




Ismael Díaz
Investigador de ILSA
El desarrollo rural constituye un tema de análisis y reflexión sobre la importancia estratégica del campo para la transformación estructural de la realidad rural en lo económico, social y ambiental. Con ocasión del Día Mundial del Desarrollo Rural, continuamos leyendo el desarrollo rural y revisando la necesidad de promover políticas públicas orientadas al fortalecimiento de las capacidades locales, la sostenibilidad ambiental y la inclusión social y de esta manera, contribuir a la construcción de un nuevo campo colombiano.
En nuestro país, el desarrollo rural ha estado históricamente condicionado por una estructura agraria caracterizada por una alta concentración de la propiedad rural, profundas desigualdades sociales y una limitada presencia institucional en amplias zonas del territorio nacional. Estas condiciones han contribuido a la persistencia de fenómenos de pobreza rural; a la exclusión de la vida económica, política y social de amplios territorios del país; a la inequidad e insuficiencia del acceso a la tierra por parte de la población campesina; a la existencia de conflictos socioambientales; y a la continuidad de las afectaciones y violaciones a los derechos asociadas al conflicto armado.
Tradicionalmente, las políticas rurales en el país estuvieron orientadas al fortalecimiento de la productividad agropecuaria y al crecimiento económico del sector agrícola. Sin embargo, este enfoque favoreció principalmente a los grandes productores y a las actividades agroindustriales, mientras que amplios sectores del campesinado continuaron enfrentando dificultades para acceder a tierras, crédito, asistencia técnica, infraestructura y mercados (Fajardo, 2014).
La marginalidad del campesinado colombiano constituye uno de los principales desafíos para el desarrollo rural. A pesar de su importante contribución a la producción de alimentos y al abastecimiento de los mercados internos, las familias campesinas han experimentado históricamente condiciones de exclusión y de vulnerabilidad económica y social. Esta situación se expresa en menores niveles de ingreso, limitaciones en el acceso a servicios públicos, educación, salud y oportunidades de desarrollo productivo, en comparación con la población urbana (PNUD, 2011).
La larga historia del conflicto armado interno ha tenido un impacto significativo sobre las comunidades rurales, pero de igual forma, las condiciones del campo han sido causa del conflicto, tal como quedó expresado en el Acuerdo Final de Paz firmado por el Gobierno Nacional y las FARC-EP. Así, por ejemplo, Colombia tiene uno de los mayores índices Gini de concentración de la tierra (0,87) en el mundo, de acuerdo con el informe de desarrollo humano rural (PNUD, 2011); durante décadas, millones de campesinos fueron víctimas del conflicto armado: de los 10.606.125 millones de hechos victimizantes reconocidos en el Registro Único de Víctimas, 4.827.550 millones afectaron a campesinos o campesinas. Es decir, al menos el 45,5 % de las violaciones de derechos humanos que se han registrado en esta base de datos victimizaron al campesinado (CEV, 2002, p. 40); el desplazamiento forzado, despojo de tierras y diversas formas de violencia, profundizó las brechas territoriales y limitó las posibilidades de desarrollo de numerosas regiones del país (CNMH, 2013), generando lo que para la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad fue una verdadera “contrarreforma agraria violenta” (CEV, 2022, p. 147) o lo que en algunos territorios fue, de acuerdo con la Jurisdicción Especial para la Paz, una “reforma agraria paramilitar” (JEP, 2025, p. 91). En este contexto, insistimos, la cuestión agraria ha sido uno de los factores estructurales asociados a la persistencia del conflicto y que no ha encontrado una solución adecuada en diferentes momentos históricos donde se han intentado reformas agrarias frustradas, como aquellas dadas bajo la ley de ejidos, la Ley 200 de 1936, la ley 165 de 1961 o la Ley 160 de 1994.
Hay que decir que el último hito fundamental para resolver la cuestión agraria en Colombia, fue la inclusión de la Reforma Rural Integral en el Acuerdo de Paz de 2016, la cual plantea la necesidad de transformar las condiciones estructurales del campo colombiano mediante el acceso equitativo a la tierra (3 millones de hectáreas son la meta) y a su formalización (7 millones de hectáreas) para campesinos y campesinas pobres; adicionalmente este esfuerzo incluyó los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) como una manera de integrar a los niveles mínimos de bienestar social, a los 16 territorios (conformados por 170 municipios) más afectados por la guerra, mediante la construcción de vías terciarias, escuelas, asistencia técnica, centros de salud, electrificación rural, conectividad, facilidades crediticias, y el apoyo a la sustitución de cultivos de uso ilícito y a la comercialización de la producción campesina. Ahora bien, aunque se prioriza la ejecución de la RRI en unos territorios, ésta es de aplicación universal, por lo que se proponen Planes Nacionales para la Reforma Rural Integral, que garanticen derechos económicos y sociales en el campo colombiano y garantías para una reforma agraria efectiva. Cada uno de estos componentes se concibieron para superar las brechas de desarrollo existente entre pobladores del campo y la ciudad, pero pasada una década de la implementación del Acuerdo de Paz, los resultados de la Reforma Rural Integral, en su conjunto, escasamente llegan al 55,35% según el Sistema Integrado de Información para el Posconflicto, SIIPO.
Finalmente, con el Acto Legislativo 01 de 2023 promulgado en el Gobierno del presidente Gustavo Petro, se debe transformar radicalmente el concepto de desarrollo rural en Colombia, al modificarse el artículo 64 de la Constitución Política, para reconocerse al campesinado como sujeto de derechos de especial protección constitucional. Desde esta perspectiva, el desarrollo rural no se limita al incremento de la productividad, sino que implica la construcción de condiciones necesarias que garanticen la dignidad, los derechos, la participación y el bienestar de las comunidades campesinas. Es así como el campesinado es y debe ser entendido, no solo como un actor económico, sino también como un sujeto social, ambiental y cultural que desempeña un papel fundamental en la soberanía alimentaria del país, y en el cuidado de los páramos, las ciénagas, los manglares, las fuentes hídricas, las selvas y los bosques bajo una perspectiva de sustentabilidad.
En consecuencia, la consolidación de un modelo de desarrollo rural inclusivo en Colombia requiere avanzar en la reducción de las desigualdades históricas que han afectado al campesinado, fortalecer la institucionalidad rural y promover políticas públicas con enfoque afirmativo, orientadas a la garantía de sus derechos, a la justicia social, a la sostenibilidad ambiental y al reconocimiento de la diversidad territorial y cultural del país. Sin embargo el desarrollo en el campo no es posible si no se reconocen e implementan las propuestas de ordenamiento endógeno del territorio, planteadas por los y las comunidades y las organizaciones campesinas, como las Zonas de Reserva Campesina ( ZRC), los Territorios Campesinos Agroalimentarios (TECAM), las Áreas de Protección para la Producción de Alimentos (APPA), los Territorios Acuáticos Agroalimentarios y las Reservas de la Sociedad Civil, entre otras figuras nacidas de la resistencia campesina, que requieren ser escuchadas. La construcción del buen vivir hoy en Colombia, requiere que los planes de vida de las diferentes territorialidades campesinas sean financiados con políticas públicas afirmativas.
