debe ser financiado por ellos y no por empresas interesadas en capturar el Estado y vaciar la democracia.

    1. El partido-movimiento es una contracorriente contra dos

    Los partidos convencionales sufren de un fundamentalismo antimovimiento social. Consideran que tienen el monopolio de la representación política y que este monopolio es legítimo precisamente porque los movimientos sociales no son representativos. A su vez, los movimientos adolecen de un fundamentalismo antipartido. Consideran que cualquier colaboración o articulación con las partes, comprometen su autonomía y diversidad y siempre acaba en un intento de cooptación.

    Mientras la democracia representativa esté monopolizada por partidos antimovimiento y la democracia participativa por movimientos o asociaciones sociales antipartidos, no será posible la vinculación entre democracia representativa y participativa, en detrimento de ambas. Es necesario vencer a los dos.

    • El partido-movimiento combina la acción institucional con la acción extrainstitucional

    Los partidos tradicionales favorecen la acción institucional, dentro de los marcos legales y con la movilización de instituciones como el Parlamento, los tribunales, la Administración pública. Por el contrario, los movimientos sociales, aunque también utilizan la acción institucional, suelen recurrir a la acción directa, las protestas y manifestaciones en calles y plazas, las sentadas, la difusión de agendas a través del arte (artivismo). En vista de esto, la complementariedad no es fácil y debe construirse con paciencia.

    Hay condiciones políticas en las que las clases que están en el poder son demasiado represivas, demasiado monolíticas; hay otras en las que son más abiertas, menos monolíticas y hay mucha competencia entre ellas. A mayor competencia entre las élites, se abren más brechas para que el movimiento popular y la democracia participativa ingresen a través de ellas. Lo importante es identificar las oportunidades y no desperdiciarlas. Con frecuencia se desperdician por razones de sectarismo, dogmatismo, arribismo.

    La práctica de los movimientos a menudo tiene que oscilar entre lo legal y lo ilegal. En algunos contextos, la criminalización de la impugnación social está reduciendo la posibilidad tanto de lucha institucional como de lucha legal extrainstitucional. En tales contextos, la acción colectiva pacífica puede tener que enfrentar las consecuencias de la ilegalidad. Sabemos que

    las clases dominantes siempre han utilizado la legalidad y la ilegalidad a su conveniencia. No ser clase dominante radica precisamente en tener que afrontar las consecuencias de la dialéctica entre legalidad e ilegalidad y protegerse al máximo.

    1. La revolución de la información electrónica y las redes sociales no son, en sí mismas, un instrumento incondicionalmente favorable al desarrollo de la democracia

    Por el contrario, pueden contribuir a manipular la opinión pública hasta tal punto que el proceso democrático puede quedar fatalmente desfigurado. El ejercicio de la democracia participativa requiere hoy más que nunca encuentros presenciales y discusiones presenciales. Hay que reinventar la tradición de células partidarias, círculos ciudadanos, círculos culturales, comunidades eclesiásticas de base. No hay democracia participativa sin una estrecha interacción.

    1. El movimiento de partidos se basa en la pluralidad no polarizada y el reconocimiento de competencias

    Una pluralidad no polarizada es aquella que permite distinguir entre lo que separa y lo que une a las organizaciones y promueve articulaciones entre ellas a partir de lo que las une, sin perder la identidad de lo que las separa. Lo que las separa solo se suspende por razones pragmáticas.

    El partido-movimiento debe saber combinar cuestiones generales con cuestiones sectoriales. Los partidos tienden a homogeneizar sus bases sociales y a enfocarse en temas que abarcan a todos o a grandes sectores. Por el contrario, los movimientos sociales tienden a centrarse en temas más específicos, como el derecho a la vivienda, la inmigración, la violencia policial, la diversidad cultural, la diferencia sexual, el territorio, la economía popular, etc. Trabajan con lenguajes y conceptos distintos a los utilizados por los partidos.

    Los partidos pueden sostener una agenda política más permanente que los movimientos. El problema con muchos movimientos sociales radica en la naturaleza de su estallido social y mediático. En un momento tienen una gran actividad, están en la prensa todos los días, y al mes siguiente están ausentes o entran en reflujo y la gente no va a reuniones o asambleas. La sostenibilidad de la movilización es un problema muy grave porque, para lograr una cierta continuidad en la participación política, se necesita una articulación política más amplia que involucre a los partidos. A su vez, los partidos están sujetos a transformar la continuidad de la presencia pública en una condición para la supervivencia de cuadros burocráticos.

    1. El partido-movimiento prospera en una lucha constante contra la

    Se pueden generar dos inercias: por un lado, la inercia y reflujo de los movimientos sociales que no logran multiplicar y densificar la lucha y, por otro, los partidos que no modifican en absoluto sus políticas y quedan sujetos al estancamiento burocrático. Superar estas inercias es el mayor desafío para la construcción del partido-movimiento.

    Trabajando con experiencias concretas, se advierte que los partidos que tienen vocación de poder suelen afrontar bien el tema de los desequilibrios en el espacio público. Pero como compiten por el poder, no quieren transformarlo, quieren tomarlo. Los movimientos sociales, por el contrario, saben que las formas de opresión provienen tanto del Estado como de actores económicos y sociales muy fuertes. En algunas situaciones, la distinción entre opresión pública y privada no es demasiado importante. Los sindicatos, por ejemplo, tienen

    una experiencia notable en la lucha contra los actores privados: jefes y empresas. Tanto los movimientos sociales como los sindicatos están hoy marcados por una experiencia muy negativa: los partidos de izquierda nunca dejaron de cumplir sus promesas electorales al llegar al poder tanto como lo han hecho últimamente. Este incumplimiento provoca que la descalificación de partidos sea cada vez mayor en más países. Esta pérdida de control sobre la agenda política solo puede recuperarse a través de los movimientos sociales en la medida en que se articulan con los nuevos partidos-movimiento.

    • La educación política popular es la clave para sostener el partido-movimiento.

    Las diferencias entre partidos y movimientos son superables. Para ello es necesario promover el conocimiento mútuo a través de nuevas formas de educación política popular: círculos de conversación, ecologías de saberes, talleres de la Universidad Popular de Movimientos Sociales; discusión de posibles prácticas de articulación entre partidos y movimientos (presupuestos participativos, plebiscitos o consultas populares, consejos sociales o gestión de políticas públicas). Hasta ahora, las experiencias son principalmente a escala local. Debe desarrollarse la complementariedad a escala nacional y mundial.

    • El partido-movimiento va más allá de la articulación entre partido y movimiento social. Después de más de cuarenta años de capitalismo neoliberal, de colonialismo y de un patriarcado siempre renovado, con una concentración escandalosa de la riqueza y destrucción de la naturaleza, las clases populares, el pueblo trabajador, cuando estalla o irrumpe indignado, tiende a hacerlo fuera de los partidos y los movimientos sociales. Ambos tienden a sorprenderse e ir tras la movilización. Además de los partidos y los movimientos sociales, es necesario contar con los movimientos espontáneos, con su presencia colectiva en las plazas públicas. El partido-movimiento debe ser consciente de estos estallidos y solidarizarse con ellos sin intentar dirigirlos o
    1. Vivimos en un período de luchas Corresponde al partido-movimiento ser freno sin perder de vista las luchas ofensivas.

    La ideología de que no hay alternativa al capitalismo —que, de hecho, es una tríada: capitalismo, colonialismo (racismo) y patriarcado (sexismo) — acabó siendo interiorizada por gran parte del pensamiento de izquierda. El neoliberalismo logró conjugar el fin supuestamente pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera). Esta es la razón por la que vivimos hoy en el dominio del corto plazo. Sus demandas deben ser satisfechas porque quienes tienen hambre o son víctimas de violencia de género, no pueden esperar a que llegue el socialismo para comer o ser liberados.

    Pero no se puede perder de vista el debate civilizador que plantea la cuestión de las luchas ofensivas y de medio plazo. La pandemia, si bien hizo del corto plazo una máxima urgencia, generó la oportunidad de pensar que hay alternativas de vida y que si no queremos entrar en un período de pandemia intermitente, debemos prestar atención a las advertencias que nos está dando la naturaleza. Si no cambiamos nuestras formas de producir, consumir y vivir, nos dirigiremos hacia un infierno pandémico.

    1. Solo el partido-movimiento puede defender la democracia liberal como punto de partida y no como punto

    En un momento en que los fascistas están cada vez más cerca del poder -cuando no lo han alcanzado ya-, una de las luchas defensivas más importantes es la defensa de la democracia.

    La democracia liberal es de baja intensidad porque es poca. Acepta ser una isla relativamente democrática en un archipiélago de despotismo social, económico y cultural. Hoy en día, la democracia liberal es un buen punto de partida, pero no un punto de llegada. El punto de llegada debe ser una articulación profunda entre democracia liberal, representativa y democracia participativa, deliberativa. En este momento de luchas defensivas, es importante defender la democracia liberal representativa para neutralizar a los fascistas y radicalizar desde ella la democratización de la sociedad y la política. Solo el partido-movimiento puede librar esta lucha.

  • De la participación a la pertenencia


    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    De la participación a la pertenencia

    Un fantasma recorre el mundo: el regreso de la extrema derecha. Se trata de un movimiento global con ritmos nacionales muy diferentes. Tiene muchas similitudes con lo que sucedió en las décadas de 1920 y 1930, pero también presenta diferencias. Analizo unas y otras con la convicción de que la historia solo se repite si dejamos que eso suceda. Estamos ante movimientos que surgen en medio de crisis sociales por venir y que explotan cuando las crisis estallan. En la década de 1920, fue la Primera Guerra Mundial y la crisis financiera que siguió, que estallaría en 1929. Hoy se trata de la crisis de acumulación de capital frente a las concesiones que este tuvo que hacer al pueblo trabajador después de la Segunda Guerra Mundial para poder competir políticamente y con paz social con la opción socialista del bloque soviético. La reacción comenzó en la periferia del sistema (golpes de Estado en Brasil en 1964 y en Chile en 1973) y se convirtió en un programa global cuando en 1975 la Comisión Trilateral declaró que la democracia estaba sobrecargada debido a un exceso de derechos. Fue el ataque a los derechos económicos y sociales, a la socialdemocracia, un ataque en el que los propios partidos socialistas colaborarían, con la tercera vía de Tony Blair. Tras el ataque a las Torres Gemelas (2001) y la crisis financiera (2008) comenzó el ataque a los derechos cívicos y políticos. Las condiciones para la reaparición de la extrema derecha estaban creadas.
    La crisis pandémica y el periodo de pandemia intermitente en el que vamos a entrar pueden ser el detonador de la explosión de la extrema derecha. Para evitarlo, solo hay una solución: impedir que se agrave la crisis social, lo que no fue posible en los años 1930. Hoy, los Estados Unidos de Biden iniciaron un vasto programa de regeneración de ingresos y de inversión pública a contracorriente, contra todo lo que predicaron durante el apogeo del neoliberalismo. La Unión Europea, patéticamente, parece más presa del neoliberalismo que Estados Unidos y siempre rehén del capital financiero internacional. Alemania cumple en Europa el papel que Estados Unidos desempeña a escala mundial: exporta el neoliberalismo, pero en este momento no lo sigue internamente. Saber hasta qué punto los programas de recuperación y resiliencia podrán contener la grave crisis social que se aproxima es una pregunta abierta, una crisis que actualmente tiene tres puntos de ruptura: Colombia, Brasil y la India. Portugal tendría unas condiciones privilegiadas para evitar lo peor si supiera actuar como Alemania y los países nórdicos: servirse de Europa como jefe sin servir a Europa como empleado.

    La segunda similitud/diferencia se refiere a la relación entre democracia y extrema derecha. La similitud es que la extrema derecha utiliza la democracia con el único propósito de destruirla. Lo hace de muchas maneras. La principal consiste en promover una lógica de pertenencia, sea nacionalista o racista, contra la lógica de participación propia de la democracia. La diferencia es radical y, por tanto, invisible. Participamos en una realidad contribuyendo a construirla (sociedad, democracia), mientras que pertenecemos a una realidad ya plenamente construida (nación, raza, etnia, casta), ya sea la construcción real o inventada. La pertenencia confiere seguridad a quien pertenece en la misma medida que excluye a quien no pertenece. En tiempos de crisis, esta seguridad es preciosa. Las opciones en las que se basan la participación y la pertenencia son muy diferentes. En la participación, se elige entre; en la pertenencia, se elige contra. El objetivo es alcanzar el poder democráticamente para luego no ejercerlo de manera democrática. Como, por ahora, el objetivo todavía no se ha logrado, la extrema derecha seduce fácilmente a las fuerzas de la derecha democrática, a las que ofrece el trampolín de la llegada al poder. La derecha, por su parte, confía en poder domesticar a la extrema derecha y esta, en subvertirla. Fue así en Alemania en la década de 1920. Lo que puede suceder hoy en otros países es una cuestión abierta. En Portugal, los intelectuales de derecha, interesados o no en la promoción de la extrema derecha, siguen la misma línea discursiva: estamos prestando demasiada atención a la extrema derecha y esto la favorece. Exactamente como en Alemania a finales de la década de 1920.

    La tercera similitud/diferencia se refiere a la lucha ideológica. Esta lucha tiene cuatro frentes: el discurso de odio dirigido a los que no pertenecen (ya sea judío, gitano, negro, homosexual, comunista, izquierdista y, finalmente, demócrata); la infiltración de los medios de comunicación; la sustitución de la política por la moral; la seducción de los estratos sociales descontentos y emergentes. Con diferencias, se están activando todos los frentes. En Portugal, el discurso de odio tuvo un estallido estremecedor durante los debates presidenciales y se pudo entender que los medios públicos estaban infiltrados. Esta sospecha se hizo realidad con lo ocurrido recientemente en la agencia pública de noticias, Lusa. En una noticia publicada, un periodista identificó como “negra” (en portugués, “preta”) a una diputada suplente del Partido Socialista. En Portugal, el término “negro” es un término racista, altamente ofensivo. El sustituto del discurso de odio es la dramatización de todos los errores del gobierno, especialmente si es de izquierda. Comparativamente, el gobierno portugués tiene uno de los mejores desempeños en la conducción de la pandemia y los portugueses lo entendieron cooperando cívicamente con las políticas. Sin embargo, quienes siguen las noticias más mediáticas (incluidas las de la televisión pública), solo ven noticias de fracasos groseros, una dramatización que pretende apoyar la idea difundida por la extrema derecha de la “enfermedad de la democracia” y de los “claveles negros”, que pueden justificar “gobiernos de salvación nacional”. Hoy en día, la extrema derecha dispone de las redes sociales, una herramienta poderosa, sobre todo porque el modelo de negocio que subyace en ellas no les permite intervenir salvo en casos extremos. Hoy, el discurso antipolítico y moralista es la lucha contra la corrupción y, especialmente en algunos países, el conservadurismo evangélico o católico. Ambos discursos son proyectos globales y tienen su origen en la extrema derecha estadounidense. Hoy, uno de los grupos emergentes son las mujeres. De cara a las elecciones municipales y locales, el partido de extrema derecha (Chega) recluta en las redes sociales “mujeres dinámicas e inteligentes”.

