Autor: ILSA

  • El difícil parto de la renovación política: el caso de Perú


    Boaventura de Sousa Santos

    El difícil parto de la renovación política: el caso de Perú

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    El contexto internacional de la tercera década del siglo está siendo marcado por el grave declive de la convivencia democrática, ya de por sí congénitamente débil y selectiva. Este declive tiene dos caras. Por un lado, el predominio agresivo de las fuerzas políticas de derecha más conservadoras. En el continente latinoamericano esta agresividad se manifiesta en la renovada presencia de la extrema derecha, que se afirma de muchas maneras: el discurso de odio racial y sexual en las redes sociales que a veces se aloja impunemente en el discurso político oficial (el legado más nefasto de Donald Trump); la inculcación ideológica de peligros imaginados (el comunismo, el extremismo o el chip insertado en las vacunas) o del negacionismo ante peligros reales (la gravedad de la pandemia); el recurso a la narrativa del golpe antidemocrático para restablecer un orden supuestamente amenazado por una subversión inminente que, de hecho, está siendo planeada milimétricamente por quienes se proclaman como la única opción para detenerla; el resurgimiento de grupos armados ilegales que actúan con la complicidad del Estado.

    La otra cara del declive democrático radica en la desorientación de las fuerzas políticas de izquierda. Se manifiesta también de muchas maneras: pérdida de contacto con las necesidades, las aspiraciones y las narrativas de indignación de las clases populares cuyos intereses dicen defender; concentración exclusiva en estrategias electorales a corto plazo cuando cada vez es más incierto que haya elecciones o que estas sean libres y justas; surgimiento de nuevos sectarismos y dogmatismos, ya sea en nombre de la prioridad del desarrollo extractivista, ya sea en nombre de la prioridad de las pautas identitarias raciales o sexuales; de este sectarismo deriva la incapacidad para identificar lo que, a pesar de todo, une a las diferentes fuerzas de izquierda y para incidir pragmáticamente en estos puntos de unión a fin de ofrecer una alternativa política creíble (la víctima más reciente de este sectarismo fue la izquierda ecuatoriana tras la primera vuelta de las elecciones de 2021).

    La convergencia tóxica de estas dos caras del declive democrático está haciendo que las poblaciones vulnerabilizadas por el capitalismo cada vez más salvaje, por el colonialismo eterno y por el patriarcado no menos eterno sigan, según el contexto, uno de los tres caminos siguientes: a) sucumbir a la desesperación y resignarse por la vía del crimen o de la salvación en el otro mundo, acogiéndose mansamente como corderos a la protección de los lobos trascendentes del capital religioso; b) rebelarse fuera de las instituciones, dando lugar a explosiones sociales que pueden incluir ocupaciones de zonas urbanas (India y Colombia), saqueo de tiendas y supermercados (Sudáfrica) o destrucción de estatuas de esclavistas y de asesinos de los vencidos de la historia (Sudáfrica, Estados Unidos, Colombia y, más recientemente, Brasil);

    1. c) organizarse para asegurar la transformación del sistema político y social, utilizando los procesos electorales para elegir a los candidatos que prometan dicha transformación. Solo este último camino garantiza el rescate de la convivencia democrática y por eso me centro en él, sin dejar de insistir por ello en que tiene lugar en el contexto en el que otros caminos se siguen o pueden seguirse en paralelo o

    El camino de la transformación política tiene en la actualidad tres caras principales en el continente: el rescate a través de la elección de candidatos

    populares conocidos tras la cruel experiencia con gobiernos de derecha neoliberal (México, con López Obrador, Argentina, con Alberto Fernández, Bolivia, con Luis Arce); el rescate por vía de la transformación del sistema político mediante la convocatoria de asambleas constituyentes (Chile); el rescate por medio de la elección de candidatos hasta ahora desconocidos, pero cuyo origen y trayectoria legitima el riesgo de un cheque político casi en blanco (Perú). Todos estos caminos ofrecen cierta esperanza (al menos, la de respirar durante algún tiempo, lo que no es poco en tiempos de pandemia) y todos implican riesgos. Me centro en el caso de Perú por su actualidad y complejidad.

    El pasado 28 de julio Pedro Castillo asumió la presidencia de Perú. Hasta hace unos meses, Castillo era un desconocido político. Nacido en Tacabamba, a casi mil kilómetros de Lima, centro político de Perú, Castillo es un campesino humilde, maestro de primaria, rondero, (las rondas campesinas son patrullas de defensa comunitaria elegidas por comunidades campesinas y hoy legalmente reconocidas por el Estado) y dirigente sindical que concentra en sí mismo las características de las poblaciones que siempre han estado excluidas económica, social y políticamente por razones clasistas, racistas o sexistas. El proceso que culminó el 28 de julio es tan revelador del declive democrático como de la posibilidad de rescatarlo.

    Veamos primero el declive. Las fuerzas de derecha hicieron todo lo posible para impedir la toma de posesión de Pedro Castillo. Invocaron fraude electoral, recurrieron a dilaciones procesales en las instancias electorales, promovieron la demonización de Castillo en los medios de comunicación nacionales e internacionales (en los que participó el patético Vargas Llosa), movilizaron a las Fuerzas Armadas y a las iglesias para frenar la “subversión”. La situación era complicada porque Pedro Castillo había ganado las elecciones por un pequeño margen. Hoy está claro en las Américas (incluyendo EE.UU.) que quien se proponga rescatar la normalidad democrática tiene que ganar con un amplio margen para evitar ser sometido al tormento de la sospecha manipulada de fraude electoral. Ya antes lo habría mostrado López Obrador, a quien le robaron varias elecciones antes de la que ganó por una diferencia de muchos millones de votos.

    Esta vez, las fuerzas de derecha no lograron sus objetivos porque se enfrentaron a un importante factor de rescate. Es que Castillo se identificaba con los excluidos de la historia de Perú. Una de cada cuatro personas se identifica como miembro de uno de los muchos pueblos indígenas andinos y amazónicos que han sido víctimas de proyectos mineros extractivistas, a los que se han opuesto con riesgo de sus vidas. Según datos de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, entre 2001 y 2021 fueron asesinados 200 defensores de derechos humanos involucrados en la defensa de los territorios. No es de extrañar que Castillo haya obtenido más del 70% de los votos en las provincias donde las poblaciones sufren más por los grandes proyectos mineros (Espinar, Chumbivilcas, Cotabambas, Celedín, Islay, Pasco, Ayabaca, Cañaris). Ante el peligro de que les roben la elección, miles de indígenas y campesinos, ronderos, acostumbrados a rondar por sus comunidades para garantizar la seguridad de sus vecinos, convergieron en Lima, provenientes del Perú profundo, esta vez para velar y garantizar la seguridad de algo más bien etéreo, el resultado de las elecciones, la democracia misma. Por tanto, tampoco es de extrañar que, mientras en los gobiernos de los últimos veinte años los ministros que integraban el gobierno nacieron predominantemente en Lima –entre el 62% en la gestión de Martín Viscarra y el 87% en la de Alejandro Toledo–, ahora en el Gobierno de Pedro Castillo solo el 29% de sus ministros posesionados nació en Lima.

    Este movimiento no sucedió por casualidad. Tenía antecedentes en el movimiento de los jóvenes urbanos que, en octubre de 2020, se rebeló contra un gobierno ilegítimo y ocupó las calles de Lima en defensa de la democracia, dos de los cuales fueron asesinados. Fueron reprimidos violentamente y así se convirtieron en la nueva generación de héroes, los héroes del bicentenario. Esta conjunción anunciaba la posibilidad de nuevas alianzas intergeneracionales y entre la ciudad y el campo, alianza que, en este momento, parece tener nueva y particular importancia en otros países (por ejemplo, en la explosión social que vive Colombia actualmente).

    Pero las dificultades en la elección de Pedro Castillo y en la composición de su Gobierno revelan también la otra cara del declive democrático que mencioné anteriormente: la desorientación y fragmentación de las fuerzas de izquierda. Las alianzas necesarias revelaron la existencia de importantes fracturas entre las izquierdas. Las fracturas son complejas y en ellas convergen las viejas rivalidades tácticas y estratégicas que siempre dominaron en la izquierda tradicional, y las nuevas rivalidades sobre la naturaleza y prioridad de las nuevas luchas contra la discriminación racial y sexual. A diferencia de lo ocurrido en Ecuador, la división no parece ser tanto sobre la prioridad de la lucha contra el extractivismo minero y la desigualdad social que provoca. Tiene que ver, principalmente, con la división entre izquierdas progresistas en el plano de la igualdad socioeconómica y conservadoras en el plano de las costumbres e identidades (igualdad de género y defensa de las causas LGBTIQ), por un lado; e izquierdas progresistas en ambos planos e incluso, eventualmente, que priorizan el segundo plano, por otro. Esta división fue ocultada a veces por acusaciones de extremismo que llegaron a envolver la memoria de la subversión guerrillera (Sendero Luminoso), un peligro ahora definitivamente enterrado en Perú (no se puede decir lo mismo de la subversión contrarrevolucionaria de extrema derecha, en la tradición nefasta del fujimorismo). Estas divisiones fueron evidentes en la constitución de la mesa directiva del Congreso y el desastroso resultado podría ser fatal para el gobierno de izquierda. También fueron evidentes en el proceso de constitución del Gobierno, pero aquí fue posible superarlas y prevaleció el sentido común. Por ahora, al menos.

    Nada de esto es seguro, excepto que las fuerzas de derecha y extrema derecha estarán atentas y no desaprovecharán ninguna de las oportunidades que les brinde este gobierno de izquierda para derrotar una propuesta de esperanza que ahora vuelve a iluminar el continente desde Perú. En su discurso de toma de posesión, el presidente Pedro Castillo utilizó la expresión quechua Kachkaniraqmi, que significa “sigo siendo”. A pesar de todas las exclusiones y humillaciones del pasado, el pueblo humilde y trabajador de Perú, con la elección de Pedro Castillo, recupera la esperanza de seguir siendo garante de la lucha por una sociedad más justa. Esta esperanza está presente de modo muy elocuente en las palabras de uno de los ministros más importantes del nuevo Gobierno, Pedro Francke, ministro de Economía: “Por un avance sostenido hacia el Buen Vivir, por igualdad de oportunidades, sin distinción de género, identidad étnica u orientación sexual. Por la democracia y la concertación nacional, ¡sí juro!”.

  • La ocupación colonial de Palestina por Israel: la solución final sin fin


    Boaventura de Sousa Santos

    La ocupación colonial de Palestina por Israel: la solución final sin fin

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Un alto el fuego más, después de tantos otros, en la ocupación colonial de Palestina por Israel; otra estadística de muertes para los archivos del olvido; otra oportunidad para pacificar la conciencia de la comunidad internacional, especialmente estadounidense y europea; otro período de banalización de la humillación diaria de quienes, por motivos laborales, cruzan los puestos de control israelíes; otro proceso de intensificación de las provocaciones hasta los próximos bombardeos; otro momento de limpieza étnica por parte de una potencia colonial y violenta.