Centro Nacional de Memoria Histórica. (2013). ¡Basta Ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad. Bogotá: CNMH.
Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV). (2022). Hay futuro si hay verdad. Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerra. Bogotá: CEV.
Fajardo, D. (2014). Las guerras de la agricultura colombiana 1980-2010. Bogotá: Editorial ILSA.
Jurisdicción Especial para la Paz, Sala de Reconocimiento de Verdad, de Responsabilidad y de Determinación de los Hechos y Conductas (JEP-SRVR). (2025). Auto No. 09 de 2025 (noviembre 28). Caso 04. Situación territorial de la región de Urabá. Asunto: Auto de determinación de los hechos y las conductas (ADHC) atribuibles a 21 miembros retirados de la fuerza pública, a ocho exmiembros de la extinta guerrilla de las FARC-EP y a cinco terceros civiles, con ocasión de lo ocurrido en los territorios priorizados de la región del Urabá antioqueño y Cordobés, el Bajo Atrato y el Darién chocoano, durante los años 1986 a 2002.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2011). Colombia rural: Razones para la esperanza. Informe Nacional de Desarrollo Humano 2011. Bogotá: PNUD.

Ismael Díaz
Investigador de ILSA
El desarrollo rural constituye un tema de reflexión sobre la importancia estratégica de los territorios rurales para el desarrollo económico, social y ambiental de las naciones. Mediante la Resolución A/RES/78/326 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 6 de septiembre de 2024, se proclamó el 6 de julio como el Día Mundial del Desarrollo Rural. Esta conmemoración permite reconocer el aporte de las comunidades rurales a la seguridad y soberanía alimentarias, al cuidado de la naturaleza y a la preservación del patrimonio cultural, al tiempo que pone de relieve los desafíos asociados a la pobreza, la desigualdad y la exclusión social que aún persisten en amplias zonas rurales del mundo (FAO, 2018).
El concepto de desarrollo rural ha experimentado una evolución significativa durante las últimas décadas. Inicialmente, podemos decir que en las décadas de 1950 y 1960 se buscó el aumento de la producción agrícola acudiendo a la mecanización, el uso de fertilizantes sintéticos, semillas mejoradas y sistemas de riego, a lo que se llamó enfoque productivista centrada en el incremento de la productividad agrícola como principal motor del desarrollo.
Luego en las décadas de 1960 y 1970 se promovió la llamada revolución verde que privilegió la modernización tecnológica, la mecanización, el control sobre las semillas y la integración de los grandes productores agropecuarios a los mercados, como instrumentos principales para mejorar las condiciones de vida de la población rural, en una propuesta que terminó beneficiando principalmente a grandes empresarios del agro (Ellis & Biggs, 2001) y configurando el capitalismo agrario actual. A pesar del aumento de la producción, este enfoque generó una serie de desigualdades sociales y ambientales como el acaparamiento de tierras y la creación de latifundios, la tala indiscriminada de bosques, el uso intensivo de nuevas tecnologías y agro insumos, y la exclusión del campesinado. El enfoque de la revolución verde redujo el problema del desarrollo rural a la productividad de las tierras, mediante el uso intensivo de tecnologías y agroinsumos para monocultivos orientados al mercado mundial, sin mayores consideraciones a los límites ambientales, al bienestar de las poblaciones rurales, a sus derechos específicos, y guardando un silencio absoluto frente al tema de la reforma agraria.
No obstante, las limitaciones de esta perspectiva dieron lugar a nuevos enfoques más integrales que reconocen la complejidad de los territorios rurales. Desde esta visión, el desarrollo rural es entendido como un proceso multidimensional que involucra aspectos económicos, sociales, culturales, institucionales y ambientales. En consecuencia, el bienestar de las comunidades rurales depende no solo del crecimiento económico, sino también del acceso a educación, salud, infraestructura, participación social y fortalecimiento institucional (FAO, 2018). Estas perspectivas se acercan más a la idea de la seguridad humana de las poblaciones rurales, trabajada por el PNUD desde 1990, y que se fundamenta en que el desarrollo es el resultado de la satisfacción integral de los derechos individuales y sociales por parte de los Estados, tal como lo dispuso la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo de 1986.
En este marco surge el enfoque territorial del desarrollo rural, ampliamente difundido en América Latina. Este paradigma concibe el territorio como una construcción social donde interactúan diversos actores, recursos y actividades económicas. Según Schejtman y Berdegué (2004), el desarrollo territorial rural busca transformar los sistemas productivos y las relaciones sociales presentes en los territorios con el fin de reducir la pobreza y promover procesos de inclusión económica, social, ambiental y cultural.
Desde esta perspectiva, el desarrollo rural no depende exclusivamente de la agricultura, sino también de la articulación entre sectores productivos, instituciones, políticas públicas y las decisiones de las organizaciones comunitarias, para lograr niveles de bienestar en las poblaciones campesinas, a sabiendas que de su trabajo depende en buena parte el bienestar del resto de la sociedad.
De manera complementaria, la noción de desarrollo sostenible ha adquirido una relevancia creciente en los estudios rurales contemporáneos. Este planteamiento aborda la necesidad de armonizar el crecimiento económico con la equidad social y la protección ambiental, garantizando la satisfacción de las necesidades presentes sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas (Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, 1987). En consecuencia, el desarrollo rural sostenible promueve la gestión responsable y cuidado de la naturaleza y la resiliencia frente al cambio climático.
Lo anterior puede también precisarse exponiendo que la cuestión agraria hoy, reformulada, debe invocar la cuestión ecológica, la cual, como plantea McMichael (2016, pp. 97 y ss.), “no se refiere simplemente a la degradación y/o restauración de los ecosistemas”, sino también a temas de ecología humana y de biología de las poblaciones. Estos temas, señala el profesor de la Universidad de Cornell, enfatizan en las consecuencias de la agroindustria y el despojo, reivindican las apuestas de los movimientos por la soberanía alimentaria y la lucha por la tierra y las conectan con las cuestiones ecológicas sobre la reparación de la brecha metabólica (McMichael, 2016, p. 98)
Por otra parte, algunas corrientes enfatizan la importancia de la inclusión social y la participación de actores históricamente marginados, como mujeres rurales, jóvenes, pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes. Estas perspectivas destacan que la equidad de género, la gobernanza participativa y el fortalecimiento del “capital social” son condiciones fundamentales para alcanzar procesos de desarrollo más democráticos y sostenibles (Berdegué & Favareto, 2019).
Ahora bien, el desarrollo rural en el siglo XXI enfrenta una serie de retos relacionados con lograr mejores condiciones de vida sostenibles en el largo plazo y restaurar la producción de alimentos como un accionar socioecológico, para lo cual se requiere políticas públicas con un enfoque de medidas afirmativas para los pobladores del campo. Entre los desafíos más importantes que atañen tanto a políticas de Estado, así como a la corresponsabilidad de los ciudadanos/as, se encuentran entre otras las siguientes estrategias:
Estrategias para reversar los efectos negativos del cambio climático y la variabilidad climática como: las sequías, inundaciones y fenómenos extremos que afectan la producción agrícola y la garantía del derecho a la alimentación para una población que se encuentra en un constante aumento; y garantizar ingresos justos a las familias rurales, que impidan la degradación ambiental.