    La cuarta similitud/diferencia se refiere a la reinvención del pasado. Consiste en convertir las victorias en derrotas y las derrotas en victorias. En Alemania, la paz posible después de la Primera Guerra Mundial se convirtió en humillación nacional; la derrota, en algo que solo no se evitó debido a la debilidad de los gobernantes democráticos. Hoy, en Portugal, los intelectuales de derecha aprovechan subliminalmente el desliz de la participación hacia la pertenencia para elogiar el fascismo colonial de Salazar porque devolvió el orgullo nacional a los portugueses, dio más calidad a la dirección política y, sobre todo, no fue corrupto. Nada de esto tiene que ser cierto para ser efectivo. Es sorprendente (pero con antecedentes históricos) que algunos de estos intelectuales olviden activamente que ellos mismos fueron excluidos de la pertenencia a la sociedad fascista precisamente porque quisieron ejercer participación política. A su vez, el fin del colonialismo, la victoria fundacional de la democracia portuguesa, es transformado en una derrota humillante. Por tanto, de ahí a convertir la revolución del 25 de abril de 1974 en un acto terrorista hay un paso.

    Para detener la deriva de la participación en pertenencia, la historia podría enseñarnos algo si quisiéramos aprender. Aquí hay una lista realista de propuestas. El agravamiento de las desigualdades y de la crisis social deben evitarse a toda co
    sta con políticas de cohesión eficaces. Los servicios públicos deben refinanciarse y repensarse, especialmente en las áreas de salud y educación. La corrupción debe ser eficazmente combatida. La oposición de derecha democrática debe perder la ilusión de poder domesticar a la extrema derecha. Los partidos socialistas que controlan gobiernos de izquierda (en Portugal, PS) deben ayudar al resto de partidos a su izquierda (en Portugal, Partido Comunista y Bloque de Izquierda) a poder invertir en la participación, ya que son las primeras víctimas de la deriva de la pertenencia (las próximas víctimas serán los socialistas). A su vez, los partidos a la izquierda de los partidos socialistas deben asumir que su adversario principal es la derecha y la extrema derecha, y no los socialistas. Los medios de comunicación públicos deben ser escrupulosos a la hora de liquidar el huevo de la serpiente donde se esté incubando. Si la pereza democrática afecta al sindicato de periodistas o a la entidad reguladora de los medios de comunicación, es de esperar que la comunidad PALOP (Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa) suspenda la autorización de Lusa para operar en sus países hasta que el periodista racista sea despedido. De lo contrario, pronto se multiplicará por muchos.

  • La política del color: el racismo y el colorismo

    La política del color: el racismo y el colorismo

    Boaventura de Sousa Santos
    8 de mayo del 2021

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    La piel es nuestra mayor barrera protectora natural. ¿Por qué el color de la piel tiene un significado social infinitamente mayor que el color de la pupila de los ojos? Tanto en la tradición cristiana (incluido el secularismo en el que se prolongó) como en la tradición budista, la oscuridad y la claridad fueron metáforas conceptuales que pretendieron explicar el perfeccionamiento de la persona humana en sus relaciones con los poderes que la trascienden. Se refieren a movimientos del conocimiento y de la vida interior. La trayectoria de la oscuridad a la claridad está abierta a todos los seres humanos. Y, de hecho, la máxima claridad (por ejemplo, en presencia de la divinidad) puede convertirse en la máxima oscuridad, siendo ejemplo de ello el horror divino de George Bataille, o en el máximo el silencio del universo, en el caso de José Saramago.

    Sin embargo, con la moderna expansión colonial europea, sobre todo a partir del siglo XVI, la oscuridad y la claridad se utilizaron progresivamente para distinguir entre seres humanos, para clasificarlos y jerarquizarlos. Fue entonces cuando la oscuridad y la claridad se movilizaron como factores identitarios, para definir los colores de la piel de los seres humanos, transfiriendo a esta definición significados antiguos. Si antes tales significados partían de la idea de la condición común de los humanos, a partir de entonces el color de la piel constituirá uno de los vectores fundamentales de la línea abisal que distingue a los humanos de los subhumanos, la distinción que subyace al racismo. Una vez aplicado a la piel humana como factor determinante, el color pasó a designar características “naturales” que definen desde el principio los tránsitos sociales permitidos y prohibidos. Lo “natural” se convirtió en una construcción social concebida como un factor extrasocial de la legitimidad de la jerarquía social definida a partir de las metrópolis coloniales. El “negro” se convirtió en “color”, símbolo de lo negativo, y el “blanco”, “la ausencia de color”, en símbolo de lo positivo. Así surgió el racismo moderno, uno de los principales y más destructivos prejuicios de la modernidad eurocéntrica. Como bien analiza Francisco Bethencourt, el racismo, a pesar de no ser un rasgo exclusivo occidental, asumió con la expansión colonial europea un papel central en la clasificación jerárquica de las poblaciones (Racismos: das Cruzadas ao século XX, 2015).

    A pesar de haber experimentado muchas mutaciones, el prejuicio racial ha mantenido una notable estabilidad. Por un lado, la inmensa diversidad de rasgos fisiológicos y tonos de color de piel no impiden que el prejuicio se adapte y se reconstituya incesantemente según los contextos, a veces pareciendo un residuo del pasado, a veces resurgiendo con renovada virulencia. Por otro lado, su naturaleza insidiosa se deriva de su “disponibilidad” para ser interiorizado por aquellos y aquellas que son víctimas de él, en cuyo caso unos y otras pasan a evaluar su existencia y su papel en la sociedad en función del canon de la jerarquía racial. Por último, la lógica racial del color se insinúa tan profundamente en la cultura y el lenguaje que está presente en contextos tan naturalizados que parecen no tener nada que ver con los prejuicios. Por ejemplo, en el espacio de la comunidad de países de lengua portuguesa (por lo menos en Brasil y en Portugal) los niños aprenden que el lápiz de color beige es el lápiz del color de la piel.

    La primacía otorgada a la visión en el análisis eurocéntrico del mundo hace que el color de la piel sea una de las variaciones más visibles entre los humanos. Está relacionada con las respuestas a la radiación ultravioleta. La piel más oscura, con más melanina, protege a las poblaciones originarias de regiones cercanas al ecuador. Por tanto, en su origen es una respuesta físico- biológica al medio ambiente. ¿Cómo es que, si bien el origen de la humanidad se dio en regiones con mayor radiación ultravioleta, el color de la piel terminó convirtiéndose en un marcador de deshumanización? Fue un largo proceso histórico que, en algunos contextos, evolucionó para convertir la piel clara y la piel oscura en connotaciones de una rígida jerarquía social, lo que llamamos racismo y colorismo. La percepción del color dejó de ser una característica física de la piel para convertirse en un marcador de poder y una construcción cultural. El siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX fueron la época del apogeo de la explicación científica de las diferencias raciales, de las que resultaba, lógicamente, la jerarquía social y la recomendación de no mestizaje, de la eugenesia, del apartheid y de la eliminación de lo que se consideraban razas inferiores (por ejemplo, Nancy Stepan, The Idea of Race in Science: Great Britain 1800-1960, 1982). El concepto de “under man” (subhumano) ganó popularidad con el libro del estadounidense Lothrop Stoddard, The Revolt Against Civilization: The Menace of the Under-Man, publicado en 1922, que se convertiría en el manual de los nazis. Tras la Segunda Guerra Mundial y ante la catástrofe genocida del nazismo y del fascismo, el paradigma de la ciencia racista se fue desmontando. Hoy, los estudios genéticos muestran que, como las clasificaciones raciales no se traducen en diferencias genéticas importantes, no tiene sentido hablar de raza como categoría biológica. De hecho, la variación genética entre grupos raciales es pequeña en comparación con las diferencias genéticas dentro del mismo grupo. En otras palabras, la ideología racista sobrevive al desmantelamiento de las “bases científicas” del racismo.

    A pesar del descrédito de la base científica del racismo, el racismo como ideología permanece e incluso se ha acentuado en los últimos tiempos. Las características morfológicas del rostro, el cabello o el color de la piel siguen utilizándose como marcadores de discriminación racial, y en muchos países determinan las variaciones en la discriminación que se dirige contra diferentes grupos sociales racializados, ya sean negros, asiáticos, indígenas, gitanos o latinos, por no mencionar, dependiendo de la época y del contexto, a judíos, irlandeses, portugueses, españoles, italianos, eslavos. El color de la piel, en concreto, ha adquirido un significado particularmente insidioso al determinar diferencias sistemáticas de trato dentro de grupos que comparten la misma “identidad racializada” o “comunidad de color”. En las Américas, este fenómeno condujo a la formulación del concepto de colorismo para designar este trato diferencial. No hay colorismo sin racismo ni colonialismo. El colorismo potencia la complejidad y la gravedad de las narrativas y de las prácticas racistas y reitera la violencia epistémica y ontológica del proyecto colonial, una violencia aún más cruel cuando ocurre dentro de los grupos racializados. El código colorista establece que cuanto más “blanco” sea el color de la piel, mayor es la probabilidad de que alguien sea candidato a los privilegios de la blanquitud, pero, al igual que ocurre con la identidad racial, la definición del color de la piel es una construcción social, cultural, económica y política. Los estudios sociales del color de la piel muestran que la identificación y la clasificación del color de la piel varían de una sociedad a otra e incluso dentro de la misma sociedad. Es oportuno recordar que Bethencourt decidió estudiar la historia del racismo para responder a esta pregunta: ¿cómo es posible que la misma persona sea considerada negra en Estados Unidos, de color en el Caribe o en Sudáfrica y blanca en Brasil? Yo añadiría otras dos preguntas. ¿Por qué la clasificación varía dentro del mismo país? En el caso de la sociedad brasileña, quien es considerado blanco en Bahía puede ser considerado negro en
    São Paulo. ¿Y puede la clasificación variar en el tiempo?

    Cuando se habla críticamente del racismo, hay una gran tendencia a resaltar los daños, la violencia y la destrucción que causa en las poblaciones racializadas. No obstante, de esta forma, el color de los que causan el racismo se vuelve invisible. La piel de quien ejerce una actitud racista no tiene color, sobre todo en contextos donde el “color blanco” está asociado con el mantenimiento de privilegios heredados de la esclavitud y del colonialismo. Lo mismo podría decirse de la piel de los árabes sauditas en relación con los paquistaníes, filipinos o bangladesíes, o de los chinos en relación con los africanos. Así, se vuelven invisibles tanto el color de la piel como los privilegios que justifica ¿Por qué el análisis crítico del racismo incide principalmente en la discriminación que sufren los cuerpos racializados y omite los privilegios de los cuerpos no racializados? Al final, cuando se habla de “supremacía blanca” no se habla de la calidad del color, sino del poder y los privilegios que invoca. Mucho más allá de los contextos de la supremacía blanca (la blanquitud), el uso racista del color y de la ausencia de color siempre está ligado a la instrumentalización del poder y de los privilegios. Mencioné anteriormente el racismo de los chinos en China contra los africanos negros. Lo cierto es que la Corte Suprema de Sudáfrica dictaminó en 2008 que, con el fin de acceder a una discriminación positiva para promover el “empoderamiento económico de los negros”, los chinos nacidos en Sudáfrica eran considerados… negros.

    La conclusión urgente parece ser la siguiente: sólo razones políticas y luchas de poder pueden explicar la instrumentalización social del color de la piel; y, asimismo, solo ellas explican que el probable aumento de la multiplicidad de tonos de color de piel resultante del mestizaje o la crioulização no se traduzca en el fin del racismo y de la violencia e injusticia que causa. A pesar de la diversidad de contextos ya mencionada, históricamente el problema ha cobrado especial agudeza en los países donde existe una población considerada blanca, por pequeña que sea, pero en posiciones de poder, y asume distintos contornos en contextos diferentes. La investigación se ha centrado principalmente en cómo las diferencias en el color de la piel entre personas consideradas de la “misma raza” determinan diferencias de trato. El caso más tratado es el de los países que heredaron la violencia de la esclavitud, especialmente en el contexto estadounidense. Los análisis muestran consistentemente que, a pesar de avances muy significativos en el acceso a cargos públicos y privados de personas clasificadas como de raza negra (o de cualquier otra raza que no sea blanca), como resultado de las luchas contra la discriminación racial, especialmente durante los últimos cincuenta años, lo cierto es que las personas racializadas que accedieron a estos lugares tienen, en general, un color de piel más claro.

    A pesar de la inmensa diversidad de tonos de piel, el color de la piel marcó y marca no solo diferencias raciales, sino también diferencias de trato dentro de la misma identidad racial. El colorismo es quizás el arma más insidiosa del racismo para dividir a los grupos racializados. Por ejemplo, en los Estados Unidos, los esclavos negros de color más claro eran más caros y se buscaban para el trabajo doméstico en las casas de las plantaciones, mientras que los esclavos de color más oscuro estaban destinados al trabajo duro en los campos. De hecho, los traficantes de esclavos utilizaban las diferencias en el color de la piel para provocar la división entre los esclavos. Mucho después de la abolición de la esclavitud, el racismo y el colorismo no solo permanecieron, sino que se extendieron a nuevas categorías de población, por ejemplo, los inmigrantes europeos. Es decir, la matriz de exclusión basada en el racismo de la diferenciación fenotípica tiene un dinamismo tan cruel e insondable que se propaga “por analogía”. En los Estados Unidos a principios del siglo XX, los irlandeses, italianos y portugueses fueron considerados “blancos oscuros” y sólo gradualmente (¿y completamente?) su color de piel fue siendo “blanqueado”, acompañando su ascenso social. Pero después de todo, ¿fue el ascenso social el que blanqueó la piel o fue la piel sin matriz fenotípica la que facilitó el ascenso? La respuesta es obvia.