    La historia es conocida. Las atrocidades cometidas contra los judíos por el régimen nazi alemán durante la Segunda Guerra Mundial colocaron a Occidente ante el deber moral de atender la reivindicación sionista de la creación de un Estado judío. Fue en este contexto que, poco después de la constitución de las Naciones Unidas, el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina, liderado por Estados Unidos y la entonces URSS, presentó un Plan de Partición del territorio. Este plan, que preveía la división de Palestina en un Estado judío (55% del territorio) y un Estado palestino (45% del territorio), tiene su origen en el proyecto colonial moderno, y se asemejó a varios otros proyectos de partición cuyos conflictos aún siguen sin resolverse en la actualidad (por ejemplo, de las dos Coreas o de la India y Pakistán). En un contexto en el que la ONU aún contaba con una débil participación de las naciones del Sur, se aprobó el Plan, aunque los Estados árabes no reconocieron al nuevo Estado de Israel. De la consiguiente guerra entre Israel y los Estados árabes y las fuerzas palestinas (1948-1949), salió vencedor Israel, que ocupó varias regiones, expandiendo el territorio cerca de 20 mil km² (75% de la superficie de Palestina). El territorio restante fue ocupado por Jordania, que se anexó Cisjordania, y por Egipto, que ocupó la Franja de Gaza. Estos episodios violentos, en el origen del Estado de Israel, provocaron el desplazamiento forzado de casi un millón de palestinos, quienes abandonaron las áreas incorporadas por Israel[1]. Este enorme contingente de refugiados, dispersos en campamentos de países del Oriente Próximo y del resto del mundo, está en el origen de la “cuestión palestina”. Como subrayó Tariq Ali, lo que hasta entonces había sido una cultura común para musulmanes árabes, cristianos y judíos, sufrió una profunda brecha, que los palestinos bautizarían como la Nakba, la catástrofe[2].

    Nada de lo que se escriba en defensa del pueblo palestino podrá ayudarlo a aliviar los tormentos que ha sufrido desde la creación de Israel, un sufrimiento aún más injusto por ser impuesto para expiar los crímenes de los europeos. Tampoco puede ayudar gran parte del pueblo judío a desvincularse del proyecto colonial sionista que está llevando a cabo Israel en Palestina, tal es la intoxicación ideológica a la que está hoy sometido. Cuando se trata de Palestina, escribir no es más que un acto de contención de la rabia, un grito escrito de desesperación e impotencia. En esto radica paradójicamente el papel crucial de esta tragedia: muestra con inquietante transparencia la falsedad histórica, filosófica y sociológica de los “hechos” que más decisivamente sostienen las políticas dominantes de nuestros días. Siempre que la mentira y la mala fe se convierten en política de Estado, la buena fe y la verdad las combaten sin armas. Son piedras contra bombas. Nos enfrentamos a una destrucción masiva de sentido. Albert Camus solía decir que “las ideas falsas terminan en sangre, pero en todos los casos se trata de la sangre de otros”[3]. Palestina es el gran descodificador de la hipócrita falsedad de los mecanismos dominantes para hacer prevalecer los “valores occidentales”, que incesantemente conducen a su propia violación. Los mismos mecanismos ya están siendo “remasterizados” para el próximo uso catastrófico: la guerra con China.

    Falsificación histórico-teológica. Jerusalén no es ni puede ser la capital de Israel. Jerusalén es, desde hace muchos siglos, una ciudad sagrada y, como tal, pertenece a todos los que profesan las religiones que allí conviven. Los Estados tienen capital; los pueblos, no. Israel reivindica ser un Estado judío. Como Estado, no tiene derecho a Jerusalén, a menos que se reduzca a cenizas el derecho internacional; como pueblo, es un absurdo teológico tener capital. Como dice el rabino Yaakov Shapiro: los pueblos no tienen capital, el pueblo judío no tiene capital.

    Falsificación política 1. Se ha invocado la defensa de la democracia para justificar la posición occidental. Como señaló el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al firmar el programa de ayuda a Israel hasta 2028, Estados Unidos e Israel son dos “democracias vibrantes” que comparten los mismos valores y deben ser defendidas por igual de sus enemigos. Es una invocación doblemente falsa. Israel es tan democrático como lo era Sudáfrica en la época del apartheid. Los palestinos que viven en el Estado de Israel (alrededor del 21% de la población) son los descendientes de los aproximadamente 150.000 palestinos que se quedaron en lo que hoy es Israel, una pequeña minoría en comparación con los que fueron expulsados ​​de su tierra y ahora viven en los territorios ocupados. Son ciudadanos de segunda clase con fuertes limitaciones legales y políticas, sobre todo desde que en 2009 Benjamin Netanyahu llegara al poder y comenzara su política de sobreponer el carácter judaico de Israel al carácter democrático. Ante la constante erosión de los derechos a los que están sujetos, unos luchan por la igualdad de derechos, otros abandonan la política.[4] Actualmente viven divididos por el dilema de “mi Estado está en guerra con mi nación”. La otra falsedad se refiere al gobierno de los territorios ocupados. En Palestina, como en el resto del mundo, la democracia solo es reconocida cuando favorece los intereses occidentales. Como en Palestina los intereses occidentales son los intereses de Israel, no se reconoció la victoria libre y justa de Hamás en las elecciones legislativas de 2006 (74 diputados frente a los 45 de Al Fatah, en un Parlamento de 132 diputados). Lo ocurrido en los últimos dieciséis años no se puede entender sin tener en cuenta esta decisión arbitraria de los países occidentales bajo la presión de Israel y su aliado, Estados Unidos.

    Falsificación política 2. Vengo defendiendo que el colonialismo no desapareció con la independencia política de las colonias europeas. Solo ha desaparecido una forma de colonialismo, el colonialismo de ocupación extranjera e incluso esta ni siquiera del todo. Basta mencionar el colonialismo al que está sujeto el pueblo saharaui. Actualmente existe bajo otras formas, de las cuales las dos más obvias son el racismo estructural y el régimen de apartheid impuesto por Israel en los territorios ocupados. Reconocer la existencia del apartheid es reconocer la existencia del colonialismo. La más pronorteamericana de las organizaciones de derechos humanos, Human Rights Watch, publicó e
    n abril de 2021 un informe que caracteriza a Israel como un Estado de apartheid. Cabe recordar que en 1973 la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención Internacional para la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid (Resolución 3068), que entró en vigor en 1976. En los territorios ocupados (Jerusalén Este, Cisjordania Palestina y la Franja de Gaza), el autogobierno de los palestinos está totalmente subordinado a la potencia ocupante. La opresión es sistemática y la discriminación es institucional: expropiación de tierras, cambio forzoso de residencia, control de movimientos, gestión del agua y la electricidad, negación de servicios esenciales (últimamente las vacunas contra el COVID-19). Una ocupación violenta que convirtió la Franja de Gaza en la prisión al aire libre más grande del mundo. En fin, colonialismo puro y duro. Si la ONU reconoce el apartheid como un crimen contra la humanidad, ¿por qué no se juzga a Israel por tal crimen? Porque los valores occidentales se utilizan solo cuando conviene a quienes tienen poder para beneficiarse de ellos.

    Pero el colonialismo al que está sometido el pueblo palestino tiene muchas otras caras que lo identifican con el colonialismo histórico. Una de ellas es la eliminación de la identidad palestina y de la memoria de la anexión del 78% del territorio de Palestina por parte de Israel en 1948, la Nakba. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA por su sigla en inglés) que, como su nombre indica, tiene como objetivo cuidar a los refugiados palestinos expulsados ​​violentamente de sus hogares en 1948 y 1967, así como a sus descendientes, ha sido duramente criticada por organizaciones sionistas conservadoras por estar contribuyendo a que los palestinos “no pierdan su identidad y sean asimilados por la sociedad que los rodea”. ¿Cuál es la diferencia entre esto y las políticas de los colonizadores en las Américas y en África para eliminar la identidad y la memoria de los pueblos originarios?[5]

    La falsificación de las equivalencias. Al contrario de lo que dice Israel, no se trata de responder con violencia a la violencia. No defiendo el lanzamiento de misiles contra Israel ni las muertes que causa, pero la desproporción entre los ataques de Hamás y la respuesta israelí es tan impactante que no es aceptable como justificación para la matanza indiscriminada de miles de personas inocentes. Israel tiene el cuarto ejército más poderoso del mundo. Entre los recurrentes estallidos de violencia, basta recordar que en 2014 los ataques de Israel duraron 51 días y mataron a más de 2.200 palestinos, incluidos 551 niños. Esta vez, en 11 días (el 20 de mayo se impuso un alto el fuego), del lado palestino hubo 232 muertos, de los cuales 65 eran niños, y 12 muertos del lado israelí (incluidos dos niños), además de la brutal destrucción de infraestructuras en la Franja de Gaza, incluyendo escuelas. Estamos ante un terrorismo de Estado que utiliza las armas más sofisticadas proporcionadas por Estados Unidos para mantener a un pueblo en un estado de terror constante desde 1948.

    La falsificación mediática. Los medios de comunicación mundiales se avergonzarán algún día de los prejuicios con los que informan lo que está sucediendo en Palestina. Dos ejemplos. La opinión pública mundial se entera de que lo que desencadenó el ataque más reciente de Israel contra la Franja de Gaza fueron los misiles lanzados por Hamas. Porque más allá de eso no pasó nada. No ocurrieron antes para los medios la invasión de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, y los disparos contra creyentes en oración, en medio del Ramadán (un mes sagrado para los musulmanes); ni tampoco ocurrieron los ataques, durante meses, de grupos de fanáticos en Jerusalén Este contra viviendas y casas comerciales. La culpa, por lo tanto, es de Hamas e Israel solo se está defendiendo. Segundo ejemplo: durante los ataques israelíes, los palestinos simplemente “mueren”, mientras que los israelíes son “asesinados por Hamas” o “asesinados por ataques con misiles”.

    El horror de una simetría impensable. El gran historiador judío Illan Pappé fue quizás el primero en preguntarse, con angustia, cómo se podía imaginar que, setenta años después del Holocausto, los israelíes usaran contra los palestinos las mismas tácticas de destrucción, humillación y negación que los nazis habían usado contra los judíos. En 2002, José Saramago, de visita en Palestina, hizo comparaciones polémicas entre el sufrimiento de los palestinos bajo la opresión israelí y el sufrimiento de los judíos bajo la opresión nazi. En una entrevista con la BBC, aclaró: “Evidentemente fue una comparación forzada a propósito. Una protesta formulada en términos habituales puede que no provocase la reacción que ha provocado. Por supuesto que no hay cámaras de gas para exterminar a los palestinos, pero la situación en la que se encuentra el pueblo palestino es una situación de campo de concentración… [y añadió premonitoriamente] Esto no es un conflicto. Podríamos llamarlo un conflicto si fueran dos países, con una frontera, y dos estados, cada uno con su propio ejército. Es algo completamente diferente: apartheid”. En 1933, la mayoría de los judíos alemanes no eran sionistas, es decir, no abogaban por la creación de un Estado para los judíos. De hecho, la organización judaica más grande se autodenominó “organización central de ciudadanos alemanes de fe judía”.