Exigencia y garantía de políticas públicas con enfoque de derechos: salud oportuna y accesible; pensiones y seguridad social; educación gratuita y de calidad incluyendo maestrías y doctorados, recreación, infraestructura vial, compras públicas, entrega de tierras productivas; acceso a tecnologías, internet, servicios públicos y crédito barato; todo ello para evitar la migración de la juventud rural a los centros urbanos, y el envejecimiento de la población rural y la escasez de la mano de obra agrícola.
Apoyo estatal a la gobernanza del territorio propuesto por las comunidades rurales: promoviendo una participación incidente y vinculante de las comunidades rurales, a la hora de la formulación y presupuestación de las políticas agrarias, y una distribución equitativa de los recursos y oportunidades al acceso a técnicas innovadoras, de riego y semillas mejoradas desde el enfoque agro regenerativos
Promover campañas de conservación ambiental: para proteger los suelos, los bosques, el agua y la biodiversidad, mediante prácticas agrícolas sostenibles y el cuidado de la naturaleza.
A estas compresiones, hay que agregar el paradigma del buen-vivir construido, con diferentes matices, desde las visiones ancestrales indígenas y afrodescendientes en América Latina y el Caribe. El paradigma del buen vivir (o sumak kawsay en quechua) que ha sido introducido como principio constitucional en Bolivia y Ecuador, cuestiona la idea de progreso infinito y riqueza material como bases de construcción del bienestar social. En su lugar, propone vivir en armonía con la naturaleza (la Madre Tierra) y en sinergia con la idea de comunidad, lo que conlleva nociones de igualdad social, cuidado y sustentabilidad de los bienes comunes (Torres-Solis & Ramírez-Valverde, 2019).
Por lo mismo, la perspectiva del buen vivir plantea un cambio en las visiones tradicionales sobre el desarrollo y bienestar rural construidas por la modernidad occidental capitalista. Por un lado, parte de un giro biocéntrico, en la concepción de la economía y de la construcción de lo social, que toma consciencia de que la naturaleza no es un recurso para explotar por el ser humano, sino que los seres humanos somos parte de ésta, y lo que le pase a la naturaleza determina el destino de la humanidad, de ahí que no se pueda abusar del planeta y que es necesario reconocer que los ecosistemas nos imponen límites. Una segunda enseñanza del buen vivir es concebir a la naturaleza y a los ecosistemas desde su complejidad, como sistemas vivos y con derechos. Un tercer elemento conceptual de este paradigma es que el bienestar social se relaciona con la armonía comunitaria, que a su vez supone la igualdad en el acceso a bienes, servicios y oportunidades, y al respeto mutuo que debe existir entre los seres humanos partiendo de su diversidad. Y, finalmente, el buen vivir ha permitido avanzar en el concepto de una economía de la reciprocidad, que fomenta además del cuidado y del acceso equitativo a los bienes comunes y productivos, el intercambio justo, trabajo colaborativo (como la minga, los tequios, la mano vuelta, el convite, etc.), por encima del lucro individual y de la acumulación privada de la riqueza.
En síntesis, el desarrollo rural debe entenderse y proyectarse como un proceso integral y multidimensional que trasciende la producción agropecuaria. La conmemoración del Día del Desarrollo Rural debe constituir una oportunidad para reflexionar sobre la necesidad de promover políticas públicas orientadas al fortalecimiento de las capacidades locales, la sostenibilidad ambiental y la inclusión social y de esta manera, contribuir a la construcción de territorios más resilientes, equitativos y capaces de enfrentar los desafíos del desarrollo rural contemporáneo.
Berdegué, J. A., & Favareto, A. (2019). Desarrollo territorial rural en América Latina y el Caribe. Santiago de Chile: Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural.
Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo. (1987). Nuestro futuro común (Informe Brundtland). Nueva York: Naciones Unidas.
Ellis, F., & Biggs, S. (2001). Evolving themes in rural development 1950s–2000s. Development Policy Review, 19(4), 437–448.
FAO. (2018). Panorama de la pobreza rural en América Latina y el Caribe. Roma: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.
Kay, C. (2009). Development strategies and rural development: Exploring synergies, eradicating poverty. Journal of Peasant Studies, 36(1), 103-137.
McMichael, P. (2016). Regímenes alimentarios y cuestiones agrarias. Barcelona: Icaria.
Torres-Solis M. & Ramírez-Valverde B. (2019). Buen vivir y vivir bien: alternativas al desarrollo en Latinoamérica. En: Revista Latinoamericana de Estudios Sociales No. 69. CIALC. México.

Por: Karen Bernal1
Vivimos un momento histórico atravesado por múltiples crisis que se profundizan mutuamente. La erosión de las democracias, el avance de proyectos políticos autoritarios y conservadores, el recrudecimiento de las desigualdades sociales y económicas, así como la crisis planetaria derivada del deterioro ambiental, configuran un escenario de alta complejidad para las sociedades contemporáneas. En medio de este panorama, los movimientos sociales enfrentan una ofensiva cada vez más aguda, marcada por retrocesos significativos en materia de derechos humanos, restricciones a la participación política y nuevas formas de violencia, control y exclusión.
En este sentido, resulta imperativo abrir espacios de conversación, análisis y construcción colectiva que permitan comprender las transformaciones del presente y, al mismo tiempo, imaginar nuevas apuestas políticas, organizativas y éticas desde los movimientos sociales. Comprender el momento actual no solo implica identificar las formas que adopta la crisis, sino también reconocer las disputas, resistencias y posibilidades que emergen en medio de ella. En este marco, el presente artículo busca ofrecer una aproximación crítica a la configuración de este fenómeno, este texto se construye a partir de las reflexiones surgidas en un espacio de diálogo y juntanza entre organizaciones sociales, en el que cuatro mujeres, provenientes de distintos procesos y trayectorias organizativas, se reunieron para conversar, problematizar y compartir lecturas sobre los desafíos del tiempo presente.
Entender lo que ocurre hoy exige reconocer que la derecha que conocíamos, representada en partidos conservadores surgidos en el siglo XIX, ya no existe. Lo que se observa en Argentina, El Salvador, Brasil, Colombia o Chile no es la derecha tradicional que aceptaba la Constitución, los jueces, los arreglos de la democracia, y los acuerdos internacionales como reglas del juego. La derecha tradicional competía dentro de las instituciones democráticas y negociaba con sus adversarios. La nueva ultraderecha, en cambio, sostiene que esas mismas instituciones están capturadas por “élites corruptas” y se siente legitimada para saltárselas cuando le conviene. Más revelador aún: donde la derecha clásica mantenía un cordón sanitario —una distancia estratégica respecto a los grupos radicales, para no manchar su reputación—, la nueva ultraderecha los abraza, los legitima y los convierte en aliados políticos. Con esto, se abre también una forma de ver a la Otredad en la política: “Hay una transformación de cómo se ve a las demás personas en el ejercicio político institucional: como alguien que debe ser eliminado, y no como un interlocutor con quien es posible el diálogo”.