    La persistencia del racismo y el colorismo es evidente en esta instantánea fotográfica de Brasil. El 22 de marzo de 2018, el conocido periódico norteamericano Wall Street Journal publicó un reportaje titulado “La demanda de esperma estadounidense aumenta exponencialmente en Brasil”. Relataba que en los siete años anteriores la importación de semen estadounidense por mujeres brasileñas blancas, ricas, solteras y lesbianas había aumentado de modo extraordinario. Las preferencias eran para donantes de piel clara y ojos azules. Según Fairfax Cryobank, el mayor exportador de esperma a Brasil, este país fue el mercado de semen de mayor crecimiento. Mientras que en 2011 solo se habían importado 11 tubos de semen, en 2017 el número subió a 500 tubos. Según el periodista, la preferencia por los donantes blancos refleja la preocupación por el racismo “en un país donde la clase social y el color de piel están íntimamente ligados”. Para las consumidoras, “los niños de piel clara tendrán la expectativa de mejores salarios y un trato más justo por parte de la policía”. En los Estados Unidos, las mujeres negras con tonos de piel más claros y rasgos europeos tienden, al igual que en otras circunstancias, a tener más éxito en conseguir un trabajo, en una carrera profesional, en concursos de belleza o en videos musicales. En el caso de Brasil, el testimonio de Bianca Santana refleja esta dimensión del racismo estructural: “Mi piel no es retinta. Tengo el color del mestizaje brasileño, que tantas veces se ha utilizado para reafirmar el mito de la democracia social… Poder ser vista como blanca o, mejor, como no negra, me dio oportunidades que probablemente no tendría si mi piel fuese más oscura, como ocupar un puesto de coordinación en un colegio europeo de élite (https://revistacult.uol.com.br/home/colorismo-e-o- mito-da-democracia-racial/).

    El colorismo también ha existido dentro del mismo grupo racial cuando, por ejemplo, en el siglo XIX y principios del XX, los clubes de las élites negras en los Estados Unidos negaban el acceso a personas con el color más oscuro. La internalización del colorismo ha llevado y sigue conduciendo a prácticas de blanqueamiento de la piel y la demanda de productos blanqueadores ha crecido enormemente (Lynn Thomas, Beneath the Surface: a transnational history of skin lighteners, 2020). Pero, por otro lado, el colorismo también puede operar a la inversa, en contextos de comunidades altamente racializadas y como reacción de resentimiento: discriminar a las personas de piel más clara consideradas débiles o inferiores por ser producto de mezcla de razas.

    El color, el contracolor y el arco iris

    El color de la piel es un marcador esencialista en nuestras sociedades desiguales y discriminatorias y, como fenómeno político, puede utilizarse con diferentes orientaciones políticas y hasta como forma de compensación histórica. En 1903, el gran intelectual estadounidense negro W.E.B. Du Bois escribió proféticamente que el problema del siglo XX sería “la línea de color”, la “línea de la división racial por el color”. Así fue y así parece seguir siendo hasta bien entrado el siglo XXI. A mediados del siglo pasado, Franz Fanon mostró elocuentemente cómo el racismo actuaba a través de una fractura dialéctica entre el cuerpo y el mundo, entre el “esquema corporal”
    y el “esquema racial epidérmico”. El fenotipo epidérmico sería trivial si no existiera el racismo fenotípico.

    La lógica racial y colorista se utiliza tanto para excluir a los “otros” como para unir el “nosotros”. Ahí radica uno de los hilos con los que se teje la extrema derecha de nuestro tiempo. En el polo opuesto, el movimiento black is beautiful de los afroamericanos en la década de 1960, que luego se extendió a otros países (por ejemplo, en la Sudáfrica del apartheid), consistió en reivindicar el color y cambiar su connotación. Siempre que el color es politizado contra el racismo para unir la lucha antirracial y la lucha anticapitalista, el color de la piel tiende a perder el esencialismo y a relativizarse. Intensamente politizada, la lucha del Black Panther Party fue notable, especialmente en la década de 1970-1980, en un esfuerzo por abolir la relevancia de las diferencias de color de piel entre la comunidad negra. Y ayer, como hoy, queda abierta la cuestión de saber en qué medida grupos de varias razas, etnias y colores de piel pueden unirse en las luchas contra el capitalismo, el colonialismo, el racismo y el sexismo, para así aumentar las posibilidades de éxito de las luchas por una sociedad más justa. Los períodos de mayor optimismo han sido seguidos por períodos de mayor pesimismo con una circularidad inquietante. Dos cosas parecen seguras. Por un lado, los esencialismos identitarios tienden a dificultar la articulación de las luchas sociales contra la desigualdad y la discriminación. Por otro lado, no se puede confundir el cambio en el color del poder con el cambio en la naturaleza del poder. Después de todo, la burguesía negra estadounidense se ha preocupado por alcanzar el poder capitalista y no por cambiarlo (ver Barack Obama). Y no será diferente en otros lugares.

    Wittgenstein escribió (Observaciones sobre los colores, 1996: 17) que un pueblo de daltónicos tendría otros conceptos sobre los colores. ¿Sería esta una solución al racismo basada en el color de la piel? Si es correcta mi propuesta de que el racismo no reside en el color en sí, sino en la política del color centrada en la desigualdad de poder y en la concentración excluyente de privilegios, la respuesta es no. Si se mantiene la estructura de poder, el prejuicio no desaparecería, solo se expresaría de otra forma y con otra justificación.

  • Colombia en llamas: el fin del neoliberalismo será violento


    Boaventura de Sousa Santos

    Colombia en llamas: el fin del neoliberalismo será violento

     Colombia está en llamas. Actualmente es uno de los países con más número de muertos por covid-19, ocupando el cuarto lugar en la región después de Estados Unidos, Brasil y México, teniendo hasta la fecha tan solo el 3.5% de la población totalmente vacunada y siendo parte de los países que se niegan a apoyar la solicitud de liberación de las patentes de las vacunas. Es también el país que en 2020 contó con el 42,5% de su población en condición de pobreza monetaria y con el 15,1% de la misma en condición de pobreza monetaria extrema. A estos datos mínimos pero dicientes le podemos sumar que, tras la firma del acuerdo de paz de 2016, se han asesinado entre 700 y 1.100 personas defensores y defensoras de derechos humanos (las cifras varían entre las ONG y las instituciones gubernamentales). Las zonas que antiguamente fueron de dominio de las FARC- EP hoy están en disputa por parte de distintos grupos armados ilegales, los cuales no solo buscan intereses económicos (narcotráfico, minería ilegal) sino que también traen consigo un horrible y sangriento interés por el control sobre la población civil, afectando gravemente el tejido social, dando como resultado que esto es sólo la punta del iceberg del nuevo panorama que atraviesa el país.

    Es en este contexto, y tras casi 3 años bajo el gobierno de una derecha opositora al acuerdo de paz que, en medio de una pandemia que ha matado a miles de personas, el pueblo trabajador ha salido a las calles a levantar su voz en contra de una anunciada reforma tributaria que buscó, bajo la lógica del gobierno, recaudar 23 billones de pesos (algo cercano a 6.300 millones de dólares) para mejorar las finanzas públicas y financiar los programas de asistencia social. Si bien es cierto que el país necesita mejorar su sistema tributario, esta reforma planteaba aumentar el número de personas declarando y pagando impuestos sobre la renta con el aval, la visión y el marco conceptual del Fondo Monetario Internacional (FMI).

    Plantear la idea de que más personas sean las encargadas de tributar y financiar los gastos del Estado, en teoría, no suena descabellado, es más, llevaría a pensar que serían las personas de altos ingresos quienes más pagarían impuestos teniendo en cuenta los principios de progresividad, equidad y eficiencia tributaria consagrados en la Constitución Política de Colombia. Pero, según los datos del Banco Mundial, Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina (el índice GINI es de 51,3), reflejando una política fiscal inadecuada y regresiva que posibilita una alta concentración del ingreso y la riqueza, ocasionado por ello un menor desarrollo, teniendo en cuenta que los ingresos y la riqueza se quedan en manos de un porcentaje muy pequeño de la población. La reforma planteada, se uniría al largo y complejo sistema tributario del país que no refleja una verdadera política progresiva y que está lleno de beneficios tributarios dirigidos a las personas con mayores ingresos.

    Podríamos afirmar que a partir de 2016 el pueblo trabajador ha inundado las calles y plazas de Colombia exigiendo la defensa de la paz y el cumplimiento de los acuerdos, la protección de los líderes sociales y la solidaridad con quienes han sido asesinados, así como el rechazo a propuestas de modificación de los regímenes pensionales, laborales y tributarios. Así, en los últimos 5 años Colombia ha visto sus calles recorridas por jóvenes, mujeres, indígenas, afros, docentes, pensionados y estudiantes que han generado hechos insólitos como presenciar una de las mayores manifestaciones en el país desde la década de 1970 como lo fue la llevada a cabo el 21 de noviembre de 2019 (21N). Gracias a este empoderamiento popular, y a pesar de la pandemia del covid-19, Colombia volvió a marchar del 09 al 21 de septiembre de 2020 para protestar en contra del abuso policial, del mal manejo del Gobierno ante la crisis económica y social provocada por la pandemia y para sentar una voz que dijera basta ya a las masacres en el país, las cuales no tuvieron tregua a pesar de las medidas de confinamiento. En especial hay que subrayar la Minga del Suroccidente Colombiano ocurrida en octubre de 2020 liderada por las organizaciones indígenas que emocionó por sus consignas y valentía y que logró movilizar a una gran parte de la sociedad en torno a sus exigencias tras su recorrido por el país, logrando la opinión favorable de millones de personas que los recibieron calurosamente en cada ciudad durante su viaje hasta la capital.

    Bajo este panorama el pueblo decidió a partir del 28 de abril (28A) de 2021 marchar en contra de la reforma tributaria y del gobierno indolente. La represión de las fuerzas policiales es brutal. El malestar ciudadano ha sido objeto de estigmatización y represión por parte de la fuerza pública, lo que ha llevado a que distintas organizaciones de derechos humanos registren entre el 28 de abril y el 05 de mayo un total de 1708 casos de violencia policial, 381 víctimas de violencia física por parte de la policía, 31 muertes (en proceso de verificación), 1180 detenciones arbitrarias en contra de los manifestantes, 239 intervenciones violentas por parte de la fuerza pública, 31 víctimas de agresión en sus ojos, 110 casos de disparos de armas de fuego por parte de la policía y 10 víctimas de violencia sexual por parte de fuerza pública. . De igual manera, la Defensoría del Pueblo (la figura del ombudsman en Colombia) señaló que se registraron 87 quejas por presuntas desapariciones durante las protestas del Paro Nacional del 28A.

    Lo que empezó como una fuerte oposición a una reforma impopular y a un ministro de hacienda que desconocía el valor de una docena de huevos (y en general de toda la canasta familiar), ha escalado al punto de no solo lograr que se retire dicha reforma en el congreso y que dicho ministro renuncie, sino que el presidente de la república Iván Duque Márquez ha propuesto un espacio de dialogo con distintos sectores de la sociedad civil, dialogo que hasta el momento parece ser solo entre las élites del país, desde arriba, y nunca desde abajo. Las organizaciones sociales saben por experiencia que de este gobierno nada bueno hay que esperar, pero como siempre lo han hecho no se rehúsan al dialogo. La primera victoria del movimiento ciudadano en las calles sobre el retiro de la reforma no llegó pacífica o gratuitamente. Además de las cifras antes mencionadas y recolectadas por las ONG del país, el Presidente Duque anunció la militarización del país antes de ceder al clamor social. A partir del 01 de mayo, las redes sociales y las calles colombianas han visto el horror de un despliegue militar típico de un estado de excepción dictatorial con la policía disparando en contra de manifestantes pacíficos y desarmados. Esta ha sido quizás la respuesta más violentamente represiva en tiempos de pandemia a nivel mundial.

    Particularmente en Cali las protestas tuvieron una intensidad muy especial debido a la movilización de las organizaciones indígenas después del cruel asesinato de Sandra Liliana Peña, gobernadora indígena de apenas 35 años quien proponía la recuperación de los conocimientos tradicionales y rechazaba la presencia de todos los actores armados en su territorio. Esta ciudad es el segundo centro urbano más negro de América del Sur, llena de contradicciones y luchas, y que ha visto como reprimen a su pueblo de la forma más aberrante posible. La situación es tal que, en medio de una reunión pacífica y transmitida en directo por las redes sociales, se puede observar al escuadrón antidisturbios haciendo presencia para dispersar la manifestación, causando la muerte de un joven frente a más de 1.000 espectadores que observaban a través de internet. Desde Siloé, una comuna (favela) en Cali, se denunció también que durante la noche del 04 de mayo no se pudo acceder al servicio de internet en la zona.

    La débil respuesta a
    la violencia policial por parte de las instituciones colombianas (tanto administrativas como judiciales) ha dado lugar para que civiles armados amenacen (y en ocasiones disparen) a los manifestantes bajo la idea de que son “vándalos” y “terroristas”. En Cali, los estudiantes hicieron circular el siguiente “diálogo”: “Tenemos 25.000 armas”, gritaba un hombre vestido de blanco desde su costosa camioneta parqueada frente a la Universidad del Valle (Univalle). “Nosotros tenemos una de las mejores bibliotecas del país”, le contestó un estudiante. En Pereira, el alcalde promovía un “frente común” que incluyera a miembros de la seguridad privada, al ejército y a la policía para “recuperar el orden y la seguridad ciudadana”, dando lugar a que un joven resultara herido con ocho balas y esté agonizando en un hospital de dicha ciudad.

    ¿Para dónde va Colombia?