    Mucho antes de ordenar el Holocausto, Hitler, obsesionado con expulsar a los judíos de Alemania (y más tarde de Europa), negoció con la organización sionista (la Federación Sionista de Alemania) un acuerdo (muy controvertido entre los judíos) para transferir judíos a Palestina (entonces bajo control británico), ofreciéndoles “mejores” condiciones (es decir, menos vergonzosas) que las imperantes para la emigración a otros países. Bajo el Acuerdo Haavara de Transferencia (1933), el Estado les confiscó todos los bienes que poseían, pero transfirió el 42,8% de ese capital a la Agencia Judía en Palestina, el 38,9% de esa cantidad en forma de bienes industriales producidos en Alemania. Es evidente la humillación de obligar a los emigrantes forzados a utilizar los productos del Estado que los expulsó. Se estima que entre 1933 y 1938 solo unos 40.000 alemanes y 80.000 polacos emigraron a Palestina. Habrían sido aún menos si los países europeos hubieran estado más dispuestos a aceptar inmigrantes judíos, incluso si más tarde quedó claro que el objetivo final era “una Europa sin judíos”[6].

     

    En nuestro tiempo, el Estado de Israel se creó sobre la base de una operación masiva de limpieza étnica: 750.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus hogares y tierras, a los que se sumaron más de 300.000 después de la guerra de 1967. Hoy crecen en Israel los grupos de extrema derecha que proclaman la expulsión de todos los palestinos de los territorios ocupados hacia los países árabes vecinos. E incluso los “árabes israelíes” están legalmente prohibidos de residir en ciertas ciudades. En 2011, la Knéset promulgó una ley que permite a las ciudades del Negev y de Galilea, con una población de hasta 400.000 familias, crear comités de admisión que pueden negar la admisión a personas que “no sean adecuadas para la vida social de la comunidad” o que sean incompatibles con “el perfil sociocultural”[7]. Durante décadas, ciudades entera
    s fueron destruidas y se deja morir a los palestinos heridos debido a que el ejército israelí bloquea el paso de las ambulancias. Ante la sospecha de algún acto individual de resistencia por parte de los palestinos, las autoridades ocupantes detienen a padres, familiares, vecinos, les cortan el agua y la luz. Nada de esto es nuevo y trae recuerdos horribles. Según el diario israelí Maariv, citado por el prestigioso periodista Robert Fisk, un destacado militar israelí aconsejaba a las tropas, en caso de entrada en campos de refugiados densamente poblados, seguir las lecciones de batallas pasadas, incluidas las del ejército alemán en el gueto de Varsovia[8].

    Lo que sucede hoy en Sheikh Jarrah es un microcosmos de la repetición de la historia. En 1956, 28 familias palestinas, expulsadas de su tierra en 1948, se establecieron en este barrio de Jerusalén Este con la esperanza de no ser expulsadas de nuevo de su hogar. En ese momento, este vecindario y toda Cisjordania estaban bajo administración jordana (1951-1967) y la instalación se negoció con Jordania, la ONU y organizaciones de derechos humanos de Jerusalén. Hoy en día, están siendo desalojados de sus hogares por orden de la Corte Suprema de Israel y durante años han visto sus casas apedreadas por fanáticos, algunos de los cuales se instalan en la parte principal de la casa y obligan a sus residentes a acomodarse en la parte trasera de la casa. Con la complicidad de la policía, extremistas israelíes deambulan por las calles del barrio de noche gritando “Muerte a los árabes”. Las casas incluso llegan a ser marcadas para que no haya errores en los ataques. ¿Todo esto no hace recordar otras épocas.

    El rayo de esperanza. Es difícil hablar de esperanza de una manera que no ofenda al pueblo palestino. La esperanza no puede residir en los acuerdos de alto del fuego porque el propósito de estos es mantener estables las alianzas entre las potencias que son cómplices de la continuación del sufrimiento injusto del pueblo palestino, y preparar el siguiente alto el fuego que seguirá al próximo estallido de violencia. En este momento, la única esperanza proviene de la sociedad civil internacional. Se han venido fortaleciendo tres iniciativas muy diferentes, pero que convergen en provocar el creciente aislamiento de Israel de lo que podría resultar del cumplimiento de las resoluciones de la ONU, si no es demasiado tarde. La primera iniciativa son las manifestaciones públicas, más numerosas e incisivas que nunca, de intelectuales, periodistas, reconocidos artistas judíos contra las políticas de Israel. Las fuentes de este texto son prueba de ello. La segunda iniciativa son las manifestaciones públicas, en varias partes del mundo, que demandan cada vez más el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. La tercera iniciativa está inspirada en la lucha internacional contra el apartheid en Sudáfrica. El desequilibrio de fuerza violenta entre la población negra de gran mayoría y la minoría blanca era menor que el desequilibrio entre las fuerzas de guerra israelíes y la resistencia palestina. Una de las iniciativas que más contribuyó al fin del apartheid fue el movimiento internacional para aislar a Sudáfrica: boicot a empresas sudafricanas, así como a algunas empresas internacionales especialmente involucradas en el apartheid; boicot académico, turístico y deportivo a nacionales sudafricanos. Inspirado por este movimiento, existe desde 2005 el movimiento internacional de boicot, desinversión y sanciones contra Israel (BDS), que se ha ido expandiendo en los últimos años. Es una iniciativa activa de no violencia que no está exenta de problemas, ya que puede implicar costos para los medios de vida legítimos de personas inocentes. Pero, curiosamente, es un movimiento que puede contar con el apoyo de quienes, viviendo en estos países, se oponen a las políticas de apartheid actualmente vigentes. Recuerdo que cuando participé en el embargo académico a Sudáfrica durante la era del apartheid, los colegas sudafricanos blancos no solo entendieron, sino que apoyaron las acciones, ya que fortalecían su lucha en el ámbito interno.

    Hoy, el contexto y la situación son diferentes. Ante el injusto martirio del pueblo palestino que está siendo castigado por un crimen cometido por los europeos, y ante la hipócrita indiferencia de la comunidad internacional, ¿hasta cuándo vamos a seguir pensando que el problema palestino no es nuestro problema? Toda mi vida he luchado contra el antisemitismo y es en nombre de esta coherencia que denuncio la limpieza étnica que está llevando a cabo Israel en contra el pueblo palestino.

    NOTAS

    [1] De hecho, la limpieza étnica de Palestina comenzó a principios de diciembre de 1947 con una serie de ataques a aldeas palestinas por parte de las milicias sionistas. Antes de que los soldados árabes llegaran a Palestina, 300.000 palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras y hogares. Por ejemplo, Deir Yassin era una pequeña aldea palestina situada al oeste de Jerusalén. La aldea había firmado un pacto de no agresión con Haganá, una organización paramilitar sionista que existió entre 1920 y 1948. Sin embargo, la noche del 8 de abril de 1948, las fuerzas sionistas atacaron la aldea y mataron a más de 100 palestinos inocentes (30 de ellos niños). Las cuatro aldeas cercanas (Qalunya, Saris, Beit Surik y Biddu) fueron destruidas por la misma milicia y sus habitantes fueron expulsados ​​(Ilan Pappe, The Ethnic Cleansing of Palestine, Oxford: Oneworld Publications, 2006, págs. 90-91). Al inicio de su libro, Pappe cita una declaración vergonzosa de Ben Gurion en junio 1938 en la Jewish Agency Executive: “Apoyo el traslado obligatorio de poblaciones; no veo nada inmoral en ello”. Diez años después, Ben Gurion sería el primer ministro de Israel.
    [2] El choque de los fundamentalismos: cruzadas, yihads y modernidad. Madrid, Alianza, 2002.
    [3] John Foley, Albert Camus: from the Absurd to Revolt. Londres, Routledge, 2008, pág. 49.
    [4] As’ad Ghanem, “Israel’s Second-Class Citizens: Arabs in Israel and the Struggle for Equal Rights”, Foreign Affairs, julio/agosto, 2016, págs. 37-42. Se puede consultar una lista de las leyes discriminatorias en Israel en: https://www.adalah.org/en/law/index.
    [5] Peter Beinart, “Teshuvah: A Jewish Case for Palestinian Refugee Return”, Jewish Currents, 11 de mayo de 2021. Disponible en: https://jewishcurrents.org/teshuvah-a-jewish-case-for-palestinian-refugee-return/
    [6] Samuel Miner, “Planning the Holocaust in the Middle East: Nazi Designs to Bomb Jewish Cities in Palestine”, Jewish Political Studi
    es Review
    , Fall 2016, p. 7-33.
    [7] Human Rights Watch, 2021, p. 59.
    [8] W. Cook (org.) The Plight of the Palestinians. Palgrave Macmillan, New York, 2010, p. 164.

  • El fin del confinamiento del Dios cartesiano


    Boaventura de Sousa Santos

    El fin del confinamiento del Dios cartesiano

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

    Dios parece estar confinado. Por lo menos, desde que en el siglo XVII se impuso la separación absoluta entre la naturaleza, entendida como res extensa, y los seres humanos, entendidos como res cogitans. La prueba de la existencia de Dios está en la mente humana, porque sólo esta puede concebir un ser muy perfecto e infinito. Siendo imperfecta, la mente humana sólo es capaz de tal concepción porque alguien la inscribió en ella. Ese alguien es Dios. La naturaleza es incapaz de tal concepción, y ahí reside su inconmensurable inferioridad en relación con la mente propia de los seres humanos. Con la demostración de la existencia de Dios, se demostró la imposibilidad de coexistencia con él en el mismo mundo. Dios es de “otro mundo”, su “reino no es de este mundo”. Dios es trascendencia.

    Así comenzó el confinamiento de Dios. Si hasta entonces ya era difícil comunicarse directamente con él, a partir de ahí se volvió imposible. Sólo los místicos pueden conseguirlo, y siempre con altos costos personales. En el mismo proceso en el que Dios fue humanizado, fue también desnaturalizado y, con él, los seres humanos que lo concibieron. Y como no pueden ser mente sin ser un cuerpo natural, al mismo tiempo que demostraron la existencia de Dios, los seres humanos dejaron de comprenderlo y dejaron de entenderse entre sí. Entonces se deshumanizaron. La humanización de Dios dio lugar a la deshumanización de los seres humanos. El homo economicus del capitalismo naciente, tal como el cuasi contemporáneo homo lupus homini de Hobbes, son la expresión de esta deshumanización del ser humano. El ser competitivo, centrado en su interés individual, es un ser antisocial que ve en los semejantes (nunca iguales) enemigos potenciales, y que sólo hace filantropía si de ella resulta algún beneficio propio.