Esta mutación opera en cuatro dimensiones simultáneas: Políticamente, usa la polarización para dividir a la sociedad y ganar espacio en las instituciones democráticas que dice despreciar. Económicamente, promueve modelos basados en la explotación intensiva de recursos y favorece la privatización de datos. Filosóficamente, aprovecha el descontento social real —las desigualdades históricas que el Estado no ha resuelto— para invertir el sentido de la crítica social. Y éticamente, recurre al discurso del miedo para justificar el regreso a estructuras jerárquicas y tradicionales de poder.
En adición, se debe comprender que la instrumentalización y cooptación desde diferentes lugares ha fortalecido la estrategia de la ultraderecha, un ejemplo de ello la interseccionalidad una herramienta crítica y emancipatoria creada por el movimiento social y desarrollada por el feminismo para entender las múltiples formas de opresión: clase, género, raza para analizar las causas estructurales: pobreza, racismo, patriarcado de las desigualdades. Este marco analítico ha sido vaciado de su contenido transformador para rellenarlo con miedo, resentimiento y conservadurismo. Usan la lógica de la intersección, pero invierten su dirección: en lugar de señalar como enemigos a los sistemas históricos de opresión, señalan al feminismo, a la migración y a los movimientos sociales. En lugar de explicar la crisis desde sus causas estructurales, la explican culpando a quienes luchan contra esas mismas causas. Con la interseccionalidad invertida, “lo que hace la ultraderecha es tomar este elemento crítico, analítico y emancipatorio —construido por las luchas sociales— para defender y perpetuar exactamente las formas en que se configura el poder que ese mismo análisis denunciaba”.
La bandera de la ideología de género es el caso más visible de esta inversión. Su fuerza está en que es un concepto ambiguo, es decir, no tiene una definición clara y puede significar muchas cosas según quien lo use. Esto le permite agrupar a sectores muy distintos —como iglesias católicas, movimientos neopentecostales, sectores conservadores, economistas de extrema derecha e incluso actores digitales— alrededor de una misma agenda política.
A través de este discurso, se construye un enemigo común: el feminismo, las diversidades sexuales y de género, y en general los sectores progresistas o de izquierda. Así, debates complejos sobre desigualdad, pobreza, explotación económica o crisis ambiental son desplazados por discusiones cargadas de miedo y pánico moral alrededor de temas como la sexualidad, la educación y la infancia. De esta manera, la ultraderecha logra movilizar emociones como el miedo, la indignación y la sensación de amenaza. Estos discursos fortalecen posturas reaccionarias que buscan defender estructuras tradicionales de poder, como la familia patriarcal, el orden social conservador y las jerarquías de género. Bajo esta lógica, cualquier avance en derechos sexuales, reproductivos o de género es presentado como una amenaza contra la sociedad, la familia y la libertad, justificando así discursos y acciones orientadas a frenar o revertir estos avances. El efecto inmediato: cuando estalla una crisis política, los primeros derechos en ser recortados son los de las mujeres y las disidencias.
A su vez, el debilitamiento de los regímenes democráticos, las disputas por los recursos y el cierre del financiamiento a la sociedad civil son expresiones de una misma disputa política sobre quién tiene el derecho de decidir sobre los cuerpos, los territorios y el futuro. En este orden, un diagnóstico desde los fondos feministas de base debe identificar que “No estamos en crisis separadas. El debilitamiento de los regímenes democráticos, las disputas por los recursos y la financiación de los procesos de sociedad civil son expresiones de una misma disputa política sobre quién tiene el derecho de decidir sobre los cuerpos, los territorios y el presente-futuro.”
La trayectoria es identificable: desde la crisis del neoliberalismo tras la caída del Muro de Berlín, pasando por el vaciamiento del Estado en la garantía de derechos, hasta el caldo de cultivo que esa fractura generó para los fundamentalismos políticos y religiosos. En América Latina, ese proceso se aceleró desde antes de 2010 y hoy se materializa en formas concretas de ataque institucional. Los ejemplos son reconocibles en distintos países de la región. La asfixia financiera reduce los presupuestos destinados a la atención de víctimas de violencia. La censura académica prohíbe usar términos como “género”, “feminismo” o “cambio climático” en textos educativos. La colonización religiosa de las decisiones de Estado incide directamente sobre las políticas de educación sexual integral y de interrupción voluntaria del embarazo. Y el hostigamiento digital organizado obliga a mujeres activistas a salir de los espacios públicos, cuando no del territorio mismo.
A esto se suma una dimensión que con frecuencia pasa desapercibida: la crisis de la cooperación internacional para el desarrollo. El multilateralismo está deslegitimado. Países que sostenían políticas exteriores feministas claras están poniendo esas políticas en pausa para priorizar intereses internos. Los fondos que antes llegaban a organizaciones de base se redirigen hacia otras regiones, bajo el argumento de que América Latina, como zona de renta media, “ya no lo necesita tanto”. Y cuando los recursos llegan, vienen con condiciones que excluyen a quien más los necesita: informes trimestrales, auditorías, requisitos técnicos y administrativos que solo las organizaciones más robustas pueden cumplir. Las colectivas de base —las que están más cerca de la crisis— quedan fuera del circuito. Así, con relación a la modulación del discurso en la cooperación internacional: “Hay una tendencia a suavizar el lenguaje: no hablar en términos de racismo, sino de igualdad. Esa modulación del discurso tiene implicaciones políticas directas sobre las apuestas transformadoras de los movimientos sociales”.
Esta domesticación del lenguaje —no digas racismo, di diversidad; no digas patriarcado, di equidad de género— llega incluso desde actores que se presentan como aliados. Aceptarla tiene un costo político real: vacía de contenido transformador las apuestas de los movimientos que dependen de esos recursos para sostenerse. En suma, es una estrategia central para neutralizar la potencia transformadora de los movimientos sociales. Cuando se deja de hablar de racismo para hablar de diversidad, de patriarcado para hablar de equidad de género, o de explotación para hablar de inclusión, lo que ocurre es una despolitización del conflicto. Se suavizan las palabras para hacer más aceptables las demandas, pero en ese proceso también se diluyen las estructuras de poder que producen la desigualdad. Nombrar es un acto político: las palabras permiten identificar las raíces de la opresión y, por tanto, imaginar formas de transformarla. Aceptar esta domesticación tiene un costo político real, especialmente para movimientos sociales que dependen de recursos externos para sostener sus procesos organizativos. La necesidad de traducir sus luchas a lenguajes institucionalmente aceptables puede vaciar de contenido radical sus apuestas y limitar su capacidad de confrontación.
Hay una corrección que parece obvia, pero que el debate técnico suele dejar fuera: la crisis climática no es solamente un problema ambiental. Es una crisis de derechos humanos, de justicia territorial y de desigualdad: “La crisis climática no es solamente un problema ambiental. Es una crisis de derechos humanos, una crisis de justicia territorial y, por supuesto, de desigualdad”.
Los marcos técnicos —el Acuerdo de París, el límite de 1,5 grados, las metas de biodiversidad— son necesarios, pero insuficientes si no se articulan con las realidades comunitarias. América Latina genera una fracción menor de las emisiones históricas globales, pero recibe impactos desproporcionados: pérdida acelerada de biodiversidad, eventos climáticos extremos, desplazamiento climático de comunidades enteras. Esa asimetría es la que convierte la crisis climática en una cuestión de justicia, no solo de ciencia. Comprendiendo que quienes tienen más responsabilidad de generación de la crisis son quienes imponen las formas en las que se debe o no enfrentar en los territorios o “zonas de sacrificio” que representamos las comunidades del sur global.