    Esta pregunta es importante para Colombia, pero más allá de Colombia me parece ver en los recientes acontecimientos en Colombia el embrión de mucho de lo que pasará en el continente y en el mundo en las próximas décadas. Claro que cada país tiene una especificidad propia, pero lo que pasa en Colombia parece anunciar el peor de los escenarios que identifiqué en mi reciente libro sobre el periodo postpandemia (El Futuro Comienza ahora: de la pandemia a la utopía. Madrid: Akal. 2021). Este escenario consiste en la negación de la gravedad de la pandemia, la política de sobreponer la economía a la protección de la vida, y la obsesión ideológico-política de volver a la normalidad aun cuando la normalidad es el infierno para la gran mayoría de la población. Las consecuencias de la pandemia no pueden ser mágicamente frenadas por la ideología de los gobiernos conservadores, la crisis social y económica pospandemica será gravísima sobre todo porque se acumula con las crisis que preexistían a la pandemia. Será por eso mucho más grave. Las políticas de ayuda de emergencia por deficientes que sean combinadas con el ablandamiento económico causado por la pandemia van a causar un enorme endeudamiento del Estado y el agravamiento de la deuda será una causa adicional para más y más austeridad. Los gobiernos conservadores no conocen otro medio de lidiar con las protestas pacíficas del pueblo trabajador en contra de la injusticia social que no sea la violencia represiva. Así van a responder y el mensaje va a incluir la militarización creciente de la vida cotidiana. Lo que implica el uso de fuerza letal que fue diseñada para enemigos externos. La degradación de la democracia ya bastante evidente se profundizará todavía más.

    ¿Hasta qué punto el mínimo democrático que todavía existe colapsará dando lugar a nuevos regímenes dictatoriales?

    Este escenario no es especulación irrealista. Un reciente informe del FMI hace la misma previsión. Dicen los autores Philip Barrett y Sophia Chen1 que las pandemias pueden tener dos tipos de efectos sobre la agitación social: un efecto atenuante, suprimiendo la posibilidad de causar disturbios al interferir en las actividades sociales, así como un efecto contrario que aumente la probabilidad de malestar social y por consiguiente se generen disturbios o protestas en la medida en que la pandemia se desvanezca. Lo que no dicen es que las protestas serán motivadas por las mismas políticas que el FMI y las agencias financieras promueven en todo el mundo. Es tanta la hipocresía del mundo en el que vivimos que el FMI ignora u oculta las consecuencias de sus lineamientos. El pueblo colombiano merece y necesita de toda la solidaridad internacional. No estoy seguro si la tendrán abiertamente de las agencias internacionales que dicen promover los derechos humanos a pesar de que estos estén siendo violado tan gravemente en Colombia. Imaginemos por un momento que lo que está pasando en Colombia estuviese ocurriendo en Caracas, Rusia o cualquier otra parte del mundo declarado como no amigo de los EUA. Seguramente la OEA, el alto comisariado de la ONU, y el gobierno norte americano ya estarían en campo para denunciar los abusos y proponiendo sanciones a los gobiernos infractores. ¿Por qué la suavidad en los comunicados emitidos hasta la fecha? No se le puede escapar a nadie que Colombia es el mejor aliado de los EUA en América Latina, siendo el país que se ofreció para instalar siete bases militares de los EUA en su territorio (situación que afortunadamente no ocurrió por intervención de la Corte Constitucional). Las relaciones internacionales en el presente viven el momento más escandaloso de hipocresía y parcialidad: solamente los enemigos de los intereses norteamericanos cometen violaciones de los derechos humanos. No es nuevo, pero ahora es más chocante. Las agencias multilaterales se rinden a esta hipocresía y parcialidad sin ningún tipo de vergüenza. Los colombianos, eso sí, pueden esperar la solidaridad de todos los demócratas del mundo. En su valentía y en nuestra solidaridad reside la esperanza. El neoliberalismo no muere sin matar, pero cuanto más mata más muere. Lo que está pasando en Colombia no es un problema colombiano, es un problema nuestro, de las y los demócratas del mundo.

    Por el momento, las manifestaciones en Colombia no se ven próximas a finalizar y pese a que solo ha pasado una semana desde el inicio de las mismas debemos insistir en superar el miedo que ronda las calles del país e insistir en la esperanza de un futuro prometedor, más justo y en paz, para un país que ha querido terminar un conflicto de más de 50 años a través de un Acuerdo que agoniza bajo las garras del capitalismo abisal.

    1 Social repercussions of Pandemics. IMF Working Paper. 2021.

  • Brasil: ser ou não ser uma democracia, eis a questão


    Boaventura de Sousa Santos

    Um país, que destitui uma presidente por um simples crime fiscal e não é capaz de destituir um presidente responsável por boa parte de milhares de mortos por falta de assistência ou protecção perante a pandemia, não é uma democracia. Um país, que incorre no mais escandaloso erro judiciário desde o caso Dreyfus (1894-1906) e que, apesar de o reconhecer, não é capaz de tirar todas as consequências, tanto na absolvição da vítima do erro como na condenação dos seus autores, não é uma democracia. Um país, cujo presidente eleito democraticamente celebra a ditadura e elogia a tortura e se mantém no poder apesar de pôr à venda a Amazónia e de se acumularem queixas contra ele nos tribunais internacionais por crimes contra a humanidade, não é uma democracia. Um país, com uma notável capacidade científica e técnico-sanitária instalada que está impedido de a usar por simples obstrução por parte de quem tem o poder e a obsessão de matar e deixar morrer, não é uma democracia. Um país de desenvolvimento intermédio, que deixou capturar os processos eleitorais por uma das classes políticas mais retrógradas e ignorantes do mundo e por média corporativos consabidamente armadores de golpes antidemocráticos ao serviço das elites económicas e financeiras, não é uma democracia. Um país, onde uma mistura tóxica de milícias criminosas e magistrados desvairados perseguem jornalistas livres e independentes e os impedem de exercer a sua missão democrática de informar confiavelmente, não é uma democracia.
    A ruína da democracia contém sempre a semente da democracia

    As dificuldades

     Um país com um regime supostamente democrático que não é uma democracia nunca está irremediavelmente condenado a tal contradição. As dificuldades e as possibilidades da reversão quase sempre se equivalem. No actual
    contexto brasileiro as dificuldades para que a semente da democracia volte a germinar são três. Primeiro, o país não foi capaz de condenar os golpistas de 1964 e muito menos o terrorismo de Estado de que foram autores. Enquanto não o fizer, quem beneficiou com os golpistas viverá sempre na esperança de que eles voltem para resolver os seus “problemas”. De algum modo, os militares já voltaram, mas, por agora, a realidade do seu regresso ainda não está à medida do fantasma do seu regresso. Segundo, por sua origem colonial o país vive minado por um racismo e por um sexismo classistas que degradam a humanidade dos que vivem excluídos e discriminados e os transforma em seres mais destinados a morrer do que a viver. Daí o fatalismo corrosivo que impede o oprimido de identificar facilmente o opressor. Finalmente, as forças políticas verdadeiramente democráticas – as que servem a democracia em vez de se servirem da democracia – são minoritárias e estão confinadas à esquerda e ao centro esquerda. Confiam demasiado nas instituições, dividem-se em lutas por poder mais ilusório que real e deixaram a mobilização popular nas ruas e nas praças à mercê dos fanáticos religiosos e dos empresários do ódio.

    As possibilidades

     As possibilidades são sempre mais difíceis de definir porque cada possibilidade, uma vez concretizada, gera outras novas. Vejo três possibilidades que são condições sine-qua-non da reversão. Primeira, a destituição ou renúncia forçada do presidente. Sem ela, a alma do país morrerá mais massivamente que a vida dos brasileiros condenados a morrer injusta e desnecessariamente. Segunda, o STF absolve definitivamente o ex-presidente Lula da Silva e o sistema judicial abandona a deriva autoritária de o neutralizar politicamente a todo o custo. Neste momento, é menos importante que Lula da Silva seja candidato ou seja eleito presidente do que tenha a possibilidade plena de o ser. Terceira, as forças verdadeiramente democráticas convencem-se de que os fascistas estão no patamar da porta e que, se eles entrarem, não distinguirão entre os diferentes partidos que compõem uma possível frente de esquerda. Todos serão proibidos e os seus dirigentes, muito provavelmente presos. É melhor unirem-se agora na defesa da democracia pois amanhã será demasiado tarde.

  • La vacuna es un bien público mundial


    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Hay un cierto consenso en torno a que la pandemia actual permanecerá con nosotros durante mucho tiempo. Vamos a entrar en un periodo de pandemia intermitente cuyas características precisas todavía están por definirse. El juego entre nuestro sistema inmunitario y las mutaciones del virus no tiene reglas muy claras. Tendremos que vivir con la inseguridad, por dramáticos que sean los avances de las ciencias biomédicas contemporáneas. Sabemos pocas cosas con seguridad.

    Sabemos que la recurrencia de pandemias está relacionada con el modelo de desarrollo y de consumo dominante, con los cambios climáticos asociados a este, con la contaminación de los mares y los ríos y con la deforestación de los bosques. Sabemos que la fase aguda de esta pandemia (posibilidad de contaminación grave) solo terminará cuando entre el 60% y el 70% de la población mundial esté inmunizada. Sabemos que esta tarea se ve obstaculizada por el agravamiento de las desigualdades sociales dentro de cada país y entre los distintos países, combinado con el hecho de que la gran industria farmacéutica (Big Pharma) no quiere renunciar a los derechos de patente sobre las vacunas. Las vacunas ya se consideran el nuevo oro líquido, sucediendo al oro líquido del siglo XX, el petróleo.

    Sabemos que las políticas de Estado, la cohesión política en torno a la pandemia y el comportamiento de la ciudadanía son decisivos. El mayor o menor éxito depende de la combinación entre vigilancia epidemiológica, reducción del contagio a través de confinamientos, eficacia de la retaguardia hospitalaria, mejor conocimiento público sobre la pandemia y atención a vulnerabilidades especiales. Los errores, las negligencias e incluso los propósitos necrófilos por parte de algunos líderes políticos han dado lugar a formas de políticas de muerte por vía sanitaria que llamamos darwinismo social: la eliminación de grupos sociales desechables porque son viejos, porque son pobres o porque son discriminados por razones étnico-raciales o religiosas.

    Por último, sabemos que el mundo europeo (y norteamericano) mostró en esta pandemia la misma arrogancia con la que ha tratado al mundo no europeo durante los últimos cinco siglos. Como cree que el mejor conocimiento técnico-científico proviene del mundo occidental, no ha querido aprender de la forma en que otros países del Sur Global han lidiado con epidemias y, específicamente, con este virus. Mucho antes de que los europeos se dieran cuenta de la importancia de la mascarilla, los chinos ya la consideraban de uso obligatorio. Por otro lado, debido a una mezcla tóxica de prejuicios y presiones de los lobbies al servicio de las grandes compañías farmacéuticas occidentales, la Unión Europea (UE), Estados Unidos y Canadá han recurrido exclusivamente a las vacunas producidas por estas empresas, con consecuencias por ahora impredecibles.

    Además de todo esto, sabemos que existe una guerra geoestratégica vacunal muy mal disfrazada por llamamientos vacíos al bienestar y a la salud de la población mundial. Según la revista Nature del pasado 30 de marzo, el mundo necesita once mil millones de dosis de vacunas (sobre la base de dos dosis por persona) para lograr la inmunidad de grupo a escala mundial. Hasta finales de febrero, se confirmaron pedidos de unos 8.600 millones de dosis, de los cuales 6.000 millones estaban destinadas a los países ricos del Norte Global. Esto significa que los países empobrecidos, que representan el 80% de la población mundial, tendrán acceso a menos de una tercera parte de las vacunas disponibles. Esta injusticia vacunal es particularmente perversa porque, dada la comunicación global que caracteriza nuestro tiempo, nadie estará verdaderamente protegido hasta que el mundo entero esté protegido. Además, cuanto más se tarde en lograr la inmunidad de grupo a escala global, mayor será la probabilidad de que las mutaciones del virus se vuelvan más peligrosas para la salud y más resistentes a las vacunas disponibles.

    Un estudio reciente, que reunió a 77 científicos de varios países del mundo, concluyó que dentro de un año o menos, las mutaciones del virus harán que la primera generación de vacunas sea ineficaz. Esto será tanto más probable cuanto más tiempo se tarde en vacunar a la población mundial. Ahora, según los cálculos de la People’s Vaccine Alliance, al ritmo actual, solo el 10% de la población de los países más pobres se vacunará a finales del próximo año. Más retrasos se traducirán en una mayor proliferación de noticias falsas, la infodemia, como la llama la OMS, que ha sido particularmente destructiva en África.

    Existe consenso hoy en que una de las medidas más eficaces será la suspensión temporal de los derechos de propiedad intelectual sobre las patentes de vacunas para la Covid por parte de las grandes empresas farmacéuticas. Esta suspensión haría que la producción de vacunas fuera más global, más rápida y más barata. Y así, más rápidamente, se lograría la inmunidad de grupo global. Además de la justicia sanitaria que permitiría esta suspensión, existen otras buenas razones para defenderla. Por un lado, los derechos de patente se crearon para estimular la competencia en tiempos normales. Los tiempos de pandemia son tiempos excepcionales que, en lugar de competencia y rivalidad, requieren convergencia y solidaridad. Por otro lado, las empresas farmacéuticas ya se han embolsado miles de millones de euros de dinero público a título de financiamiento para fomentar la investigación y el desarrollo más rápido de vacunas. Además, existen precedentes de suspensión de patentes, no solo en el caso de retrovirales para el control del VIH / sida, sino también en el caso de la penicilina durante la Segunda Guerra Mundial. Si estuviéramos en una guerra convencional, la producción y distribución de armas ciertamente no quedarían bajo el control de las empresas privadas que las producen. El Estado ciertamente intervendría. No estamos en una guerra convencional, pero los daños que la pandemia hace a la vida y al bienestar de las poblaciones pueden resultar similares (casi tres millones de muertos hasta la fecha).