    La incomprensión abisal del ser divino permitió a los humanos decir de Dios todo lo que ellos quisieran según su conveniencia. La teología sufrió entonces una transformación cualitativa. Comenzó a tratar de resolver el malentendido cartesiano multiplicando las mediaciones que falsamente humanizaron a Dios. Las ficciones del “Dios hecho hombre” o el “cuerpo de dios” fueron llevadas al paroxismo. El Nazareno crucificado del siglo XVIII barroco es un espectáculo visceral de primer orden, el espectáculo de un cuerpo cuya máxima exaltación es la mortificación y la muerte. La economía de la muerte, en la que el colonialismo y la esclavitud prosperaron en el mundo, encontraron en estas imágenes un espejo cruel y un consuelo desesperado. La exuberancia de las imágenes ocultaba efectivamente las ficciones teológicas. Sobre todo, encubrió las trágicas consecuencias de estas ficciones, tal como lo había vivido antes el joven nazareno, cuando concluyó en la cruz que ninguna ambulancia divina vendría a salvarlo y quitarle ese “cáliz”.

    El confinamiento del Dios cartesiano desde el siglo XVII fue fundamental para que, en su nombre, se pudieran cometer las mayores atrocidades. El joven nazareno que había muerto en la cruz para “salvar el mundo” era ahora invocado para justificar la inmensidad de las muertes de esclavos y pueblos originarios para “salvar la economía”. Confinado, Dios estaba limitado a la telepresencia. La presencia real pasó a ser de los intermediarios, misioneros, pastores, y catedrales. Como hoy en día, los repartidores de alimentos mediante las aplicaciones (“motoboys” y “motogirls”) no eligen los restaurantes de acuerdo a la calidad de la comida, sino por el valor de la cuota de entrega, los intermediarios empezaron a servir la comida espiritual de acuerdo con las prebendas que recibían. No lo hicieron por elección, lo hicieron por necesidad. Sirvieron a los señores de la tierra que los usaron para consolidar su dominio.

    Pero ¿está Dios verdaderamente confinado? Siendo infinito en todos sus atributos, es imposible imaginar un confinamiento que no sea un acto originario, un auto confinamiento. Por otro lado, es absurdo pensar que un ser infinito está confinado. Y es también imposible imaginar un motivo divino para el auto confinamiento. ¿Miedo a contaminarse? No es imaginable que Dios corriese el riesgo de ser contaminado por seres tan infinitamente inferiores, sobre todo porque, según la teología cartesiana, los seres humanos ni siquiera tienen el nano tamaño del virus para poder contaminar a Dios. ¿Miedo de contaminar?  Es absurdo pensar que el Dios cartesiano tema contaminar. Al ser infinito, todo está contaminado y purificado simultáneamente por él.

    La hipótesis más creíble es que los teólogos tuviesen miedo de que Dios contaminase el mundo. Tal vez sabían que la desnaturalización de Dios era una imposición tan fuerte y frágil como todas las demás imposiciones humanas. Para consolidarlo, tuvieron que recurrir a múltiples trucos arquitectónicos, pictóricos, teológicos, que engañaron a todos los que no se beneficiaron del supuesto encierro de Dios. Tales trucos fueron las máscaras usadas eficazmente para supuestamente proteger a Dios de los humanos, pero que en realidad funcionaban para permitir que los humanos realizaran libremente sus negocios sin correr el riesgo que corrieron los “mercaderes del templo”. Por lo tanto, podemos concluir que Dios no estuvo confinado todos estos siglos. Estaba en todas partes – como le correspondía. Simplemente estaba ausente del discurso humano sobre él. O más bien, el discurso predominante de los humanos sobre él fue diseñado para crear y justificar su ausencia. Después de todo, ¿dónde ha estado Dios durante estos siglos? ¿Esta pregunta en sí sugiere que Dios dio alguna señal de que la teología que nos impusieron ha llegado a su fin?

    Las heridas del Nazareno del siglo XXI

     

    En el siglo XVII hubo una gran división en las reflexiones sobre Dios. A la teología cartesiana, que expliqué anteriormente, se opone radicalmente la teología spinoziana. Mientras que, para Descartes, Dios es tanto un producto de la mente humana como trascendente, para Spinoza, Dios es la infinidad de todo lo que existe, la sustancia, la naturaleza. “Deus sive Natura”. Dios, es decir, la naturaleza, dijo Spinoza. No se trata de la naturaleza descalificada de Descartes (“Natura naturata”) sino de la naturaleza calificativa de todo, la energía vital infinita que anima el mundo y la vida (“Natura naturans”) y de la que dependen los seres humanos en toda su finitud. En este sentido, la naturaleza no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la naturaleza. Dios no es personalizable (como si fuera un humano impulsado hasta el infinito). Y tampoco es trascendente, es inmanente. Dios es de este mundo y de todos los demás mundos posibles. Para Spinoza, solo así se puede decir con verdad que Dios es infinito y omnipresente. Distinguir entre aquí y allá, dentro y fuera, es la limitación humana. Dios es la inmanencia del mundo y sus infinitos atributos son los que explican las limitaciones del ser humano. Y no al revés.

    Para Spinoza, la humanización de los seres humanos no está en su desnaturalización, sino, por el contrario, en su naturalización fundamental. El capitalismo, el colonialismo y el patriarcado fueron los motores modernos de la desnaturalización. La naturaleza fue cartesianamente descalificada para que el capitalismo la transformase en un recurso natural incondicionalmente disponible para los seres humanos. Y fue igualmente descalificada para que el colonialismo y el patriarcado transformaran en recursos humanos subyugables y explotables todos los seres humanos considerados radicalmente inferiores porque se supone que están más cerca de la naturaleza, ya fueran negros, indígenas o mujeres. En resumen, fueron cuerpos racializados y sexualizados.

    En el mundo cartesiano, la desnaturalización de algunos solo fue posible a costa de la naturalización de las grandes mayorías. Esta descalificación de los seres humanos fue el producto de una ignorancia fatal en la que hemos vivido desde el siglo XVII, la ignorancia de la que se alimentaron el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Estos dos últimos existían antes del capitalismo, pero fueron reconfigurados por este para convertirse en fuentes de trabajo altamente devaluado (desde la esclavitud a los autoesclavos informales o uberizados) o no remunerado (la economía del cuidado soportada casi en su totalidad por mujeres). ¿Y Dios? Es imposible imaginar a un joven nazareno spinozista. Pero si fuera posible, el sufrimiento humano injusto y desigual que la naturalización descalificadora ha causado y sigue causando en tanto ser humano (esclavitud, limpieza étnica, racismo, sexismo, homofobia) serían heridas infligidas a la humanidad. Y la deforestación industrial de los bosques, la contaminación de los ríos, la minería a cielo abierto, el fracking también serían heridas esta vez infligidas a la madre tierra. Juntas, tales heridas constituirían una crucifixión inmensa y permanente. Un segundo y mucho más doloroso calvario.

    La pandemia del coronavirus es la primera noticia teológica del siglo XXI. ¿El anuncio inaugural del Evangelio de San Juan “y el verbo se hizo carne” tiene que ser reemplazado por el anuncio del crepúsculo “y el verbo se convirtió en virus”? En cualquier caso, se anuncia una nueva teología. Parte de una nueva proposición, la proposición 37 de la Primera Parte de la Ética de Spinoza puede formularse de muchas formas en los diferentes lenguajes y cosmovisiones del mundo y, a la manera spinoziana, puede ir seguido de demostraciones, explicaciones, axiomas, escolios o corolarios. En el mundo eurocéntrico, la proposición se puede formular así:

    Proposición: La naturalización cartesiana de tanto ser humano, provocada por la dominación capitalista, colonialista y patriarcal, ocurrió en paralelo con la naturalización cartesiana de toda vida no humana, y resultó en un inmenso sacrificio en el altar global de los ídolos del dinero y el poder.

    Demostración: Así como la vida humana es una pequeña parte de la vida no humana en el planeta, el sacrificio de la vida no humana fue inmensamente más amplio, pero fue ocultado con éxito por el pensamiento dominante al servicio de los ídolos.

    Explicación: El sacrificio de la vida no humana no encontró otra forma de ser conocido y denunciado que contagiando los altares y los ídolos con sus heridas.

    Axioma: El virus es la prueba más convincente en este siglo de la existencia de Dios.

    Corolario I: Un Dios sospechoso es un peligro fatal para los ídolos del dinero y el poder.

    Corolario II: Un Dios sospechoso es finalmente un consuelo eficaz y perenne para la madre tierra y para todos aquellos que, estando más cerca de ella, fueron condenados junto con ella, los condenados de la tierra de Franz Fanon.

  • A cloroquina e seu fetiche

    A cloroquina e seu fetiche

    Carlos Frederico Marés

    A CPI descobriu um segredo plenamente sabido e conhecido: a indústria farmacêutica lucrou milhões com a venda de cloroquina e outros remédios impróprios para Covid-19 só porque o presidente Bolsonaro e seu governo incentivaram, apoiaram e difundiram falsas notícias sobre suas propriedades, embora não tenham conseguido introduzir na bula a indicação mentirosa. Mas, uma coisa que a CPI ainda não descobriu, ou não nos informou, é se a indústria farmacêutica se aproveitou do absoluto despreparo e despropósito do governo e simplesmente vendeu sua mercadoria ou se ela mesma apresentou ao insano governo algumas amostras grátis, ou gentilezas mais substanciais, sugerindo a campanha oficial. Ou ambos, como nos lucrativos negócios das vacinas. 

    Nem o governo nem a indústria farmacêutica são confiáveis. Transformar a cura, ou a falsa cura, em mercadoria tem sido o negócio desse ramo industrial e para isso corrompe a ciência e cientistas menos preocupados com os princípios éticos que deveriam estar na base de quem trabalha com doenças e curas. Se por um lado tem cientistas que investigam, analisam reações e possibilidades das químicas e suas misturas e as descobre, em suas propriedades positivas e negativas, do outro lado há um departamento comercial das empresas que trata de vender a cura transformada em mercadoria e nem sempre da melhor forma para o paciente, nem sempre utilizando a competência dos médicos, mas a ganância de alguns, amplificando as propriedades positivas e escondendo as negativas. O remédio, então, não é mais remédio, vira mercadoria. Não importa se cura, mata ou aleija, tem que ser vendida, tem que movimentar o mercado. Com vida própria a mercadoria navega em águas turvas, envolvida em mentiras, falsas informações, meias histórias, sempre só para gerar lucro. 

    Essa singela lógica do absurdo a que tão bem se presta o governo Bolsonaro e a indústria farmacêutica, desvela o que no século XIX Marx chamou de “fetiche da mercadoria”. A relação entre as pessoas, a doença e a cura, o médico e o paciente, o produto e seu uso, deixam de ter qualquer importância quando a mercadoria ganha vida própria, fetichizada, e não precisa mais cumprir a sua utilidade, não precisa mais curar, no caso da cloroquina nem foi feita para curar Covid-19. Importa vender! E vender não quer dizer ser aplicada à sua finalidade, quer dizer simplesmente trocá-la por dinheiro, depois de vendida pode ser atirada ao lixo, aplicada em quem não precisa ou depositada em prateleiras empoeiradas à espera do vencimento e descarte. Essa é exatamente a ideia que Marx externava em “O caráter fetichista da mercadoria e seu segredo” no primeiro capítulo do Capital. Vivesse hoje e Marx diria simplesmente: “olha, aí, veja como o fetiche funciona!” O fetiche da mercadoria impede que o produto do trabalho humano cumpra sua função social. 