En este sentido, el extractivismo se configura como una continuidad, por ejemplo: en el bajo Putumayo amazónico, una empresa petrolera con bloques adjudicados en la región contaminó las fuentes hídricas de una comunidad indígena y campesina. Los estudios realizados en el territorio confirmaron que ninguna de las fuentes producía ya agua apta para el consumo humano, animal o de cualquier otra especie. El desenlace: la misma empresa que causó el daño se convirtió en la única proveedora de agua potable para la comunidad, entregada por camión cada tres días. Cuando la empresa se retire —si llega a hacerlo—, la restauración del territorio no está garantizada. Mientras tanto, las únicas opciones de sustento local quedan reducidas a trabajar para la misma empresa que contaminó el territorio, o sembrar coca, con todo lo que esa segunda opción implica en términos de estigmatización y reconfiguración del conflicto armado. Se genera así una dependencia en esta región amazónica a las empresas, configurándose “un escenario de dependencia extractiva que se explica precisamente por el mal manejo y gestión de estos proyectos, y por la falta de escucha real a las comunidades”.
Las llamadas falsas soluciones climáticas replican esta misma lógica bajo otro nombre. El capitalismo verde, el extractivismo con etiqueta sostenible, el hidrógeno azul que requiere agua para su producción y que se pretende extraer de ecosistemas estratégicos habitados por pueblos étnicos: todo apunta en la misma dirección. No existe transición energética justa que no empiece por preguntar qué pasa con los territorios y con quienes los habitan.
Colombia es, según organizaciones internacionales que monitorean la violencia contra personas defensoras del ambiente, el país más peligroso del mundo para ejercer esa labor en la última década. De las 193 personas asesinadas en el mundo por defender sus territorios en el último informe disponible, cerca de 90 eran colombianas. Pero el riesgo no es solo físico. Existe también un cierre sistemático del espacio cívico: procesos judiciales contra organizaciones, bloqueo de cuentas bancarias que paraliza la capacidad operativa de los colectivos, reducción de fondos de cooperación, ataques directos contra quien se opone al modelo extractivo. Un patrón coordinado para silenciar la defensa territorial.
Pese a esto, existen herramientas reales. Ejemplo de estas son, el Acuerdo de Escazú, ratificado tras un proceso de cuatro audiencias públicas en el Congreso colombiano —más que cualquier otro tratado en la historia reciente del país, y del que congresistas afines al presidente electo piden su denuncia, pues señalan es una “herramienta de la extrema izquierda para entregar nuestra soberanía a terceros fuera de Colombia”—, instrumento que reconoce el derecho a la información, a la participación ciudadana, a la justicia ambiental y a la protección de personas defensoras. También se cuenta con la Opinión Consultiva 32/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que reconoció explícitamente la emergencia climática como transversal a todos los marcos normativos, y la cual ya ha sido incorporado por la Corte Constitucional en sus fallos.
El problema no es la ausencia de instrumentos jurídicos. Es que esos instrumentos deben aterrizarse a las realidades comunitarias y eso requiere precisamente el tejido social que el extractivismo y las ultraderechas intentan deshacer.
En distintos territorios de Colombia se construyen, desde hace años, lo que se han denominado prácticas para el buen vivir: formas alternativas de habitar el territorio que no dependen del modelo extractivo ni de la economía de mercado para satisfacer necesidades básicas. La agroecología, el guardianaje de semillas, las ecotecnologías implementadas en páramos y zonas de condiciones climáticas extremas, la gestión menstrual alternativa, los baños secos o la producción doméstica de biogás son algunas de esas apuestas. Sin embargo, estas prácticas no son solo respuestas técnicas a problemas materiales: son también apuestas profundamente políticas. Cada una cuestiona, desde la práctica cotidiana, la idea de que el desarrollo solo es posible bajo lógicas de dependencia, consumo y extracción. Su potencia también está en su capacidad de provocar preguntas, despertar curiosidad y movilizar transformaciones colectivas. Como se ha señalado desde los procesos comunitarios: “Cuando la gente ve estas prácticas, pregunta: ¿qué es lo que están haciendo?”. Allí aparece una forma de incidencia distinta: no solo aquella que se disputa en escenarios institucionales, sino la que emerge cuando otras personas ven, reconocen y empiezan a imaginar que otras formas de habitar también son posibles.
Este horizonte de transformación está profundamente nutrido por feminismos comunitarios y territoriales que sostienen gran parte de este trabajo, los cuales no provienen exclusivamente de marcos académicos occidentales, sino de experiencias campesinas, populares, indígenas y antirracistas construidas desde las realidades concretas de cada territorio. Reconocer esto implica entender que no existen respuestas universales frente a las crisis actuales: las soluciones que pueden funcionar en un territorio andino no necesariamente serán las mismas para la Amazonia o el Pacífico. También implica reconocer que los saberes comunitarios no ocupan un lugar secundario frente al conocimiento técnico o académico, sino que constituyen una fuente fundamental de pensamiento político y de construcción de alternativas. Ante las dificultades que se presentan en la construcción territorial de alternativas, es importante no olvidar que “trabajar por la defensa del territorio es como remar contra la corriente. Y esa fue una decisión de vida. Pero ahora la corriente está más fuerte, y eso exige más: no solo remos, sino más fuerza para remar y llegar al otro lado”.
Todo esto conduce a una conclusión central: el poder de los afectos construidos colectivamente es real. Cuando las personas que defienden derechos se aíslan, cuando los proyectos autoritarios logran fragmentar los movimientos y romper las redes, se pierde mucho más que coordinación: se pierden los espacios de sostenimiento emocional y político que permiten seguir. Construir vínculos no es, entonces, un lujo que los movimientos se dan cuando tienen tiempo. Es una necesidad política urgente. Así, “la juntanza, los afectos, cuando se acuerpan, tienen mucho poder. Es una invitación a no subestimar la fuerza de seguir construyendo redes, de seguir encontrándonos y de seguir apañándonos”.
Hay también una reflexión necesaria sobre el miedo. El temor al hostigamiento, a los procesos judiciales, a la violencia digital y física que enfrentan quienes defienden derechos es comprensible. Pero si el miedo gobierna las decisiones, paraliza. La solidaridad —un valor cada vez más escaso— es lo que permite que el miedo no tenga la última palabra. Y queda, como síntesis, una frase que se ha vuelto bandera dentro de los procesos comunitarios de la región: “Sin comadres no hay lucha. Y cuando las mujeres se juntan, cosas maravillosas suceden”.
La articulación regional entre mujeres, comunidades y organizaciones —el tejido entre lo feminista, lo ambiental y lo territorial— no es solo una respuesta defensiva frente a las ultraderechas. Es, en sí misma, una forma de construir futuro: una demostración de que el encuentro, la escucha y el análisis compartido son ya una forma de resistir.