    No es de extrañar, por tanto, que ahora exista una vasta coalición mundial de organizaciones no gubernamentales, Estados y agencias de la ONU a favor del reconocimiento de la vacuna (y de la salud en general) como un bien público y no como un negocio, y la consecuente suspensión temporal de los derechos de patente. Mucho más allá de las vacunas, este movimiento global incide en la lucha por el acceso de todos a la salud y por la transparencia y el control público de los fondos públicos involucrados en la producción de medicamentos y de vacunas. A su vez, unos cien países, encabezados por India y Sudáfrica, ya han solicitado a la Organización Mundial del Comercio que suspenda los derechos de patente relacionados con las vacunas. Entre estos países no se encuentran los países del Norte Global. Por ello, la iniciativa de la Organización Mundial de la Salud de garantizar el acceso global a la vacuna (COVAX) está destinada al fracaso.

    No olvidemos que, según datos del Corporate Europe Observatory, la Big Pharma gasta entre 15 y 17 millones de euros al año para presionar las decisiones de la Unión Europea, y que la industria farmacéutica en su conjunto cuenta con 175 cabilderos en Bruselas trabajando para el mismo propósito. La escandalosa falta de transparencia en los contratos de vacunas es el resultado de esta presión. Si Portugal quisiera dar distinción y verdadera solidaridad cosmopolita a la actual presidencia del Consejo de la Unión Europea, tendría aquí un buen tema de protagonismo. Tanto más si otro portugués, el secretario gener
    al de la ONU, acaba de hacer un llamamiento para considerar la salud como un bien público mundial.

    Todo apunta a que, en este ámbito como en otros, la UE seguirá renunciando a cualquier responsabilidad global. Con la intención de permanecer pegada a las políticas globales de Estados Unidos, en este caso puede ser superada por el propio EE. UU. La administración Biden está considerando suspender la patente de una tecnología relevante para las vacunas desarrollada en 2016 por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.

    Boaventura de Sousa Santos es Director Emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra.

  • Carta abierta a dos jóvenes indígenas ecuatorianos


    Boaventura de Sousa Santos

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

     Querida amiga, querido amigo:

    Os agradezco todo el tiempo que habéis dedicado a conversar conmigo durante las últimas semanas sobre el proceso electoral en curso en vuestro país. Como os dije, quedé perplejo por toda la controversia internacional suscitada entre varias familias de izquierda sobre vuestro actual proceso electoral. Recapitulando: parece ser una astucia de la razón que el proceso político de Ecuador, un país situado en el centro del mundo, como su propio nombre indica, se haya convertido en las últimas semanas en el campo de una feroz disputa entre intelectuales y activistas de izquierda, oriundos no solo de Ecuador, sino también de otros países de América Latina, así como de Europa, de Estados Unidos, de Sudáfrica y de la India. El motivo de la disputa es el proceso de las elecciones presidenciales que se está llevando a cabo. En la primera vuelta ganó, sin mayoría absoluta, Andrés Arauz, que representa un cierto regreso al correísmo (designación dada al gobierno de Rafael Correa entre 2007 y 2017); en segunda posición (tras algún recuento de votos) quedó Guillermo Lasso, representante de la derecha oligárquica. En tercer lugar, quedó Yaku Pérez, indígena, candidato del movimiento Pachakutik. El conflicto se centró inicialmente en un posible intento de fraude electoral que habría arrebatado a Pérez el segundo lugar. Este conflicto jurídico-electoral era, de hecho, una metamorfosis del conflicto que se había librado antes para evitar que Andrés Arauz fuera candidato debido a sus vínculos con Rafael

    Correa. Además, es bueno recordar que las estrategias típicas de la lawfare (guerra jurídica) habían impedido a Correa postularse como vicepresidente de Arauz.

    Resuelto (aparentemente) este conflicto, la disputa se orientó a decidir a qué candidato apoyar en la segunda vuelta. La controversia cruzó repentinamente las fronteras del país y derivó en un extremismo de insultos y contrainsultos, peticiones de censura y contracensura, que me sorprendió y dejó perplejo. Fue por eso que me puse en contacto con vosotros en el transcurso de estas semanas. Después de todo, una vez más y como siempre en Ecuador, los pueblos indígenas eran protagonistas de los cambios políticos, pero las voces del debate, tanto en Ecuador como en el extranjero, no eran indígenas en su abrumadora mayoría. Del movimiento indígena solo se sabía que estaba dividido, ya que inicialmente Yaku Pérez no había sido el candidato elegido por los pueblos y las nacionalidades indígenas, sino por el movimiento Pachakutik. Pachakutik nació como brazo político de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), pero su posterior trayectoria política, especialmente su alineamiento en los últimos años con el gobierno de derecha neoliberal de Lenín Moreno, creó algunas tensiones entre el movimiento indígena. El silencio fue particularmente intrigante en el caso de los jóvenes líderes indígenas que, además, en el pasado tuvieron algunas divergencias con los líderes indígenas y también con el Gobierno, situación que seguí de cerca, como sabéis. Cuando el 15 de agosto de 2014 presidí la Sala Especial para el Yasuní del Tribunal Ético de los Derechos de la Naturaleza, presidido por mi amiga Vandana Shiva, los mejores aliados del tribunal, además de los pueblos indígenas, fuisteis vosotros.

    Por todas estas razones decidí consultaros. Hoy me dirijo a vosotros para deciros que he llegado a la conclusión de que no estoy en condiciones

    para aconsejaros sobre las mejores decisiones concretas en el conflicto en curso. Sé que os decepciono; con toda legitimidad podéis decir que os he hecho perder vuestro precioso tiempo. Por eso, quiero explicaros las razones de mi decisión. Expresaré mis razones en forma de perplejidades.

    1. ¿La democracia está primero? Uno de los aprendizajes de las izquierdas en las últimas décadas, tanto en América Latina como en otras regiones del mundo, es que son las fuerzas de izquierda las que defienden firmemente la democracia liberal, incluso reconociendo todos sus límites y apostando siempre, a partir de ella, por radicalizar la democracia, es decir, transformar relaciones de poder en relaciones de autoridad compartida. La experiencia nos dice que la derecha no sirve a la democracia, sino que se sirve de ella cuando le conviene y la descarta cuando no le conviene. Recuerdo bien que, cuando el 30 de septiembre de 2010 las fuerzas policiales intentaron un golpe de Estado contra Rafael Correa, mi amigo Alberto Acosta pasó por mi hotel y corrimos a la sede de la CONAIE, donde pasamos todo el día. En ese momento, ya había quejas justas del movimiento indígena contra Correa, pero entonces el objetivo no era defender a Correa, sino la democracia que De ser así, una vez comprobado que no hubo fraude electoral en estas elecciones de 2021, la disputa política debería centrarse en los programas políticos de cada candidato. ¿Por qué el debate sigue centrándose en la integridad de los candidatos y no en sus programas? Hay que tener en cuenta que, en varios países del continente, la derecha neoliberal, al no tener otro programa político más allá de las recetas neoliberales, viene jugando el argumento de la moralidad contra los candidatos de izquierda, acusándolos de corrupción. Además, cabe recordar dos hechos perturbadores. El primero es que ha estado en marcha en Ecuador una auténtica lawfare contra Rafael Correa por presuntos delitos cometidos, lo que parece no tener otro propósito que neutralizarlo políticamente. Esta guerra procuraba alcanzar al candidato que reivindicaba la herencia de Correa, Andrés Arauz. Semejante neutralización política ocurrió antes contra Manuel Zelaya (Honduras), Cristina Kirchner (Argentina), Fernando Lugo (Paraguay), Lula da Silva y Dilma Rousseff (Brasil) y Evo Morales (Bolivia). En todos estos casos, la injerencia de Estados Unidos fue evidente. Me deja atónito el hecho de que muchos de los que han firmado declaraciones contra el candidato Arauz también firmaron declaraciones contra Evo Morales, del mismo modo que negaron la existencia de un golpe de Estado en Bolivia, lo que también ocurrió con el propio Yaku Pérez.

    El segundo hecho inquietante es que, en el momento de redactar esta carta, no se descarta un último intento de anular las elecciones o apartar al candidato más votado. Fue esta sospecha la que llevó al Secretario General de la ONU a hacer recientemente una declaración en el sentido de hacer todo lo posible a fin de mantener la segunda vuelta de las elecciones en la fecha programada. Hace unas semanas, el Fiscal General de Colombia  viajó expresamente a Quito para entregar “las pruebas” de que Arauz había recibido dinero de la organización guerrillera colombiana Ejército de Liberación Nacional (ELN) para financiar su campaña. Los desmentidos inmediatos de Arauz y del propio ELN, así como la notoria inverosimilitud de este hecho, no impidieron que “las investigaciones” comenzaran. Sabemos que Colombia es hoy un país satélite de Estados Unidos y que el secretario de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, un personaje siniestro que urdió el golpe de Estado en Bolivia, se reunió en Washington con el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, quien ha dejado claro que su candidato favorito es Lasso y, en segundo lugar, Pérez. Me parece que podríamos estar ante una típica maniobra de gestación de un golpe. La ley ecuatoriana es clara: los candidatos gozan de inmunidad y las leyes electorales no pueden cambiarse durante el periodo electoral. Sin embargo, como hemos visto en Brasil, no sabemos hasta dónde puede llegar la furia persecutoria de la lawfare.

    1. < em>¿La izquierda está primero? El debate ecuatoriano está protagonizado por intelectuales y activistas de izquierda, entre los cuales destacan las corrientes feministas y ecologistas. En él han intervenido colegas, amigos y amigas a los que admiro mucho y con quienes he trabajado a lo largo de los años. Si Arauz es de izquierda, al menos en comparación con Lasso, sería de esperar que las energías se canalizaran para derrotar al candidato de la derecha y que el movimiento indígena se involucrara a fondo en eso. No es esto lo que está ocurriendo. En el momento en que os escribo, la asamblea de una de las organizaciones de la CONAIE decidió recomendar el voto nulo en la segunda vuelta de las elecciones. Hay que analizar las razones de la neutralidad entre un candidato de izquierda (quizás equivocada, pero izquierda de todas maneras) y un candidato de derecha banquero y miembro del Opus Dei. Debéis analizar las razones, y sobre todo, estar atentos a los posibles planes para impedir que el proceso electoral siga su curso. ¿Se estará preparando el próximo capítulo de la lawfare? ¿Acaso están en juego en Ecuador los dolores de parto del nacimiento de una nueva izquierda, una izquierda verdaderamente propia del siglo XXI? Hasta donde yo sé, los partos siempre son dolorosos. De ahí las dos siguientes
    2. ¿Qué es la izquierda? Durante mucho tiempo, la izquierda fue concebida como el conjunto de teorías y prácticas políticas transformadoras que, durante los últimos ciento cincuenta años, resistieron a la expansión del capitalismo y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas y culturales que este genera, y que así han procedido en la creencia de la posibilidad de un futuro poscapitalista, de una sociedad alternativa, más justa, porque está orientada a satisfacer las necesidades reales de las poblaciones, y más libre, porque está centrada en la realización de las condiciones para el ejercicio efectivo de la libertad. Por muchas razones que no puedo detallar en esta carta, esta concepción ha sido objeto de mucha discusión. Las principales características de esta discusión fueron las siguientes. Un mayor conocimiento entre los movimientos populares en el mundo permitió ver que las divisiones políticas en muchos países no se expresan a través de la dicotomía izquierda/derecha. Incluso en aquellos países donde la dicotomía está en vigor, se ha generado un gran debate sobre el significado de cada uno de los términos. Por ejemplo, las luchas sociales y políticas contra la injusticia han ampliado enormemente las dimensiones de la injusticia y, por tanto, de la dominación. A la injusticia económica y social se han añadido la injusticia étnico-racial, la injusticia sexual, la injusticia histórica, la injusticia lingüística, la injusticia epistémica y otras injusticias basadas en la discapacidad, la casta, la religión, etc. Esta expansión planteó nuevas cuestiones, por ejemplo, la de la jerarquía entre las injusticias y, en consecuencia, de las luchas contra ellas. Se prestó nueva atención a los diferentes contextos específicos en los que se llevan a cabo las luchas y se hizo necesario distinguir entre luchas importantes y luchas urgentes. Fue posible, por ejemplo, defender que las tres principales formas de dominación producidas por la modernidad eurocéntrica son el capitalismo, el colonialismo (que apenas cambió de forma a pesar de los procesos de independencia política de las colonias) y el patriarcado.

    No obstante, en el continente latinoamericano los debates también adquirieron otras dimensiones particularmente importantes. Distingo tres principales. La primera fue el cuestionamiento de la dicotomía izquierda/derecha en vista de los modelos de desarrollo económico y social adoptados por gobiernos de izquierda durante la primera década del siglo. La polarización pasó a ser entre los partidarios y los opositores del neoextractivismo (redistribución social basada en la explotación sin precedentes de los recursos naturales, con la consiguiente expulsión de los pueblos indígenas y campesinos, la degradación ecológica y el abandono de la discriminación étnico-cultural, étnico-racial y sexual/heterosexual). Incluso se inventó un nuevo término, “progresismo”, para caracterizar a los gobiernos que, aunque se decían de izquierda, no lo eran en opinión de los opositores al neoextractivismo.

    La segunda dimensión fue la polarización entre estatismo y movimientismo. La tradición de las fuerzas políticas de izquierda en el subcontinente (como en gran parte del mundo) defendió casi siempre la necesidad de controlar el Estado para, a partir de él, llevar a cabo la deseada transformación social. Las frustraciones con la experiencia histórica (de las que el estalinismo es el ejemplo extremo) empeoraron a principios del siglo XXI con los proyectos de desarrollismo neoextractivista en el continente latinoamericano. Estos proyectos fueron protagonizados por el Estado, casi siempre en articulación con el capitalismo neoliberal global, un aspecto que los opositores al neoextractivismo vieron como la continuidad de la explotación colonial. De ahí que hayan ganado peso concepciones como las de “transformar el mundo sin tomar el poder” (una expresión mal entendida de John Holloway), que comenzaron a centrar las propuestas de izquierda en la lucha por una nueva hegemonía (la de los derechos de la naturaleza) y en la valoración de los proyectos comunitarios basados en las ideas de autodeterminación y de plurinacionalidad. Si la concepción estatista exageró el poder transformador del Estado cuya matriz es, al fin y al cabo, capitalista colonialista, patriarcal y monocultural, la concepción movimientista corrió el riesgo de conducir a la despolitización de los movimientos sociales, un riesgo tanto mayor cuanto más evidente era el apoyo recibido de organizaciones no gubernamentales, financiadas por el Norte Global, en su mayoría destinadas a evitar que los movimientos sociales se conviertan en movimientos políticos.