    O episódio é trágico porque a mentira ajudou a ceifar vidas na pandemia. Mas não é fato isolado, faz parte do sistema que não cria produtos para satisfazer necessidades ou utilidades humanas, cria mercadorias que ganham vida própria, com seus segredos e fetiches, e promovem a acumulação de dinheiro a que chamam de riqueza. A indústria farmacêutica não é a única, mas é uma das mais eficientes criadoras dessas falsas necessidades, maldades e fetiches. Às vezes com a ajuda explícita de governos, como neste ridículo caso, às vezes convencendo médicos e pacientes a usar suas invenções e invencionices. Num canto de página a Folha de São Paulo informava no dia 22 de julho que “a empresa Johnson & Johnson e outros distribuidores acusados de alimentar a epidemia de opioides estão dispostos a pagar 26 bilhões de dólares para resolver milhares de processos (nos EEUU) …”. Quanto deve ter sido o lucro das empresas com o consumo viciante dos opioides nas últimas décadas no mundo inteiro? Certamente valeu a pena do ponto de vista comercial o risco de pagar agora só 26 bilhões de dólares, a maldade estava internalizada como custo.

    Mas a pergunta exata não é quanto a empresa ganha com o fetiche, sabe-se que é muito e faz parte do sistema. O lucro abusivo e criminoso das empresas explica o porquê a mercadoria vira um fetiche, mas a verdadeira pergunta é como a inutilidade ganha ares de certeza útil. A mentira é o meio, certamente, mas alguém tem que mentir com credibilidade para que a mentira ‘pegue’. No caso dos remédios, doenças e dores é necessária a conivência de médicos, sistemas de saúde e propaganda intensa. E isso foi explícito no caso da cloroquina, Bolsonaro ofereceu cloroquina até para a ema, mas foram os médicos que receitaram a seus pacientes. A ema, conhecendo o presidente, não aceitou, mas os pacientes confiaram nos médicos. A indústria farmacêutica inventou a amostra grátis na fetichização da mercadoria remédio e ainda criou outros favores às autoridades legislativas, judiciais e executivas e profissionais da medicina em forma de congressos, viagens e conferências, sem falar em algumas gentilezas inomináveis, o que significa que as amostras podem ser muitas coisas, menos grátis.

    Mas o fetiche da mercadoria não é apenas a separação das mercadorias e do capital que ela encarna, da vida concreta dos seres humanos e suas necessidades. Vai muito mais além e atinge também os não humanos animais e plantas que passam a ser devastados na mesma lógica. E mais uma vez a indústria farmacêutica e química ganham proeminência na vilania. Basta olhar os agrotóxicos e transgênicos. Estas mercadorias têm vida própria, convencem governos a não escutar cientistas, convencem cientistas a dizer meias palavras e não contar tudo o que sabem, fazem leis, relatórios e guardam parte dos lucros para pagar indenizações posteriores que parecem ser elevadas, mas são apenas frações do rendimento do rico negócio. Basta ler os jornais para saber, a informação da Folha de S. Paulo se referia a 26 bilhões se dólares, há muito mais, depois de uma condenação para pagar 2 bilhões de dólares pelo dano causado pelo agrotóxico Roundup, a Bayer, que comprara a Monsanto sabendo disso, fez um acordo para pagar mais 11 bilhões de dólares para arquivar as ações. Vale a pena, se fosse tudo sério e ético, o lucro seria muito pequeno, talvez o Roundup fosse apenas um veneno, não uma mercadoria. Tudo se resume a valores monetários, eis o fetiche! A ética, a necessidade e o uso não contam. 

    Está certo que o caso cloroquina no Brasil é de uma grosseria desmesurada, compatível e condizente com o governo Bolsonaro. A tal ponto absurda que podemos imaginar que nem foi programada pela indústria farmacêutica que apenas aproveitou a ocasião, a insensatez do governo e fez bons negócios, com ampla distribuição de várias espécies de amostras grátis, na venda de sua mercadoria, o que eticamente não a absolve. Mais uma vez: não vendeu remédio, apenas mercadorias, e sabia disso. As amostras grátis são necessárias aos que ajudam a mercadoria ter vida farta. Entretanto, não nos iludamos, pode haver muito mais sutileza nessas manipulações. De agrotóxicos a carros, de remédios a telefones, de alimentos a perfumes, os departamentos comerciais estão diuturnamente pensando em como vender a mercadoria sem nenhuma preocupação com a devastação da natureza para adquirir matéria-prima barata, nem com as pessoas coisificadas no trabalho, nem com a utilidade que a coisa pode ter e muito menos com os danos que pode causar. A saúde humana, dos animais, das plantas e do planeta não importam seja no quarto malcheiroso, sem ar e sem luz, do trabalho clandestino, seja nos iluminados laboratórios de alta tecnologia genética, o produto vira mercadoria e o fetiche lhe dá vida própria deixando para trás um rastro de morte e destruição. 

    Em que mundo vivemos!? Até podemos saber a resposta, mas em qu
    e mundo viverão nossas netas e netos?

  • Marco temporal, marca do atraso

    Marco temporal, marca do atraso

    Carlos Frederico Marés

    6 de julio del 2021

    Os povos indígenas das Américas lutam há quinhentos anos por um único direito, o de existir. Muitos sucumbiram sob a violência colonial. Violência física, sem subterfúgios, desde as degolas do século XVI contadas com horríveis detalhes por Bartolomé de Las Casas até o século XX com o extermínio cínico dos Xetá no oeste do Paraná na década de 60 e as macabras caçadas de orelhas de Xokleng em Santa Catarina relatadas por Sílvio Coelho dos Santos. O século XXI não passará isento à violência como se vê hoje. Sem intervalo, sem vergonha, sem punição. Mas a negação do direito de existir se faz, também, por sofisticados arranjos teóricos e jurídicos, como formais declarações de guerra para matar ou reduzir a escravos povos inteiros. A sofisticação jurídica era não os chamar de escravos, mas aprendizes que um dia deixariam de pensar ou desejar a liberdade de existir coletivamente. Então, quando a liberdade não fosse mais um sonho, podiam ser livres.

    A morte tem sido a forma constante de negar o direito, mas mudanças de vida sempre fizeram parte do arranjo e a oferta, com aparência de generosidade, de assimilação à cultura hegemônica acaba tendo o mesmo efeito da declaração de guerra. A assimilação foi política de estado e ganhou nomes suaves como integração, emancipação, desenvolvimento, ou grosseiros como evolução, civilização, superação do atraso, aculturamento, “se assemelhar a nós civilizados”.

    Todas essas políticas negaram o singelo direito à existência como grupo, povo, comunidade ou qualquer outra palavra que sirva a tradução para o vernáculo. O que importa, no fundo, é a soberba certeza de que os povos originários têm que deixar de sê-lo porque é muito melhor para eles mesmo viverem na rica e doce sociedade colonial. Rica e doce, dois adjetivos coloniais. Mas os povos têm outro conceito de doçura e riqueza e continuaram insistindo que querem ser povos. Não querem disputar a cotoveladas um insuficiente pedaço de rapadura ou uma pepita inútil. Tal e tão profunda a soberba que a sociedade hegemônica, colonial, capitalista não podia acreditar que os povos queriam continuar a ser povos e os via como transitórios, provisórios, em processo de evoluir de povo a cidadão, abandonada a cultura ancestral, modos, costumes, conhecimentos, gostos e jeito de ser. Alguns sucumbiram, outros resistiram. 

    A formulação jurídica era assim: os indígenas deveriam se tornar cidadão livre e deixar de pertencer a um povo. Para melhor convencimento, as políticas tinham que ressaltar as vantagens da mudança e isso implicava em tornar menos confortável a vida coletiva. Para isso era importante diminuir seus habitats, desprezar seus conhecimentos, negar as crenças, punir o uso da língua, desacreditar as lideranças espirituais e tradicionais. Humilhar até a vergonha. Por isso, e também para se apropriar das terras férteis, os povos eram transferidos para lugares desconhecidos, com pouca caça e pouca fruta. Isso foi feito à larga no século XX com o testemunho sombrio dos casos Pataxó hã hã hãe, Nambikwara e Krenak, entre muitos outros. Desde 1988, quando essa política mudou, ainda há os que trabalham intensamente para mantê-la.  

    Um povo, para existir, depende de duas condições, a primeira, subjetiva, é a vontade profunda de continuar juntos, solidários e irmanados, conscientes de sua identidade; a segunda, objetiva, é ter um lugar para exercer a irmandade livremente. A condição subjetiva é fundamental, a consciência da condição, a identificação, as características que os une, a história e a memória dos antepassados, a língua comum, o autorreconhecimento ou autoidentificação. E essa foi a permanente lutas de todos os povos, poder ser o que dizem que são. 

    A segunda condição é o espaço vital, o território, o lugar onde a cultura se forma e é por ela modificado. É a natureza, o ambiente. É a fonte e o destino de todo conhecimento, da alimentação e da vida. O subjetivo e o objetivo se encontram para a sociedade fluir com seus problemas e suas soluções. Quando o espaço é sonegado, invadido, esbulhado, ameaçado, a luta do povo se concentra para sua manutenção. E nos quatrocentos e cinquenta anos em que os povos foram entendidos como transitórios a principal restrição se fez ao espaço vital, negando a territorialidade. Como a modernidade colonial precisava das terras para colonizar, o esbulho se tornou regra. Destruir as condições objetivas e materiais de existência do povo passou a ser prioridade para o sistema moderno. As remoções se deram para o uso das terras para plantar ou explorar minérios.

    No final do século XX, depois de quatrocentos e cinquenta anos de resistência, a modernidade cedeu e aceitou o direito dos povos. Em 1988 a Constituição brasileira reconheceu “aos índios sua organização social, costumes, línguas, crenças e tradições”. O direito a existir, e completou: “e os direitos originários sobre as terras que tradicionalmente ocupam”. O lugar de sua existência, onde existir. Para que não restassem dúvidas, dispôs que essas terras seriam aquelas habitadas em caráter permanente, utilizadas para suas atividades produtivas, imprescindíveis a seu bem-estar e necessárias a sua reprodução física e cultural, segundo seus usos, costumes e tradições. O direito a existir no lugar que permita a continuidade de sua existência foi consagrado. O quê e o onde. Quem pode ser contra isso? Resposta fácil: quem não se importa com a humanidade e sim com a riqueza material da terra. 