La bala muere al detonarse. La palabra vive al replicarse. Lo dijo Berta Cáceres, la lideresa ambiental lenca de Honduras, asesinada en 2016 por defender su río. Esa frase sigue circulando hoy en los espacios donde las mujeres de Abya Yala construyen, territorio a territorio, otras formas posibles de habitar el mundo.
Burchardt, Hans-Jürgen. (2025). Nuevas perspectivas frente a la extrema derecha: Las fallas y opciones del progresismo. Nueva Sociedad, 320.
Canal Instituto de Investigaciones Sociales. (2021, 9 de noviembre). Conferencia: Ecologías políticas feministas latinoamericanas: Aportes conceptuales y metodológicos [Archivo de Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=uHia9YkVi1Q
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Ravecca, Paulo; Schenck, Marcela; Fonseca, Bruno; & Forteza, Diego (2022). Interseccionalidad de derecha e ideología de género en América Latina. Analecta Política, 12(22), 1-29.
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Bogotá, 17 de junio de 2026. A pocos días de la segunda vuelta presidencial del 21 de junio en Colombia, la FIDH manifiesta su preocupación por varias propuestas y antecedentes del candidato Abelardo De La Espriella que, de llegar a la Presidencia de la República, podrían debilitar el Estado social de derecho y las garantías democráticas en Colombia.
Seguridad
El plan del candidato propone replicar el “modelo Bukele”: creación de megacárceles y normas para encarcelar personas de forma acelerada. La FIDH ha documentado que ese modelo se traduce en detenciones arbitrarias de hombres jóvenes y pobres, en lugar de perseguir a los altos mandos responsables de la violencia. Esta selectividad no combate el crimen. Por el contrario, criminaliza la pobreza y vulnera el debido proceso al recaer sobre quienes son el último eslabón de las cadenas criminales.
Adicionalmente, recuperar el control territorial por la fuerza y reactivar los bombardeos aéreos sin importar la población civl, como propone el candidato, tendrá graves consecuencias humanitarias. El Derecho internacional humanitario prohíbe operaciones que no garanticen proporcionalidad ni protección efectiva de la población civil.
Desmantelar la institucionalidad de paz y de protección
El candidato contempla eliminar o fusionar entidades esenciales para los derechos humanos: la Unidad Nacional de Protección (UNP); la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), a la que propone recortar el presupuesto en un 90 % y cerrar hacia 2030; la Unidad de Víctimas; la Unidad de Restitución de Tierras; la Agencia para la Reincorporación; y el Centro Nacional de Memoria Histórica. Desmontar esta arquitectura implica abandonar el Acuerdo de Paz, desproteger a quienes ya están en riesgo y favorecer el crimen organizado.
Derecho internacional y derechos humanos
El candidato ha planteado retirar a Colombia de la ONU, la OEA y la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y eliminar las embajadas colombianas en el exterior. Abandonar los sistemas de derechos humanos dejaría a millones de víctimas sin protección cuando la justicia interna falla. Así mismo, el diálogo entre países requiere funcionarios dedicados a ese fin. Suprimirlos aislará a Colombia y la privará de capacidad negociadora internacional.
Discriminación y presión sobre la prensa
Un juzgado ordenó al candidato retractarse y disculparse por comentarios de carácter sexual contra una periodista, al concluir que constituyeron violencia basada en género y vulneraron derechos fundamentales. El mismo patrón aparece frente a quienes lo cuestionan: el candidato ha recurrido a acciones judiciales para presionar a periodistas que investigan su entorno. En 2018, cuando el periodista Daniel Coronell cuestionó públicamente el crecimiento de su fortuna, el candidato lo demandó por difamación. En 2020 retiró la demanda en el momento en que la representación judicial del periodista le solicitó los contratos suscritos con clientes como Saab y otros personajes hoy investigados. Atacar a alguien por su género o demandar por ejercer su oficio son dos formas de silenciar la prensa libre.
Señalamientos sobre el origen de recursos y corrupción
La Revista Cambio documentó que entre 2014 y 2015 de La Espriella recibió más de 370.0000 dólares desde empresas de Alex Saab (hoy procesado en EE.UU. por lavado de activos). Estos dineros provendrían de desviaciones de recursos públicos venezolanos mediante contratos fraudulentos de alimentos y vivienda. Es decir, el dinero que ingresó a las cuentas del candidato procedería de sociedades vinculadas a esquemas de corrupción en Venezuela y, según la investigación, su destino serían operaciones inmobiliarias en EE.UU. y no el pago de honorarios.
Por su parte, una investigación de Vorágine reveló que De la Espriella compró en 2013 un predio en Becerril (Cesar) que perteneció a la hermana del narcoparamilitar condenado Hugues Rodríguez Fuentes, alias “Comandante Barbie”. El terreno colinda con la finca El Carmen, base de entrenamiento paramilitar donde se cometieron asesinatos y desplazamientos. Sus vínculos con esa familia van más allá: De la Espriella también la ha representado legalmente y es socio comercial de algunos de sus miembros.
Aunque rige la presunción de inocencia y, conforme a los Principios Básicos sobre la Función de los Abogados de Naciones Unidas, ningún abogado puede ser identificado con sus clientes ni con sus causas pero más allá de cualquier relación estrictamente profesional, la acumulación de estos señalamientos, debidamente documentados por investigaciones periodísticas, exige explicaciones claras y públicas de quien aspira a la Presidencia de la República.
Adicionalmente, en los últimos días, se anunció una denuncia penal por presuntas irregularidades en un contrato de 2018 entre Saludvida EPS (entonces bajo vigilancia especial) y la firma jurídica De la Espriella Lawyers, que habría incluido la transferencia de inmuebles por más de 146.000 millones de pesos a un tercero. La denuncia señala que De La Espriella obtuvo pagos irregulares para sus honorarios con recursos públicos administrados por la EPS y tuvo injerencia en el ocultamiento del patrimonio de la entidad cuando estaba en proceso de reorganización.
Estas preocupaciones se inscriben en una ola global de proyectos con un claro propósito antiderechos. La FIDH llama a la sociedad civil colombiana a estar alerta frente a agendas que utilizan el discurso de la seguridad para socavar sus libertades, y a no avalar retrocesos en los derechos conquistados a lo largo de décadas.

Hace algunas décadas, el escritor uruguayo Eduardo Galeano había advertido sobre lo que denominó la “cultura del envase”, aquella en la que “el contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo, el físico más que el intelecto y la misa más que Dios”.
La cultura del envase ha consolidado una sociedad en la que la apariencia termina siendo más importante que el contenido. En ella, el espectáculo desplaza a las ideas, la imagen sustituye a los argumentos y la emoción instantánea vale más que la reflexión. Hoy, en plena campaña presidencial colombiana, esa descripción parece más vigente que nunca.
La segunda vuelta enfrenta dos formas radicalmente distintas de entender la política. De un lado, Iván Cepeda presenta un programa de gobierno extenso, detallado y construido alrededor de propuestas concretas sobre corrupción, reforma agraria, participación democrática, derechos sociales y transformación territorial. Su plan dedica páginas enteras a explicar diagnósticos, objetivos y mecanismos institucionales para materializar sus propuestas. La lucha contra la macrocorrupción, por ejemplo, se desarrolla mediante la creación de un sistema nacional con componentes de prevención, investigación, juzgamiento, reparación y participación ciudadana.