    La tercera dimensión característica del subcontinente, aunque no exclusiva de él, es la transformación muy repentina de los parámetros de la polarización política. Frente al revanchismo agresivo, a veces golpista, de los gobiernos de derecha que sucedieron a los gobiernos progresistas, la principal polarización pasó a ser entre democracia y dictadura. Y ante la coyuntura particularmente dramática y dolorosa derivada de la forma incompetente e incluso criminal con la que los gobiernos de derecha han enfrentado la crisis de salud, la principal polarización pasó a ser entre política de vida y política de muerte. Esta última mutación está particularmente presente en Brasil y en Ecuador.

    Los debates dentro de las fuerzas de izquierda están abiertos. Por un lado, dieron visibilidad y potencia política a luchas sociales muy diversas. Por otro lado, crearon nuevas divergencias que han resultado difíciles de conciliar. Mientras no se supere esta dificultad, las luchas de izquierda, en lugar de articularse, se fragmentan aún más; en lugar de fortalecerse, se debilitan aún más. Dos dificultades resultan particularmente paralizantes: las divergencias sobre el papel del Estado y de las luchas institucionales; y las divergencias sobre la jerarquía entre los motores de las luchas (¿clases sociales o identidades étnico-raciales o sexuales?) y entre objetivos sociales de las luchas (¿redistribución social o reconocimiento de la diversidad?). Detrás de estas dificultades está la mega-dificultad creada por la divergencia entre desarrollismo/extractivismo y buen vivir/derechos de la naturaleza.

    De todos estos debates, quizás la única conclusión segura, por ahora, es que las fuerzas de izquierda saben mejor lo que no quieren que lo que quieren. Durante mucho tiempo sufrieron la pandemia política (que precedió a la del coronavirus) y que se instaló en el mundo después de la década de los 80, d
    e que no hay alternativa al capitalismo y de que, por eso, llegamos al fin de la historia. Curiosamente, las señales de que las fuerzas de izquierda pueden sentirse inmunizadas contra el virus del neoliberalismo surgieron inicialmente con especial fuerza en Ecuador. Veamos. El debate ecuatoriano es muy dependiente de la erosión del imaginario de izquierda provocada por el centralismo y el tecnocratismo de Rafael Correa. Más que cualquier otro líder político de izquierda de la primera década del 2000, Correa concibió a la izquierda como un proyecto soberanista, impuesto desde arriba, centralista, monocultural, antiimperialista, centrado en la redistribución social pero conservador en cuanto a los derechos reproductivos de las mujeres y hostil al diálogo constructivo con la sociedad civil organizada. Este período coincidió con la época en que surgió una nueva creatividad de las fuerzas de izquierda. Esta circunstancia se debió a varios factores, entre los que distingo el fin del bloque soviético y el surgimiento de nuevos sujetos políticos, principalmente mujeres, pueblos indígenas, campesinos, movimientos ecologistas, el Foro Social Mundial. Esta transformación animó nuevamente la idea de las alternativas. Esta idea salió fuertemente reforzada de las Constituciones Políticas de Ecuador (2008) y de Bolivia (2009), Constituciones que apuntaban a la refundación plurinacional del Estado y a alternativas al desarrollo capitalista basadas en las filosofías y prácticas de los pueblos indígenas. Sin saber muy bien cuál sería el fin último de sus luchas, las nuevas izquierdas parecían, sin embargo, dar por sentado que tendrían que basarse en amplios procesos de participación democrática, en el reconocimiento de la diversidad étnico-cultural y de los derechos de la naturaleza, en la refundación plurinacional del Estado, en la lucha anticolonialista y antipatriarcal. La lucha anticapitalista que exigía, como mínimo, una mejor redistribución social se articulaba ahora con la lucha contra el colonialismo (contra el racismo, la discriminación étnico- racial, la concentración de tierras, la expulsión de pueblos indígenas y campesinos, la xenofobia, la monocultura del saber científico) y contra el patriarcado (contra la dominación heterosexual, la violencia doméstica y el feminicidio).

    Ante la discrepancia entre el gobierno de Correa y las transformaciones de las fuerzas de izquierda y del movimiento indígena, las frustraciones se acumularon. Y, como podemos ver, todavía están muy vivas. De ahí la siguiente perplejidad.

    1. ¿Quién es finalmente Rafael Correa? Si Correa hubiese sido solamente y para todos los ecuatorianos lo que describí anteriormente, ¿sería imaginable que el candidato que reclama su herencia hubiera sido el más votado? Obviamente no. Es que el Gobierno de Correa tuvo muchas otras dimensiones que, si bien pueden ser desvalorizadas por ciertos sectores de la población, fueron muy importantes para otros. Correa garantizó la estabilidad política durante diez años, lo que no es poca cosa en un país donde en los diez años anteriores hubo siete presidentes. Fue el creador de renombre internacional de la auditoría de la deuda externa de Ecuador, lo que permitió una reducción significativa de la deuda. Privilegió la redistribución social y los beneficios sociales llegaron a muchos que nunca habían tenido condiciones mínimas para vivir con dignidad. La pobreza bajó del 36,7% en 2006 al 22,5% en 2016 y las desigualdades medidas por el coeficiente de Gini disminuyeron y hubo un aumento de las clases medias. Estableció la gratuidad de la educación pública en todos los niveles y mejoró los salarios del personal docente. Construyó muchas infraestructuras básicas de las que carecía el país. Se afirmó como un líder nacionalista, defensor de la soberanía ecuatoriana contra el imperialismo estadounidense (recuerdo el impacto del cierre de la base de Manta en 2009), aunque, con el correr de los años, tuvo que caer bajo otra influencia extranjera, la de China.

    Y lo cierto es que, a pesar de toda la contestación social, Correa logró elegir a su sucesor, su vicepresidente, Lenín Moreno, quien poco después se rendiría ante la más mediocre servidumbre al FMI y a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en la región, volviéndose cómplice de la política persecución contra Rafael Correa. Esto significa que lo menos que puede decirse es que el país que dejó Correa al finalizar sus mandatos era una sociedad más justa, al menos en algunos aspectos, que el país gobernado por sucesivas oleadas de derecha controladas por las élites oligárquicas. ¿Por qué ahora, que la derecha oligárquica vuelve a tener a su candidato en la segunda vuelta de las elecciones, algunas fuerzas de izquierda y sectores del movimiento indígena defienden el voto nulo en la segunda vuelta de las elecciones? Para analizar esta coyuntura os propongo la siguiente hipótesis de trabajo: Ecuador es hoy quizás el país del subcontinente donde la divergencia entre la redistribución económico- social y el reconocimiento étnico-social es más pronunciada y donde dispone de menos puentes para superarlo. De ahí mis dos siguientes perplejidades.

    1. ¿Qué es la transición? Uno de los principales problemas que enfrentarán hoy las izquierdas en trabajo de parto es la cuestión de la transición. Empezamos a saber que queremos una sociedad anticapitalista,

    anticolonialista, antipatriarcal, ecologista, feminista, plurinacional, radicalmente democrática, autodeterminada. Sabemos que se trata de un cambio de paradigma de civilización. ¿Cómo luchamos por él? En primer lugar, debemos saber que la lucha es inminentemente política. Las banderas aparentemente apolíticas de las ONG no tienen otra finalidad que desarmar el movimiento popular. Es por eso que están fuertemente financiadas por los países del Norte Global. Entiendo que muchos de ustedes, frustrados con la política formal, prefieren canalizar su activismo fuera del sistema político de partidos. Pero en la medida en que lo consideren importante, es bueno saber lo que está en juego. Incluso siendo la lucha concebida como política, no es fácil organizarla. Sabemos que no podemos confiar en las instituciones, pero tampoco podemos vivir sin ellas. Tendremos que luchar con un pie en las instituciones y el otro fuera. Tendremos que luchar dentro del Estado, contra el Estado y fuera del Estado con diferentes formas de organizar las luchas, algunas de las cuales ni siquiera se han intentado todavía.

    ¿Y con que aliados? No es creíble que podamos encontrarlos entre las fuerzas de derecha. La derecha, cuando vuelve al poder, lo hace con más revanchismo que nunca. Véanse los casos de Bolsonaro en Brasil, de Macri en Argentina o de la golpista Áñez en Bolivia. ¿Es prudente arriesgar lo mismo con Lasso en Ecuador? Por supuesto, todo será más fácil si Arauz se manifiesta claramente en sintonía con la transición y no con el regreso al pasado. Como jóvenes que sois, tenéis en vuestras manos el futuro del país. Hay tres áreas en las que debéis prestar especial atención: la transición para salir del extractivismo, la educación intercultural y el cogobierno con la CONAIE para dar seguimiento concreto a la plurinacionalidad consagrada en la Constitución de 2008. Las dos primeras áreas constan en el programa de Arauz, pero tanto ellas como la tercera dependen de vuestra presión política organizada, que debe continuar (y no terminar) con las elecciones. Lo más importante es aprender de los errores del pasado.

    1. ¿Se acabó el imperialismo? En el reciente debate ecuatoriano, una de las ausencias más ruidosas ha sido el factor de la intervención extranjera. Algunos de los participantes en el debate están tan dominados por el odio y el resentimiento hacia Correa que ven su fantasma por todas partes y consideran que su injerencia es siempre avasalladora. ¿Será que así no ven o esconden otro fantasma mucho m
      ás presente? Sabemos que el imperio ha cambiado muchas tácticas (por ejemplo, de las dictaduras militares a la lawfare), pero no alteró su estrategia. Sabemos que la Guerra Fría entre Estados Unidos y China está adquiriendo proporciones muy preocupantes. Estados Unidos es un imperio en declive y, como otros en el pasado, se vuelve aún más agresivo en la búsqueda de zonas de seguridad extraterritoriales. Para Estados Unidos, sin gran influencia en África y sin confiar mucho en Europa y todavía menos en Asia, América Latina es la única región del mundo que consideran que les pertenece incondicionalmente. El precio que pagan los países por desobedecer es enorme, aunque sean muy problemáticos desde el punto de vista de las nuevas izquierdas, como, por ejemplo, Cuba, Venezuela o Nicaragua. Arauz ofrece muchas menos garantías de alineamiento antichino que Lasso o Pérez. ¿Estará ahí la benevolencia con la que Estados Unidos y la OEA miran a los candidatos anticorreístas? A la luz de la experiencia reciente (por no mencionar la menos reciente), ¿pueden los ecuatorianos arriesgarse a un nuevo alineamiento incondicional con Estados Unidos? Estoy seguro de que conocéis bien lo que está pasando en Brasil y lo que iba aconteciendo en

    Querida amiga, querido amigo:

    Mis perplejidades no terminan aquí, pero son suficientes para intentar justificar por qué no intervengo más asertivamente en el debate que estáis teniendo en Ecuador. Mi deseo es que seáis vosotros, los ecuatorianos y sobre todo los más jóvenes, quienes decidáis las cuestiones que están abiertas, para las cuales, además, no hay soluciones inequívocas a la vista. Lo importante es que lo hagáis con una reflexión profunda sobre los conflictos que atraviesan vuestro país y sin injerencia externa, ya sea de intelectuales-activistas internacionalistas bien intencionados, como yo, pero que, como yo, están siempre sujetos a cometer errores; y también sin la injerencia de países extranjeros, ya sean Estados Unidos, países europeos, países de América Latina o China. Una cosa es cierta: lo que decidáis tendrá consecuencias importantes, positivas o negativas, para el futuro del resto del mundo, que se ve afectado por estas polarizaciones. No se está impunemente en el centro del mundo.

  • Lo antisistema

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     Boaventura de Sousa Santos

    19 de febrero de 2021

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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    Lo antisistema

    El crecimiento global de la extrema derecha ha dado una nueva importancia al concepto de antisistema en política. Para entender lo que está pasando, es necesario retroceder algunas décadas. En un texto como este no es posible dar cuenta de toda la riqueza política de este periodo. Ciertamente, las generalizaciones serán arriesgadas y no faltarán las omisiones. Aun así, el ejercicio se impone por la urgencia de dar algún sentido a lo que, por momentos, parece no tener ningún sentido.

    Los sistemas

     El binarismo sistema/antisistema está presente en las disciplinas más diversas, desde las ciencias naturales hasta las ciencias humanas y sociales, desde la biología hasta la física, desde la epistemología hasta la psicología. El cuerpo, el mundo, la ciudad o el clima se pueden concebir como sistemas. Incluso hay una disciplina dedicada al estudio de sistemas: la teoría de sistemas. El sistema se define, en general, como una entidad compuesta por diferentes partes que interactúan para componer un todo unificado o coherente. El sistema, de este modo, es algo limitado, y lo que está fuera de él tanto puede rodearlo e influenciarlo (su entorno) como serle hostil y pretender destruirlo (antisistema). En las ciencias sociales, si bien ciertas corrientes rechazan la idea de sistema, existen muchas formulaciones del binarismo sistema/antisistema. Distingo dos formulaciones particularmente influyentes. La teoría del sistema-mundo, propuesta por Immanuel Wallerstein, sostiene que, históricamente, existieron dos tipos de sistema- mundo: el imperio-mundo y la economía-mundo. El primero se caracteriza por un centro político con amplias estructuras burocráticas y múltiples culturas jerarquizadas; el segundo se caracteriza por una única división del trabajo, múltiples centros políticos y múltiples culturas igualmente jerarquizadas. Desde el siglo XVI, existe el sistema-mundo moderno basado en la economía-mundo del capitalismo. Se trata de un sistema dinámico y conflictivo que marcha a distintos ritmos temporales y que dividió los diferentes países/regiones en tres categorías: el centro, la periferia y la semiperiferia, definidas en función del modo en que se apropian (o son expropiadas) de las plusvalías de la producción capitalista y colonialista global. El sistema permite transferencias de valor de los países periféricos a los países centrales, mientras que los países semiperiféricos actúan como correas de transmisión del valor creado de la periferia al centro (como fue el caso de Portugal durante siglos).
    La otra concepción de sistema (y de antisistema) se ha desarrollado principalmente en la ciencia política y las relaciones internacionales. El sistema se concibe aquí como un conjunto coherente de principios, normas, instituciones, conceptos, creencias y valores que definen los límites de lo convencional y legitiman las acciones de los agentes dentro de esos límites. La unidad del sistema puede ser local, regional, nacional o internacional. Podemos decir que, tras la Segunda Guerra Mundial, hubo dos sistemas nacionales dominantes: el sistema político de partido único al servicio del socialismo (el mundo chino-soviético) y un sistema democrático liberal al servicio del capitalismo (el mundo liberal). Las relaciones internacionales entre ambos sistemas configuraron un tercer sistema, la Guerra Fría, un sistema regulado de conflicto y contención. La Guerra Fría condicionó la forma en que se evaluaron los dos sistemas nacionales/regionales: para el mundo liberal, el mundo chino-soviético era una dictadura al servicio de una casta burocrática; para el mundo chino-soviético, el mundo liberal era una democracia burguesa al servicio de la acumulación y la explotación capitalista. Con la caída del Muro de Berlín en 1989, este sistema formado por tres sistemas entró en crisis. A escala nacional, pasó a reconocerse solo un sistema legítimo: el sistema liberal. La crisis del sistema internacional de la Guerra Fría alcanzó el paroxismo con la presidencia de Donald Trump. Vistas desde la larga duración del sistema-mundo moderno, estas transformaciones políticas, a pesar de su dramatismo, son variaciones de época dentro del mismo sistema. En la peor de las hipótesis, podrían estar señalando una crisis más profunda del sistema-mundo mismo.