    Para os indígenas, porém, as riquezas da terra não é o que se extrai e esgota, a madeira, o ouro ou as pedras preciosas. Riqueza não é um conceito monetarizado. Riqueza é a vida, o sagrado, a espiritualidade incompatível com a devastação. E a Constituição reconheceu isso. Mas os contra, os amantes da riqueza simbólica e dourada, mesmo antes de definida a norma constitucional, começaram a armar caminhos para desfazer o estabelecido. Se estava resolvido o que e o onde do direito, restava as obstruções e armadilhas do como garantir e do quando exercer 

    Rapidamente os interessados nas terras indígenas inventaram um novo procedimento para a demarcação e usaram seu poder para instituir o decreto nº 1.775, de 1996. Era a armadilha do como. Com isso a demarcação passou a ter mais importância que o conceito e foi espalhado, contra a Constituição, que terra não demarcada era terra não indígena. O como anulava o quê e o onde! 

    Mesmo assim, no disputado Estado brasileiro as demarcações prosseguiram, não com a rapidez desejada, contra todas as dificuldades e forçadas pela pressão permanente e insone dos povos e seus aliados. Foi então que entrou em pauta a velha ideia do quando. Em 1996, na elaboração do decreto de demarcação a ideia foi ensaiada, mas não houve insistência porque se esperava que a burocracia demarcatória inibisse o direito, isto é, se apostou que o como inviabilizasse o direito dos povos. Na segunda década do século XX, porém, a ideia do quando voltou com força e foi chamada pelo sugestivo nome de marco temporal. 

    A despropositada teoria é de que só tem direito a existir os povos que no 5 de outubro de 1988, promulgação da Constituição, estivessem na posse de sua terra, numa inversão do conceito. Essa tese foi citada na decisão sobre a Terra Indígena Raposa Serra do Sol porque havia um esbulho recente de arrozeiros que à força, como sempre, haviam entrado na terra. Imediatamente, e sem escrúpulos, a Advocacia Geral da União determinou que a ideia fosse aplicada em todas as demarcações. A decisão da AGU nunca foi totalmente aplicada, mas também nunca foi integralmente revogada e causou danos. Membro
    s anti indígenas do Congresso Nacional propuseram projetos de leis para impedir que a União demarcasse terras e, se o fizesse, aplicasse o marco temporal. O como e o quando são armadilhas para estrangular o quê e o onde! 

    Como se trata de matéria constitucional o STF foi chamado a se pronunciar sobre o marco temporal e a oportunidade surgiu no Recurso Extraordinário sobre parte da Terra Indígena Xokleng que o Estado de Santa Catarina queria desconstituir como terra indígena usando a tese. A questão foi reconhecida como tema de repercussão geral e, afinal, o Supremo decidiria sobre a sufocante armadilha. Depois de muitas idas, vindas e disputas, foi marcado o julgamento para o dia 30 de junho. Mais de 850 pessoas de 50 povos diferentes foram à Brasília acompanhar o desfecho da ação, estavam ansiosos, atentos e esperançosos. A pauta se iniciou com atraso e o tema não foi anunciado, mais um processo e nada, veio o intervalo, uma hora depois reiniciou a sessão e foi anunciado outro tema. No fim da tarde o presidente do STF anuncia, não o julgamento, mas a sua transferência para o mês de agosto, afinal, julho o Judiciário estará em férias. Os indígenas, decepcionados mas não surpresos, prometeram que esperarão em Brasília todo o frio mês de julho, não porque seja mês de férias, mas porque querem acompanhar de perto o voto de cada Ministro e não têm certeza de que haverá tempo de ir para casa e voltar para o incerto julgamento. Até quando?

  • La nueva guerra fría


    Boaventura de Sousa Santos

    La nueva guerra fría

    Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

    Las trompetas de la guerra fría han vuelto a sonar. El presidente de Estados Unidos anuncia a los cuatro vientos la nueva cruzada.  Esta vez, los términos parecen diferentes, pero los enemigos son los mismos: China y Rusia, principalmente. Se trata de la “guerra” entre democracias y autoritarismos (dictaduras o gobiernos democráticos truncados por el dominio absoluto de un partido). Como de costumbre, los gobiernos occidentales y los comentaristas de turno se han alineado fielmente para el combate. Los portugueses que en la edad adulta vivieron en la época de la dictadura de Salazar no dudan en distinguir entre democracia y autoritarismo y en preferir la primera al segundo. Los nacidos después de 1974, o poco antes, cuando no aprendieron de sus padres lo que fue la dictadura, muy probablemente tampoco lo aprendieron en la escuela. Se encuentran, pues, en disposición de confundir ambos regímenes políticos.

    A su vez, la realidad de muchos países considerados democráticos muestra que la democracia atraviesa una profunda crisis y que la distinción entre democracia y autoritarismo es cada vez más compleja. En varios países del mundo se suceden protestas en las calles para defender la democracia y luchar por los derechos vulnerados, derechos que casi siempre están consagrados en la Constitución. Muchas de estas protestas se dirigen contra líderes políticos elegidos democráticamente, pero que han ejercido el cargo de manera antidemocrática, en contra de los intereses de las grandes mayorías, a veces frustrando enormemente las expectativas de los ciudadanos que les votaron. Son los casos de Brasil, Colombia y la India, y fueron también los casos de España, Argentina, Chile y Ecuador en los últimos años. En otros casos, las protestas tienen como objetivo evitar el fraude electoral o hacer cumplir los resultados electorales, siempre que las élites locales y las presiones externas se nieguen a reconocer la victoria de los candidatos apoyados por la mayoría. Ha sido el caso de México durante años, el caso de Bolivia en los últimos tiempos y, en la actualidad, el caso de Perú.

    A primera vista, hay algo extraño en estas protestas, porque la democracia liberal tiene como característica fundamental la institucionalización de los conflictos políticos, su solución pacífica en el marco de procedimientos inequívocos y transparentes. Se trata de un poder político que se conquista, se ejerce y se abandona democráticamente, a través de reglas consensuadas. ¿Por qué razón, en este caso, los ciudadanos están protestando fuera de las instituciones, en las calles, más aún cuando corren graves riesgos de enfrentarse a una fuerza represiva excesiva? Y lo más intrigante es que los gobiernos de todos los países que he mencionado son aliados de Estados Unidos, que quiere contar con ellos en su nueva cruzada contra el autoritarismo de China y sus aliados.

     

    La perplejidad se instala. Si, por un lado, es crucial mantener la diferencia entre democracia y autoritarismo; por otro lado, los rasgos autoritarios de las democracias realmente existentes se agravan cada día. Veamos algunos. Rusia arresta autoritariamente al disidente Alexei Navalny; las democracias occidentales, presionadas por Estados Unidos, dejan morir en prisión al periodista Julian Assange, que probablemente en unas décadas recibirá, a título póstumo, el Premio Nobel de la Paz. En los regímenes autoritarios, los medios de comunicación no son libres para dar voz a los diferentes intereses sociales y políticos; en las democracias, la preciada libertad de expresión se ve cada vez más amenazada por el control de los medios de comunicación por parte de grupos financieros y otras oligarquías, así como por las redes sociales que utilizan algoritmos para impedir que las ideas progresistas lleguen al gran público y permitir que ocurra lo contrario con las ideas reaccionarias. Los gobiernos autoritarios eliminan a opositores que luchan por la democracia en sus países; las democracias destruyen algunos de estos países (Irak, Libia) y matan a miles de inocentes para defender la democracia.

    Los regímenes autoritarios eliminan la independencia judicial; las democracias promueven persecuciones políticas a través del sistema judicial, como lo ilustra dramáticamente la operación Lava-Jato en Brasil. En los gobiernos autoritarios, los líderes no son elegidos libremente por los ciudadanos; en las democracias, la forma en que los poderes fácticos inventan y destruyen candidatos es cada vez más preocupante. En los gobiernos autoritarios, todos los procedimientos son inciertos para que los resultados sean ciertos (el nombramiento o elección de los líderes elegidos de forma autocrática). En las democracias se aplica lo contrario: procedimientos ciertos para obtener resultados inciertos (la elección de líderes elegidos por la mayoría). Pero es cada vez más común que quienes tienen poder económico y social también tengan el poder de manipular los procedimientos para garantizar los resultados deseados. Con tal manipulación (fraude electoral, financiación ilegal de campañas, fake news y discursos de odio en las redes sociales, etc.), los procedimientos democráticos, supuestamente ciertos, se han vuelto inciertos. Con esto, se corre el riesgo de la inversión de la democracia: procesos inciertos para resultados ciertos.

    Además de estos ejemplos, entre muchos otros, la dualidad de criterios es flagrante. Son gobiernos autoritarios y, por tanto, hostiles, China, Rusia, Irán, Venezuela; pero no son hostiles, a pesar de ser autoritarios, Arabia Saudita, las monarquías del Golfo, Egipto y, mucho menos, Israel, a pesar de someter a más del 20% de su población (los árabes israelíes) a la condición de ciudadanos de segunda clase, y someter a Palestina a un régimen de apartheid, como reconoció recientemente Human Rights Watch. A su vez, las embajadas e instituciones estadounidenses encargadas de promover “regímenes democráticos amigos de Estados Unidos”, e incluso las fundaciones alimentadas para los mismos fines con el dinero de los multimillonarios, acogen con preferencia a políticos y partidos de derecha e incluso de extrema derecha, siempre que estos juren lealtad a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. En Europa, Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, promueve fuerzas de extrema derecha, antieuropeas y católicas conservadoras que se oponen al Papa Francisco.

    Todo ello desemboca en una situación paradójica: mientras el discurso de la Guerra Fría exalta la diferencia entre democracia y autoritarismo, las prácticas de las potencias hegemónicas no se cansan de reforzar los rasgos autoritarios, tanto de las democracias como de los regímenes autoritarios. Alguien está engañando a alguien. Europa haría bien en convencerse a sí misma de que la nueva Guerra Fría tiene poco que ver con democracia versus autoritarismo. Es solo una nueva fase de confrontación entre el capitalismo multinacional estadounidense y el capitalismo de Estado chino (donde Rusia se está integrando). Es una lucha nada democrática entre un imperio en declive y un imperio en ascenso. Europa, excluida por primera vez en cinco siglos del protagonismo global, tendría todo el interés en mantener una distancia relativa de ambos antagonistas y seguir una tercera vía de autonomía relativa. Bastaría seguir el ejemplo de los países del Sur global reunidos en la Conferencia de Bandung (1955), quizás ahora con más posibilidades de éxito. Mucho más cerca de nosotros, tal vez sea suficiente con leer y seguir las encíclicas del papa Francisco.

  • Colectivo La comadre entrega informe a la JEP

    Colectivo La comadre entrega informe a la JEP

    El colectivo La Comadre, de la Asociación de Afrocolombianos Desplazados (Afrodes) entregó el pasado martes 27 de julio un informe a la Sala de de Reconocimiento de Verdad y de Responsabilidad y de determinación de los hechos y conductas de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en el que se documentan 109 casos de violencia sexual ocurridos entre 1991 y 2021, cuyas víctimas en su mayoría tenían entre 12 y 18 años. La directora ejecutiva de ILSA, María Eugenia Ramírez Brisneda, acompañó la actividad por invitación del colectivo. 

    JEP Informe
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    A continuación compartimos el comunicado emitido por la Jurisdicción Especial de Paz a propósito de la recepción del informe.