Del otro lado aparece Abelardo De la Espriella, quien ha construido una campaña basada en consignas llamativas, símbolos patrióticos y frases de alto impacto emocional. Su documento programático se presenta como las “Primeras 13 propuestas para reconstruir la Patria Milagro” y gira alrededor de expresiones como “salvar la patria”, “los nunca”, “patriotismo constitucional” o “Patria Milagro”. El problema no es el uso de símbolos o emociones en política, algo perfectamente legítimo. El problema surge cuando el símbolo termina reemplazando la discusión seria sobre los problemas reales del país.
La diferencia se hace especialmente evidente en materia agraria. Mientras Cepeda desarrolla una propuesta de “Revolución Agraria” basada en redistribución de tierras, fortalecimiento de la institucionalidad rural, justicia agraria, infraestructura, crédito, comercialización y reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos, el programa de De la Espriella apenas menciona al campo colombiano y lo hace, principalmente, desde una lógica de crecimiento económico, desregulación y aceleración de licencias. Entre sus propuestas se encuentra la de “acabar la falsa reforma agraria y volver propietario al campesino”. La afirmación puede sonar atractiva en un discurso de campaña, pero el documento guarda silencio sobre una cuestión fundamental: ¿de qué manera se convertiría en propietario a quien hoy no tiene tierra?
Resulta difícil no preguntarse si quien redactó estas propuestas comprende realmente la complejidad de la cuestión agraria colombiana. En un país donde la tierra ha sido históricamente una de las principales causas de desigualdad, conflicto y desplazamiento, la ausencia de una política rural robusta es una señal preocupante de desconocimiento sobre la realidad nacional.
Sin embargo, la fuerza electoral de De la Espriella no radica en la profundidad de sus propuestas. Su principal activo político parece ser otro: haber entendido perfectamente cómo funciona la cultura del envase. En una época dominada por videos cortos, consignas simples y emociones instantáneas, el espectáculo suele generar más atención que los documentos de cientos de páginas. La camiseta de la selección, los discursos encendidos, los eslóganes patrióticos y la puesta en escena producen más impacto que una discusión detallada sobre la reforma agraria o la lucha contra la corrupción.
Por eso la elección que enfrenta Colombia es más profunda que la simple escogencia entre dos candidatos. Es también una decisión entre dos formas de relacionarnos con la política. Una que exige leer, comparar y evaluar propuestas; y otra que se conforma con las apariencias. La cultura del envase siempre ha sido cómoda porque evita el esfuerzo de pensar. Pero cuando una sociedad elige presidentes guiándose únicamente por el envase, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que dentro de él había muy poco contenido.


En el Instituto Latinoamericano para una Sociedad y un Derecho Alternativos (ILSA) nos sumamos al luto que embarga al movimiento feminista y a los procesos de defensa de los derechos de las mujeres y de la población LGBTIQ+ por el fallecimiento de la compañera Sandra Montealegre, pionera, lideresa, activista lesbiana, feminista y defensora de los derechos humanos.
Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia, Sandra contaba con una amplia trayectoria en la defensa de los derechos humanos, los derechos de las mujeres, los derechos sexuales y reproductivos y los derechos de la población LGBTIQ+. Trabajó con víctimas del conflicto armado y en procesos de construcción de paz y fortalecimiento organizativo, además de participar en la formulación, coordinación y ejecución de proyectos con organismos internacionales, entidades públicas y organizaciones sociales. Integró espacios como Planeta Paz, el Movimiento de Mujeres por la Paz, la Cumbre Nacional de Mujeres y Paz y la Coalición Latinoamericana LGBT ante la OEA, y colaboró con la Fundación Sergio Urrego. Asimismo, desarrolló una destacada labor en la formulación e implementación de políticas públicas de mujeres y género, la gestión interinstitucional, la administración pública, la formación en derechos humanos y el acompañamiento a organizaciones sociales y de mujeres campesinas. Estuvo al frente de la planeación de género del Ministerio del Trabajo y fue conferencista y consultora en diversos escenarios nacionales e internacionales.
Sandra estuvo vinculada a nuestra entidad en diferentes proyectos, acompañando el trabajo con las mujeres rurales como contratista del Instituto, contribuyendo a delinear el trabajo de educación popular e incidencia de los procesos organizativos de las mujeres que ILSA apoya.
Su voz, su pensamiento y su vida constituyeron un compromiso permanente con la defensa de las mujeres diversas y con la lucha por la igualdad, la participación y la dignidad. Su legado marca, sin duda, un horizonte de acción para el movimiento social y popular de las mujeres y de las personas LGBTIQ+ en Bogotá y en distintas regiones de Colombia.
Sandra vivió su militancia feminista con alegría, generosidad y profunda convicción, dejando una huella imborrable en quienes compartieron sus luchas y esperanzas. Su memoria seguirá acompañando el ritmo de la batucada y guiando los pasos hacia una sociedad más libre, justa e incluyente, donde las utopías feministas continúen abriendo caminos para las mujeres y las diversidades.
Expresamos nuestro más sentido pésame a nuestra compañera y exdirectora ejecutiva María Eugenia Ramírez, así como a los familiares, amigas y compañeras de Sandra. Las acompañamos con afecto y solidaridad en estos difíciles momentos.

Hoy 3 de junio de 2026, desde el municipio de Aquitania- Boyacá, ILSA en alianza con el Proceso Resistencia Aquitania y la Institución Educativa de Toquilla se da inicio a un proceso pedagógico que tiene como base fundamental la soberania alimentaria, las económicas del cuidado y solidarias. Haciendo hincapié en el fortalecimiento de liderazgos de mujeres y jóvenes rurales con perspectiva de género y ambiental. En aras de fortalecer la permanencia en el territorio campesino y la defensa del mismo en el páramo Tota-Bijagual-Mamapacha.






Instituto Latinoamericano para una Sociedad y un Derecho Alternativos, ILSA.
El Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, Olivier De Schutter1, presentó en el 80° periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada el año pasado, el informe El populismo de ultraderecha y el futuro de la protección social. En este, identifica múltiples riesgos asociados al auge del populismo de ultraderecha, especialmente en relación con la democracia, la protección social y los derechos humanos. A continuación, presentamos cinco de los peligros más relevantes desarrollados en el informe sobre la amenaza que representa la ultraderecha:
El Relator advierte que uno de los principales peligros del populismo de ultraderecha es el deterioro progresivo de las instituciones democráticas. Señala que, una vez en el poder, estos movimientos tienden a atacar la independencia judicial y los medios de comunicación, restringir el espacio cívico y desacreditar a sus opositores políticos calificándolos de traidores o antipatriotas, al tiempo que buscan eludir al legislativo para concentrar el poder ejecutivo. El informe muestra que este fenómeno no consiste únicamente en una disputa ideológica, sino en una transformación institucional que debilita los controles democráticos y facilita formas de autoritarismo contemporáneo sustentadas en la polarización social y el nacionalismo excluyente.