    Los antisistemas

    Los movimientos que se oponen radicalmente al sistema dominante son antisistema. A lo largo del siglo XX, fueron antisistema los movimientos que se oponían al capitalismo y al colonialismo (antisistema-mundo) y aquellos que se oponían a la democracia liberal (mundo antiliberal). Algunos movimientos estaban en contra del capitalismo/colonialismo, pero no en contra de la democracia liberal, como fue el caso de los partidos socialistas y de la mayoría de los sindicatos durante las primeras décadas del siglo XX (socialismo democrático). Otros estaban en contra del capitalismo/colonialismo y de la democracia liberal, como los movimientos revolucionarios (comunistas, anarquistas) y muchos de los movimientos de liberación anticolonial, con o sin la adopción de la lucha armada. Por último, otros estaban en contra de la democracia liberal, pero no en contra del capitalismo/colonialismo. Fueron los movimientos reaccionarios, nazis, fascistas y populistas de derecha los que, o ni si quiera aceptaban los tres principios de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), o veían en la evolución de la democracia liberal (ampliación del sufragio, multiplicación de derechos sociales y económicos) y en el crecimiento del movimiento comunista tras la Revolución rusa una deriva peligrosa que acabaría poniendo en peligro el capitalismo. Estos movimientos propusieron un capitalismo tutelado por el Estado autoritario (fascismo y nazismo).
    Siempre fue importante distinguir entre izquierda y derecha, entre movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los primeros, cuando lucharon contra el capitalismo/colonialismo, lo hicieron en nombre de un sistema social más justo, más diverso y más igualitario; cuando lucharon contra la democracia liberal, fue en nombre de una democracia más radical, a pesar de que el resultado fuera la dictadura, como ocurrió con Stalin. Por el contrario, los movimientos contrarrevolucionarios siempre lucharon contra las fuerzas anticapitalistas y anticolonialistas, muchas veces con el prejuicio de estar lideradas por clases inferiores o peligrosas y, por las mismas razones, estaban dispuestos a optar por la dictadura siempre que la democracia liberal significase una amenaza para el capitalismo.

    1945-1989

    Entre 1945 y 1989 la dialéctica sistema/antisistema fue muy dinámica. En los países centrales del sistema-mundo, lo que hoy llamamos Norte global, el fascismo y el nazismo fueron derrotados y solo sobrevivieron en dos países semiperiféricos de Europa: Portugal y España. En Rusia (y países satélites), la otra semiperiferia europea, y en China, se consolidó el sistema chino-soviético. En los países europeos centrales la democracia liberal se convirtió en el único régimen político legítimo. Los partidos socialistas abandonaron la lucha anticapitalista (en 1959, el Partido Socialdemócrata de Alemania –SPD– se desvinculó del marxismo) y comenzaron a hacerse cargo de la tensión entre la democracia liberal (fundada en la idea de la soberanía popular) y el capitalismo (fundado en la idea de acumulación infinita de riqueza), con arreglo a la nueva fórmula dada a un antiguo concepto: la socialdemocracia. A su vez, los partidos comunistas y otros partidos a la izquierda de los partidos socialistas se integraron en el sistema democrático. De hecho, durante la noche fascista y nazi, los militantes de estos partidos (especialmente los comunistas) fueron los que lucharon con más dedicación por la democracia, habiendo pagado un alto precio por ello. Es bueno recordar, a título de ejemplo, que Álvaro Cunhal, secretario general del Partido Comunista Portugués (PCP), estuvo preso durante quince años, de los cuales ocho fueron en régimen de aislamiento.
    En la periferia y la semiperiferia del sistema-mundo, los movimientos anticapitalistas y contrarios a la democracia liberal tomaron el poder en China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam, y en otros países alimentaron la lucha antisistema durante muchos años, a veces recurriendo a la lucha armada, como en los casos de Colombia, Filipinas, Turquía, Sri Lanka, la India, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El caso más significativo de un movimiento anticapitalista pero no contrario a la democracia liberal fue el liderado por Salvador Allende en Chile (1970- 1973), neutralizado por un brutal golpe de Estado planeado por la CIA.
    En África y Asia, los movimientos de liberación anticoloniales confirieron una nueva complejidad a los movimientos antisistema. Inspirados por la Conferencia de Bandung de 1955, que reunió a veintinueve países asiáticos y africanos y otorgó fuerza política al concepto de Tercer Mundo (el Movimiento de Países No Alineados), se proponían llevar a cabo una doble ruptura en la lógica sistémica. Por un lado, rechazaban tanto el capitalismo liberal como el socialismo soviético y estaban dispuestos a luchar por alternativas que combinaban el pensamiento político europeo y diversas corrientes de pensamiento africano. Por otro lado, buscaban construir un régimen político democrático de nuevo tipo basado en el protagonismo de los movimientos de liberación. Gran parte de esta experimentación política colapsó durante la década de 1980 debido a errores internos y al asedio del capitalismo global.

    De 1989 hasta hoy

    En el periodo más reciente, las características más significativas de la política antisistema son las siguientes. Con el colapso de la URSS, parecía que el mundo de la democracia liberal había ganado la histórica competición entre sistemas de manera irreversible (“el fin de la historia”). ¿Pero quién venció? Como hemos visto, a lo largo de los últimos 150 años los dos pilares de la lucha antisistema fueron el capitalismo/colonialismo y la democracia liberal. ¿En 1989 vencieron el capitalismo y la democracia de manera conjunta? ¿O la democracia a expensas del capitalismo? ¿O, acaso, el capitalismo a costa de la democracia? Para responder a estas preguntas es necesario examinar lo que pasó en el periodo anterior con los dos pilares y los cambios convergentes que se produjeron en ellos.
    Tengamos en cuenta que antes de 1945 el fascismo y el nazismo eran, en gran medida, una respuesta al crecimiento de la militancia de las clases trabajadoras (“la amenaza comunista”) combinado con altos niveles de desempleo e inflación y el empobrecimiento de las grandes mayorías. A su vez, los límites de la democracia liberal (límites al sufragio, control total de las élites, ausencia de políticas públicas universales) no permitían gestionar el conflicto social ni dar a los movimientos socialistas la oportunidad de consolidar alternativas. El enfrentamiento entre dos tipos de alternativas fue feroz: el reformismo y la revolución. Después de 1945, y en respuesta a la consolidación del mundo chino-soviético, el mundo liberal de los países centrales buscó bajar la tensión entre democracia y capitalismo. Para eso, las clases capitalistas que la dominaban tuvieron que hacer concesiones inimaginables en el periodo anterior: impuestos muy altos, sectores estratégicos nacionalizados, cogestión entre trabajo y capital en grandes empresas (como en la entonces Alemania Occidental), derechos laborales robustos, políticas sociales universales (salud, educación, sistema de pensiones, transporte). Con esto surgieron amplias clases medias y fue a partir de ellas que se consolidó el reformismo. En Europa occidental, la compatibilidad entre la democracia liberal y el capitalismo se produjo mediante la combinación de altos niveles de protección social con altos niveles de productividad. En Estados Unidos, el reformismo adoptó formas mucho más tenues. También implicó una respuesta a la amenaza comunista imaginada (macartismo), que surgió en Alemania Occidental en forma de Berufsverbot (descalificación para el ejercicio de ciertos cargos por parte de comunistas y “extremistas radicales”). Pero la nueva posición hegemónica de Estados Unidos, el activismo sindical y la fuerza de los “treinta años gloriosos” (1945-1975) garantizaron el surgimiento de clases medias fuertes.
    Este compromiso entre democracia y capitalismo, combinado con la desintegración de la URSS, fue lo que garantizó la caída, en los países centrales, de los movimientos antisistema, tanto de izquierda como de derecha. Este compromiso entró en crisis desde mediados de la década de 1970 con la primera crisis del petróleo y la crítica de los conservadores al “exceso de derechos” de la democracia (derechos laborales, económicos y sociales) y la crisis se profundizó dramáticamente después de 1989. En retrospectiva, se puede decir que en 1989 los derrotados fueron tanto el comunismo soviético como la socialdemocracia. Quien ganó fue el capitalismo a expensas de la democracia. Esta victoria resultó en el surgimiento de una nueva versión del capitalismo: el neoliberalismo basado en la desregulación de la economía, la demonización del Estado y de los derechos laborales, económicos y sociales, la privatización total de la actividad económica y la conversión de los mercados en un regulador privilegiado  tanto  de  la  vida  económica  como  de  la  vida  social.  El neoliberalismo comenzó a ensayarse violentamente en Chile y otros países del Sur Global, y presidió las transiciones democráticas en el sur de Europa en la década de 1970 y en América Latina en la década de 1980.
    Hasta entonces, el Estado democrático o social de derecho era la expresión de la posible compatibilidad entre democracia y capitalismo. A partir de 1989, la democracia quedó subordinada al capitalismo y solo se defendió en la medida en que defendiera los intereses del capitalismo, la llamada “market friendly democracy”. A ella se contrapuso la socialdemocracia que von Hayek caracterizara como “democracia totalitaria”. Como el objetivo principal es la defensa del capitalismo, siempre que la burguesía nacional/internacional lo considera en peligro, la democracia debe ser sacrificada, un sacrificio que, dadas las circunstancias, puede ser total (dictaduras militares o civiles) o parcial (Italia de posguerra, golpes jurídico-parlamentarios en la actualidad). La diplomacia y la contrainsurgencia estadounidenses han sido los principales promotores globales de esta ideología.