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  • Bienvenidos al feliz mundo pandémico: violencia, guerra fría y vacunas


    Boaventura de Sousa Santos

    Bienvenidos al feliz mundo pandémico: violencia, guerra fría y vacunas 

    Traducción de Bryan Vargas Reyes

     En un libro reciente sobre la pandemia titulado El futuro comienza ahora: de la pandemia a la utopía (Ediciones Akal, 2021), escribí que a medida que pasara la fase aguda de la pandemia nos encontraríamos con tres escenarios posibles, de los cuales dependería la calidad futura de la vida humana y no humana, que comúnmente llamamos naturaleza. Los tres escenarios son el negacionismo, el gatopardismo y la alternativa civilizatoria.

    El primer escenario consiste en negar la gravedad excepcional de esta pandemia y afirmar que pronto todo volverá a la normalidad, aunque, mientras tanto, hayan muerto unos 4 millones de personas, algunas de ellas innecesariamente. El segundo escenario reconoce que la pandemia ha sido (es) grave y que se necesitan algunos ajustes en las políticas públicas, particularmente en el sector salud, pero no se necesitan cambios estructurales. Cambiar lo necesario para que nada cambie en esencia.

    El tercer escenario se basa en la idea de que las medidas propuestas en el segundo escenario son importantes y urgentes, pero no son suficientes. Además de eso, es necesario cambiar nuestros modos de producción, consumo y vida en sociedad. Después de todo, la vida humana es el 0,01% de la vida total del planeta, pero se comporta como si fuera dueña del planeta, comprometiendo los ciclos vitales de este sin saber que, con ello, está comprometiendo la calidad e incluso la posibilidad de vida humana en el futuro más o menos lejano.

    Cada escenario ofrece una narrativa pandémica adecuada para que sea la única posible y legítima, a la vez que es apoyada social y políticamente por las fuerzas que más se beneficiarán de ella. Los tres escenarios representan los nuevos términos en los que se afianzarán los conflictos sociales y políticos en las próximas décadas. Lo que ocurra tendrá un impacto importante en la vida de la sociedad, pero será muy desigual en los diferentes países del mundo.

    Los conflictos que generará cada escenario aún no están mapeados y pueden sorprendernos. Tampoco es posible anticipar las consecuencias. Sólo sabemos que la oposición al escenario imperante se hará por referencia a uno de los otros escenarios posibles.  En este punto se puede decir que el primer escenario parece prevalecer a nivel mundial. Este escenario tiene varias manifestaciones muy diferentes y desigualmente distribuidas en todo el mundo.

    La violencia represiva del Estado

    La primera de estas manifestaciones es la violencia represiva del Estado ante la crisis social agravada por la pandemia. Después de 40 años de concentración de la riqueza y ataques a los derechos económicos y sociales de las clases populares, cada vez más vulnerables por las políticas neoliberales, ya habían estallado fuertes protestas sociales contra la austeridad en muchos países antes de la pandemia.

    Con la pandemia, la desaceleración de la actividad económica y el gasto de emergencia que, por insuficiente que fuera, tuvo que hacerse, agravaron la situación financiera del Estado; la solución, típica del neoliberalismo, era hacer pagar el costo de la crisis a quienes menos condiciones tenían para hacerlo. Y la gente está diciendo: ¡Basta! Este escenario ya es claramente visible en algunos países de desarrollo intermedio que están gobernados por fuerzas políticas de derecha y que han estado adoptando políticas neoliberales con mayor fidelidad. Estos son los casos de Colombia, Brasil e India.

    Desde abril, Colombia vive un intenso conflicto social, con un paro nacional y bloqueo de carreteras liderado por organizaciones sociales indígenas, campesinas y sindicales y por movimientos espontáneos donde destacan jóvenes “hambrientos y sin futuro”. La represión por parte del Estado ha sido violenta y desproporcionada, con más de 61 personas asesinadas por la policía o por actores armados ilegales en conjunto con la policía, 358 desaparecidos y 47 personas con heridas en los ojos. La ciudad de Cali, la ciudad más negra de Colombia, y las regiones indígenas y campesinas del Cauca han sido el epicentro. Un decreto presidencial del 28 de mayo, ciertamente inconstitucional, ha creado un verdadero estado de sitio que permite la “asistencia militar” en el uso de la fuerza y ​​la violencia contra la población civil y las protestas pacíficas.

    Brasil, por su parte, es hoy el laboratorio mundial del negacionismo. Con aproximadamente el 3% de la población mundial, representa el 13% de las muertes en el mundo. El rechazo militante de las medidas sanitarias y la reserva de vacunas hizo que el virus se propagara sin control, llegando a las poblaciones más vulnerables, “negros y pobres”, como dicen en la jerga brasileña. Está en marcha una operación de darwinismo social, si no una política genocida, especialmente en el caso de la población indígena. Se han presentado más de 100 solicitudes de impeachment en el Congresose han presentado varias denuncias por crímenes de lesa humanidad en tribunales internacionales y se han presentado varias demandas para declarar interdicto por incapacidad mental al presidente. Mientras tanto, el país comenzó a despertar y a manifestarse en las calles contra esta política de muerte. El día 29 de mayo, unas 500.000 personas se manifestaron en 213 ciudades unidas bajo el lema “Fuera Bolsonaro”.

    Finalmente, India es el retrato más cruel del neoliberalismo. Como el mayor productor de vacunas del mundo, no ha logrado vacunar a su población y, por el contrario, la desprotege activamente. El gobierno aprovechó la crisis social para promulgar leyes agrarias neoliberales que harán aún más difíciles y precarias las condiciones de vida de los campesinos, la mayoría de la población. Se convirtió en un caso ejemplar de error de cálculo por parte de los gobernantes. Pensando que la pandemia dificultaría las protestas sociales contra estas leyes, el gobierno se sorprendió con una de las movilizaciones campesinas más grandes y duraderas de las últimas décadas.

    La nueva guerra fría

    La primera generación de la Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín. Pero como el capitalismo se alimenta de contradicciones que a menudo generan enemigos reales o imaginarios (guerra contra el comunismo, guerra contra las drogas, guerra contra el terrorismo, guerra contra la corrupción), no pasó mucho tiempo antes de que surgiera una nueva guerra fría, esta vez teniendo como principal enemigo a China, a la que se unió progresivamente la Rusia desovietizada.

    Aunque siempre se disfraza con terminologías idealistas (como democracia versus dictadura), de lo que siempre se trata es de controlar o neutralizar a los competidores reales o potenciales. En esta nueva generación de guerra fría, la verdadera contradicción es entre el capitalismo de mercado, dominado por el capital financiero y las multinacionales estadounidenses, y el capitalismo de estado dominado por China, un imperio en decadencia contra un imperio en ascenso.

    La pandemia trajo una nueva agresión a la nueva guerra fría. Por un lado, China se afirmó como la fábrica mundial de productos de protección personal contra el coronavirus y superó con creces a Estados Unidos en la protección de sus ciudadanos. Por otro lado, los avances chinos en la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial) generaron temores de que China se convirtiera en la primera economía del mundo antes de 2030, como se predijo inicialmente en los estudios de los servicios secretos estadounidenses.

    Ante este temor, la administración estadounidense intensificó la presión sobre los aliados para detener el avance de China. Este proceso comenzó con el presidente Donald Trump y se intensificó enormemente con su sucesor Joe Biden. El origen del virus es la más reciente arma de la guerra fría.

    Como en epidemias anteriores, siempre es
    importante conocer el origen del virus, aunque siempre es difícil dada la imposibilidad de identificar al paciente cero. Lo nuevo en este caso es la intensa politización del origen del virus, atribuyéndolo, sin pruebas, a China y convirtiendo su propagación en un accidente de laboratorio, si no en un acto de guerra biológica. La teoría de la conspiración del Laboratorio de Wuhan fue propuesta en enero de 2020 por la extrema derecha estadounidense de Steve Bannon en asociación con un disidente chino para quien “el virus había sido liberado deliberadamente por el Partido Comunista Chino”.

    Fue esto en lo que Trump se basó para hablar del “virus chino”. Tras la misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a China, esta teoría quedó desacreditada, reconociendo incluso la casi imposibilidad de conocer con precisión el origen del virus. Pero como en la guerra fría no se buscan medios para neutralizar al enemigo, la administración Biden volvió a la carga y presionó a sus aliados para promover la sospecha. Es muy posible que el período pandémico intermitente en el que posiblemente estamos entrando cree nuevas oportunidades para la politización de la pandemia en detrimento de los objetivos de la OMS. Este es el caso de la geopolítica de las vacunas.

     

    Capitalismo de vacunas o vacuna popular

    Como sabemos, la existencia de vacunas es el único hecho nuevo para proteger la vida en tiempos de pandemia. Las vacunas contra COVID-19 se crearon en un tiempo récord y no es de extrañar que, si bien ya se están produciendo en masa, aún existan muchas incógnitas sobre su efectividad y posibles efectos secundarios, y sobre si la población inoculada esté sirviendo como conejillo de indias.

    Sin embargo, se sabe que la protección eficaz contra el virus solo tendrá lugar cuando un porcentaje significativo de la población mundial esté vacunada y que la protección con las vacunas actuales será tanto más eficaz cuanto más rápido ocurra esto, ya que esta es la única forma de evitar que el virus continúe propagándose y desarrolle nuevas variantes para las que las vacunas no ofrezcan protección. A pesar de todas las declaraciones y advertencias de la OMS al respecto, por ahora está claro que prevalece el escenario del negacionismo. En otras palabras, la gravedad de la pandemia no justifica ninguna medida excepcional para combatirla.

    Así, los derechos de propiedad intelectual (patentes) deben seguir vigentes como en períodos normales, la producción y distribución de vacunas debe ser responsabilidad exclusiva de las empresas farmacéuticas que las desarrollaron y las distribuirán a los precios definidos por la ley de la oferta y la demanda. Esta posición es naturalmente defendida por las propias empresas farmacéuticas, por los Estados más desarrollados (también por Brasil y Colombia) y por las instituciones internacionales que avalan los intereses del capital multinacional.

    Esta postura representa un peligro para el mundo, ya que retrasará la vacunación de la población mundial. Además, hay algo moralmente detestable en esto cuando asistimos al surgimiento de un verdadero apartheid entre la “euforia de la vacunación” de los países ricos (Israel con el 59% de la población totalmente vacunada) y la pesadilla de la vacunación de la gran mayoría de la población mundial.

    Los países menos desarrollados solo recibieron el 0,3% de las vacunas disponibles hasta el final de mayo de 2021. En países como Brasil, India, Irán y Nepal, el virus continúa propagándose sin control, mientras que Canadá ha ordenado vacunas para diez veces su población y el Reino Unido ocho veces. Según Vaccine Alliance, los países ricos habrán comprado 1.500 millones de dosis en exceso.