Otro riesgo central identificado en el Informe es el debilitamiento deliberado de los sistemas de protección social. El populismo de ultraderecha suele presentar los derechos sociales como gastos excesivos, despilfarro o privilegios otorgados a sectores considerados improductivos, promoviendo recortes en salud, asistencia social y programas alimentarios y “reforzando una creencia cultural e institucional del en el productivismo: la idea de que solo quienes contribuyen económicamente merecen protección”. De Schutter, ejemplifica esta tendencia con políticas impulsadas en países donde la reducción de programas sociales profundizó desigualdades y aumentó la inseguridad alimentaria. Para el Relator, esta lógica sustituye la idea de la protección social como derecho humano y erosionan el tejido social.
El Relator identifica como especialmente peligroso el llamado chovinismo del bienestar, es decir, la idea de que la protección social debe reservarse únicamente para el endogrupo nacional, excluyendo migrantes, minorías y sectores considerados no merecedores. De acuerdo con el Informe, esta lógica erosiona el principio universal de los derechos humanos y alimenta dinámicas de discriminación institucional. La ultraderecha construye así divisiones entre nosotros y ellos, promoviendo la percepción de que ciertos grupos sociales reciben beneficios ilegítimos a costa de la población nacional. Ello termina fortaleciendo políticas xenófobas y racistas que socavan la cohesión social y legitiman formas de exclusión estructural.
El informe explica que el populismo de ultraderecha se alimenta del miedo de las personas a perder su estatus y de la inseguridad económica y cultural. Los líderes ultraderechistas cultivan deliberadamente el resentimiento social mediante discursos que exaltan el nacionalismo, fomentan el miedo al extranjero y responsabilizan a minorías, migrantes o élites políticas de las crisis sociales y económicas. En este último caso, el Relator expone: «los populistas de ultraderecha afirman representar a la “gente corriente” frente a las “élites”. Sin embargo, en muchos casos, ellos mismos forman parte de la élite y deben su ascenso en la política a la riqueza de su familia o a sus conexiones sociales. Una vez en el poder, suelen tratar de mantener los privilegios de la misma élite económica a la que critican en sus discursos». También, señala que la manipulación emocional produce ciudadanos ansiosos. Además, la ultraderecha aprovecha contextos de desigualdad y abandono territorial para transformar frustraciones sociales legítimas en hostilidad identitaria, debilitando la solidaridad democrática y favoreciendo respuestas autoritarias.
Finalmente, De Schutter advierte que el auge del populismo de ultraderecha profundiza la fragmentación social y destruye vínculos comunitarios amplios. El informe explica que, en contextos de aislamiento social y pérdida de confianza institucional, las personas pueden ser fácilmente movilizadas hacia proyectos políticos extremistas. Además, señala que ciertos procesos de reconstrucción identitaria pueden reforzar formas cerradas de capital social cohesivo que intensifican los enfrentamientos entre grupos étnicos, religiosos o nacionales. Frente a ello, el Relator propone fortalecer formas de solidaridad conectora entre comunidades distintas, pues considera que la defensa de sistemas universales de protección social constituye una barrera democrática frente a la expansión de la ultraderecha y la política del odio.
A pocas horas de las elecciones presidenciales en Colombia, se hace necesario retomar los planteamientos del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, Olivier De Schutter, con relación a como la ultraderecha significa un retroceso para la democracia, para la lucha contra la pobreza, la exclusión y la desigualdad, y para la garantía de la protección social como un derecho individual y como un bien público que beneficia a toda la sociedad.

El próximo 31 de mayo, Colombia acudirá a las urnas para elegir a su nuevo presidente. Aunque hay catorce candidaturas inscritas, diversos medios han señalado que la disputa real podría concentrarse entre tres: Iván Cepeda, Abelardo De la Espriella y Paloma Valencia. En medio de esta competencia política, resulta inevitable preguntarse qué lugar ocupa el campo colombiano dentro de las propuestas presidenciales.
La respuesta, tras revisar los programas consignados hasta la fecha en las páginas oficiales de los candidatos, es preocupante. A pesar de que el campo colombiano ha sido uno de los escenarios más afectados por las desigualdades históricas, la pobreza rural y el conflicto armado, dos de los tres aspirantes con mayores posibilidades electorales apenas desarrollan propuestas sobre el sector agrario. Esta escasa atención no solo sorprende, sino que revela una inquietante falta de prioridad política frente a uno de los problemas estructurales del país.
El caso de Abelardo De la Espriella es ilustrativo. Sus propuestas agrarias se reducen, en la práctica, a la introducción de inteligencia artificial en la producción agrícola. Si bien la tecnología puede aportar herramientas útiles para mejorar la eficiencia, presentar este elemento como el eje de una política agraria resulta desconectado de la complejidad de los desafíos rurales. A ello se suma su apoyo al fracking, una postura que puede interpretarse como un retroceso en materia de justicia ambiental, especialmente en territorios donde la tensión entre desarrollo económico y sostenibilidad sigue siendo crítica.
La situación no es muy distinta en el caso de Paloma Valencia. Sus planteamientos para el campo se concentran en un “gran plan vial campesino”, enfocado en la pavimentación de vías terciarias. La infraestructura es, sin duda, una necesidad urgente para muchas comunidades rurales, particularmente para facilitar la comercialización de sus productos. Sin embargo, reducir la política agraria a la construcción de carreteras implica ignorar problemas estructurales más profundos, como la distribución de la tierra, el fortalecimiento institucional y las condiciones de producción campesina.
Frente a este panorama, Iván Cepeda es el único de los tres candidatos que dedica una parte significativa de su programa al sector rural, a través de lo que denomina una “revolución agraria para Colombia”. Entre sus propuestas se incluyen el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos, la redistribución, restitución y recuperación de tierras, el fortalecimiento de la institucionalidad agraria, la creación de circuitos de comercio justo, la reactivación de cadenas productivas estratégicas y el desarrollo de un programa nacional de pesca y piscicultura.
Más allá de la cantidad de propuestas, lo que distingue esta agenda es su carácter estructural. A diferencia de los otros candidatos, que plantean soluciones puntuales o sectoriales, el enfoque de Cepeda aborda problemas históricos del desarrollo rural colombiano: la concentración de la tierra, la debilidad institucional y la precariedad de las condiciones productivas del campesinado.
La diferencia en la profundidad programática es evidente. Mientras un candidato presenta una agenda estructurada para el campo, los otros ofrecen iniciativas fragmentarias que difícilmente pueden considerarse el núcleo de una política agraria integral. Más que propuestas robustas, lo que se observa son ideas aisladas que parecen desatender la dimensión histórica del problema rural en Colombia.
En este contexto, la falta de propuestas sólidas para el campo no es simplemente una debilidad programática, sino el síntoma de una vieja tendencia de la política colombiana: relegar lo rural a un segundo plano. Ignorar el problema agrario no lo hace desaparecer; por el contrario, contribuye a perpetuar las desigualdades que han alimentado el conflicto y la exclusión durante décadas.
El debate electoral debería ser una oportunidad para discutir seriamente el futuro del campo colombiano. Si el agro continúa ocupando un lugar marginal en algunas agendas políticas, el país corre el riesgo de reproducir las mismas desigualdades que han marcado su historia rural.
*Publicado originalmente en Revista Raya