    Los movimientos antisistema

     ¿Y los movimientos antisistema en este último periodo? Nuevamente es necesario distinguir entre movimientos de izquierda y de derecha. En cuanto a los movimientos de izquierda, los viejos movimientos revolucionarios se convirtieron en partidos democráticos y reformistas. La lucha anticapitalista se convirtió en la lucha por amplios derechos económicos, sociales y culturales, y la lucha antidemocracia liberal se convirtió en la lucha por la radicalización de la democracia: la lucha contra la degradación de la democracia liberal, la articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la defensa de la diversidad cultural, la lucha contra el racismo, el sexismo y el nuevo/viejo colonialismo.
    Estos partidos, por tanto, dejaron de ser antisistema y pasaron a luchar por las transformaciones progresistas del sistema democrático liberal.
    Los movimientos antisistema de izquierda continuaron existiendo, pero, por definición, fuera del sistema de partidos. Incluso puede decirse que se expandieron, dado el creciente malestar social provocado por la subordinación incondicional de la democracia al capitalismo, traducida en repugnante desigualdad social, discriminación racial y sexual, catástrofe ecológica inminente, corrupción endémica, guerras irregulares, y hasta por la incapacidad de los partidos de izquierda para frenar este estado de cosas. A los viejos movimientos revolucionarios y sindicales les siguieron los nuevos movimientos sociales a nivel local, nacional e incluso global (Vía Campesina, Marcha Mundial de las Mujeres, y varias articulaciones globales que surgieron dentro y fuera del Foro Social Mundial que se reunió por primera vez en 2001 en Brasil). Surgieron nuevos actores sociales, a saber, los movimientos feministas, indígenas, ecológicos, LGBTIQ, de economía popular, afrodescendientes. Muchos de estos movimientos tienen objetivos anticapitalistas y apuntan a formas de democracia radical. Algunos de ellos han logrado alcanzar estos objetivos a nivel local, transformándose así en utopías realistas. Hasta el momento no han logrado tener una influencia política más consistente, ni a nivel nacional ni global, debido a dificultades en las articulaciones translocales y al hecho de que el sistema político democrático liberal está monopolizado por los partidos. Son movimientos pacíficos, guiados por la idea de democracia de base intercultural, y por la valorización de las economías populares y de los saberes ancestrales de las comunidades campesinas, indígenas y, en el contexto americano, afrodescendientes.
    A su vez, los movimientos antisistema de derecha (la extrema derecha) también cobraron un nuevo impulso en el último periodo. La derrota del nazismo y del fascismo (en Portugal, 1974-76 y España, 1975-78) fue abrumadora. Cuando sobrevivieron fue de forma muy atenuada, como en el caso del peronismo en Argentina y del varguismo en Brasil, sin dictadura ni glorificación de la violencia política ni odio racial. Fue este sistema híbrido el que originalmente se llamó populismo. Después de 1989, asistimos al surgimiento o creciente visibilidad de grupos de extrema derecha, casi siempre involucrados en retóricas y acciones de odio y violencia racial. Este crecimiento es particularmente significativo en Estados Unidos.1 Muchos de estos movimientos se mantuvieron en la ilegalidad o exploraron áreas grises o híbridas que he designado como alegalidad. En los últimos veinte años, estos grupos asumieron una nueva agresividad, buscando la legalidad y la propia conversión sistémica al convertirse en partidos, que consiguieron legalizar con artificios del lenguaje y con la complicidad de los tribunales. Cuando esto sucedió, mantuvieron estructuras clandestinas formalmente separadas de la estructura partidaria, pero articuladas orgánicamente como fuentes de movilización política que los propios partidos no tienen capacidad de garantizar.
    Con la llegada de Donald Trump al poder, los movimientos de extrema derecha ganaron nuevo aliento y se diversificaron internamente. Entretanto, los grupos de extrema derecha y las milicias estadounidenses habían aumentado, especialmente después de que Barak Obama llegó al poder. El respetado Southern Poverty Law Center identificó, en 2020, 838 “grupos de odio”.2 Algunos son nazis, están fuertemente armados y reivindican el legado de los movimientos de linchamiento racial del siglo XIX (el Ku Klux Klan). Fuera de Estados  Unidos, grupos  paramilitares  y  milicias  en   Colombia, Brasil, Indonesia e India se acercan al poder institucional. Por otro lado, asumieron una dimensión global que antes no existía o no era visible. El agente más notorio de esta promoción, en Europa y América, es Steve Bannon, una figura siniestra y criminal que ha sido halagada por los medios de comunicación ingenuos o cómplices.
    Estos movimientos conquistan espacio social, no gracias a la exaltación de los símbolos nazis (a los que también recurren), sino mediante la explotación del malestar social que provoca la creciente subordinación de la democracia al capitalismo. En otras palabras, explotan las mismas condiciones sociales que movilizan a los movimientos antisistema de izquierda. Pero, mientras para estos el malestar social proviene precisamente del sometimiento de la democracia a las exigencias del capitalismo, exigencias cada vez más incompatibles con el juego democrático, para los movimientos de extrema derecha el malestar proviene de la democracia y no del capitalismo. Por eso, como en los años treinta, la extrema derecha es mimada, protegida y financiada por sectores del capital, especialmente el financiero, el más antisocial de todos los sectores del capital.
    En este contexto surgen dos preguntas. Primera: ¿por qué resurge ahora la extrema derecha si, a diferencia de las décadas de 1920-1930, no existe amenaza comunista ni gran activismo sindical? Esta amenaza fue una de las respuestas a la grave crisis social y económica que se vivía entonces. Hoy esa respuesta no existe, pero la crisis de los próximos años amenaza con ser tan grave como la de esos años. Los think tanks capitalistas globales (incluidos los chinos) han estado señalando el peligro de desestabilización política debido a la inminente crisis social y económica, ahora agravada por la pandemia. Saben que la ausencia de alternativas anticapitalistas o poscapitalistas no es definitiva. Pueden surgir a largo plazo y es mejor prevenir que curar. La respuesta tiene varios niveles. El más profundo es el perfeccionamiento del capitalismo de vigilancia, que, con la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial), permite desarrollar controles efectivos y más precisos que nunca de la población. A un nivel más superficial, se promueve la ideología intimidatoria, antidemocrática, racista y sexista. El lenguaje del pasado es, en este caso, más eficaz que el del presente y, por tanto, la retórica de la extrema derecha habla del nuevo peligro comunista, que ve tanto en los gobiernos democráticos como en el Vaticano del Papa Francisco. En Estados Unidos, el partido democrático, de centroderecha, es atacado como izquierda radical, confusamente vinculada al gran capital y a las tecnologías de información y comunicación. En Brasil, la extrema derecha instalada en el poder federal habla del peligro del “marxismo cultural”, un lema nazi para demonizar a los intelectuales judíos. Lo que se pretende es maximizar la coincidencia de la democracia con el capitalismo mediante el vaciamiento del contenido social de la democracia, débil en protección y fuerte en represión. Los think tanks saben que todos estos planes son contingentes y que los movimientos antisistema de izquierda pueden tirarlos a la basura de la historia. De ahí que sea mejor prevenir que curar.
    Segunda pregunta: ¿la extrema derecha tiene una vocación fascista o simplemente autoritaria? La extrema derecha no es monolítica ni puede ser evaluada exclusivamente por su cara jurídica. De ahí la complejidad del juicio. La historia nos enseña que la democracia liberal no sabe defenderse de los antidemócratas y, dicho sea de paso, desde 1945, nunca como hoy se vio con tanta frecuencia que los antidemócratas sean elegidos para altos cargos. Son antidemócratas porque, en lugar de servir a la democracia, la utilizan para llegar al poder (como Hitler) y, una vez en el poder, no lo ejercen democráticamente ni lo abandonan pacíficamente si pierden las elecciones. Inicialmente cuentan con el apoyo de los medios convencionales y, a partir de cierto momento, con seguidores en las redes sociales, intoxicados por la lógica de la posverdad y los “hechos alternativos”.
    Incluso antes de cualquier desenlace dictatorial, la extrema derecha de hoy tiene dos componentes fundamentales del nazi-fascismo: la glorificación de la violencia política y el discurso del odio racial contra las minorías. Solo falta la dictadura, pero algunos elogian la tortura (Jair Bolsonaro en Brasil) y promueven ejecuciones extrajudiciales (Rodrigo Duterte en Filipinas). El peligro de estos dos componentes puede ser maximizado por tres factores. Primero, la complicidad de los tribunales con una comprensión equivocada (o peor) de la libertad de expresión. Segundo, el deslumbramiento de los medios con la retórica “poco convencional” de los protofascistas y el protagonismo de los ideólogos de derecha que separan artificialmente el mensaje político, que aprueban, de lo que consideran excesos descartables (prisión perpetua, esterilización de pedófilos, deportación de inmigrantes, segregación de las minorías), silenciando que son precisamente estos “excesos” los que atraen a parte de los seguidores. Tercero, la legitimación que les otorgan políticos de derecha moderada, convirtiéndolos en socios de gobierno con la esperanza de poder moderar tales excesos. En la Alemania prenazi, Franz von Pappen se hizo tristemente famoso, quien en 1933 jugó un papel crucial en vencer la resistencia del presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler como jefe de gobierno y, habiéndose integrado él mismo a ese gobierno, demostró ser totalmente incapaz para controlar el “dinamismo” golpista nazi.

    La defensa de la democracia

    La defensa de la democracia frente a la extrema derecha pasa por muchas estrategias, algunas a corto plazo, otras a mediano plazo. En el corto plazo, ilegalización, siempre que se viole la Constitución, aislamiento político y atención a la infiltración en las fuerzas policiales, el ejército y los medios de comunicación. En el mediano plazo, reformas políticas que revitalicen la democracia; políticas sociales robustas que hagan efectiva la retórica de “no dejar atrás” a nadie ni a ninguna región del país; en un país como Portugal, hacer el juzgamiento político de los crímenes del fascismo y el colonialismo para, con eso, descolonizar la historia y la educación; promover nuevas formas de ciudadanía cultural y respetar la diversidad que se deriva de ella. Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades. Solo así la democracia evitará que el respeto ceda al odio y la violencia, y que la dignidad ceda a la indignidad y la indiferencia.
    1 Véase el Informe de 2020 del Center for Strategic and International Studies, “The Escalating Terrorism Problem in the United States”, de autoría de Seth Jones, Catrina Doxsee y Nicholas Harrington .Disponible en https://csis-website-prod.s3.amazonaws.com/s3fs-public/publication/200612_Jones_DomesticTerrorism_v6.pdf, consultado el 19 de febrero de 2021.
    2 Disponible en https://www.splcenter.org/hate-map, consultado el 19 de febrero de 2021.
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  • Réquiem por la democracia

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     Boaventura de Sousa Santos

    4 de junio de 2020

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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    Réquiem por la democracia

    Una vez más, después de tantas otras, las élites brasileñas prefirieron correr el riesgo de caer en la dictadura (si es que no la deseaban desde el principio) cada vez que las clases populares manifiestan su aspiración de ser incluidas en la nación, que las élites siempre han concebido como su propiedad privada. La lectura de la transcripción de la reunión del Consejo de Ministros de Brasil del pasado 22 de abril es una experiencia dolorosa, aterradora e indignante. El hecho de que este video se haya hecho público y transcrito es una señal elocuente de que la democracia aún sobrevive.
    Ocurrió a raíz de la denuncia del exministro Sérgio Moro de que el presidente había intentado interferir en las investigaciones en curso en la Policía Federal de Río de Janeiro contra uno de sus hijos bajo sospecha de conducta criminal grave. Al ordenar la difusión del video, el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Celso de Mello, inscribió su nombre en el libro dorado de la breve y tormentosa historia de la democracia brasileña. Esperemos que la señal de esperanza que nos ha dado sea el detonante del despertar de las fuerzas democráticas de izquierda y de derecha, el despertar de un sueño profundo e inquietante, hecho de ignorancia histórica y vanidad miope, un sueño que les permite soñar con cálculos electorales sin darse cuenta de la frivolidad de tales intentos cuando la democracia misma pende de un hilo.
    Los fascistas ni siquiera esconden sus intenciones. El presidente hizo un llamamiento directo e inequívoco a la lucha armada. Más que una apelación, informó que está dispuesto a liderar el armamento de civiles al margen de las fuerzas armadas. ¡Y lo hizo flanqueado por generales! Está confesando un delito de responsabilidad y un crimen contra la seguridad nacional. Y no pasa nada. Junto al vicepresidente, se sienta impasible y silencioso el entonces ministro de Justicia, Sérgio Moro, quien fue el gran responsable de la destrucción de la institucionalidad democrática, para lo que siempre contó con la complicidad de las élites y sus medios de comunicación. El anuncio del presidente no solo es recibido con sonrisas complacientes de quienes lo escuchan, sino que varios ministros están empeñados en abrir por su cuenta las cloacas de odio y de prejuicio, por no hablar de otras alevosías.
    Lo que puede leerse es tan torpe que es mejor leer para creer:
    Presidente: “Están fastidiando todo el tiempo para atacarme, metiéndose con mi familia. Ya intenté cambiar oficialmente a la gente de nuestra seguridad en Río de Janeiro y no pude. Se acabó. No voy a esperar a que jodan a toda mi familia, o a mis amigos, porque no puedo cambiar a alguien de seguridad de última línea, que pertenece a nuestra estructura. Lo voy a cambiar. Si no puedo, cambio a su jefe; si no puedo cambiar al jefe, cambio al ministro. Y punto final. Aquí no estamos para jueguecitos (…) Quiero, ministro de Justicia y ministro de Defensa, que el pueblo se arme. ¡Es la garantía de que no aparecerá un hijo de puta para imponer una dictadura! ¡Qué fácil es imponer una dictadura! ¡Es muy fácil! Un maldito alcalde hace un maldito decreto y deja a todo el mundo confinado. Si estuviera armado, saldría a la calle. ¿Y si yo fuese un dictador? Querría desarmar a la población, como todo el mundo hizo en el pasado antes de imponer su dictadura. ¡Les pido a Fernando (de Azevedo) y a Moro que por favor firmen hoy este decreto [para facilitar el porte de armas] para mandarle un puto mensaje a estos mierdas [gobernadores y alcaldes]! ¡El pueblo armado jamás será esclavizado! ¿Por qué estoy armando a la gente? ¡Porque no quiero una dictadura! Ya no podemos aguantar más”.
    Ministro de Educación (extrema derecha): “Si por mí fuera, enviaba a todos esos vagabundos a la cárcel, comenzando por los jueces del Supremo Tribunal Federal. Y eso es lo que me sorprende (…) Estamos hablando de con quién teníamos que luchar. No estamos siendo lo suficientemente duros contra los privilegios, con el tamaño del Estado (…) Realmente estoy abierto aquí, como saben, me disparan (…) odio (…) odio al partido comunista, que está tratando de convertirnos en una colonia. Este país no es (…) Odio el término ‘pueblos indígenas’, odio ese término. Lo odio. El pueblo gitano es un pueblo brasileño, solo hay un pueblo”.
    Ministro de Medio Ambiente (momento maquiavélico): “Porque todo lo que hacemos aquí recibe un varapalo en el poder judicial, al día siguiente. Necesitamos tener un esfuerzo nuestro mientras estamos en este momento de tranquilidad en la cobertura de la prensa porque sólo se habla de la covid-19 y es hora de cambiar todos los reglamentos, simplificar normas (…) Ahora es hora de unir esfuerzos para hacer la simplificación regulatoria que necesitamos”.
    Ministra de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos (evangelismo reaccionario): “En este momento de pandemia estamos viendo la payasada del Supremo Tribunal Federal para colocar la cuestión del aborto de nuevo en la agenda, y allí estaba la cuestión de… las mujeres que son víctimas del zika virus, van a abortar (…) ¿Van a querer que todos los que tuvieron coronavirus puedan abortar en Brasil? ¿Legalizarán el aborto en general? (dirigiéndose al ministro de Salud). Su ministerio, ministro, está lleno de feministas que tienen una agenda única, que es la legalización del aborto… Porque recibimos la noticia de que habría contaminación criminal en Roraima y el Amazonas, premeditada, en indios, para diezmar aldeas y pueblos enteros a fin de cargar el bulto al presidente”.
    Ministro de Economía (feria de vanidad): “Conozco profundamente, en detalle, no de oídas. Es de leer ocho libros sobre cada reconstrucción de esas (Alemania, Chile). Entonces, leí a Keynes (…), tres veces en el original, antes de llegar a Chicago. Entonces para mí no hay música, ni dogma, ni bla, bla, bla”.
    Nada de esto es nuevo. Con respecto a lo que dijo el presidente Bolsonaro, basta mencionar que, después de las elecciones federales de Alemania de 1932, así se expresó Hitler, invocando la necesidad de que la dictadura se defienda de la dictadura… de la democracia. La frase de Bolsonaro sobre la necesidad de armar a civiles es idéntica a la frase de Mussolini: “Solo el pueblo armado será libre”. La reunión del Consejo de Ministros tuvo lugar el día en que Brasil se acercaba a los
    3.000 muertos por el coronavirus (hoy ya son más de 30.000). Este, sin embargo, fue un tema ausente. O peor, con mayor perversión, la intención era utilizar la preocupación de los medios por la pandemia para avanzar en la pérdida de derechos, los casinos, la privatización, la deforestación en la Amazonía y la eliminación de las restricciones ambientales. El sistema democrático brasileño está en un desequilibrio tal que está experimentando un momento de bifurcación. Cualquier acción u omisión política puede rescatarlo o hundirlo de una vez por todas.
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