    Igualmente, es detestable lo que New York Times del 29 de mayo llama “turismo de vacuna”. Consiste en un viaje a Miami para los miembros de las élites económicas y políticas de América Latina y otras regiones del mundo para ser vacunado. Estos viajes incluyen vacaciones (el intervalo entre dosis) y cuestan miles de dólares. Y Miami no es el único paraíso de las vacunas en el mundo. Que estos viajes puedan ser vehículos para la propagación de nuevas variantes del virus no se les ocurre a quienes viajan ni a quienes les dan la bienvenida.

    El capitalismo de vacunas es el modo de acceso a la vacuna determinado exclusivamente por la solvencia monetaria, tanto la propia como la del Estado o institución que las adquiere para su distribución interna. Si prevalece este modo de distribución, es muy probable que entremos en un período de pandemia intermitente.

    En este caso, no se trata de la aparición de una nueva pandemia, sino del manejo prolongado de la pandemia actual. Por ejemplo, mantener patentes sobre la producción de vacunas retrasará peligrosamente la vacunación de la población mundial, hasta tal punto que la población vacunada eventualmente estará expuesta al virus. No es sorprendente que muchas voces se alcen contra el capitalismo de las vacunas y muchos grupos se estén organizando para promover alternativas de distribución que sean éticamente más justas y materialmente más efectivas para enfrentar la pandemia. Las alternativas son diversas.

    Algunas están permeadas por el escenario del gatopardismo (haz cambios para que lo esencial no cambie). Este es el caso de la intensificación de las donaciones de vacunas o la promesa de las empresas farmacéuticas de incrementar la infraestructura de producción. Esta es la solución Covax, la iniciativa que tiene como objetivo crear un fondo global de vacunas para distribución mundial y que integra a la OMS, la Gavi Vaccine Alliance y la CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations). Su objetivo sería vacunar a toda la población en riesgo y a todo el personal de salud para finales de 2021, una quinta parte de la población mundial. Sería un objetivo insuficiente, pero incluso eso se ve comprometido por el hecho de que alrededor de 30 países más ricos (a los que se unió Brasil) han abandonado Covax.

    La única alternativa efectiva al capitalismo de las vacunas está en el escenario de la alternativa civilizatoria, que asume el carácter excepcional del tiempo presente y la necesidad de inventar nuevas soluciones que preparen a la población mundial para evitar otras pandemias y defenderse mejor de las que se presenten. Entre estas soluciones se encuentran la constitución de bienes públicos universales, como la salud y todos los medicamentos y vacunas considerados imprescindibles para defenderla en una emergencia sanitaria.

    En el caso específico de las vacunas, han circulado varias peticiones por todo el mundo para que la vacuna contra la covid-19 sea de acceso universal. Los presidentes de Sudáfrica y Pakistán, entre más de 140 figuras públicas de todo el mundo, pidieron una “vacuna democrática”. En mayo de 2021, OXFAM lanzó una petición para una vacuna gratuita accesible para todos. Según OXFAM, costaría $ 25 mil millones, el equivalente a menos de cuatro meses de ganancias para las 10 principales compañías farmacéuticas.

    También el grupo parlamentario GUE / NGL del Parlamento Europeo pidió (a través de la voz de Marisa Matias y Marc Botenga) una vacuna popular. Ricardo Petrella y el Ágora de los Habitantes de la Tierra lanzaron una campaña mundial para la declaración de la vacuna como bien público gratuito y universal. Esta petición es parte de un movimiento más amplio por un sistema mundial público común para la salud y la seguridad de la vida, libre de patentes, fuera del mercado, basado en el derecho universal a la vida. Para lograr este objetivo, en el contexto actual de la pandemia, sería suficiente que, con la justificación de la inversión pública aplicada en la investigación de vacunas, las universidades y los Estados interesados ​​compartan todos los conocimientos y tecnologías disponibles, depositándolos en el Fondo de Acceso a la Tecnología de la OMS.

    Estas ideas presiden la People’s Vaccine Alliance y c
    ontrastan la cooperación con la competencia, la solidaridad con el lucro. Es una vasta alianza global que considera las vacunas como un bien público universal y que, como tal, deben ser producidas lo más rápido posible por todos los laboratorios del mundo que tengan la capacidad para hacerlo y distribuidas a costo cero o a un precio asequible. Esta será la vacuna popular.

    Esta posición es defendida por la mayoría de los países del Sur Global y por varias organizaciones y asociaciones transnacionales de ciudadanía activa, derechos humanos y salud pública. Se divide en tres propuestas.

    Primero, la suspensión de patentes sobre vacunas y sus componentes y materias primas. La propia Fundación Bill y Melinda Gates, que inicialmente se opuso a la suspensión de patentes, se unió a ella el 6 de mayo de 2021, luego de que Estados Unidos se mostrara partidario de esta solución. El lobby corporativo es considerado el más poderoso del mundo y ciertamente se está moviendo para ofrecer una dura oposición.

    Recordemos que cuando Brasil propuso suspender las patentes de medicamentos retrovirales hace 20 años para combatir eficazmente el VIH/SIDA, la reacción fue brutal, incluso por parte de Estados Unidos. Pero Brasil se impuso y los resultados fueron inmediatos.

    La segunda propuesta es la transferencia de tecnología a países del Sur Global. La disponibilidad para la producción es total y la posibilidad real es mucho mayor de lo que uno puede imaginar. Cuando la OMS anunció la demanda de productores de ARN mensajero (ARNm, el nuevo tipo de vacuna) fue inundada de propuestas por parte de los países del Sur Global. El presidente Paul Kagame de Ruanda hizo un llamamiento muy enérgico a este respecto en la última reunión de la OMS, mostrando que la iniciativa Covax sería insuficiente porque estaba limitada por los intereses de las multinacionales farmacéuticas. La tercera propuesta consiste en apoyo financiero para la producción en el Sur Global.

    La vacuna popular es la única alternativa capaz de minimizar los inmensos costos sociales que se proyectan para los próximos tiempos. Tiene lugar en un momento oportuno. Últimamente se ha hablado mucho de la justicia histórica en relación con el mundo que sufrió la injusticia histórica del colonialismo y se empobreció por el saqueo de sus riquezas y la dependencia económica a la que fue sometido después de la independencia política. Aquí radica una oportunidad histórica para hacer justicia histórica.

  • CIDH culmina visita de trabajo a Colombia y presenta sus observaciones y recomendaciones

    CIDH culmina visita de trabajo a Colombia y presenta sus observaciones y recomendaciones

    7 de julio de 2021 Washington, D.C. – La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) presenta las observaciones y recomendaciones de su visita de trabajo a Colombia realizada del 8 al 10 de junio de 2021, las cuales tienen por objetivo contribuir con la consolidación del diálogo como mecanismo para la superación de la conflictividad social.

    Comunicado de prensa No. 167/21 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
    Leer aquí
    CIDH – Observaciones y recomendaciones. Visita de trabajo a Colombia.
    Descargar aqui
  • 30 años después de la séptima papeleta

    Liliana Estupiñán Achury

     Desagradecimiento histórico, ese sentimiento sería imperdonable luego de 30 años de construcción constitucional. Miramos con ojos de “amor romántico” la Constitución Política de 1991, de ahí la poesía que genera o los dolores y las frustraciones que cunden. Pero también podríamos mirarla con ojos críticos, que también son de amor, pero que permiten hacer un balance con matices y colores. Algo de vaso medio lleno y medio vacío, luego de la Asamblea Nacional Constituyente que dio origen a uno de los íconos del constitucionalismo democrático en América Latina y del mundo: el texto político de 1991.  Una apuesta que inspiró varios de los cambios constitucionales que se han dado en el continente y que hoy Chile, incluso, mira para su gran reto constitucional actual.  

    Y no es para menos, hacer una constitución en medio de esta élite tan acostumbrada a hacer solita la tarea, ya es un gran avance. El gran problema es que la misma élite que se alineó para el cambio con diversos sectores sociales, después se enquistó y, por décadas, no ha dejado el poder ni sus privilegios y ha hecho la misma tarea.  Así, ha afectado al Estado de derecho, el equilibrio de poderes y la “sala de máquinas”, para beneficiar a un pequeño grupo, expulsando a miles a la pobreza, la violencia y a la dependencia de la acción de tutela.

    La acción de tutela, lo de mostrar, lo que siempre resaltamos, ha sido el adalid del Estado social de derecho. El presidente de la Corte Constitucional, Antonio José Lizarazo, señaló que Colombia ha fallado, desde 1992, más de 8.000.000 millones de tutelas, un 70% de ellas para amparo de derechos a la salud y al debido proceso, de las cuales no se han cumplido el 66%. Una Corte que ha tenido que proferir más de 19.000 sentencias de tutela (98% en salas de revisión y el 2%, en salas de unificación), por fortuna alineada, en la mayoría de los casos, con lógicas convencionales y en clave de derechos, pero en otros, como en la SU-095 de 2018, en contra de la democracia local, la consulta popular y la madre tierra. Así dependemos de los jueces transformadores, “cuando los encontramos”, pero no de las bondades propias del Estado social de derecho.

    En 1991 se parió una gran constitución, a pesar de sus venenos. Bombas, “fábrica de víctimas”, narcotráfico, mafia, guerrilla, paramilitarismo, corrupción y pobreza, en medio de tantos males, los astros se alinearon. Lo grave es que, a la vuelta de 30 años, no hemos podido superar varios de estos males, más bien se han agravado. Avances tenemos, desagradecidos seríamos con las coberturas en salud, educación, agua potable, entre otros. Por supuesto no se puede decir lo mismo de la calidad ni de su impacto en todo el país, en la Guajira, ni en el Chocó, ni en Catatumbo, ni en lo rural, ni en los territorios del “estado de cosas inconstitucional” ni en la geografía del abandono y de la guerra.

    ¿Quiénes son culpables de esto?, buscar culpables tampoco es de buen recibo, pero temo señalar que algunos de aquellos que impulsaron el cambio constitucional, han hecho todo lo contrario para seguir con lo mismo: “que cambie todo, para que todo siga igual”.  Una clase política y una élite que trabaja en pro de sus intereses bajo el halo de un Estado democrático. Ya lo había hecho durante varias décadas del Frente Nacional, pues es la misma, pero con nuevo ropaje constitucional, “una sala de máquinas” que aceitan a su acomodo.

    Así las cosas, el problema no estaría en la Constitución, no todo, por supuesto. Le falta mucho para ser de mi gusto, más mujeres, más feminismo, más federalismo, más pueblos ancestrales, pluralismo y diversidad, más violeta, rosado y colores del arcoíris, más animales, menos economía de mercado, menos neoliberalismo, más educación pública y salud, más vivienda, más madre tierra y derechos de la naturaleza, más democracia local, más derechos sociales, más seguridad alimentaria, más campesinas (os), más paz, menos militares y guerra, menos racismo y clasismo y más justicia. Más de todo lo bueno que necesita Colombia. Los ojos románticos nos pueden nublar el entendimiento.

    Así las cosas, ¿será que no volveremos a tener una octava papeleta, esta sí, impulsada por los que aún después de treinta años de la Constitución de 1991, apenas han tenido voz, a punto de estallido social y de acción de tutela?